viernes, 3 de febrero de 2017

Una historia de Ángela Pinto 1-5



Amigos del Club de la Buena Estrella, espero que estén disfrutando de las lecturas programadas para 2017.

Me voy a permitir hacer un paréntesis en el nutrido intercambio sobre el autor de febrero, para enmendar una penosa omisión que tuve durante la lectura de diciembre. Si recuerdan, Miguel Ángel nos encomendó hacer una entrada sobre alguna anécdota que quisiéramos compartir sobre nuestro padre, y yo recibí de nuestra amiga Ángela Pinto un hermoso escrito que por diversos motivos no había podido postear hasta este día. Confío en que ella me sabrá perdonar esta demora.

Se los he transcrito tal y como me los envió, dividido en 5 partes, y con minúsculos cambios obligados por el hecho de que el español no es su lengua materna. 

Espero que lo disfruten tanto como yo.

1

Todo empezó en el día y la hora en que se me ocurrió nacer, en un lugar y en un período de muy poca y ambigua calma.

El país estaba saliendo de una guerra terrible donde todo el mundo estaba involucrado: los de raza especial contra los otros, que por ansia de poder o ignorancia se dejaron arrastrar y se llevaron a miles de jóvenes soldados a combatir y a morir por algo que no tenían muy claro y a lo que, de todos modos, había que obedecer.

Las grandes extensiones de tierra eran para algunos privilegiados, en contra, los pequeños braceros iban de un fundo a otro trabajando de sol a sol y ganando tan poco, que nunca les alcanzaba para mantener a su familia, así que mis padres tuvieron que ir a trabajar en campos ajenos, dejándonos solas en la casa, a mí y a mi hermana mayor, de apenas un año más que yo.

Un día se realizó la reforma agraria, yo misma acompañé a mi padre con la esperanza, dijo mi madre, de que pudiéramos tener algo de suerte en el sorteo y lograr un terrenito decente, donde se pudiera llegar sin mucha dificultad, que no tuviera demasiadas piedras y se pudiera empezar a cultivar lo necesario para sustentar a la familia, que de cuatro miembros había crecido a seis.

Yo tenía que haber sido varón, según mi padre. Su primer hijo se murió a los tres añitos, él nunca pudo olvidar ese gran dolor, todos los días iba al cementerio como si de esa manera hubiera podido devolverlo a la vida, y mientras el pequeño dejaba este mundo, en la misma cama, nacía mi hermana mayor, rubiecita, con los pómulos rosados, los ojos verdes, bien redondita y linda; así que cuando un año y medio después nací yo, mi padre quedó tan desilusionado que ni se preocupó por buscarme nombre, en fin, simplemente me tocaba por tradición llevar el nombre de su padre y, por ser niña, de su madre. Además era tan pequeña y frágil que bastaría el diminutivo Lina... y así fue.

Después del sorteo, -ya tenía yo más o menos ocho años-, la emoción de tener un terreno propio se esfumó de inmediato cuando mis padres fueron a ver cómo era y donde quedaba.

Con una carreta tirada por una mula, llegaron al límite de una inmensa propiedad bien cultivada, con incontables hileras de viñedos pero sin calles y sin manera de bajar, así que tuvieron que caminar largos trechos, cargando bultos con algo de pan y sobras del día anterior, para conocer exactamente cuál pedazo les habían  asignado, ya que en esas laderas iban a haber al menos cinco propietarios diferentes.

2

Tuvieron que atravesar un pequeño bosque de pinos, muy lindo, que daba una agradable frescura, pero por lo demás inútil para cultivar. Avanzaron un kilómetro más y allí estaba...  una tierra sin nada, sin plantas, sin agua, con muchas piedras, grandes canales, había que sacarle espacio para cultivar trigo, sembrar viñedos, excavar un pozo y seguir comiendo pan duro mientras todo eso se hacía realidad.

Vita y Paolo empezaron a recoger piedras gruesas, sólidas, pesadas; cavaron hoyo profundo que debía servir de pozo y depósito de agua, y marcaron una canaleta por donde debía bajar el agua de lluvia desde las tierras de arriba hasta el pozo, de lo contrario, el agua se iría como siempre hacia abajo, hasta la gravina y se perdería a través de kilómetros hasta llegar al mar.

Al hombre le tocaba procurarse las estacas de uva, así que mi padre se fue escogiendo las mejores en los terrenos de familiares y amigos para sembrar uva blanca para comer y uva negra para vino.

