domingo, 14 de mayo de 2017

Crónicas Vol I, la música del capítulo I

 Bob Dylan, Karen Dalton y Fred Neil en Cafe Wha?, Febrero de 1961.
Un poco tarde para los que iniciaron hace rato la lectura de Crónicas Vol. I, pero quizás aún a tiempo de servir como referencia para quienes quieran ubicar a los artistas mencionados en el libro autobiográfico de Bob Dylan, comparto con ustedes la primera de cinco listas musicales (una por capítulo) con las canciones citadas de manera específica o, en su defecto, con algún tema lo suficientemente emblemático de cada uno de los músicos que aparecen a lo largo del relato.

PULIR LA PARTITURA

LOU LEVY, jefe de Leeds Music Publishing, me llevó en un taxi hasta el Pythian Temple en la calle 70 Oeste para mostrarme el diminuto estudio de grabación donde Bill Haley and His Comets habían grabado Rock Around the Clock(1).

De vuelta en el despacho de Lou, abrí el estuche de la guitarra, la saqué y empecé a rasguear las cuerdas. La habitación estaba atestada: pilas de cajas con partituras, tablones en los que se anunciaban las fechas de grabación, discos laqueados, acetatos con etiquetas blancas desperdigados por doquier, fotos de artistas firmadas, retratos satinados —de Jerry Vale(2), Al Martino(3), The Andrew Sisters(4) (Lou estaba casado con una de ellas), Nat King Cole(5), Patti Page(6), The Crew Cuts(7)—, un par de grabadoras de carrete, y un enorme escritorio de madera oscura cubierto de cosas.

John era John Hammond, el gran cazatalentos y descubridor de artistas colosales y figuras destacadas de la historia de la música popular: Billie Holliday(8), Teddy Wilson(8), Charlie Christian(9), Cab Calloway(10), Benny Goodman(11), Count Basie(12), Lionel Hampton(13)…Artistas que habían creado una música que resonaba en todos los ámbitos de la vida americana y que él había dado a conocer al gran público. Incluso había dirigido las últimas sesiones de grabación de Bessie Smith(14).

Las cosas estaban bastante adormecidas en la escena musical americana de finales de los cincuenta y principios de los sesenta. La radio se hallaba en una especie de punto muerto, estancada en una programación insulsa y vacua. Pasarían años antes de que los Beatles(15), los Who(16) o los Rolling Stones(17) infundieran nueva vida y emoción al panorama.

El cochazo se detuvo en la otra orilla y yo me bajé. Cerré de un portazo, me despedí con la mano y pisé la nieve dura. El viento helado me azotó en la cara. Al menos estaba allí, en Nueva York, una ciudad intrincada como una telaraña que no iba a tratar de desenmarañar. Estaba allí para conocer a cantantes que había escuchado en discos: Dave Van Ronk(18), Peggy Seeger(19), Ed McCurdy(20), Brownie McGhee and Sonny Terry(21), Josh White(22), The New Lost City Ramblers(23), Reverend Gary Davis(24) y muchos otros. Ante todo, Woody Guthrie(25). Me hallaba en Nueva York, la ciudad que iba a perfilar mi destino. La moderna Gomorra. Estaba en el punto de partida, pero no era en absoluto un novato.

El Café Wha? era un club de la calle MacDougal, en el corazón de Greenwich Village, un antro subterráneo de techo bajo donde no se servían bebidas alcohólicas, de aspecto semejante al de un amplio salón de banquetes con mesas y sillas. Abría a mediodía y cerraba a las cuatro de la mañana. Alguien me había aconsejado que fuera allí y preguntara por un cantante llamado Freddy Neil(26), que dirigía las sesiones diurnas.

Todos los números duraban entre diez y quince minutos. Fred, en cambio, actuaba durante el tiempo que le venía en gana, mientras la inspiración le durara. Dotado de una gran desenvoltura, vestía al estilo clásico, tenía un aire hosco y meditabundo, una mirada enigmática, la tez color melocotón, el cabello salpicado de rizos y una voz airada y potente de barítono que entonaba notas tristes y las propulsaba con o sin micro hasta las vigas del techo. Era el emperador del lugar; contaba incluso con su propio harén, su círculo de devotos. Era intocable. Todo giraba alrededor de él. Años más tarde, Freddy compondría el éxito Everybody’s Talkin’ (27). Yo nunca interpreté mi propio material. Sólo acompañaba a Neil en el suyo, y así es como empecé a tocar regularmente en Nueva York.

