miércoles, 31 de julio de 2013

El mito de Sísifo, películas

Hemos llegado al final de la lectura de El mito de Sísifo, libro asignado para el mes de julio en la viñeta de Corriente literaria/Existencialismo en el Club de La Buena Estrella; y como es tradición, siempre vemos la versión cinematográfica, o en su defecto, alguna película relacionada con el tema central del libro.

Desde principios de mes iniciamos la búsqueda de opciones para ver y, a excepción de la animación húngara Sisyphus de Marcell Jankovics de 1974, no nos fue posible encontrar ninguno de los demás cortometrajes de El mito de Sísifo registrados en IMDB, los cuales cito a continuación por si alguien se interesa en continuar su búsqueda:

  • I, Sisyphus (2007), UK, dirigida por Adam Alive
  • La Conscience de Sisyphe (2009), Francia, dirigida por Sarah Beaulieu
  • Sisyphus (2010), USA, dirigida Joel Joel Pincosy
  • The Hubris of Sisyphus (2010), Canadá, Julio Ponce Palmieri
  • Sisyphus (2012), Israel, dirigida por Liron Levo
  • American Sisyphus (2012), USA, dirigida por Frieda Luk

Además pudimos dar con una adaptación cinematográfica de El extranjero de Albert Camus: Lo straniero (1967, Italia), dirigida por Luchino Visconti y estelarizada por Marcello Mastroianni en el papel de Arthur Meursault. Si bien es cierto que esa no fue la obra de Camus que leímos, vale la pena mencionar que corresponde a la misma etapa literaria del autor. La filosofía del absurdo y varios de los elementos de análisis de su ensayo filosófico están presentes en dicha novela.

En algún momento también consideramos la proyección de La mujer de las dunas, Suna no onna (1964, Japón), dirigida por Hiroshi Teshigahara y basada en la novela del escritor Kōbō Abe. Suna no onna se centra en la historia de un entomólogo, Jumpei, quien en su búsqueda de un nuevo espécimen de insecto, queda varado en una aldea perdida en las dunas. Mediante un engaño, Jumpei es retenido contra su voluntad en la casa de una bella viuda, donde es forzado a trabajar a su lado para palear fuera la arena que constantemente se filtra por el techo y las paredes.

Esta  obra  maestra  del  cine  japonés, protagonizada por los actores Eiji Okada y Kyôko Kishida, representa una alegoría filosófica sobre la condición humana y las dudas que atormentan al hombre en su lucha con la realidad cotidiana. Sus imágenes  surrealistas y su concepción sobre lo absurdo de  la existencia humana han  llevado  a  que  muchos críticos  vean  en  esta  película  una clara influencia de la obra de Albert Camus, Franz Kafka, Jean‐Paul Sartre y Samuel Beckett, así como la de los cineastas Michelangelo Antonioni  e  Ingmar Bergman,  tanto en su estética como en su contenido existencial.

De la misma manera que el  personaje mítico de Sísifo, la mujer está obligada a realizar a diario la agotadora tarea de sacar la arena que se desliza constantemente a su vivienda, llenándola  en  cubos que los miembros de  la  comunidad  le  bajan  desde  el exterior. Ella ahora espera que su compañero también termine conformándose a ese mismo destino.

También surgió la iniciativa entre algunos amigos en el club para ver El club de la pelea (1999), dirigida por  David Fincher. Pero aun cuando la película basada en el libro de Chuck Palahniuk es excelente, nos parece que el nihilismo de Tyler Durden es harina de otro costal. Por supuesto que esperamos con entusiasmo el momento en que leamos, sino a Palahniuk, entonces algún otro libro que pueda aparejarse mejor con El club de la pelea.

Sin embargo, en estos días en que la mayoría de integrantes del club nos vimos atiborrados de trabajo, con múltiples compromisos y hasta alguna gripe; el corto pero complejo libro de Camus terminó por hacer de Julio un mes con poco tiempo, muchas cosas y bastantes complicaciones. 

Nos pareció entonces que una película más ligera era una mejor idea para coronar la lectura de El mito de Sísifo. Fue así como Groundhog day, El día de la marmota (1993), terminó siendo nuestra elección.

Ojo, no nos confundamos ni cometamos el error de prejuiciar Groundhog day como una comedia romántica sin más. 

Phil, el hombre del tiempo de una cadena de televisión, es enviado por cuarto año consecutivo al poblado de Punxsutawney para dar cobertura al festival del Día de la Marmota. En el viaje de regreso, Phil y su equipo se ven sorprendidos por una tormenta que les obliga a regresar a la pequeña ciudad. A la mañana siguiente, al despertarse, Phil comprueba atónito que el Día de la Marmota se está repitiendo. El gruñón y antipático periodista se ve condenado a revivir, una y otra vez, ese mismo día. Todo se repite, excepto su percepción de que, lo que le sucede en cada momento, ya lo ha vivido. 

Con esta simple premisa arranca un divertido guión en el que, además de crearse ingeniosas situaciones, se asistirá al cambio de valores del protagonista, no sin antes pasar por interesantes alusiones a los conceptos del absurdo, la rutina, el hastío, el despropósito, el sentido de la existencia, las figuras del actor, el don Juan, el conquistador, Dios, el suicida y el hombre absurdo; todos esos temas abordados por Albert Camus en El mito de Sísifo.

La cita es este jueves 1 de Agosto. Hora y lugar a convenir por los integrantes de El Club de La Buena Estrella. 

viernes, 26 de julio de 2013

Resumen de El mito de Sísifo

En el Club de La Buena Estrella creemos que libros como El mito de Sísifo, más allá del valor de su contenido y de la profundidad de sus temas, son de gran ayuda para pulir nuestra capacidad de análisis, mejorar nuestra lectura comprensiva, enriquecer nuestro vocabulario y acrecentar nuestros conocimientos de cultura general. Es seguro que algunos de sus argumentos harán surgir dudas e inquietudes, y es perfectamente comprensible que la manera en que Albert Camus aborda estos temas de naturaleza existencial nos resulte a veces confusa e intrincada. No olvidemos que sus ensayos filosóficos y novelas existenciales "despeinaron" las ideas de toda una generación y le valieron un Premio Nobel de Literatura en 1957.

Sin embargo, no dudo que habrán captado muy bien los temas en que Camus se centra: la sensibilidad y la noción del absurdo, el suicidio, el sentido de la existencia y la libertad absurda. El razonamiento absurdo es, sin dudarlo, el eje principal de su ensayo. Camus no es un existencialista en el sentido más puro. Sin embargo, todas sus reflexiones y su filosofía del absurdo parten de temas existenciales. No tiene reparo en indicarnos que su ensayo no es una elucubración propia. Antes bien, menciona que la sensibilidad del absurdo está dispersa en muchos pensadores del siglo, a los que cita permanentemente en su obra. Sin embargo, aclara que su generación no ha conocido con propiedad una filosofía del absurdo. Es interesante que Camus aborde su ensayo con una premisa revolucionaria: No llega al absurdo como se desprende un veredicto después del juicio. Por el contrario, toma el absurdo como su punto de partida. Camus es, en consecuencia, el filósofo del absurdo.

El razonamiento absurdo
Para desarrollar su análisis, Camus cuestiona fundamentalmente si vale la pena vivir la vida. Establece que encontrar una razón para vivir es equivalente a encontrar una razón para morir. Concluye que para la mayoría de los hombres, la verdad no es una razón de peso para sacrificar la vida, y ejemplifica que Galileo abjuró de una verdad científica porque esa verdad no valía la hoguera. Se desprende entonces que las cosas obtienen su importancia en función de a qué actos nos obligan. No parece, ademas, que el suicidio será la salida que todo individuo buscará en una situación desesperada. Según Camus, el suicidio es un mal interior antes que un mal social.

Camus pasa a mencionar que el ser humano tiene la necesidad compulsiva de racionalizar, entender y explicar todo. En su análisis identifica dos formas de pensamiento, la de Perogrullo y la de don Quijote. El mítico personaje de Perogrullo se va a la evidencia excesiva, casi ridícula, como cuando uno dice “está lloviendo”. Don Quijote va al lirismo extremo, la imaginación,  el sueño, la fantasía, la utopía. Según Camus, el ejercicio de la razón oscila entre las verdades de Perogrullo y las abstracciones quijotescas. La combinación de ambas da el equilibrio entre evidencia y fantasía, entre conocimiento y emoción. 

Hay 3 posturas que el hombre puede adoptar con respecto al absurdo:

  1. El suicidio como salida. La fatal confesión de que la vida nos ha superado, que no la entendemos, que no la podemos explicar y que concluimos que no vale la pena vivirla.
  2. La evasión, ya sea por abrazar los placeres hedonistas como distracción de la realidad, o por cifrar toda esperanza en el ejercicio de la fe en credos religiosos. En el primer caso, se ignora o se niega el absurdo, se soslaya la muerte, se evita traer estos temas a colación. En el segundo caso se explica el absurdo con dogmas: Donde el hombre ya no es capaz de encontrar explicación empieza el concepto de Dios. Ese es el famoso "salto" del que hablan, entre otros, Leon Chestov, Edmund Husserl y Soren Kierkegaard, todos pensadores citados por Camus.
  3. La tercera postura es la aceptación y la vivencia del absurdo. Aceptar el absurdo, renunciar a buscar explicación y vivir la vida con la independencia, la autodeterminación y la significancia individual que se desprenden del supuesto de que esto es todo cuanto hay, de que no hay Dios ni vida futura en otro tiempo y lugar, pero sin jamás perder de vista que, a pesar de todo, la vida vale la pena vivirla.
¿Cómo llega el hombre a esa encrucijada? La sensibilidad o el sentimiento del absurdo es el proceso gradual de toma de conciencia del paso de tiempo y sus nefastas consecuencias para nosotros: deterioro, envejecimiento y muerte. Ese mismo proceso ocurre durante los años y años de rutina repetitiva, mismos que anteceden a la noción del absurdo, el despertar del hombre, el momento en que tomamos plena conciencia de la futilidad y fugacidad de la existencia, de que el mundo y la vida superan por mucho nuestra capacidad de razonamiento, entendimiento y comprensión.

