viernes, 2 de febrero de 2018

Una historia de Ángela Pinto, 10

MUJER

Capítulo 10


Por Lana Ruz

Gracias a mi madre


Quise siempre seguir estudiando y, en efecto, me inscribí en algunos cursos que daba la alcaldía, en contabilidad, en lengua extranjera… no podía ir todos los días, a veces me sentía cansada, además, sabía muy bien mi lengua natal, lo que necesitaba era estudiar inglés… no le gustó a los responsables  y no pude continuar, así que mejor me inscribí en la Universidad, en la Facultad de Filosofía.

Un año antes, ya consciente de que mi relación sentimental iba mal y no iba a durar, se me ocurrió  cambiar completamente el rumbo de mi vida… me iría al Vietnam, como enfermera voluntaria, así que fui al hospital a preguntar sobre cursos de enfermería y una enorme monja, vestida de blanco, me preguntó que quien iba a pagarlo… claro, no era gratis, no lo había pensado, así que nada… abandoné la idea, por eso me pareció más inteligente ponerme a estudiar, además había jurado no volver a dejar mi trabajo y a no cambiar ciudad por nada en el mundo.

Pensé que mi vida ya no me iba a dar más sobresaltos, pero “el destino” me tenía reservadas muchas más sorpresas de lo que podía  imaginar…

Al inscribirme en la Universidad, tenía la opción de ir a cenar al restorán universitario, podía comer cualquier cosa, pero me bastaba poco y así no tenía que comprar ni cocinar o irme a la cama con el estómago vacío.

Se acercaba el final de año 1975 y en diciembre, la mayoría de los estudiantes se iba a pasar las vacaciones de Navidad a sus casas, sus pueblos, sus familias… solo quedaban los estudiantes extranjeros.

Quedaba cerrado el restorán principal y había que ir a otros siempre dentro de la ciudad, pero no tan cerca de la Universidad, así que nos organizamos para ir juntos a almorzar y a cenar.

Una chica del grupo nos invitó a todos a ir al apartamento de montaña de sus padres, así que nos fuimos en tres carros a pasar la Noche Buena en pleno invierno a un pueblito en plena montaña, y nos despertó un increíble manto blanco de al menos veinte centímetros de nieve.

Fuimos a pie a la única tienda que había en la plaza a comprar alimentos, los dos mayores de edad, o sea yo y uno de ellos que años más tarde iba a ser mi esposo.

Había quien tocaba guitara, todos cantábamos canciones rancheras, las aprendí cantando y era lo único que sabía en español, ya que en la Universidad puse ese idioma en lugar del francés que conocía bien.

Los días pasaban entre trabajo, salidas, cine, reuniones, y canciones…

Ahora había que ver adonde ir de vacaciones en agosto: en el sur un año, en tienda de campaña, a la orilla del mar con pescado fresco, mejillones, que yo misma saqué de las rocas, y algo más, pude preparar una riquísima sopa de mariscos; todos quedaron encantados y mi fama de buena cocinera empezó con poco.

Al año siguiente, fuimos en Grecia, el Partenón era estupendo, la gente muy sencillamente amable, en tienda de campaña otra vez, pero en esta ocasión asustada por un buen atraso en mi periodo… y sí, estaba embarazada… de repente me sentí maravillosamente perdida, con algo de miedo, incertidumbre, inseguridad y la sensación de que iba a luchar aunque fuera con todo el mundo para esa criaturita.

Había tomado la decisión de no casarme, ya que con lo que ganaba podía mantenerme a mí y a mi futuro bebé, pero al final una pariente me convenció de que era importante tener madre y padre, por cualquier avenencia inesperada, así que empezamos a preparar los papeles y entre uno y otro pasaron varios meses y tuve que reducir las dos semanas obligadas por la alcaldía, de hacer publico el anuncio, a solo dos días, y en efecto, según mi ginecólogo el parto era previsto en pocas semanas.

Al comunicarlo a mis padres, decidieron venir para estar presentes en el evento y tuvieron que adaptarse a dormir en una sola cama, ya que adonde vivíamos era pequeño y además yo recibía mi sueldo pero mi marido seguía de estudiante.

