sábado, 7 de julio de 2018

A manera de epílogo de 'La cosa lovecraftiana'



Eran alrededor de las ocho de la noche. Recuerdo que viajaba de Los Planes de Renderos hacía San Salvador, sentado en la cama del pick up de mi padre fascinado con la oscuridad de los arboles, y luego de haber repasado la misma, pero encantadora historia del diablo y de cómo un incidente amoroso lo llevó a abrir una puerta en San Salvador, recurrí a la imaginería de las recientes y pocas lecturas que había tenido de Lovecraft. 

Cargaba un celular, un Motorola C115, la pantalla alumbraba en azul. Le escribí a mi novia de aquel entonces: "Un hombre tomaba su habitual taza de té con dos pizcas de limón, sentado en la terraza que daba a un bosque sin nombre". Era el año 2012 y, para ese año, no existía para mí ninguna otra bebida caliente que no fuera el café. Desde esa oración, todo el texto continuó con fluidez, ritmo y propósito. El relato aquí presente es el mismo que envié en no se cuantos mensajes; y del que puedo decir que solo ha sido modificado al principio, en la parte donde eran "dos hijos", una que otra palabra alternativa para "hedor", las fatales tildes sobre la "o" de "frió" y, punto y coma, y puntos y comas. Lo demás se mantiene intacto.

Aunque no ha sido mi única incursión en la cosa lovecraftiana, a pesar de la inexperiencia, el error y la falta de tino literario, Los libros encarna bien la forma y el objeto mismo de la literatura de Lovecraft -aún más que sus posteriores-: y no es porque en aquel momento estuviera consciente de la enormidad del anormal de Providence, es porque el proceso creativo fue una de las primeras cosas que logró entender el significado de la misericordia que recompensa con algo de arte a aquellos que aunque nunca la encuentran al menos la buscan

a.e.
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Los libros 


A la memoria de H.P. Lovecraft

Un hombre tomaba su habitual taza de té con dos pizcas de limón, sentado en la terraza que daba a un bosque sin nombre. La tarde estaba por terminar y el frío del invierno aullaba desde las profundidades de la arboleda. En la boca del hombre una mueca, y, a su alrededor, el eco de un rezo “Fue inevitable. Inevitable. Inevitable”. Atrás de él yacía una casa antigua, herencia familiar, y, como todo legado, no hay bien que no venga con sus propios demonios. 

El hombre y su familia llevaban alrededor de un año viviendo en la lúgubre casona. En los primeros días, encontró los libros del extraño escritor de Providence, los mismos que su padre había leído compulsivamente hasta el día en que desapareció. Los libros que se daban por perdidos, fueron encontrados en un baúl de facciones precarias, oscuras y medievales, en el sótano. Encontrado el baúl, la respectiva llave apareció; la cual estaba en el espeluznante cuarto, adornado de figuras de porcelana, incrustada en una espantosa estrella de mar. El que habla en las penumbras, El espanto de Wichtdum, El color del espacio, En los montes de la demencia, El ritual, Baal, El misterioso caso de Marshall Whard, La oscuridad sobre Mouthis, La llamada y el Al-Azif, eran algunos de los títulos que descansaban en el baúl. El hombre seguía mirando al bosque detenidamente, inmóvil, insensible ante el brusco cambio de la temperatura. Las ventiscas gélidas de la noche habían neutralizado el calor de la taza de té, pero no pudieron erradicar el aroma de las dos gotas de limón.