Suele suceder que las decoraciones se derrumban. Levantarse, tomar el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la comida, el sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado con el mismo ritmo, es una ruta que se sigue fácilmente la mayor parte del tiempo. Solo que un día, el “porqué” y todo se alza y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro...
Asimismo, y durante todos los días de una vida sin brillo, el tiempo nos lleva. Pero siempre llega un momento en que hay que llevarlo. Vivimos del porvenir: “mañana”, “más tarde”, “cuando tengas una posición”, “con el tiempo comprenderás”. Estas inconsecuencias son admirables, pues, al fin y al cabo, se trata de morir. Llega, no obstante, un día en que el hombre hace constar o dice que tiene treinta años. Así afirma su juventud. Pero, al mismo tiempo, se sitúa en relación con el tiempo. Ocupa en él su lugar. Reconoce que se halla en cierto momento de una curva que confiesa que debe recorrer. Pertenece al tiempo, y con ese horror que se apodera, reconoce en él a su peor enemigo. El mañana, anhelaba un mañana, cuando todo él debía rechazarlo. Esa rebelión de la carne, esto es lo absurdo.

Es evidente, entonces, que cuando Camus habla de los muros absurdos, alude al tiempo y la rutina, a los decorados con que construimos la realidad a la que nos circunscribimos y limitamos. Cuando llegan la lasitud y el hartazgo, la frustración y el sinsentido; el despertar del absurdo derrumba los decorados y nos deja frente a la realidad desnuda: La vida no tiene sentido, la vida es absurda.

El suicidio filosófico
Es llamativo que Camus use la metáfora de “el salto” para identificar el momento en que dos de los pensadores que cita, Chestov y Husserl, dan paso a algo eterno e inexplicable con la razón humana, pero a la vez, en ese acto niegan el absurdo e intentan explicarlo.

Según Chestov, donde la razón se queda corta, entra el concepto de Dios. Según Camus, Chestov reemplaza la frase correcta: “Miren, he aquí el absurdo” y en su lugar dice: “Miren, he aquí Dios”.

Husserl y los fenomenólogos, en cambio, dan a cada cosa un sentido propio y esencial, que a la vez explica el todo. No hay nada más, no se debe buscar significado, solo se describe sin explicar. Eso pareciera encajar en el absurdo. Sin embargo, en cuanto Husserl reconoce algo de celestial y eterno en las cosas de este mundo material y les concede “esencias extratemporales”, una esencia privilegiada que se nutre de la esencia de cada única cosa, pasa a conferir a la razón un alcance mucho mayor del que le es permisivo. La razón tiene límites, pero Husserl se los remueve al postular que esa esencia privilegiada da sentido a cada esencia menor o relativa.

En ambos casos se da el suicidio filosófico, “el salto”. Chestov humilla la razón y da el salto a Dios. Husserl hace triunfar la razón y le atribuye el poder de explicarlo todo. Ese es también un salto por cuanto la razón no puede explicar las cosas con nada que vaya más allá de este mundo y de esta existencia. En los dos análisis planteados el absurdo derrota al hombre y este salta a una forma insostenible de explicación y esperanza.

La libertad absurda
Lo contrario del salto o suicidio filosófico es la libertad absurda. Si al contemplar el absurdo, en lugar de buscar explicarlo (saltar), buscamos asumirlo, aceptarlo y vivirlo, entonces encontramos la libertad absurda.

Vivir una experiencia, un destino, es aceptarlo plenamente. Ahora bien, no se vivirá ese destino, sabiendo que es absurdo, si no se hace todo para mantener ante uno mismo ese absurdo puesto de manifiesto por la conciencia. Negar uno de los términos de la oposición de que vive es eludirlo. Abolir la rebelión consciente es eludir el problema...Vivir es hacer que viva lo absurdo. Hacerlo vivir es ante todo contemplarlo. Al contrario de Eurídice, lo absurdo no muere sino cuando se le da la espalda. Una de las posiciones filosóficas coherente es la rebelión. Es una confrontación perpetua del hombre con su propia oscuridad. Es exigencia de una transparencia imposible. Vuelve a poner al mundo en duda en cada uno de sus segundos… No es aspiración, pues carece de esperanza. Esta rebelión es la seguridad de un destino aplastante, menos la resignación que debería acompañarla…Esta rebelión da precio a su vida… y esa rebelión al día testimonia su única verdad, que es el desafío. Esta es la primera consecuencia.

El hombre absurdo
El que acepta vivir el absurdo sin explicarlo ni saltar, es el hombre absurdo. Asume que esto es todo, que no hay salida ni esperanza. Y lo asume con valentía. Esta vida en la que niega los dioses y es dueño de sus actos es todo lo que tiene, pero vale la pena vivirla, agotarse en el afán de agotarla. 

Camus ubica en esta categoría al Don Juan, al actor y al conquistador.

El donjuanismo

Es un grave error tratar de ver en Don Juan a un hombre que se alimenta con el Eclesiastés. Pues para él no es vanidad sino la esperanza en otra vida. Lo prueba, puesto que la juega contra el cielo mismo. No le pertenece el pesar por el deseo perdido en el goce, ese lugar común de la impotencia. Eso está bien en Fausto, quien cree en Dios lo bastante para venderse al diablo… Fausto reclamaba los bienes de este mundo: el desdichado sólo tenía que tender la mano... 

Don Juan no amaba a una sola mujer, aunque pudiera decirse que al momento de tenerla, la amaba con todo su ser. No era que la anterior ya no le gustara, era más bien que ya quería otra, y eso no es lo mismo. Don Juan se extingue en la forma menos egoísta de “amor”, más “generosa”, la que no conlleva propiedad, exclusividad o anulación. No significa que Don Juan despreciara la devoción de un hombre por una única mujer, aunque viera en eso una cosa de santos y no de hombres. El caso es que Don Juan no teme castigo ni consecuencia. No aspira a otra vida por cuanto vive en esta todo cuanto puede.

La comedia
Camus admira al actor porque recorre en tres horas su nacimiento, esplendor, ocaso y muerte: el ciclo que le tomará al espectador toda una vida. Para cuando el actor muere en el último acto del absurdo que representó tantas veces en las tablas, ya ha muerto mil veces. Porque el actor ha elegido vivir muchas vidas y no una sola, incluso llegando a anular la suya propia. No hay mucha diferencia entre él y los personajes que representa, por cuanto los vive, los siente y los cree, se mimetiza. Eso no es más absurdo que la vida, donde él es apenas uno que también morirá.

`El espectáculo – dice Hamlet – es la trampa donde atraparé la conciencia del rey´. Atrapar está bien dicho, pues la conciencia va rápidamente o se repliega. Hay que cazarla al vuelo, en ese lugar apenas sensible donde echa sobre sí misma una mirada fugitiva. Al hombre cotidiano no le gusta retrasarse. Todo lo apremia, por el contrario. Pero, al mismo tiempo, nada le interesa más que él mismo, sobre todo lo que podría ser. De ahí su afición al teatro, al espectáculo, donde se le proponen tantos destinos cuya poesía percibe sin sufrir su amargura. En eso, por lo menos, se reconoce al hombre inconsciente, que continúa apresurándose hacia no se sabe qué esperanza. El hombre absurdo comienza donde aquél termina, donde, dejando de admirar el juego, el espíritu quiere intervenir en él. 

La conquista

Si, el hombre es su propio fin. Y es su único fin. Si quiere ser algo, tiene que serlo en esta vida… Los conquistadores son solamente aquellos hombres que sienten su fuerza lo bastante como para estar seguros de vivir constantemente a esa altura y con la plena conciencia de su grandeza...

El conquistador reconoce que su tumba puede ser una fosa común, que su muerte puede ocurrir antes de tiempo, que su esfuerzo puede ser en vano si es derrotado. Pero la conquista va más allá de lo geográfico. El hombre conquista sus temores y sus limitaciones, rompe obstáculos y barreras y, aun en la derrota, vence. Esa aceptación de la fatalidad inminente, el riesgo asumido por la consecución de la gloria y el honor, lo de hoy, lo único cierto, es otra característica del hombre absurdo.

La creación absurda
Camus pasa a indicarnos que el ser más absurdo es el creador. Porque el Don Juan, el actor o comediante y el conquistador, solo se nutren de recrear personajes, amores y logros una y otra vez. Pero el creador capta el absurdo y lo copia en su obra. Bien sea por el arte, la imagen, la música o la novela. El creador monta su propio mundo, lo limita para la representación, establece sus muros. ¿Qué hay más absurdo que copiar el absurdo? Por supuesto, Camus habla de buenas y malas muestras de arte, en tanto más cercanas sean al objeto real y concreto que copian, y más se alejen de conferirle algún elemento abstracto, superior o significante. Arte sin salto.

