martes, 28 de febrero de 2017

De recuerdos de infancia y sonrisas etruscas

Hay recuerdos de la infancia que solo nos llegan en sensaciones, como cuando tenemos un sueño que se siente tan real que no podemos distinguir si efectivamente sucedió o no; luego en mitad del día nos golpea una vaga imagen o sentimiento y entonces recordamos que tuvimos ese sueño. Estos recuerdos de la infancia que de alguna manera trascienden de su tiempo son escasos, siempre he pensado que aquellos que sobreviven al paso incansable del tiempo, algún cambio debieron haber producido en el interior de una persona, algo que fuera tan hondo como para que de todos esos años de vida, sean precisamente esos instantes los que lograron llegar al presente.
Uno de los recuerdos más o menos intactos que conservo de mi infancia, algunas veces en sensaciones y otras en imágenes, es la enfermedad y muerte de mi abuelo paterno. Mi abuelo murió de cáncer de pulmón cuando yo tenía 9 años. Era la persona más malcriada y auténtica que he conocido (aunque no sé si con mi corta edad este sería el término correcto), pero de alguna manera siempre me he sentido bien conectada con él. Por lo que me han contado, la vida de mi abuelo fue una vida dura, de esas en las que uno crece sin padre y la madre considera la disciplina como su única manera de sacar adelante a sus hijos. Entiendo que se emancipó joven, era contador y si algo recuerdo de él es que era sumamente ordenado, cualidad que muy lastimosamente, no heredé. Fue un papá muy duro con sus hijos pues, al haber sido criado con disciplina, era la manera en que demostraba su amor. Todo esto lo sé de oídas, historias que me ha contado mi papi o algún otro familiar; sin embargo, hay cosas que recuerdo de él que son de mi experiencia propia. Lo que sí sé es que debe haber sido una gran persona, para que aun no estando ya, siempre salga alguna historia de él en las reuniones familiares, sus frases célebres que ahora hasta los que no lo conocieron repiten.
Lo que yo recuerdo de mi abuelo poco tiene que ver con la dureza de su carácter, puede que tenga que ver con que ya estaba enfermo, aunque si recuerdo una vez que nos regañó a mis primos y a mí por andar traveseando en la cocina, ya que solíamos llegar a la casa de mis abuelos y preparar “brebajes” atrás del lavadero, el reto era ir a sacar ingredientes sin que mi abuelo nos regañara… quizás si era un poco cascarrabias, pero también lo recuerdo llegando a mi casa y asomándose por la ventana a la hora del almuerzo, llegaba con su maleta en su carrito verde que mantenía siempre nítido y que ahora maneja mi papi; pero lo que más recuerdo de sus llegadas era el inconfundible olor a cigarro, incluso cuando ya estaba muy enfermo, era un olor tan impregnado que aun ahora que regaño a mi papi por fumar, no me deja de producir cierto confort, para mí el olor a cigarro tiene una paternalidad como ningún otro olor puede tener. Fueron dos generaciones muy diferentes la de mi papá y la de mi abuelo, pero si hay algo que le puedo agradecer a éste último, es el papá tan maravilloso que me dio, porque aunque lo crió con dureza, no hay ser más tierno y amoroso que mi papá.
La sonrisa etrusca tocó fibras muy sensibles para mí, el contraste del abuelo con el hijo, la ternura que el abuelo solo le muestra al nieto, las tres generaciones conviviendo con lo doloroso que es un cáncer, Brunettino entendiéndolo todo sin entender nada. Considero que quizás mi abuelo sintió conmigo lo que sentía Salvatore por Brunettino y quizás de ahí viene esa conexión que sin haberlo tenido tanto tiempo en vida yo no puedo explicar. Me encantó al final la parte de Brunettino con la manta del abuelo, porque recuerdo cuando regresamos a la casa de mi abuelo cuando él ya había muerto y llegamos a su cuarto a sacar sus cosas y recuerdo su olor por todo el lugar, las cosas materiales que dejó significaban más mientras más amor les había puesto él en vida, como un álbum de fotografías de sus viajes que aún conservo.