Después que el baúl fue abierto y el aroma a putrefacción se desprendió en toda la casa, el hombre entregó todo su tiempo para un ininterrumpido estudio de los libros de Lewis Theobold, Edward Softly, Ward Phillips, quienes eran el mismo sujeto: el extraño e incómodo escritor de Providence. De pronto, el hombre que aún miraba perdido al insondable bosque, hizo un cambio en la oración incansable “Es su culpa. Culpa. Culpa”. De la casa venían sonidos parsimoniosos que armonizaban con la desequilibrada escena que montaba aquel infeliz viendo al vacío. Los sonidos se hicieron jadeos, gimoteos, una sinfonía arrítmica de instrumentos guturales. El ruido se acrecentaba, se iba apoderando perversamente de cada parte de la casa, se le escuchaba en la cocina, luego en la sala y en cualquier momento inundaría las habitaciones; en una de ellas, su esposa y su hijo descansaban. Lo último que el hombre leyó antes de tomarse el té con dos pizca de limón, fue el Al Azif, libro que en la mezcla de sus arcanos permitan convocar a Ellos; los primeros, los que desde centurias duermen y esperan. 
Antes de que la tetera silbara fastidiosamente, el hombre, nervioso, desquiciado, leyó un fragmento, un verso de horror «Con el paso de extraños tiempos, hasta la misma muerte podrá morir». El olor a limón que emanaba del té se había empezado a descomponer, el ambiente envenenaba los sentidos y el frío hacía que el hedor se mantuviera estático. El hombre no se movió, no dejó de ver al bosque, así como no abandonó su oración, que cambió a “Fue mi culpa. Culpa. Culpa”. Los simiescos sonidos, cacofonías y balbuceos, habían alcanzado las habitaciones de la casa. Ni la respiración de la esposa o la del niño se escuchó después de la llegada del ruido. Los terrores onomatopéyicos habían ahogado los sueños de aquella familia que añoraba tener de vuelta al hombre que alguna vez fue un esposo y un padre. La rústica y animal resonancia consumió la casa; las voces del tiempo como las pláticas en las barbacoas, las canciones de cumpleaños, los pujidos del sexo, las quejas de la enfermedad, los gritos de las disputas, las carcajadas de las ocurrencias, los llantos de la tristeza y los suspiros de los descontentos habían desaparecido por completo de la casa. Los jadeos lo habían consumido todo, eran jinetes de desesperación y agobio. 

El té, ahora no era más que agua con dos pizcas de limón. El aroma del cítrico había transmutado en un hedor nauseabundo e insoportable, y el hombre, perdida su mirada en el bosque, aún conservaba su oración. Alzó la voz mientras cambiaba las palabras de su suplicio “Fue inevitable. Inevitable. Inevitable…”.

Los lenguajes arcaicos llegaron por detrás del hombre. Cientos de murmullos reptantes adornaban la terraza. El hombre abandonó su hechizada tranquilidad sin dejar su oración, sin dejar de ver al bosque y empezó a gritar tan fuerte que el té se derramó sobre sus manos. La helada agua del té derramado fue imperceptible para los dedos del hombre. Una viscosidad los envolvía, la misma pegajosa materia que manchaba los desfigurados rostros de la madre y el niño. El éxtasis de los gritos se convirtieron en nuevas oraciones, y el hombre se desató en total locura “Y’AI 'NG'NGAH,  YOG-SOTHOTH H'EE—L'GEB F'AI THRODOG UAAAH”. El hombre dejó caer la taza, dio la vuelta para recibir a las tan esperadas voces, las voces de Ellos; los mismos que él había llamado y que ahora, por fin, estaban ahí. 

El estudioso de los libros del baúl giró sobre sí para ver a sus invitados escandalosos. Vio la enorme terraza y recibió una sorpresa inesperada. Los visitantes bulliciosos, los que hacen los sonidos y murmuran desde los abismos no estaban ahí. La pestilencia se volvió insoportable. El hombre sintió un peso en sus manos, las levantó, y la luz que venía de la casa, como un faro en medio de los oscuros mares, reveló el color de la viscosidad que recubría sus miembros. Era el mismo color del destrozado rostro de su esposa y el desfigurado cuerpo de su hijo. 

Las manos que antes tuvieron una taza de té con dos pizcas de limón, estaban pintadas en escarlata, como si fuera sangre. “Fue inevitable”.

viernes, 6 de julio de 2018

La cosa lovecraftiana (II)




Ilustración de Howard Phillip Lovecraft para la portada de "Children of Lovecraft" (2016) editado por Ellen Datlow, ilustrado por Mike Mignola, creador de Hellboy.


En algún fragmento del libro de Alain Badiou, “Condiciones” (2003), se muestra el gesto de anticipación que caracteriza a la poesía y la literatura, el cual funciona como un sitio acolchado para el trabajo del filósofo. Esta idea sostiene que todo proceso artístico tiende a desenterrar excesos, incidentes conceptuales y lógicas heurísticas que no solo resultan ser los elementos característicos de la ‘producido’ o ‘creado’, sino que terminan integrando a la realidad objetos que ensanchan el proceso de significación de las cosas. Al correr la suerte de no parecer un accidente, el arte elabora los insumos para el trabajo serio de la filosofía y la ciencia. Howard Philip Lovecraft es un espécimen de ello.