Filosofía y novela

Este tema del suicidio en Dostoievski, es, por lo tanto, un tema absurdo. Anotemos solamente, antes de seguir adelante, que Kirilov rebota en otros personajes que también plantean nuevos temas absurdos. Stravoguin e Iván Karamázov ejercitan en la vida práctica verdades absurdas. A ellos es a quienes libera la muerte de Kirilov. Tratan de ser zares. Stravoguin lleva una vida `irónica´, ya se sabe cuál. Despierta el odio a su alrededor. Y, sin embargo, la palabra‐clave de este personaje se encuentra en su carta de despedida. `No he podido detestar nada´. Es zar en la indiferencia. Iván lo es también al negarse a abdicar los poderes reales del espíritu. A quienes como su hermano, prueban con su vida que hay que humillarse para creer, podría responder que la condición es indigna. Su frase‐clave es el `todo está permitido´, con el matiz de tristeza que conviene. Claro está que, como Nietzsche, el más célebre de los asesinos de Dios, termina en la locura. Pero es un riesgo que hay que correr y ante esos fines trágicos el movimiento esencial del espíritu absurdo consiste en preguntar: ¿Qué demuestra eso? 

Camus considera que la novela es la manera más fiel de crear un mundo. Las demás formas de arte se parecen más al ensayo intelectual. La novela, en cambio, contiene personas, lugares y situaciones, y esa capacidad de darle cuerpos al arte le permite mostrar el absurdo en total plenitud.  

Kirilov
Dostoievski habla en el Diario de un escritor de lo que convino en llamar “el suicidio lógico”: la existencia humana es una perfecta absurdidad para quien no tiene fe en la inmortalidad, y la desesperación obliga al suicidio.

Kirilov, personaje de “Los poseídos”, encarna algo de esto pero va más allá. El desea morir por una idea. Su idea de suicidio superior es una proclama de insubordinación, de terrible libertad. Ningún dios dirige su destino. Kirilov decide su fin y se vuelve Dios. Si Dios no existe Kirilov es Dios, y si Dios no existe Kirilov debe matarse precisamente para ser Dios. Absurdo, pero es lo que debe ser. Si Kirilov está loco, Dostoievski también lo está, pues el personaje es parte del mundo que el autor ha creado.

Nótese que Kirilov toma distancia de Jesús, el Dios Hombre. Cree que Jesús muere en vano, pues no va al paraíso y su tortura es en vano. En ese sentido, Jesús vive y muere por una mentira y eso lo hace el hombre perfecto, pues encarna todo el drama humano, el que ha realizado la condición más absurda. Ya no es Dios-hombre sino Hombre-dios, puesto que su divinidad se limita a este mundo terrenal.

¿Por qué entonces alguien que ve con tal claridad el absurdo decide suicidarse? Kirilov sabe que eso es una contradicción, pero él es la antítesis de Cristo. En lugar de disfrutar de su condición de hombre libre de dioses y esperanzas, quiere mostrar a los demás hombres una vía real y difícil que será el primero en recorrer, a manera de dechado. El suyo será un suicidio pedagógico. Se sacrificará como Cristo, pero aunque se le crucifica no se le engaña. Se sabe un hombre-dios y muere libre, sin esperanza ni porvenir.

Pero Dostoievski tiene otros planes. En las siguientes entregas del Diario concluye esto: “Si la fe en la inmortalidad le es tan necesaria al ser humano (que sin ella llega a matarse) es porque se trata del estado normal de la humanidad. Siendo así, la inmortalidad del alma humana existe sin duda alguna”. Como se ve, Dostoievski da el salto, y entonces deja sin efecto el suicidio lógico, el sacrificio pedagógico de Kirilov. “Ciertamente, resucitaremos de entre los muertos, volveremos a vernos y nos contaremos alegremente todo lo que ha ocurrido”. Así, Dostoievski entrega la divinidad del hombre en cambio por la felicidad. En consecuencia, el pistoletazo de Kirilov, su sacrificio, queda lejos de la comprensión del mundo. Los hombres siguen fieles a sus esperanzas ciegas en el otro sacrificio, el del hombre-dios que creen Dios-hombre.

La creación sin mañana
La creación del hombre absurdo no tiene mañana. El hombre crea como un acto de rebeldía, en una batalla que está presupuesto a perder. Por eso esculpe en arcilla y trabaja para nada. El hombre absurdo está solo, seguro de sus límites y de su fin próximo. Su obra también lo está.

El último esfuerzo de estos hombres emparentados, creador o conquistador, consiste en saber liberarse también de sus empresas: en llegar a admitir que la obra misma, bien sea conquista, amor o creación, puede no ser; en consumar así la profunda inutilidad de toda su vida individual. Eso mismo le da más facilidad  para la realización de la obra, así como el hecho de que advirtieran lo absurdo de la vida les autorizaba a hundirse en ella con todos los excesos.
Lo que queda  es un destino cuya única salida es fatal. Fuera de esa única fatalidad de la muerte, todo lo demás, goce o dicha, es libertad. Queda un mundo cuyo único amo es el hombre. Lo que le ligaba era la ilusión de otro mundo. No es la fábula divina que divierte y ciega, sino el rostro, el gesto y el drama terrestres en los que se resumen una difícil sabiduría y una pasión sin mañana.

Sísifo
Sabio, prudente, astuto, pícaro, bandido, rebelde e irreverente. Sísifo es el héroe absurdo definitivo. Se rebela contra los dioses, odia la muerte y acepta el absurdo de su existencia. Condenado a trabajo fútil y repetitivo en el inframundo, se pudiera considerar que su destino trágico habría bastado para que diera el perfil del suicida, pero no es el caso. 

Camus reflexiona sobre la tragedia de Sísifo y concluye que su destino sólo es trágico en cuanto toma conciencia. Su momento más lúcido es el retorno, la pausa, el instante del descenso desde la cima hasta la base de la elevación donde deberá iniciar el esfuerzo nuevamente. Sísifo ve de frente el absurdo y lo asume. Esa es su vida. Sin sentido, absurda, sin propósito. Pero el hombre en su rebeldía desprecia su castigo y enfrenta su realidad sin esperanza. Su tragedia es a la vez su victoria. Es lo que hay: Sísifo y la roca. Y el hombre niega a los dioses y empuja la piedra. Crispa el cuerpo y pone la mejilla contra la masa rocosa hasta volverse uno con ella. En ese mundo sin dios, Sísifo no reconoce amo. Mil veces hará el mismo recorrido y eso es lo mismo que encontrar mil maneras de hacerlo. Y hará con empeño un trabajo inútil e intrascendente una y otra vez, el esfuerzo por nada. Con la misma naturalidad con que Gregorio Samsa acepta su metamorfosis, Sísifo contempla su tormento, lo entiende como algo natural y lo desprecia. La vida es absurda pero vale la pena vivirla. Todo está bien. 

Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Siempre vuelve a encontrar su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Él también juzga que todo está bien. Este universo por siempre sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada trozo mineral de esta montaña llena de oscuridad forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre.

viernes, 5 de julio de 2013

Club del 4 de julio de 2013


Les comparto las respuestas a la guía de preguntas de la reunión del club de este jueves 4 de julio:

1. ¿Quién fue Albert Camus?
2. ¿Cuál era la situación de Francia, Argelia y el mundo en el tiempo de Camus?
Francia quedó muy afectada y debilitada después de la Primera Guerra Mundial, en cuyos inicios Camus quedó huérfano de padre, a solo un año de haber nacido.

En la primera mitad del siglo XX, Francia seguía siendo el segundo imperio colonial más extenso del mundo, con unos 12.9 millones de kilómetros cuadrados de extensión territorial. Argelia era una de esas colonias, y es ahí donde Camus nace y crece.

Hacia la segunda guerra mundial, Francia sucumbe a la embestida nazi y queda terriblemente afectada por las cruentas y destructivas batallas entre aliados y nazis libradas en su territorio. La crueldad y el sinsentido de dos guerras mundiales, dolor, miseria y muerte;  forjan una generación de hombres y mujeres con una visión muy particular del mundo que les tocó vivir. Encima, la amenaza latente de una guerra nuclear que podía (y aun puede) llevar a la humanidad a la autodestrucción, hizo que la gente se planteara más que nunca pensamientos existenciales que abonaron un terreno fértil para las nuevas corrientes filosóficas, políticas, económicas y sociales que se gestaban en el mundo.

Argelia, cuyo pasado histórico se vuelve indisoluble del de Francia, también estaba siendo afectada por estas nuevas ideas. El comunismo galopante y el anarquismo ateo que libraban las batallas de todas las revoluciones de la época, se impusieron en el pensamiento de muchos de los intelectuales en Francia y en sus áreas de influencia.

En Francia, el debate por mantener el control de Argelia, entonces hogar de un millón de colonos europeos, debilitó al país y casi condujo a la guerra civil. En 1958, un año después del premio Nobel de Camus, la cuarta república Francesa, débil e inestable, llevó a la Quinta República, que se apoya en un fuerte poder ejecutivo. Charles de Gaulle mantuvo el país unido mientras que toma el camino al extremo de la guerra.
La guerra de independencia de Argelia (también llamada Guerra de Argelia o Guerra de Liberación de Argelia) tuvo lugar entre 1954 y 1962 y fue un periodo de lucha del Frente Nacional de Liberación de Argelia (FLN) apoyado por habitantes originales del país en contra de la colonización francesa establecida en Argelia desde 1830.