Nació mi niña, la más linda de todos los recién nacidos del hospital… "si no te conociera, -me dijo una colega-, no podría creer que es tu hija” ¡vaya cumplido!…

Mi madre estaba muy contenta, pero cansada ya que tenían dos semanas durmiendo mal y prefirieron irse a casa de mi hermana que vivía en otra gran ciudad y tenía un pequeño hotel y restorán, con cuartos suficientes para que pudieran descansar bien.

Mi niña casi se ahoga en un regurgito, la camita no estaba cerca, yo estaba muy cansada y adormitada… fue un milagro que él se dio cuenta y entre susto y carrera se le ocurrió aspirar todo eso y la niña empezó a respirar bien. Mi madre volvió al día siguiente, pero mi hija se enfermó, tuvo un fuerte resfriado, dolor de oído, comía poco, se dormía y se despertaba con hambre y así pasamos de uno a  otro pediatra hasta que una linda pediatra joven me dijo que mi tiernita tenía ernia umbilical, me explicó como curarla y que ese cuarto era muy húmedo para una bebé… ¿qué podía hacer? casi me obligaron a dejar mi apartamento para ir a vivir con mi marido, como era de costumbre. Esta vez lo obligué a ponerme la cuna cerca.

En fin, pasó un mes entre miedo y visitas a la pediatra, vino mayo y convencí a mi marido a irnos a la casa de sus ancestros que un siglo atrás habían abandonado en el pueblo para emigrar a Centroamérica… una casa de tres pisos, cocina, baño, sala etc. suficiente para los tres, pues en realidad mi marido se iba por semanas, con mi carro, para poder terminar su tesis en geología y yo me quedé lavando pañales y cuidando de mi preciosa bebecita.

Mi madre, antes de volver a su casa, vino a visitarme allí… pensándolo bien, mi madre me visitaba adonde me iba… me regaló una lavadora años antes pensando que me iba a casar, no lo hice, es más,  la rompí… conoció adonde nació mi hija, la casa de pueblo casi abandonada pero en verano muy cómoda, vió adonde nos mudamos el siguiente invierno… o sea que sí seguía mis pasos de alguna manera, y los de mi otra hermana que había quedado en el norte también, mientras mi hermana mayor y mi hermano quedaban casi cerca de ella en el mismo pueblo en el sur.

Mi madre seguía trabajando y escondiendo dinero, acumuló suficiente para comprar otro apartamento que alquilaron a mi hermano y al vender los terrenos pudo comprar otro adonde ellos se quedaron viviendo.

La vida es una continua lucha, contra todo, contra todos o solo contra uno mismo… ¡cuántas veces se siente uno tan desconfortado, frustrado! ¿tanto para renunciar a este regalo maravilloso?

No sabía que iba a tener un ejemplo muy cercano: en un accidente de carro se le murió su madre y un hermano menor, otro quedó en coma y revivió por milagro, ¿pero él? se casó, enfermó y fue operado de un pulmón, empezó a tomar, pasaron los años y la falta de cariño, de apoyo o simplemente de ese motor que es la supervivencia, lo llevó a una profunda consternación, desolación hasta dejarse morir… sí, sus cenizas las esparcieron en el mar como quería ¿y? todo se acabó para él, claro, los demás siguieron como si nada hubiera pasado. Un hilo tenue, transparente, que nadie ve, nadie reconoce, une la vida y la muerte.

Me pregunto ¿cuántas veces has de luchar, superar esas profundas tristezas? y ¿quién no la ha sentido  alguna  vez en su vida…?

Lo que cualquier ser humano quiere es vivir feliz, tener una casa, un trabajo, una familia, hijos… eso es vivir… y cuando todo eso es un continuo tropezar, empiezan los sentimientos negativos contra sí o contra otros y eso no es nada bueno.

Yo tenía unas ganas enorme de salir adelante, ver crecer mi linda tierna, pero el día a día era difícil, lejos de mi trabajo, con el carro viejo que no arrancaba, con temperaturas bajo cero, y mi pequeña enferma por faringitis, laringitis, o sarampión  o varicela o…en fin.

Se me hacía difícil seguir trabajando, peor que no tenía ayuda de nadie y mi marido no tenía ni trabajo ni nada, solo había terminado de estudiar… así que al final quedó como única opción venirse a casa de su padre, a El Salvador, a pesar de saber que era un país en guerra civil…




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