En un par de años ya hubo una hectárea sembrada de plantitas que crecían, así como varios árboles de fruta: cada cinco filas de uva había un par de arbolitos de higos o peras. De las trece hectáreas de tierra solo siete u ocho eran los terrenos buenos para sembrar, constituidos por tres colinas separadas por enormes y profundos canales. Además, en los meses invernales era imposible tener algo, todo se helaba, la tierra solo se preparaba con arados y caballos y solo años más adelante, con tractor. Ya en marzo sembraban trigo y maíz, girasoles, papas de azúcar, y todo lo que pudiera dar esa tierra, incluyendo todas las legumbres, alcachofas, papas y verduras que podían servir para alimentar a la familia, pero eso sería muchos años después, cuando el plan de la reforma agraria siguió y empezaron a construir casas blancas, cómodas y muy funcionales para cada fundo y para que cada familia pudiera vivir en los terrenos asignados.

Volviendo atrás, a los seis meses de haber nacido yo, mi madre se dio cuenta de estar nuevamente embarazada y decidió dejar de darme pecho, por lo que me puse mal ya que no podía digerir la leche de vaca.

Para empeorar las cosas, cuando yo tenía apenas dos años, mi hermana me dio un vaso de leche cruda que por poco me despacha al otro mundo, una hemorragia imparable me dejó débil, frágil, más de lo que era, solo unas hierbas especiales de una amiga de mi madre la pudo parar.

3

Como si fuera poco, una noche me caí de la cama, donde dormía con mi hermana mayor. Era de hierro, alta, sin baranda, sin protección alguna, así que me caí una noche y, según lo que contaba mi madre, solo después de tanto pelear, mi padre le puso una barra para que no me cayera más.

Mis padres se iban a trabajar todo el día en campos ajenos, para tener algo de dinero y comprar lo indispensable y nosotras dos con mi hermana nos quedábamos solas en ese cuarto. 

Un día llegó un señor, amigo de mi padre a buscarlo, teníamos tal vez cuatro o cinco años. En la noche, al regreso de la faena, mi padre buscó el dinero que tenía en su chaqueta y no encontró nada. Al entrar, mi madre nos vio a las dos niñas amarradas a la máquina de coser. Le costó mucho hacerle entender a mi padre que era imposible que nosotras hubiéramos tomado ese dinero y al final se descubrió quién fue el responsable. Eso nos dejó un sabor amargo y una sensación dolorosa aún después de tantos años, imagino a nivel profundo.

Así pasaron nuestros primeros años. Mi hermana mayor me llevaba siempre de la mano, a casa de una tía a unos cien metros más abajo. Yo la miraba preparar albóndigas de carne para su familia y veía a mi madre siempre cansada en la noche después de una larga jornada de trabajo y sin ganas de cocinar, ya que había que encender el fuego en la chimenea para preparar algo y darnos comida caliente, mientras mi padre volvía tarde, incapaz de darnos las buenas noches o de arroparnos así como me di cuenta más adelante, hacían muchos papás… ¿por qué el nuestro era así?

4

En esa región, los miércoles de cada semana en la plaza principal había mercado. Allí se podía encontrar de todo: verduras de la estación, frutas, todo tipo de ropa, para la casa, de vestir, íntima, zapatos, ollas y sartenes, cafeteras originales o de imitación; sin faltar frutas secas como: almendras, nueces, latas de todo tipo, galletas, en fin, un sinnúmero de cosas a buen precio.

Mi madre estaba enamorada de uno de esos jóvenes que iban de un pueblo a otro para ofrecer sus productos: se habían jurado casarse, pero había que esperar un tiempo, así que mi madre esperó y esperó hasta que las amigas le dijeron que, o se casaba o se quedaría vistiendo santos. Fue por eso que decidió casarse con otro joven, guapo en su uniforme militar, de familia campesina, con varios hermanos varones y que acababa de regresar de una campaña en un país lejano, caliente, donde la pobre gente vivía en chozas de paja y se cubrían con sábanas.

Los jóvenes esposos fueron a vivir con mis abuelos, mi madre era la más joven y no tenía hijos, por lo que le tocó trabajar en casa más de lo que quería, así que decidieron alquilar un cuarto arriba de varias escaleras, sin agua ni baño y allí nacieron los primeros hijos.