Tras la Primera Guerra Mundial, en la sociedad argelina empezó a crecer el sentimiento de la independencia. Muchos militares argelinos que habían colaborado en liberar Francia, se vieron frustrados por el trato que la metrópoli daba a los ciudadanos nativos.

Después de la guerra de Indochina, fueron bastantes los soldados argelinos que empezaron a considerar que era el momento de obtener la independencia para Argelia. La guerra se llevó a cabo en forma de lucha de guerrillas y enfrentamientos contra el ejército francés y las unidades adicionales de origen local llamadas Harkis. Hoy en Argelia el término Harki se utiliza como sinónimo de traidor.

Los civiles de origen europeo y argelino fueron desde el principio blanco de atentados terroristas por parte tanto del FLN como de las organizaciones terroristas armadas pro-francesas OAS. Hubo varios episodios muy sangrientos como el ocurrido en El Alia. Sobre el número de muertos se habla de una cifra de 33.000 franceses y un número superior de argelinos. El FLN habla en torno al millón de muertos, aunque hay autores que rebajan el número de muertos argelinos y recuerdan, que el FLN mató a todo argelino que según ellos colaboró con los franceses. Hay autores que dicen que en 1962 hubo más muertes que en otros años. Los guerrilleros independentistas se autodenominaban djounoud o muyahidines.

El ejército francés respondió por su parte tratando de obtener el máximo de información, en particular utilizando la tortura, para localizar a los responsables de atentados, lo que se agudizó durante la batalla de Argel. El FLN luchó también contra otras corrientes nacionalistas, resultando esta corriente la predominante. La guerra terminó con el reconocimiento, por parte de Francia, a través de los acuerdos de Evian de la independencia de Argelia el 5 de julio de 1962, apenas dos años después de la prematura muerte de Camus.

3. ¿Qué es el existencialismo?
Existencialismo es el nombre que se usa para designar a una corriente filosófica o de pensamiento considerada desde el positivismo como de "corte irracionalista" que tuvo su origen en el siglo XIX y se prolongó más o menos hasta la segunda mitad del siglo XX, aunque el existencialismo en sí atraviesa a toda la historia de la humanidad (por ejemplo en la Epopeya de Gilgamesh se encuentran planteamientos llenos de angustia, esperanza, duelo, melancolía, anhelos de eternidad que luego reiterará siempre el existencialismo) ya que sus temas son los capitales de cada ser humano y de todo el conjunto de la humanidad. No se trata de una escuela homogénea ni sistematizada, y sus seguidores se caracterizan principalmente por su reacción contra la filosofía tradicional. Estos filósofos se centraron en el análisis de la condición de la existencia humana, la libertad y la responsabilidad individual, las emociones, así como el significado de la vida.

Uno de sus postulados fundamentales es que en el ser humano "la existencia precede a la esencia" (Sartre), es decir, que no hay una naturaleza humana que determine a los individuos, sino que son sus actos los que determinan quiénes son, así como el significado de sus vidas. El existencialismo defiende que el individuo es libre y totalmente responsable de sus actos. Esto incita en el ser humano la creación de una ética de la responsabilidad individual, apartada de cualquier sistema de creencias externo a él. En líneas generales el existencialismo busca una ética que supere a las moralinas y prejuicios; en esto al observador neófito puede resultarle contradictorio ya que la ética que busca el existencialismo es una ética universal, válida para todos los seres humanos, que muchas veces no coincide con los postulados de las diversas morales particulares de cada una de las culturas preexistentes.

El existencialismo tiene sus antecedentes en el siglo XIX en el pensamiento de Søren Kierkegaard y Friedrich Nietzsche. También, aunque menos directamente, en el pesimismo de Arthur Schopenhauer, así como en las novelas de Fiódor Dostoyevski. En el siglo XX, entre los filósofos más representativos del existencialismo se encuentran Martin Heidegger, Karl Jaspers, Jean-Paul Sartre, Miguel de Unamuno, Simone de Beauvoir y Albert Camus.

Sin embargo el existencialismo recién toma nombre en el siglo XX y particularmente tras las terriblemente traumáticas experiencias que vivió la humanidad durante la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial. Durante estos dos conflictos (que podrían ser calificados por una parte como casos extremos de la estupidez que puede tener la humanidad y por la otra -concordando con Hannah Arendt- como las formas en las que la violencia interhumana llega a su apogeo con una banalización del mal) surgieron los pensadores que en el a posteriori se preguntaron explícitamente "¿qué sentido tiene la vida?", "¿para o por qué existe el ser?", o "¿existe la libertad total?".

El existencialismo nace como una reacción frente a las tradiciones filosóficas imperantes, tales como el racionalismo o el empirismo, que buscan descubrir un orden legítimo dentro de la estructura del mundo observable, en donde se pueda obtener el significado universal de las cosas. En los años 1940 y 50, existencialistas franceses como Jean-Paul Sartre, Albert Camus y Simone de Beauvoir dieron a conocer escritos académicos y/o de ficción que popularizaron temas existenciales del tipo de la libertad, la nada, el absurdo, entre otros. Walter Kaufmann describió el existencialismo como "el rechazo a pertenecer a cualquier escuela de pensamiento, el repudiar la adecuación a cualquier cuerpo de creencias, y especialmente de sistemas, y una marcada insatisfacción hacia la filosofía tradicional, que se marca de superficial, académica y alejada de la vida".

Al existencialismo se le ha atribuido un carácter vivencial, ligado a los dilemas, estragos, contradicciones y estupidez humana. Esta corriente filosófica discute y propone soluciones a los problemas más propiamente inherentes a la condición humana, como el absurdo de vivir, la significancia e insignificancia del ser, el dilema en las guerras, el eterno tema del tiempo, la libertad, ya sea física o metafísica, la relación dios-hombre, el ateísmo, la naturaleza del hombre, la vida y la muerte. El existencialismo busca revelar lo que rodea al hombre, haciendo una descripción minuciosa del medio material y abstracto en el que se desenvuelve el individuo (existente), para que éste obtenga una comprensión propia y pueda dar sentido o encontrar una justificación a su existencia. Esta filosofía, a pesar de los ataques provenientes con mayor intensidad de la religiosidad cristiana del siglo XX, busca una justificación para la existencia humana. El existencialismo, de acuerdo a Jean-Paul Sartre, dice que en la naturaleza humana la existencia precede a la esencia (lo que para algunos es un ataque a dogmas religiosos), pensamiento iniciado por Aristóteles y proseguido en Sartre, quien indica que los seres humanos primero existimos y luego adquirimos esencia; es decir, sólo existimos y, mientras vivimos, vamos aprendiendo de los demás humanos que han inventado cosas abstractas; desde Dios hasta la existencia de una esencia humana previa, el humano, entiende Sartre, se libera en cuanto se realiza libremente y esa es su esencia, su esencia parte desde sí para sí .

En términos de la existencia e importancia de Dios, hay tres escuelas de pensamiento existencialista: el existencialismo ateo (representado por Sartre), el existencialismo cristiano (Kierkegaard) y el agnóstico (Camus, Heidegger) cuya propuesta es que la existencia o no de Dios es una cuestión irrelevante para la existencia humana: Dios puede o no existir. Y el problema, tan sólo por tener una idea firme, no soluciona los problemas metafísicos del hombre.

Pensadores próximos
Otros destacados pensadores relacionados al existencialismo, en mayor o menor grado, serían: Edith Stein, Lev Isaákovich Shestov (más conocido en español como León Chestov), Nicola Abbagnano, Nikolai Berdyaev, Albert Camus, Peter Wessel Zapffe, Karl Jaspers, Max Scheler, Simone de Beauvoir, Simone Weil, Abraham Alonzo, Paulo Freire y Emmanuel Mounier.

4. ¿Qué es la filosofía del absurdo?

5. ¿Es Albert Camus un existencialista?
Muchos de los pensadores enumerados anteriormente toman distancia del mote de existencialista, y Camus no es la excepción. Sin embargo, aun cuando Camus no se centra en el análisis de la condición de la existencia humana, la libertad y la responsabilidad individual, las emociones, ni el significado de la vida, toda su filosofía del absurdo parte de la pregunta existencial “¿vale la pena vivir la vida?”

6. ¿Cómo inciden la creencia en Dios y el ateísmo en la percepción del sentido de la vida?
Si Dios existe la vida tiene propósito por cuanto se sustenta en esperanzas  cuya concreción eventualmente dará sentido posterior en otro tiempo y lugar a las cosas que no entendemos en este momento.

Si en cambio Dios no existe, entonces la vida carece de propósito. Es casual y azarosa. No hay futuro, cielo, infierno, karma, castigo ni recompensa. Sin embargo, esto no significa que la vida no valga la pena ni se pueda disfrutar. Tampoco implica que quien niega a Dios vive sin ningún tipo de reglas ni principios. No descubro nada al decir que hay verdades fundamentales y leyes primarias, cuyo cumplimiento no depende necesariamente de la existencia de alguna ley impuesta por una autoridad superior. El mandamiento "No matarás" es sólo una confirmación del sentimiento de anti-naturalidad y desconcierto que nos genera la muerte provocada.