Ahora que hemos expuesto que los supra-significados y las superficialidades son los riesgos en la lectura de HPL, podemos apuntar que todas aquellas alteraciones en las formas, las viscosidades nauseabundas, los murmullos que reptan en la penumbra, los morfismos estelares, las liturgias negras, los arcanos encuadernados, las deidades atemporales, la demencia, el horror sin nombre y el ‘Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn’, son el coronamiento de la razón.

Aseverar que es la razón el cenit de la literatura de Lovecraft, parece ser una inversión radical de lo que aparentemente representa. Constantemente vemos como los héroes lovecraftianos, quienes se caracterizan por personificar los ideales científicos o filosóficos del siglo XX, aparecen como víctimas de la irracionalidad, rotundamente incapaces de resolver los enigmas que se les presentan a pesar de poseer las máximas del discurso y el método racional. Y aunque lo anterior no es del todo acertado, esto corresponde a una escisión fundamental entre Lovecraft y Poe, incluso con Sir Arthur Conan Doyle*.

La lógica lovecraftiana no intenta burlar la razón, sino que busca hacer un abordaje en el mero convencimiento de que la expansión misma de la razón es la locura, el sin sentido y el vacío. En este trazo, Lovecraft no solo logra retomar el discurso de Erasmo de Rotterdam, actualizar a Hume, Schopenhauer, y preceder a Camus o Sartre, también deja entredicho el ‘progreso’ del Siglo XX, como una descomunal masa indeterminada, jadeante y ciega – y que no deja de despertar a la imagen de Azathoth – que ya había sido profetizada en el hundimiento del Titanic en 1912.

Lovecraft completa el capricho de Goya: ya que si bien “los sueños de la razón producen monstruos” la única alternativa es la desesperanza, el resentimiento, la misantropía universal: la locura y muerte; destino y condición que sufren los héroes en Lovecraft. Michel Foucault, en su tesis doctoral “Historia de la Locura en la Época clásica” (1964), Tomo I, expone los fundamentos estructurales de locura, a través de la explicación de la sin-razón no como una razón enferma, perdida o alienada, sino como una razón deslumbrada. ¿No es este carácter de sorpresa, estupefacción, – los calificativos ignoto, innombrable, ininteligible, extraño, desconocido e insondable – el síntoma que atraviesan los héroes lovecraftianos?

Foucault, demarca sobre la razón deslumbrada que:

El deslumbramiento es la noche en pleno día, la oscuridad que reina en el centro mismo de lo que hay de excesivo en el brillo de la lumbre. La razón deslumbrada abre los ojos ante el sol y no ve nada, es decir, no ve; en el deslumbramiento la perspectiva general de los objetos hacia la profundidad de la noche tiene correlativo inmediato de la supresión de la visión misma (…) Decir que la locura es deslumbrante es decir que el loco ve el día, el mismo día que el hombre de razón, pero viendo ese mismo día, nada más que él, y nada en él, lo ve como vacío, como noche, como nada; las tinieblas son para él la manera de percibir el día. Lo cual significa que, viendo la noche y la nada de la noche, no ve en absoluto. Y creyendo ver deja venir hacía él, como realidades, a los fantasmas de su imaginación y a toda la muchedumbre de las noches. Por eso, delirio y deslumbramiento se hallan en una relación que constituye la esencia de la locura, exactamente como la verdad y la claridad, en su vínculo fundamental, son constitutivas de la razón clásica.
No es nada irracional que los personajes de HPL, una vez que han agotado los recursos de la ciencia, la filosofía, el saber objetivo y normativo – lineamientos que abren el sendero al ‘progreso’ – se deslizan, como el Fausto de Goethe, hacía las metafísicas esotéricas, que, en lugar de sugerir el término de total sin sentido, su aparición y uso fijan una nueva forma de conocimiento que puede ayudar a someter a las monstruosidades que se han desatado; ¿Acaso lo incoherente del Al Azif – o Necronomicon – no es una anticipación de los obscuros lenguajes de la física cuántica? Pero Lovecraft va aún más allá, y sentencia que la ´magia´ es insuficiente para dominar a Mefistófeles; quien siempre termina traicionado a sus más devotos siervos.

Lovecraft nos enfrenta, no a una realidad, sino aún Real incomprensible, amorfo y perdido: hace emerger una respuesta que es perenne en la duda de todos los hombres, y deja al desnudo la distancia del hombre con la verdad. Al punto de asegurar que, de ser conseguida la verdad, esta resultaría absurda, traumática y horrorosa.

