sábado, 14 de abril de 2018

Antología CBE: Las Aventuras de Billy Dólar (Fragmento)




¿Quién es más libre, el viento o el dinero? Vaya cosa, unas horas en el fango me están poniendo existencial. Y es que de manera fortuita y repentina me he visto librado de toda bolsa, cartera o billetera; atrás quedaron el sudor y el terrible olor del zapato de aquel torpe adolescente, o la incomodidad de estar hecho un rollito en medio de las tetas de la sexagenaria desconfiada ¡y qué decir del indigno y oscuro escondite al que una vez fui sometido, el más perturbador y vergonzoso de todos aquellos en los que estuve!
La verdad es que ha sido un alivio que la súbita ventisca me arrancara de las manos del pobre borracho que ni siquiera sabía qué hacer conmigo. Parecía no reconocerme. Intentaba estabilizar su postura y abría bien los ojos mientras me extendía. Y me miraba y me miraba como tratando de identificar mi denominación. Ojo, que me he referido a mi denominación, porque mi valor es un asunto aparte. No pocas veces me han usado para adquirir cosas sobrevaloradas, verdadero humo, pero también en otras tantas he servido para pagar por auténticos invaluables. Y en ambos casos me he sentido como una unidad de medida variable y desigual, injusta y terriblemente cruel.
Lo cierto es que no decido yo. Incluso ahora que estoy adherido al suelo fangoso donde la ventisca me dejó, no sé bien si soy verdaderamente libre. Está claro que en este preciso momento no estoy subyugado a las manos ni a la voluntad de nadie y, por consecuencia, tampoco me rige la absurdidad del enorme, complejo y vertiginoso sistema de consumo que esclaviza a todos. Mi prisión actual, en cambio, es apenas barro. Y me pregunto cuánto valgo en este momento en que estoy fuera del control de aquellos que reconocen en mí un valor nominal, al tiempo que me confieren otros valores antojadizos. El caso es que aquí, olvidado en el lodo, no valgo nada. Y la nada es libre. El concepto de “algo” como contraparte de “nada” es la primera forma de valoración, la más primitiva. Y la asignación de valor inevitablemente implica atadura. Basta con repasar las cosas que valen algo en nuestras vidas para constatar que estamos poderosamente atados a ellas. Ser libre me sabe a nada. Quizá en el fondo, como todos,  tan solo deseo encontrarme ataduras felices.
En cuanto al viento, ¿qué sé yo? Apenas entiendo que una corriente ha sido mi vehículo de escape. Ya antes me han usado para comprar viento. Y si el viento vale algo para alguien, quizá éste no sea tan libre después de todo. Lo atrapan los que usan la energía eólica, lo dirigen los acalorados urgidos de refresco, lo musicalizan los encantadores de ratones y lo endiosan los poetas melancólicos. “Todas las hojas son del viento”, canta un flaco desde el sur. “Viento, amárranos”, responde otro flaco desde el norte. Parece que el viento tiene muchas ataduras.
¡Ah, las ataduras! Recuerdo que una vez, en la cartera de un cambista en la frontera de Las Chinamas, le conté a un Euro acerca del día que fui al estadio Cuscatlán. Entré de cambio en la bolsa de la camisa azul de un aficionado que me hizo vibrar cuando cantó emocionado su himno nacional. Desde aquella bolsa sentí su corazón hinchado de orgullo, la pasión con que vivía cada jugada, su júbilo desmedido cuando su selección anotó un gol, su creciente angustia cuando el equipo contrario se les vino encima y la enorme decepción que lo aplastó cuando el rival terminó ganando el partido.
Entonces Puente, que así se apellidaba el Euro, y que aun teniendo un valor de cambio parecido al mío nunca me trató como a su igual, me contó que estuvo ahí cuando el portero de la selección de El Salvador aceptó dinero a cambio de perder un partido con un marcador decidido en ese arreglo. Poco después de presenciar ese pacto de Judas, Euro Puente fue a parar a un casino en Santa Ana, adonde lo llevó otro seleccionado salvadoreño que recibió tajada en la misma operación amañada.
Eso ocurrió el mismo año en que yo me enamoré perdidamente de Isabel, una libra esterlina de Jersey que desprendía mucha clase y gran refinamiento, y que encima me hacía padecer con su hermoso gesto despectivo y un acento tan sexy que yo prácticamente imploraba sus desplantes. ¡Estaba hasta crujiente de tan nueva! En vano intenté irme pegadito a ella cuando el cambista la sacó de su billetera y la vendió a un coleccionista con barba y bigotes recortados a la antigua, quien con dificultad intentaba ocultar su entusiasmo imponiéndose un gesto adusto y aires de importante. Estaba visto que nuestros destinos, el de Isabel y el mío, serían muy distintos. Ella iría a parar a un elegante muestrario donde solo unas pocas personas, todas muy elegantes y valorativas, la verían y admirarían sin jamás tocarla ni deteriorarla. Yo, que para entonces ya tenía algunas arrugas, circularía muchísimo más y daría tantas vueltas como un trompo antes de terminar en este barrial.
¡Pero perdónenme, por favor! ¡Qué modales los míos! Permítanme presentarme: Mi nombre es Alexander Hamilton Dollar, conocido por muchos como “Ten Bucks”. Yo, sin embargo, prefiero que me llamen por mi apodo favorito, Billy Dólar.
Nací en Fort Worth, Texas, en la Oficina de Grabado e Impresión del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos de Norteamérica, en Agosto de 2009. Casi de inmediato, fui enviado a El Salvador, un pequeño país centroamericano con una maltrecha economía dolarizada desde  2001. De tal suerte que hablo español y eso me gusta. De hecho, en mi propia versión del diminutivo agringado, me gusta pensar que “Billy” viene de la palabra castellana “billete”.
Como imaginarán, no siempre fui un desgastado papel moneda varado en el lodo. He circulado mucho y he pasado por todo tipo de manos, ni buenas ni malas, tan solo humanas. Me he visto en manos maravillosas e inesperadamente desprendidas, y también he estado en otras tanto más sucias que mi fango de hoy; esta paradójica superficie, tan pegajosa como libre, desde la cual hoy les ofrezco mi historia.
(...)

Henry
Andino

1 comentario :

  1. Bueno, para mi Billy Dólar ya es un personaje consagrado y presente. Me encanta releer este cuento como el inicio de otras historias de vida... a veces me lo he imaginado como un pistolero ¡en serio! en alguna película del Western gringo! jajaja

    Gracias Henry por darle vida a un personaje tan "vivído" y tan interesante. Ya quiero conocer más de sus aventuras!!!!

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