En conclusión, negar a Dios obliga a tomar las riendas, a ejercer autodeterminación, a crear un código propio y vivirlo o derogarlo a juicio y conveniencia propios. Es aceptar que estamos solos, que esta vida es todo cuanto hay, y que todo depende de nosotros mismos. Esa, por supuesto, sería una realidad terrible de aceptar para cualquiera, pero horrorosamente trágica para la inmensa mayoría de los seres humanos, acostumbrados a depender, a pedir, a esperar, a creer y a aferrarse con desesperación a un asidero sólido, permanente, poderoso, infalible, confiable y amoroso. 

7. ¿Qué motiva al suicidio desde el punto de vista de Camus?
El suicidio, como una gran obra, se gesta en silencio y toma tiempo.  No es producto del entorno únicamente. El gusano se agazapa en el corazón del hombre. 

Sin embargo, la gente no se suicida por reflexión.  Lo que desencadena la crisis casi siempre es incontrolable. Tener una razón para vivir es a su vez haber encontrado una buena razón para morir. La pérdida del objeto de devoción supone la tragedia y el arribo a  la conclusión de que la vida no vale la pena. Es el producto de descubrir que la vida carece de sentido, que el mundo que nos rodea supera lo que podemos comprender o aceptar, y en consecuencia nos excede y nos aplasta.

8. ¿Qué determina la importancia de las cosas según Camus?
La importancia de las cosas dependerá de a que nos obligan. Si algo no nos obliga ni nos mueve a nada, queda evidenciado que se trata de un asunto baladí. 

9. ¿Qué es el argumento ontológico?
El argumento ontológico para la existencia de Dios es un razonamiento apriorístico que pretende probar la existencia de Dios empleando únicamente la razón;  esto es, que se basa únicamente —siguiendo la terminología kantiana— en premisas analíticas, a priori y necesarias para concluir que Dios existe. La sola noción de Dios implica que existe.

Vincenzo Gioberti, filósofo católico italiano de principios del siglo XIX, representa una forma de ontologismo, en lo que esta doctrina supone de superación del subjetivismo moderno inaugurado por Descartes. El intento giobertiano es de matiz platónico, tal como ha sido reinterpretado y sublimado por el realismo cristiano. Gioberti estima que la dualidad Dios-mundo, infinito-finito, es insuprimible, y la inteligibilidad de esta dualidad hay que encontrarla en la intuición. Es la intuición, y no la reflexión, y mucho menos la abstracción, la que nos presenta la «idea» como objeto inmediato del conocimiento. Esta «idea» no es una elaboración de la mente, sino que condiciona cualquier conocimiento, ya que es innata a la mente. La «idea» es primitiva, indemostrable, evidente y cierta por sí misma, dice textualmente Gioberti. (Introduzione allo studio della filosofía, cap. III). 

La primera idea de la mente es la «idea primerísima», es decir, Dios. Il primo psicológico, para decirlo con palabras de Gioberti, es il primo ontológico. Para Gioberti, el Ente se revela en lo existente, pero lo existente no puede ser ni conocido ni pensado si no está en relación real y cognoscitiva con el Ente. La trascendencia del Ente es, pues, para Gioberti, una trascendencia muy peculiar, al otorgar a la creación divina una causalidad integral imparejable con las causas segundas

10. Según Camus, ¿cómo se consigue un equilibrio entre claridad y emoción a partir de los métodos de pensamiento, el de Perogrullo y el de Don Quijote?
En una punta de la necedad y el ridículo, Perogrullo ve y señala lo evidente, lo que todo el mundo sabe. Al otro extremo de la necedad y el ridículo, Don Quijote imagina, aspira a intangibles, elucubra y fantasea al límite de lo febril. El primero da claridad, el segundo da emoción. El uno da evidencia, el otro da lirismo. 

11. ¿Por qué dice Camus que matarse es confesar?
Es confesar que se ha sido sobrepasado por la vida o que no se la comprende. Es confesar que eso no merece la pena. Uno sigue haciendo los gestos que ordena la existencia por muchas razones, la primera es la costumbre. Morir voluntariamente supone que se ha reconocido, aunque sea instintivamente, el carácter irrisorio de esa costumbre, la ausencia de una razón profunda para vivir, el carácter insensato de esa agitación cotidiana y la inutilidad del sufrimiento.

Un mundo que se puede explicar incluso con malas razones es un mundo familiar. Pero uno privado repentinamente de ilusiones y esperanzas le resulta extraño al hombre.

12. Aun cuando Camus establece que los humanos tenemos el afán natural de racionalizar, ¿cuándo, según él, surge el "por qué" existencial?
Cuando se caen los decorados. Levantarse, coger el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, otras cuatro horas de trabajo,  el tranvía, la cena, el sueño, el lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado, con el mismo ritmo y patrón; es una ruta fácil al principio y por mucho tiempo.  Pero un día surge el por qué, y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro. El cansancio, el hastío, el desgaste, el despropósito, el sinsentido. El despertar llega y trae como consecuencia (raras veces) el suicidio o (casi siempre) el restablecimiento.

13. ¿Cómo nos conduce la conciencia del tiempo a eso que Camus llama la "rebelión de la carne"?
Durante todos los días de una vida sin brillo, el tiempo nos lleva. Pero siempre llega un momento en el que uno debe llevar al tiempo. Vivimos del porvenir: “mañana”, “más tarde”, “Cuando tengas una posición”, “con los años comprenderás”.  Estas inconsecuencias son admirables, pues al fin y al cabo, se trata de morir. Porque un día nos enteramos de nuestra edad. Reconocemos que nos hallamos en cierto momento de una curva que confesamos tener que recorrer. Pertenecemos al tiempo y en él reconocemos, con horror, a nuestro peor enemigo. 

El mañana, anhelamos el mañana, cuando debíamos rechazarlo con todo nuestro ser. Esta rebelión de la carne es lo absurdo.

14. ¿Cómo relaciona Camus "la náusea" con el absurdo?
También el hombre segrega lo inhumano. En ciertas horas de lucidez, el aspecto mecánico de los gestos, su pantomima carente de sentido, vuelve estúpido todo cuanto nos rodea. Un hombre habla por teléfono detrás de un tabique de vidrio, no se le oye, pero se ve su mímica sin sentido, y uno se pregunta por qué vive. Este malestar ante la inhumanidad del hombre mismo, esta caída incalculable ante la imagen de lo que somos, esta náusea, como la llama un actor de nuestros días (Sartre) es también lo absurdo.

El extraño que en ciertos segundos viene a nuestro encuentro en el espejo, es el absurdo. Ese hermano familiar que, inquietantes, volvemos a encontrar en nuestras propias fotografías, es también el absurdo.

15. Según Camus, ¿qué tienen en común, Nietzche, Jaspers, Kierkegaard, Kant, Chestov, Heidegger, Scheler, Husserl y los fenomenólogos?
Siempre ha habido hombres dispuestos a defender los derechos de lo irracional, el pensamiento humillado. En el plano lógico y en el plano moral, todos son parte de una familia de espíritus emparentados por su nostalgia, opuestos por sus métodos o sus fines, pero dedicados con afán a cerrar la vía real de la razón y a volver a encontrar los rectos caminos de la verdad.

Cualesquiera que sean o hayan sido sus ambiciones, todos han partido de este universo indecible en el que reinan la contradicción, la antinomia, la angustia y la impotencia. Al margen de sus filosofías personales, los elementos de futilidad, desesperación, desconcierto, frustración, desasosiego, angustia y miedo, son los componentes del clima que les es común.

Heidegger cree que la inquietud es la única realidad, un temor breve y fugitivo que deviene en angustia cuando adquiere conciencia. Según Heidegger nada es más importante que la existencia, ni siquiera el hombre mismo. Y sin embargo concluye que el mundo no tiene nada que ofrecer al hombre angustiado que alterna entre el rostro del fastidio y el del terror en una vigilia autoimpuesta de manera permanente.

Jaspers desespera de la ontología. Dice que perdimos la ingenuidad y caímos en un juego de apariencias. El espíritu fracasará inevitablemente. Se obsesiona con los fallos históricos de cada sistema, ilusiones que han salvado todo, predicación que no ha ocultado nada. Según él, la nada es la única realidad.

Chestov demuestra de manera harto cansada que lo racional siempre choca con lo irracional, y que todos los esfuerzos humanos por rebelarse contra lo irremediable son inútiles. Nada es cierto. La única realidad es la incertidumbre.

Kierkegaard vive el absurdo. "El más seguro de los mutismos no consiste en callarse sino en hablar". La inutilidad de la palabra. Rechaza los consuelos, la moral, los principios tranquilizadores. No procura calmar el dolor de la espina que siente en el corazón. Lo excita y se muestra contento  de su crucifixión, con alegría desesperada, construyendo pieza a pieza, con lucidez, negación y comedia, una categoría de lo demoníaco.

Finalmente, los fenomenólogos hablan de la diversidad, donde todo importa de igual manera: el mojón kilométrico, el pétalo de una rosa, la mano humana, el amor, el deseo, la ley de la gravedad, la muerte. El medio importa menos que el fin. La motivación es conocer y no hay ninguna esperanza oculta.

Todos ellos están conscientes de su despertar amargo donde la esperanza no cabe y la razón es impotente. Contradicción, desatino, irracionalidad. Nada está claro, y más allá de los muros familiares, internos, el mundo es la mayor de las irracionalidades.

jueves, 4 de julio de 2013

Camus y el fútbol, el guardameta

"En 1930 Albert Camus era el San Pedro que custodiaba la puerta del equipo del fútbol del la Universidad de Argel. Se había acostumbrado a jugar de guardameta desde niño, porque ese era el puesto donde menos se gastaban los zapatos. Hijo de casa pobre, Camus no podía darse el lujo de correr por las canchas: cada noche, la abuela le revisaba las suelas y le pegaba una paliza si las encontraba gastadas."
Eduardo Galeano.