Esta penumbra que se cierne sobre el mundo, y que deja a la locura en la carne de la razón, son las mismas que quedan grabadas en las palabras del Coronel Kurtz al final de la película Apocalypse Now (1979):
He visto el horror… horrores que tú no has visto. Pero no tienes el derecho a llamarme asesino. Tienes derecho a matarme. Tienes derecho a hacerlo… pero no tienes derecho a juzgarme. Es imposible describir el horror en palabras a aquellos que no saben lo que verdaderamente significa. Horror, horror. El horror tiene una cara… y tú debes hacer del horror tu amigo. Horror y terror mortal son tus amigos. Si ellos no lo son, entonces son tus enemigos, a los que debes temer. Son en verdad tus enemigos. Recuerdo cuando estaba con las fuerzas especiales. Parece que han pasado siglos. Nos internamos en un campamento a inocular niños. Dejamos el campamento después de haber inoculado a los niños de polio y un hombre viejo vino corriendo hacia nosotros. Estaba llorando, no podía ver. Volvimos allí y ellos habían llegado y… habían amputado cada brazo inoculado. Estaban en un montón. Un montón de pequeños brazos. Y recuerdo… yo… yo lloré. Lloré como una abuela. Quería arrancarme los dientes. No supe qué quería hacer. Y quiero recordarlo; nunca quiero olvidarlo. Nunca quiero olvidar. Y entonces me di cuenta… como si me hubiesen disparado… como si me hubiesen disparado con un diamante… una bala de diamante justo en mi frente. Y pensé: Dios mío… el genio de esto. El genio. El deseo de hacer esto. Perfecto, genuino, completo, cristalino, puro. Y entonces me di cuenta de que eran más fuertes que nosotros, porque ellos podían soportar eso… ellos no eran unos monstruos. Eran hombres… oficiales entrenados. Estos hombres que luchaban con sus corazones, que tenían familias, que tenían hijos, que estaban llenos de amor… pero tenían la fortaleza… la fortaleza… para hacer eso. Si yo hubiese tenido diez divisiones de estos hombres, entonces nuestros problemas hubiesen terminado rápidamente. Tienes que tener hombres que tengan moral… y al mismo tiempo que sean capaces de utilizar sus instintos para matar sin sentimentalismos… sin pasión… sin juzgar… sin juzgar. Porque es el juzgar lo que nos derrota.
No hay batracios, repulsivos e hediondos, encubiertos dentro de los sistemas sociales. No hay deidades primigenias que sueñan en las insondables oscuridades de mares borrados de la tinta de las cartas. No hay grimorios que guarden secretos que otorguen favores a su portador. No hay nada, ni nadie, detrás de las cortinas hechas de susurros, balbuceos y cacofonías que aterran a los hombres en las noches acaloradas. No hay nada debajo de la oscura piel intergaláctica, ni hay significados resplandecientes en el movimiento de los astros. La verdad de Lovecraft es que solo hay horror al vacío, y hombres que gritan sin voz.












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*El proyecto literario, cuyos autores destacan John Pelan, Michael Reaves y Neil Gaiman, “Sombras sobre Baker Street” (2003), busca relacionar la obra de Lovecraft con la Doyle. El resultado de la mayoría de los relatos que componen el pastiche, incluyendo el de Gaiman: son un fracaso lovecraftiano, producto de los riesgos que la lectura reduccionista de Lovecraft provoca.

domingo, 1 de julio de 2018

Han de Islandia, Victor Hugo


"La felicidad suprema en la vida es tener la convicción de que nos aman por lo que somos, o mejor dicho,
a pesar de lo que somos"
Victor Hugo

Amigos del Club de la Buena Estrella, le llegó el turno a la viñeta País/Región, que para este año eligió a Francia. El libro que resultó ganador fue nada más y nada menos que "Han de Islandia" del autor francés Victor Hugo, propuesto por su servidora. El motivo por el cual propuse este libro, es que desde siempre mi padre ha sido un fiel seguidor de la literatura clásica y, específicamente, de este autor. Así es que durante décadas lo he escuchado hablar con pasión sobre su obra literaria y, gracias a eso, fue que en este club ya se leyó el título "Los Miserables". Por tanto, sentí que la oportunidad era propicia para que se leyera otro título de su autoría, siendo uno de los clásicos imperdibles en la literatura universal.