El temple de Vita era increíble, fuerte, trabajadora, con ganas de tener una casa nueva en los modernos edificios que estaban construyendo cerca de la estación ferroviaria, así que empezó a ahorrar y por poco se le va todo por el aire ya que la amenaza de otra guerra se estaba llevando al marido de vuelta al servicio de la patria. Se fue Paolo hasta el norte del país, donde tenía que reunirse con los demás hombres, pero por cobardía o por meras ganas de vivir una vida normal, en un arranque de ira, se subió a la bicicleta y se regresó pedaleando por más de mil kilómetros y varios días a su pueblo natal, a su joven esposa, a sus amigos y a sus juegos de póquer.

5

Claro que gracias a ese arrebato de confusión, puedo contar ahora la historia, en efecto, muchos de esos jóvenes que fueron a la campaña de la Unión Soviética murieron congelados antes de llegar a esos sitios fríos e inhóspitos.

También tengo que decir que tampoco me salvó la medicina tradicional o alópata, pues en aquel entonces no había medicina alternativa o complementaria, ni hipnosis; solo algún conocimiento de hierbas y plantas, que a través de los siglos han sido estudiadas y usadas en la producción de pastillas, tabletas, etc. Por lo que es casi un milagro que esté viva todavía.

Veamos, quedé chiquita, no crecía mucho, no comía bien y muchas veces casi no comía. Recuerdo que eso no me gustaba, eso otro me hacía daño o no me apetecía y mi padre se enojaba y terminaba por no comer nada, aunque mi madre se esforzaba para pasarme pescadito frito por debajo de la mesa y la hora de la comida se había transformado en una tortura, así que crecí algo delgadita de pierna, es más, decían que tenía las piernas torcidas y esa fue mi continua y eterna preocupación. Ya de adulta cuando pasábamos por la avenida principal los muchachos hacían apreciaciones sobre las piernas de las chicas que iban adelante y eso me quedaba como una puñalada todas las veces.

Pasaron los años, empezamos a ir a la escuela con mi hermana mayor y mis padres seguían trabajando en campos ajenos y ganando para pagar la nueva casa de tres cuartos, cocina y baño, en el primer piso de esos nuevos edificios que se estaban construyendo cerca de la estación ferroviaria. El cuarto de mis padres tenía un balcón y yo sembraba geranios y claveles en macetas. El cuarto grande era el comedor con cortinas blancas lámpara de cristal, y lo usábamos porque allí estaba la máquina de coser ya que en realidad comíamos en la cocina. Nosotros dormíamos en la entrada, en camas dobladas como sofá, hasta que mi madre compró una salita nueva donde nadie se sentaba porque era para las visitas, que naturalmente nunca venían puesto que mis padres pasaban trabajando y nosotros, cuatro hijos, nos cuidábamos unos a otros. Bueno, en realidad, crecíamos como plantas.

4 comentarios :

  1. ¡Qué bonito relato! Las descripciones son preciosas... Hasta sentí el aroma de esos pinares. Muchas gracias por compartir Ángela. ¡Hasta pronto!

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  2. Muy bonitas Historias Ángela, muchas gracias por compartirlas con nosotros.

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  3. Muchas gracias Angela, por compartirnos este retazo de sus memorias.

    Este ejercicio de escribir sobre nuestra infancia y nuestros padres pone de manifiesto lo verdaderamente maravilloso de los autores y sus libros, que solo nos dejan algo de ellos cuando nosotros mismos somos capaces de ponerle algo nuestro a su lectura. Y es claro que Faciolince nos ha hecho hurgar en nuestros pasados, removiendo las cosas buenas y malas que nos marcaron.

    Me gusta la manera apacible y llena de imágenes de su escrito, a pesar de las durezas que ahí narra y de los sentimientos que esto evoca. Ya lo decía Ana María Matute, "que la infancia no es una etapa de la vida: es un mundo completo, autónomo, poético y también cruel". Y qué sabio Antoine de Saint Exupéry cuando dice que "los niños deben ser muy indulgentes con las personas mayores".

    Ojalá y en su relato hubiera una parte 6, 7, 8...y todas las que quiera seguir compartiendo con nosotros.

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  4. Bellísimo relato Ángela. Muchas gracias por compartirlo con nosotros. Me encanta la forma que tiene de describir los lugares y las circunstancias. Ojalá se anime a hacer más entregas y continuar con la historia. Yo creo que todos hemos quedado "picados"... jajajaja Ub gran abrazo :)

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