Lo que debo al fútbol
Albert Camus

Sí, lo jugué varios años en la Universidad de Argel. Me parece que fue ayer. Pero cuando, en 1940, volví a calzarme los zapatos, me di cuenta de que no había sido ayer. Antes de terminar el primer tiempo, tenía la lengua como uno de esos perros con los que la gente se cruza a las dos de la tarde en Tizi-Ouzou. Fue entonces, hace bastante tiempo, de 1928 en adelante, supongo. Hice mi debut con el club deportivo Montpensier. Sólo Dios sabe por qué, dado que yo vivía en Belcourt y el equipo de Belcourt - Mustapha era el Gallia.

Pero tenía un amigo, un tipo velludo, que nadaba en el puerto conmigo y jugaba waterpolo para Montpensier. Así es como a veces la vida de una persona queda determinada. Montpensier jugaba a menudo en los jardines de Manoeuvre, aparentemente por ninguna razón especial. El césped tenía en su haber más porrazos que la canilla de un centro forward visitante del estadio de Alenda, Orán. Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha.

Al cabo de un año de porrazos y Montpensier, en el “Lycée” me hicieron sentir avergonzado de mí mismo: un “universitario” debe jugar con la Universidad de Argel, RUA. En ese periodo, el tipo velludo ya había salido de mi vida. No nos habíamos peleado, sólo que ahora él prefería irse a nadar a Padovani donde el agua no era tan “pura”. Ni tampoco, para ser sinceros, eran “puros” sus motivos. Personalmente, encontré que su motivo era “adorable”, aunque ella bailaba muy mal, lo que me parecía insoportable en una mujer. ¿Es el hombre, o no es, quien debe pisarle los dedos de los pies? El tipo velludo y yo prometimos volver a vernos. Pero los años fueron pasando. Mucho después comencé a frecuentar el restaurante de Padovani (por motivos “puros”) pero el tipo velludo se había casado con su paralítica, quien seguramente le prohibía bañarse, como suele ocurrir.

¿Pero qué es lo que estaba diciendo? Ah sí, el RUA. Estaba encantado, lo importante para mí era jugar. Me devoraba la impaciencia del domingo al jueves, día de práctica, y del jueves al domingo, día del partido. Así fue como me uní a los universitarios. Y allí estaba yo, golero del equipo juvenil. Sí, todo parecía muy fácil. Pero no sabía que se acababa de establecer un vínculo de años, que abarcaría cada estadio de la provincia, y que nunca tendría fin.

No sabía entonces que veinte años después, en las calles de París e incluso en Buenos Aires (sí, me ha sucedido) la palabra RUA mencionada por un amigo con el que tropecé, me haría saltar el corazón tan tontamente como fuera posible. Y ya que estoy confesando mis secretos, debo admitir que en París por ejemplo, voy a ver los partidos del Racing Club, al que convertí en mi favorito sólo porque usan las mismas camisas que el RUA, azul con rayas blancas. También debo decir que Racing tiene algunas de las mismas excentricidades que el RUA. Juega “científicamente” y pierde partidos que debería ganar. Parece que esto ahora ha cambiado (eso es lo que me escriben de Argel), cambiado -pero no mucho-. Después de todo, era por eso que quería tanto a mi equipo, no solo por la alegría de la victoria cuando estaba combinada con la fatiga que sigue al esfuerzo, sino también por ese estúpido deseo de llorar en las noches luego de cada derrota.

Como zaguero estaba el "Grandote" -quiero decir Raymond Couard. Le dábamos bastante trabajo, si mal no recuerdo. Jugábamos duro. Los estudiantes, los nenes de papá, no escatiman nada. Pobres de nosotros -en todo sentido- ¡muchos nos burlábamos de la dureza de nuestros propios pies! No teníamos más remedio que admitirlo. Y teníamos que jugar “deportivamente”, porque ésa era la dorada regla del RUA, y “firmes”, porque, cuando todo está dicho y hecho, un hombre es un hombre. ¡Difícil compromiso! Eso no puede haber cambiado, estoy seguro.

El equipo más difícil era el Olympic Hussein Dey. El estadio quedaba detrás del cementerio. Ellos nos hicieron notar, sin piedad, que podíamos tener acceso directo al camposanto. En cuanto a mí, ¡pobre golero!, vinieron por mi cadáver. Sin Roger ¡lo que hubiera sufrido! Estaba Boufarik, ese centro forward grande y gordo (que entre nosotros llamábamos "Sandía") se excusaba con un: "Lo siento nenito" y una sonrisa franciscana.

No voy a seguir. Ya me excedí de mis límites. Y entonces, me pongo reblandecido. Hasta en "Sandía" veo bondad. Además, seamos sinceros, bien que esto era lo que nos habían enseñado. Y a esta altura, no quiero seguir bromeando. Porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol, lo que aprendí con el RUA, no puede morir. Preservémoslo. Preservemos esta gran y digna imagen de nuestra juventud. También estará vigilándolos a ustedes.

Revista La Maga (Extra)
Literatura de la Pelota
Octubre 1996
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Con el Nobel ya en sus manos, un periodista le preguntó al autor qué hubiese elegido, el fútbol o el teatro, si su salud se lo hubiese permitido. Camus respondió sin titubear: "El fútbol, sin duda".

miércoles, 3 de julio de 2013

El Premio Nobel de 1957

Extraigo a continuación fragmentos del artículo "Camus, nuestro contemporáneo" redactado por Jean Daniel, director de Le Nouvel Observateur, traducido al castellano por José Luis Sánchez-Silva, y publicado por el periódico El País con motivo de los 50 años de la entrega del Premio Nobel de Literatura al escritor francés nacido en Argelia. Cierro con el discurso pronunciado por Camus al aceptar el galardón.

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Cuando, en 1957, a la edad de 44 años, Camus recibe el Premio Nobel, su primera reacción pública será proclamar: "Debieron dárselo a Malraux". Una elegancia de gran señor, y también una forma de anticiparse a las reacciones maliciosas de los intelectuales parisinos, incapaces de privarse de ellas. Camus asume sin dificultad la jerarquía que le sitúa por debajo de Malraux. Él mismo se considera demasiado joven, estima que está lejos de tener una obra acabada (según él, aún no sería posible hacerse una idea de su mensaje), se cree presa de la esterilidad, sufre a causa de la tragedia argelina, y unos problemas muy personales le obligan a debatirse entre un abandono culpable y una rabia secreta que anulan ese deseo obsesivo de permanecer siempre disponible para la felicidad.

Después de Roger Martin du Gard, André Gide y François Mauriac, y en plena posguerra, he aquí pues recién entrado en el Olimpo a un joven plebeyo procedente de los arrabales obreros de Argel y cuya madre se ha dedicado a la limpieza durante mucho tiempo. Todos los que le precedieron en el viaje a Estocolmo eran grandes burgueses, a veces lo bastante acaudalados como para permitirse esperar el reconocimiento sin impaciencia.

Entonces, ¿por qué Camus? ¿Acaso los jurados del Premio Nobel tuvieron la presciencia de que su joven laureado moriría tres años más tarde? Tenía 44 años, el ganador más joven después de Kipling, cuando un accidente de coche en una carretera desierta, recta y árida puso término a una vida luminosa y truncó un destino.

Camus tenía un plan preciso y programado de la obra que quería llevar a cabo. Primero el absurdo, con El extranjero, El mito de Sísifo y Calígula. Después, la rebelión, con Los justos, La peste y El hombre rebelde. La muerte le impidió describir el ciclo que hubiera debido cerrar su proyecto y cuyo tema era el amor. En cierta medida, El primer hombre culmina la obra interrumpida.

Camus no previó ninguno de los cambios del mundo que quería esforzarse en conservar. Ni el retorno del fanatismo religioso, ni la mundialización del terrorismo, ni las transformaciones de la expresión del pensamiento bajo los efectos de las tecnologías de la informática, ni la ambición humanitaria que puede conducir a una guerra en nombre del bien (¿qué habría hecho su doctor Rieux, que, en La peste, cuidaba a los incurables, ante la guerra de Irak?). Eso no impide que la influencia de Camus haya sido considerable, aunque, no obstante, sus huellas se perciban sólo ahora. El combate contra el absoluto, la rebelión a escala humana, la aceptación de que el hombre debe acometer su oficio de hombre sin la certeza del éxito ni promesas de salvación, son ideas que alimentan más o menos directamente la obra de numerosos pensadores y ensayistas de todos los países.

El discurso que Albert Camus pronunció en Estocolmo durante la ceremonia de entrega del premio es de tal importancia que suele recomendarse su lectura (inmediatamente después de El primer hombre, su novela póstuma) a aquellos que quieren iniciarse en su obra. En ese discurso, Camus subrayaba antes de nada que, al concedérselo a él, era un francés de Argelia quien recibía aquella distinción mundial. Quería recordar que entre esa población designada con el apelativo de pied-noir, de la que entonces se decía que estaba constituida por colonos acomodados y sin escrúpulos, había también seres surgidos de los medios más pobres y capaces de hacer honor a su país y a la humanidad.