Otra sorpresa que tiene preparada este mes, es que mi padre ha aceptado acompañar en la moderación de las reuniones, así que contaremos con su grata compañía todo el mes. Espero que se nos unan en esta apasionante lectura, que promete  unas discusiones muy interesantes.

Por otro lado, comentarles que la Alianza Francesa ha accesido concedernos el espacio para que realicemos nuestras reuniones de julio en sus instalaciones, así es que desde ya están convocados a asistir a su bonita casa ubicada en la calle y colonia La Mascota, San Salvador.

No se pierdan estas interesantes discusiones, en el mejor lugar y con la mejor compañía... ¡felices lecturas!

Han de Islandia es una propuesta de Loida y Hernán Pineda

SINOPSIS

Esta obra juvenil de Víctor Hugo fue publicada en París en 1823. La acción se desarrolla en un hipotético reino de Islandia del siglo xvn, que sufre bajo la pesadilla de Han, un sanguinario bandido. La obra es un verdadero drama novelado, en donde aparece ya la fórmula de Hugo, con sus contrastes violentos y con sus continuas luchas entre las formas extremas del bien y del mal. La figura de Han de Islandia alcanza aquí una singular potencia poética, y ha quedado como uno de los testimonios más significativos del romanticismo francés.

FICHA DEL LIBRO

Mes: Julio de 2018
Viñeta: País | Región: Francia
Auror: Víctor Hugo
Nacionalidad: Francés
Año de publicación: 1823
Año de edición: 2007
Editorial: Losada
País de publicación: España
Número de páginas: 447
Traductor: Luis Echávarri
ISBN: 978-950-03-9564-9
DIVISIÓN DE LECTURAS

Jueves 5 de julio de 2018
Jueves 12 de julio de 2018
Jueves 19 de julio de 2018
Jueves 26 de julio de
2018
Biografía del autor
Prólogos
Ediciones
Capítulos 1-10 (inclusive)
Página 107
Capítulos 11-23 (inclusive)
Página 218
Capítulos 24-37
(inclusive)
Página 330
Capítulos 38-51
Conclusión
Página 447
Final
25%
50%
75%
100%

SOBRE EL AUTOR

Victor Marie Hugo /viktɔʁ maʁi yɡo/ —inscripción completa en su acta de nacimiento: Victor, Marie Hugo—​ (Besanzón, 26 de febrero de 1802 - París, 22 de mayo de 1885), fue un poeta, dramaturgo y novelista romántico francés, considerado como uno de los más importantes en lengua francesa. También fue un político e intelectual comprometido e influyente en la historia de su país y de la literatura del siglo XIX. Era hermano de los también escritores Eugène Hugo y Abel Hugo.

Ocupa un puesto notable en la historia de las letras francesas del siglo XIX en una gran variedad de géneros y ámbitos. Fue un poeta lírico, con obras como Odas y baladas (1826), Las hojas de otoño (1832) o Las contemplaciones (1856), poeta comprometido contra Napoleón III en Los castigos (1853) y poeta épico en La leyenda de los siglos (1859 y 1877). Fue también un novelista popular y de gran éxito con obras como Nuestra Señora de París (1831) o Los miserables (1862). En teatro expuso su teoría del drama romántico en la introducción de Cromwell (1827),​ y la ilustra principalmente con Hernani (1830) y Ruy Blas (1838).

Su extensa obra incluye también discursos políticos en la Cámara de los Pares, en la Asamblea Constituyente y la Asamblea Legislativa —especialmente sobre temas como la pena de muerte, la educación, los derechos de las mujeres o Europa—, crónicas de viajes —El Rin (1842) o Cosas vistas, (póstuma 1887 y 1890)—, así como una abundante correspondencia.

Contribuyó de forma notable a la renovación lírica y teatral de la época; fue admirado por sus contemporáneos y aún lo es en la actualidad, aunque ciertos autores modernos le consideren un escritor controvertido. Su implicación política, que le supuso una condena al exilio durante los veinte años del Segundo Imperio francés (1852-1870), permitió a posteriores generaciones de escritores una reflexión sobre la implicación y el compromiso de los escritores en la vida política y social.

Sus opiniones, a la vez morales y políticas,​ y su obra excepcional, le convirtieron en un personaje emblemático a quien la Tercera República honró a su muerte con un funeral de Estado, celebrado el 1 de junio de 1885 y al que asistieron más de dos millones de personas, y con la inhumación de sus restos en el Panteón de París.

FUENTES:

- Wikipedia. 

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