Mi abuelo murió un 15 de octubre de 1998, uno de mis recuerdos más exactos de mi infancia es cuando mis papás me dijeron de su muerte, recuerdo la sensación de vacío que dejó en el espacio que ocupaba  y recuerdo los ojos de mis papás hablando con su mirada mientras nos daban la noticia a mis hermanos y a mí, tratando de ocultarles y a la vez explicarles a tres niños un dolor que va más allá de cualquier palabra. “Hoy no van a ir al colegio” nos dijo mi mamá, “¿Se murió mi abuelito?” preguntó mi hermana con las primeras señas del llanto mientras mi mami ya complementaba la frase que había dejado a medias y que en cualquier otra ocasión hubiera hecho feliz a un niño, “…porque su abuelito ya está en el cielo”. Fue mi primera pérdida en la vida, fue la primera vez que me recuerdo enfrentándome al dolor, tan así fue que como ya quería ser escritora de pequeña, uno de los escritos que conservo de mi niñez es uno que se titula “Es tan difícil decirte adiós” y es para mi abuelito.
Como decía, este libro tocó fibras muy sensibles, quizás porque Zío Roncone se fue de una manera tan parecida a la de mi abuelito, quizás porque como Brunettino de él solo tengo olores y sensaciones y un cariño profundo que nunca le llegué a expresar. Mi abuelo materno por el otro lado, murió unos días antes de que mi hermana mayor naciera y años antes de que yo lo hiciera; sin embargo, ella siempre se ha sentido conectada a él así como yo me siento con el papá de mi papá, comento esto porque si bien este libro me acordó más a mi abuelito paterno por la historia, todos los abuelitos son parte importante de la vida de un niño y por ello no quiero terminar de escribir esto sin hacer mención a mis dos abuelas, que tengo la gran bendición de tener y disfrutar, tan distintas entre ellas y aun así tan necesarias en mi vida. Estas dos abuelas que han sido abuelo también para que yo no sienta que me hicieron falta, una tan alegre y que a pesar de sus años está más llena de vida que yo, la fiestera que toda la gente conoce y quiere, con su pelito blanco, sus deditos arrugados y más recientemente emperijoyados, la que venció al cáncer con pura actitud; la otra, la coqueta con su pelito pintado, con su paso más cansado, pero tan sensible, la que cada vez que me dice que me quiere se pone a llorar de puro amor, la que le gusta andar de compras y a la que de solo verla quisiera protegerla con abrazos.
Como dije, no conocí a mi abuelito como hubiera querido, pero espero que si de algún modo le pudieran llegar mis palabras, que si de alguna forma el aún me puede ver y de alguna manera sentirse orgulloso de mí, que su sonrisa sea satisfecha como la de los etruscos.

3 comentarios :

  1. Bien lindo relato Katy Alvarez. Muchas gracias por compartirlo. Me habría encantado conocer a mis abuelos y haber tenido una relación estrecha con ellos. Lamentablemente no conocí a ninguno de los dos... Por otra parte, me parece que sería interesantísimo también si te animaras a escribir sobre los contrastes de los que nos hablabas en la reunión pasada. A mí me pareció un tema que vale la pena resaltar del libro y que da para más de una reflexión.

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  2. Qué bonito escrito Katy, me recordó que para mí, también la muerte de mi abuelito Pablo fue la primera pérdida de ese tipo que enfrenté en la vida. Bien bonito cómo a pesar de ser tan niñas, los abuelos marcaron momentos y nos dejaron recuerdos tan bonitos. Ojalá que ese recuerdo cálido te acompañe siempre a lo largo de tu vida, y que sigás escribiendo, porque te sale bien bonito!

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  3. He soltado más de un suspiro leyendote, sin duda hay una conexión fuerte con tu abuelo y seguro tiene una gran sonrisa en la cara orgulloso de ti y tu papá.

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