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Discurso de Albert Camus al aceptar el Premio Nobel de Literatura
Estocolmo, 10 de diciembre de 1957

Al recibir la distinción con que ha querido honrarme su libre Academia, mi gratitud es más profunda cuando evalúo hasta qué punto esa recompensa sobrepasa mis méritos personales. Todo hombre, y con mayor razón todo artista, desea que se reconozca lo que es o quiere ser. Yo también lo deseo. Pero al conocer su decisión me fue imposible no comparar su resonancia con lo que realmente soy. ¿Cómo un hombre, casi joven todavía, rico sólo por sus dudas, con una obra apenas desarrollada, habituado a vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la amistad, podría recibir, sin una especie de pánico, un galardón que le coloca de pronto, y solo, a plena luz? ¿Con qué ánimo podía recibir ese honor al tiempo que, en tantos sitios, otros escritores, algunos de los más grandes, están reducidos al silencio y cuando, al mismo tiempo, su tierra natal conoce una desdicha incesante? 

He sentido esa inquietud, y ese malestar. Para recobrar mi paz interior me ha sido necesario ponerme de acuerdo con un destino demasiado generoso. Y como era imposible igualarme a él con el único apoyo de mis méritos, no he hallado nada mejor, para ayudarme, que lo que me ha sostenido a lo largo de mi vida y en las circunstancias más opuestas: la idea que me he forjado de mi arte y de la misión del escritor. Permitanme,  aunque sólo sea en prueba de reconocimiento y amistad, que les diga, lo más sencillamente posible, cuál es esa idea. 

Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he puesto ese arte por encima de cualquier cosa. Por el contrario, si me es necesario es porque no me separa de nadie, y me permite vivir, tal como soy, a la par de todos. A mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. Obliga, pues, al artista a no aislarse; le somete a la verdad, a la más humilde y más universal. Y aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia más que confesando su semejanza con todos. 

El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo hacia los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso, los verdadero artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si han de tomar partido en este mundo, sólo puede ser por una sociedad en la que, según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual. 

Por lo mismo el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque se acomode a a su paso y, sobre todo, si en ello consiente. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones,  en el otro extremo del mundo, basta para sacar al escritor de su soledad,  por lo menos, cada vez que logre, entre los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trate de recogerlo y reemplazarlo, para hacerlo valer mediante todos los recursos del arte. 

Nadie es lo bastante grande para semejante vocación. Sin embargo,  en todas las circunstancias de su vida, obscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre para poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificará sólo a condición de que acepte, tanto como pueda, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio a la verdad, y el servicio a la libertad. Y puesto que su vocación consiste en reunir al mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la mentira ni a la servidumbre porque, donde éstas reinan, crece el aislamiento. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia ante la opresión. 

Durante más de veinte años de historia demencial, perdido sin remedio, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones del tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento hondo de que escribir es hoy un honor, porque ese acto obliga a algo más. Me obligaba, especialmente, tal como yo era y con arreglo a mis fuerzas, a compartir, con todos los que vivían mi misma historia, la desventura y la esperanza. Esos hombres nacidos al comienzo de la primera guerra mundial, que tenían veinte años  en la época de instaurarse, a la vez, el poder hitleriano y los primeros procesos revolucionarios, y que para completar su educación se vieron enfrentados a la guerra de España, a la segunda guerra mundial,  al universo de los campos de concentración, a la Europa de la tortura y de las prisiones; hoy obligados a orientar a sus hijos y a sus obras en un mundo amenazado de destrucción nuclear. Supongo que nadie pretenderá pedirles que sean optimistas. Hasta llego a pensar que debemos ser comprensivos, sin dejar de luchar contra ellos, con el error de los que, por un exceso de desesperación han reivindicado el derecho al deshonor y se han lanzado a los nihilismos de la época. Pero sucede que la mayoría de entre nosotros, en mi país y en el mundo entero, han rechazado el nihilismo y se consagran a la conquista de una legitimidad. 

Les ha sido preciso forjarse un arte de vivir para tiempos catastróficos, a fin de nacer una segunda vez y luchar luego, a cara descubierta, contra el instinto de muerte que se agita en nuestra historia. 

Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sábe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida —en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos, y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo no saben convenir, en la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión—, esa generación ha debido, en si misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que se corre el riesgo de que nuestros grandes inquisidores   establezcan para siempre el imperio de la muerte, sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la Alianza.

No es seguro que esta generación pueda al fin cumplir esa labor inmensa, pero lo cierto es que, por doquier en el mundo, tiene ya hecha, y la mantiene, su doble apuesta en favor de la verdad y de la libertad y que, llegado el momento, sabe morir sin odio por ella. Es esta generación la que debe ser saludada y alentada dondequiera que se halle, donde se sacrifica. En ella, seguro de vuestra profunda aprobación, quisiera yo declinar hoy el honor que acabáis de hacerme. 

Al mismo tiempo, después de expresar la nobleza del oficio de escribir, querría yo situar al escritor en su verdadero lugar, sin otros títulos que los que comparte con sus compañeros, de lucha, vulnerable pero tenaz, injusto pero apasionado de justicia, realizando su obra sin vergüenza ni orgullo, a la vista de todos; atento siempre al dolor y a la belleza; consagrado en fin, a sacar de su ser complejo las creaciones que intenta levantar, obstinadamente, entre el movimiento destructor de la historia. 

¿Quién, después de eso, podrá esperar que él presente soluciones ya hechas, y bellas lecciones de moral? La verdad es misteriosa, huidiza, y siempre hay que tratar de conquistarla. La libertad es peligrosa, tan dura de vivir, como exultante. Debemos avanzar hacia esos dos fines, penosa pero resueltamente, descontando por anticipado nuestros desfallecimientos a lo largo de tan dilatado camino. ¿Qué escritor osaría, en conciencia, proclamarse orgulloso apóstol de la virtud? En cuanto a mi, necesito decir una vez más que no soy nada de eso. Jamás he podido renunciar a la luz, a la dicha de ser, a la vida libre en que he crecido. Pero aunque esa nostalgia explique muchos de mis errores y de mis faltas, indudablemente ella me ha ayudado a comprender mejor mi oficio y también a mantenerme, decididamente, al lado de todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad, y por la esperanza de volverlos a vivir. 

Reducido así a lo que realmente soy, a mis verdaderos limites, a mis dudas y también a mi difícil fe, me siento más libre para destacar, al concluir, la magnitud y generosidad de la distinción que acabáis de hacerme. Más libre también para decir que quisiera recibirla como homenaje rendido a todos los que, participando del mismo combate, no han recibido privilegio alguno y sí, en cambio, han conocido desgracias y persecuciones. Sólo me  falta dar las gracias, desde el fondo de mi corazón, y hacer públicamente, en señal personal  de gratitud, la misma y vieja promesa de fidelidad que cada verdadero artista se hace a si mismo, silenciosamente, todos los días.

martes, 2 de julio de 2013

Albert Camus, datos biográficos


Albert Camus nació en Mondovi, Argelia (colonia francesa), el 7 de noviembre de 1913 y fue un novelista, ensayista, dramaturgo, filósofo y periodista. Precisamente este año se celebra el centenario de su nacimiento.

En su variada obra desarrolló un humanismo fundado en la conciencia del absurdo de la condición humana. En 1957, a la edad de 44 años, se le concedió el Premio Nobel de Literatura por «el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy».

Biografía
Albert Camus nació en una familia de colonos franceses (pieds-noirs) dedicados al cultivo del anacardo marañón*, en el departamento de Constantina. Su madre, Catalina Elena Sintes, nacida en Birkadem (Argelia), y de familia originaria de Menorca, era analfabeta y casi totalmente sorda, fue quien enseñó a Albert Camus tanto el español como el catalán, idiomas ambos que dominaba perfectamente. Su padre, Lucien Camus trabajaba en una finca vitivinícola, cerca de Mondovi, para un comerciante de vinos de Argel, y era de origen alsaciano, como otros muchos pieds-noirs que habían huido tras la anexión de Alsacia por Alemania tras la Guerra Franco-Prusiana. Movilizado durante la Primera Guerra Mundial, es herido en combate durante la Batalla del Marne y fallece en el hospital de Saint-Brieuc el 17 de octubre de 1914, hecho que propicia el traslado de la familia a Argel a casa de su abuela materna. 

De su progenitor, Albert sólo conserva una fotografía y una significativa anécdota: su señalada repugnancia ante el espectáculo de una ejecución capital. Ubicados en Argel, Camus realiza allí sus estudios, alentado por sus profesores, especialmente Louis Germain, en la escuela primaria, a quien guardará total gratitud, hasta el punto de dedicarle su discurso del Premio Nobel; y también Jean Grenier, en el instituto, quien lo inició en la lectura de los filósofos, y especialmente le dio a conocer a Nietzsche.

Comenzó a escribir a muy temprana edad: sus primeros textos fueron publicados en la revista Sud en 1932. Tras la obtención del bachillerato, obtiene un diploma de estudios superiores en letras, en la rama de filosofía. La tuberculosis le impide participar en el examen de licenciatura.

En 1935 comenzó a escribir El revés y el derecho que fue publicado dos años más tarde. En Argel funda el Teatro del Trabajo que en 1937 reemplaza por El Teatro del Equipo. En esos años, Albert Camus abandona el Partido Comunista por serias discrepancias, como el Pacto germano-soviético y su apoyo a la autonomía del PC de Argelia respecto al Partido Comunista Francés.

