jueves, 20 de abril de 2017

Una historia de Ángela Pinto 6



Buenas noches amigos. Seguramente recordarán que nuestra amiga Ángela Pinto nos compartió hace algunos meses, 5 relatos sobre su infancia en el sur de Italia, a propósito del ejercicio suscitado por la lectura de diciembre: "El olvido que seremos" de Héctor Abad Faciolince. Pues por fortuna, se animó a agregar un nuevo capítulo a este hermoso relato.  Acá se los dejo tal como ella lo envió.

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6

El tren pasaba todos los días. Podía imaginar tierras lejanas hermosas, así como las miraba a veces en los libros. Me gustaba leer los cuentos, las fabulas, mucho más que ir a jugar a la calle… eso de jugar en la calle, era lo que hacíamos todos los niños y niñas en la tarde: en la mañana la mayoría íbamos a clases.

La estación nos quedaba a unos trescientos metros. Yo me quedaba viendo a las chicas con su vestido de escuela pasar, y pensaba que de grande eso iba a ser, una chica con libros bajo el brazo, que tomaba el tren para ir a estudiar a la ciudad más grande. Siempre iba a estudiar, para felicidad de mi madre, que sí sabía hacer cuentas -en eso ella nunca se equivocaba-, pero casi no podía leer.

La escuela nos quedaba a medio kilómetro a pie desde la casa. Era un edificio enorme, de forma rectangular con un patio grande en medio donde se podía hacer gimnasia. Bueno, solo en los meses de calor porque en invierno era imposible, claro, no hacía mucho frío, pero las clases empezaban en octubre y terminaban en junio, así que pasábamos invierno y primavera estudiando; había menos tiempo para jugar, un par de horas al día, ya que oscurecía temprano y lo mejor era quedarse en casa.

Empecé el primer grado a casi seis años, me faltaban solo dos meses, pero me aceptaron y me encantaba ir todos los días a escuchar a mi maestra, tan linda y cariñosa y sobretodo me encantaba aprender a leer, escribir, hacer cuentas y pasaba horas en la tarde repitiendo las benditas tablas de matemática. A veces iba a casa de mi maestra, ella no tenía hijos y le encantaba tenernos allí, a mí y a un par más de sus estudiantes. Pasábamos varias horas dibujando y coloreando.

Sin embargo, se me estaba complicando la relación con mi familia. Todos iban felices en la noche a comer sorbete en la avenida principal (era una sola obviamente, el pueblo era pequeño), y yo era la única que siempre tenía problemas para salir en la noche, hasta que una vez fui con mi madre a visitar a una amiga de ella, y al entrar en su casa no dejaba de parpadear, no miraba para nada, era todo oscuro. Fue así como me descubrieron una fuerte miopía, digo, entre tantos nietos, ¿justo yo tenía que heredar la miopía de mi abuelo materno?, que no conocí, puesto que mi abuela me contó que era muy malo con su caballo y este un día le tiró una mortal patada.

Sin embargo, me gustaba el orden, la limpieza y usar la tina del baño. Ahí estaba, y teníamos que ir bien bañados y vestidos a la escuela el día siguiente porque iban a pasar revisándonos los dientes, los oídos y bueno, yo llené la tina de agua, no sabía cómo hacer funcionar el gran calentador que estaba encima y obligué a mi hermana menor a bañarnos. Gracias a Dios mi madre volvió temprano, porque las dos estábamos heladas (era diciembre, en pleno invierno) y ya medio moradas. Se llevó un buen susto ¡pobrecita!

No recuerdo bien a mis hermanos más pequeños, pero sí a mi hermana mayor. Mi madre nos vistió, por no sé qué fiesta, como si fuéramos dos gemelas: una falda azul con paletones, una camisa blanca que tenía en el borde una cinta de florecillas de muchos colores, en el cuello y las mangas y en el borde de la falda también. Yo me sentía una princesa, con calcetines blancos y zapatos negros.

Creo que fue de las pocas veces en que me puse lo que mi madre escogía, ya que en la adolescencia escogía yo la tela y el patrón, con gran preocupación de mi madre y de las pobres costureras porque buscaba siempre algo complicado y difícil, no como mi hermana mayor que aceptaba cualquier tela y modelo sin tantos líos. Una vez mi mamá compró telas para dos vestidos a mi hermana y yo decidí: o esa que me gustaba o nada, y claro era más cara que las otras dos juntas.



Mi infancia pasaba sin sobresaltos hasta que de repente mi padre vendió la casa y dio todo el dinero al “maestro”, como prima, para una casa más grande en un edificio en construcción a un kilómetro de allí. Iba a tener un corredor, un baño, una cocina grande, tres habitaciones, una para mis padres, otra para el comedor, otra para las niñas (ya éramos tres) y  una más pequeña para mi hermano. En el piso bajo, cuatro grandes piezas iban a servir como establo, bodega para almacenar lo que fuera necesario, y cantina, para poner varios barriles de vino; pero el constructor quebró, y el que compro nuestra casa la quiso de inmediato, así que de un momento a otro, en un abrir y cerrar de ojos, quedamos en la calle. Tuvieron que llevar muebles y camas a un espacio que iba a servir de garaje. En el nuevo edificio no había ni siquiera luz eléctrica, así que me tocaba estudiar a luz de candela y ya estaba en 6º grado. Mi nueva escuela me quedaba lejos, tenía que atravesar casi toda la ciudad y en aquel entonces todo el mundo iba a pie, había muy pocos carros.

Y pensar que mi amiga del piso de arriba, las dos teníamos diez años, meses antes, me había dicho que quizás no sería conveniente hacer eso, digo, eso de cambiar casa. Mejor una casita chica, segura y no una todavía en construcción...

Bueno, juré que jamás iba a comprar algo sin tener suficiente dinero y seguridad. La vida da muchas vueltas y no siempre acierta uno en sus decisiones, hasta que a veces lo siente en sus huesos y en su alma…

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