Hacia las ocho, aquella corte de los milagros cedía el paso a los profesionales. Cómicos como Richard Pryor, Woody Allen, Joan Rivers, Lenny Bruce y grupos de folk comercial como The Journeymen(28) se adueñaban del escenario. Todos los que habían estado allí durante el día se preparaban para marcharse. Uno de los chicos que actuaba por las tardes era Tiny Tim(29), el de la voz de falsete. Tocaba el ukelele y cantaba como una niña temas clásicos de los años veinte.

A Fred constantemente lo importunaban y acosaban gorrones que insistían en tocar o representar una cosa u otra. El más triste de toda esa galería era un tipo llamado Billy, el Carnicero. Parecía haber salido del pasaje del terror. Sólo tocaba una canción, High-Heel Sneakers(30), a la que estaba enganchado como a una droga. Fred solía dejar que la tocara durante el día, cuando el establecimiento estaba vacío, y Billy siempre la presentaba diciendo: «Esto es para vosotras, chicas».

Mi artista favorita del lugar era Karen Dalton(31), que cantaba temas de blues acompañándose con la guitarra. Era alta, desgarbada, intensa, cálida y sensual. Ya la conocía pues me había topado con ella el verano anterior en un club de folk de un puerto de montaña a las afueras de Denver. Su voz me recordaba a la de Billie Holiday, y tocaba la guitarra como Jimmy Reed(32), con todo lo que eso implicaba. Canté con ella en un par de ocasiones.

Ahí estaba yo una tarde, sirviéndome Coca-Cola de una jarra de leche en un vaso, cuando oí una voz tranquila que provenía del altavoz de la radio. Ricky Nelson cantaba su nueva canción, Travelin’ Man(33). Ricky tenía un toque suave que se percibía en el modo en que canturreaba a ritmo acelerado, en la modulación de su voz. Era distinto del resto de los ídolos adolescentes. Interpretaba sus canciones con toda serenidad, como si estuviera en medio de una tormenta mientras la gente que lo rodeaba corría a resguardarse. Tenía una voz misteriosa que te sumía en un estado muy peculiar.

Todo era un error. Lo que no era un error era el espectro de Billy Lyons (34), barrenar la montaña, pulular por el este de Cairo, Black Betty bam be lam(35). Eso no era un error. Era lo que se llevaba. Era el tipo de material que hacía cuestionarte lo que siempre habías aceptado, que podía sembrar el paisaje de corazones rotos, que tenía fibra espiritual.

Un cantante con el que me cruzaba a menudo, Richie Havens(36), siempre iba con una chica mona que pasaba el sombrero, y le iba bastante bien. A veces, pasaba dos sombreros. Sin ese tipo de trucos, acababas volviéndote invisible, y eso no convenía.

Conocía su auténtica sustancia y podía hilvanar fácilmente los temas. Para mí no tenía ningún misterio recitar de un tirón Columbus Stockade(37), Pastures of Plenty(38), Brother in Korea y If I Lose, Let Me Lose(39). Casi todos los demás intérpretes se concentraban más en sí mismos y en intentar conectar con el público que en interpretar la canción, pero eso no iba conmigo. A mí lo que me interesaba era que mis canciones llegaran a la gente.

Ocasionalmente, Young organizaba conciertos en los que se daban cita los auténticos músicos de folk y de blues. Acudían desde otros rincones del país para actuar en el Town Hall o en alguna universidad. En diferentes ocasiones me topé allí con Clarence Ashley(40), Gus Cannon(41), Mance Lipscomb(42), Tom Paley(43) y Erik Darling(44).

Iba exhumando discos para mí. Incluso me dio uno de Country Gentlemen y me recomendó que escuchara Girl Behind the Bar(45). Me puso White House Blues de Charlie Poole(46), convencido de que sería perfecta para mí, y señaló que aquella era la versión exacta que interpretaban The Ramblers(47). En otra ocasión me puso la canción de Big Bill Broonzy Somebody’s Got to Go(48), y eso también encajaba perfectamente con mi estilo. Me gustaba estar en casa de Izzy. Allí el fuego siempre crepitaba.

Canté Nobody Knows When You’re Down and Out(49). Le gustó y me preguntó quién era y cuánto llevaba en la ciudad, luego me invitó a ir a su local entre las ocho y las nueve para tocar un par de canciones en su escenario. Y así es como conocí a Dave Van Ronk.

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