Entra a trabajar en el Diario del Frente Popular, creado por Pascal Pia: su investigación La miseria de la Kabylia tiene un resonante impacto. En 1940, el Gobierno General de Argelia prohíbe la publicación del diario y maniobra para que Camus no pueda encontrar trabajo. Camus emigra entonces a París y trabaja como secretario de redacción en el diario Paris-Soir. En 1943, trabaja como lector de textos para Gallimard, importante casa editorial parisina, y toma la dirección de Combat cuando Pascal Pia es llamado a ocupar otras funciones en la Resistencia contra los alemanes.

El anarquista Andre Prudhommeaux lo presentó, en 1948, por primera vez, en el movimiento libertario, en una reunión del Círculo de Estudiantes Anarquistas, como simpatizante que ya estaba familiarizado con el pensamiento anarquista. Camus escribió a partir de entonces para publicaciones anarquistas, siendo articulista de Le Libertaire (precursor inmediato de Le Monde libertaire), Le révolution proletarienne y Solidaridad Obrera (de la CNT). Camus, junto a los anarquistas, expresó su apoyo a la revuelta de 1953 en Alemania Oriental. Estuvo apoyando a los anarquistas en 1956, primero a favor del levantamiento de los trabajadores en Poznan, Polonia, y luego, en la Revolución húngara. Fue miembro de la Fédération Anarchiste.

Su enfrentamiento con Jean-Paul Sartre tiene lugar en 1952 tras la publicación en Les Temps Modernes del artículo que éste encargó a Francis Jeanson, donde reprochaba a Camus que su rebeldía era «deliberadamente estética» expresada principalmente en la obra de Camus El mito de Sísifo. En 1956, en Argel, Camus lanza su «Llamada a la tregua civil», pidiendo a los combatientes del movimiento independentista argelino y al ejército francés, enfrentados en una crudelísima guerra sin cuartel, el respeto y la protección sin condiciones para la población civil.  Mientras leía su texto, afuera, una turba heterogénea lo injuriaba, y pedía su muerte a gritos. Para él, en aquella guerra, su lealtad y su amor por Francia, no impedía el cabal conocimiento de la injusticia que vivía el pueblo argelino, depauperado y humillado, como tampoco podía impedir su amor por Argelia que se reconociera deudor de una lengua, una cultura y una sensibilidad política y social indisolublemente unidas a Francia.

Existen corrientes de opinión que afirman que esta ruptura nunca tuvo lugar realmente. La confusión entre las cartas a Sartre enviadas en la década del 1932 al 1954 fue el indicador de que Camus negaba su influencia, achacándola a 'malentendidos intencionados'. Futuras indagaciones siembran dudas sobre la autoría real de esas cartas.

Tumba en Lourmarin
Al margen de las corrientes filosóficas, Camus elaboró una reflexión sobre la condición humana. Rechazando la fórmula de un acto de fe en Dios, en la historia o en la razón, se opuso simultáneamente al cristianismo, al marxismo y al existencialismo. No dejó de luchar contra todas las ideologías y las abstracciones que alejan al hombre de lo humano. Lo definió como la Filosofía del absurdo, además de haber sido un convencido anarquista, dedicando parte importante de su libro "El hombre rebelde" a exponer, cuestionar y filosofar sobre sus convicciones, y demostrar lo destructivo de toda ideología que proponga una finalidad en la historia.

Camus murió el 4 de enero de 1960 en un accidente de coche cerca de Le Petit-Villeblevin, sobre cuyas causas se han publicado posteriormente especulaciones no confirmadas. Entre los papeles que se le encontraron, había un manuscrito inconcluso, "El primer hombre", de fuerte contenido autobiográfico y gran belleza. Camus fue enterrado en Lourmarin, pueblo del sur de Francia donde había comprado una casa.

Comentarios de quienes lo conocieron de cerca

Era un hombre intenso y austero, cálido y tenso, sensual y puritano, capaz de completar sus frases, alguien de la familia de Montaigne, Pascal y Nietzsche, un intelectual más ejemplar que doctrinario, más testigo que juez, más contagioso que persuasivo. Supo decir no al espíritu de una época cuya herencia llena todavía los periódicos: la del colonialismo, los totalitarismos y el terrorismo: "Sólo siento aversión", decía, "hacia esos servidores de la justicia que piensan que únicamente podemos prestar un buen servicio entregando varias generaciones a la injusticia".

(Jean Daniel, periodista y amigo de Albert Camus)

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Descubro después de un prólogo tan largo y gratuito que casi no me queda espacio para hablar de lo que me ha apasionado, de un libro de papel que voy a guardar como una joya cuando el acto de leer solo sea coto privado de una máquina. Está dedicado a un fulano que se parecía a Bogart. No solo por lo bien que le quedaban las gabardinas y por fumar con estilo. Pero no era un complejo canalla. Era fundamentalmente honrado, profundo, terrible, lírico, magnético y de verdad. Se llamaba Albert Camus, estaba desoladamente convencido de que “no existe amor a la vida sin desesperación”, de que “los hombres mueren y no son felices”, de que “nosotros hemos desterrado a la belleza, mientras los griegos empuñaron las armas por ella”, de que “no quiero ante este mundo mentir ni que me mientan. Una verdad es algo que crece y se afirma. Es una obra que realizar. Y esa obra es lo que hay que perseguir en el papel y en la vida con todos los recursos de la lucidez”.

Mi padre es un recuerdo luminoso, de un hombre muy vivo, divertido y severo, y tierno. No puedo hablar del escritor, aunque le veía escribir, ni siquiera sabía que era famoso. Comprendí que era célebre cuando murió. A mis 34 años me dijeron que tenía que hacerme cargo de la gestión de su obra. Entonces yo sabía lo que había escrito, lo había leído. Pero además conocía el interior, porque mi padre se parece a su obra. No hay una dicotomía; su obra es tal y como era él. Mi padre fue el hombre rebelde, “un hombre que dice no. Pero aunque rechace su renuncia también es un hombre que dice sí desde el primer acto”. Fue también aquel maravilloso imprudente que aseguró que entre su madre y la justicia se quedaba con su madre.

(Catherine Camus, hija del autor)

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Mi pequeño Albert:

He recibido, enviado por ti, el libro Camus, que ha tenido a bien dedicarme su autor, el señor J.-Cl.Brisville.

Soy incapaz de expresar la alegría que me has dado con la gentileza de tu gesto y no sé cómo agradecértelo. Si fuera posible, abrazaría muy fuerte al mocetón en que te has convertido y que seguirá siendo para mí "mi pequeño Camus".

Todavía no he leído la obra, salvo las primeras páginas. ¿Quién es Camus? Tengo la impresión de que los que tratan de penetrar en tu personalidad no lo consiguen. Siempre has mostrado un pudor instintivo ante la idea de descubrir tu naturaleza, tus sentimientos. Cuando mejor lo consigues es cuando eres simple, directo. ¡Y ahora, bueno! Esas impresiones me las dabas en clase. El pedagogo que quiere desempeñar concienzudamente su oficio no descuida ninguna ocasión para conocer a sus alumnos, sus hijos, y éstas se presentan constantemente. Una respuesta, un gesto, una mirada, son ampliamente reveladores. Creo conocer bien al simpático hombrecito que eras, y el niño, muy a menudo, contiene en germen al hombre que llegará a ser. El placer de estar en clase resplandecía en toda tu persona. Tu cara expresaba optimismo. [...]
He visto la lista en constante aumento de las obras que te están dedicadas o que hablan de ti. Y es para mí una satisfacción muy grande comprobar que tu celebridad (es la pura verdad) no se te ha subido a la cabeza. Sigues siendo Camus: bravo. [...]

(Carta dirigida a Albert Camus por su maestro de la escuela primaria, Louis Germain Martin)


Temáticas de sus obras
Entre sus principales obras se encuentra "El extranjero", novela en la que describe las vicisitudes de un individuo incapaz de expresar «sentimientos» o de forjarse una «moral» acordes, que vive la escisión entre razón-sensación-emoción, y reacciona sin razón ni motivo aparente.

En otra de sus obras, El mito de Sísifo, ensayo literario de esencia filosófica que describe «El sentimiento del Absurdo», el reconocimiento profundo de la inanidad, y la intrascendencia del hombre enfrentado al cosmos, a su destino y a la historia, sólo rescatado cuando actúa «como si» pudiera cambiar el universo.

Principales obras
Novelas y relatos

La muerte feliz (La mort heureuse) (1937), publicada por primera vez en 1971 ya que Camus la abandonó para escribir El extranjero.
El extranjero (L'étranger) (1942)
La peste (La peste) (1947)
La caída (La chute) (1956)
El exilio y el reino (L'exil et le royaume) (1957)

Obras teatrales

Calígula (Caligula) (1944)
El malentendido (Le malentendu) (1944)
Estado de sitio (L'état de siège) (1948)
Los justos (Les justes) (1950)
Los posesos (1959)

Ensayos

Bodas (Noces) (1939)
El mito de Sísifo (Le mythe de Sisyphe) (1942)
Cartas a un amigo alemán (Lettres à un ami allemand) (1948)
El hombre rebelde (L'homme révolté) (1951)
El verano (L'Été) (1954)
Reflexiones sobre la guillotina (Réflexions sur la guillotine) (1957)

Otras obras

El revés y el derecho (L'envers et l'endroit) (1937)
El primer hombre (Le premier homme) (inconcluso, publicado por su hija en 1994)

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