viernes, 6 de julio de 2018

La cosa lovecraftiana (II)




Ilustración de Howard Phillip Lovecraft para la portada de "Children of Lovecraft" (2016) editado por Ellen Datlow, ilustrado por Mike Mignola, creador de Hellboy.


En algún fragmento del libro de Alain Badiou, “Condiciones” (2003), se muestra el gesto de anticipación que caracteriza a la poesía y la literatura, el cual funciona como un sitio acolchado para el trabajo del filósofo. Esta idea sostiene que todo proceso artístico tiende a desenterrar excesos, incidentes conceptuales y lógicas heurísticas que no solo resultan ser los elementos característicos de la ‘producido’ o ‘creado’, sino que terminan integrando a la realidad objetos que ensanchan el proceso de significación de las cosas. Al correr la suerte de no parecer un accidente, el arte elabora los insumos para el trabajo serio de la filosofía y la ciencia. Howard Philip Lovecraft es un espécimen de ello.

Ahora que hemos expuesto que los supra-significados y las superficialidades son los riesgos en la lectura de HPL, podemos apuntar que todas aquellas alteraciones en las formas, las viscosidades nauseabundas, los murmullos que reptan en la penumbra, los morfismos estelares, las liturgias negras, los arcanos encuadernados, las deidades atemporales, la demencia, el horror sin nombre y el ‘Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn’, son el coronamiento de la razón.

Aseverar que es la razón el cenit de la literatura de Lovecraft, parece ser una inversión radical de lo que aparentemente representa. Constantemente vemos como los héroes lovecraftianos, quienes se caracterizan por personificar los ideales científicos o filosóficos del siglo XX, aparecen como víctimas de la irracionalidad, rotundamente incapaces de resolver los enigmas que se les presentan a pesar de poseer las máximas del discurso y el método racional. Y aunque lo anterior no es del todo acertado, esto corresponde a una escisión fundamental entre Lovecraft y Poe, incluso con Sir Arthur Conan Doyle*.

La lógica lovecraftiana no intenta burlar la razón, sino que busca hacer un abordaje en el mero convencimiento de que la expansión misma de la razón es la locura, el sin sentido y el vacío. En este trazo, Lovecraft no solo logra retomar el discurso de Erasmo de Rotterdam, actualizar a Hume, Schopenhauer, y preceder a Camus o Sartre, también deja entredicho el ‘progreso’ del Siglo XX, como una descomunal masa indeterminada, jadeante y ciega – y que no deja de despertar a la imagen de Azathoth – que ya había sido profetizada en el hundimiento del Titanic en 1912.

Lovecraft completa el capricho de Goya: ya que si bien “los sueños de la razón producen monstruos” la única alternativa es la desesperanza, el resentimiento, la misantropía universal: la locura y muerte; destino y condición que sufren los héroes en Lovecraft. Michel Foucault, en su tesis doctoral “Historia de la Locura en la Época clásica” (1964), Tomo I, expone los fundamentos estructurales de locura, a través de la explicación de la sin-razón no como una razón enferma, perdida o alienada, sino como una razón deslumbrada. ¿No es este carácter de sorpresa, estupefacción, – los calificativos ignoto, innombrable, ininteligible, extraño, desconocido e insondable – el síntoma que atraviesan los héroes lovecraftianos?

Foucault, demarca sobre la razón deslumbrada que:

El deslumbramiento es la noche en pleno día, la oscuridad que reina en el centro mismo de lo que hay de excesivo en el brillo de la lumbre. La razón deslumbrada abre los ojos ante el sol y no ve nada, es decir, no ve; en el deslumbramiento la perspectiva general de los objetos hacia la profundidad de la noche tiene correlativo inmediato de la supresión de la visión misma (…) Decir que la locura es deslumbrante es decir que el loco ve el día, el mismo día que el hombre de razón, pero viendo ese mismo día, nada más que él, y nada en él, lo ve como vacío, como noche, como nada; las tinieblas son para él la manera de percibir el día. Lo cual significa que, viendo la noche y la nada de la noche, no ve en absoluto. Y creyendo ver deja venir hacía él, como realidades, a los fantasmas de su imaginación y a toda la muchedumbre de las noches. Por eso, delirio y deslumbramiento se hallan en una relación que constituye la esencia de la locura, exactamente como la verdad y la claridad, en su vínculo fundamental, son constitutivas de la razón clásica.
No es nada irracional que los personajes de HPL, una vez que han agotado los recursos de la ciencia, la filosofía, el saber objetivo y normativo – lineamientos que abren el sendero al ‘progreso’ – se deslizan, como el Fausto de Goethe, hacía las metafísicas esotéricas, que, en lugar de sugerir el término de total sin sentido, su aparición y uso fijan una nueva forma de conocimiento que puede ayudar a someter a las monstruosidades que se han desatado; ¿Acaso lo incoherente del Al Azif – o Necronomicon – no es una anticipación de los obscuros lenguajes de la física cuántica? Pero Lovecraft va aún más allá, y sentencia que la ´magia´ es insuficiente para dominar a Mefistófeles; quien siempre termina traicionado a sus más devotos siervos.

Lovecraft nos enfrenta, no a una realidad, sino aún Real incomprensible, amorfo y perdido: hace emerger una respuesta que es perenne en la duda de todos los hombres, y deja al desnudo la distancia del hombre con la verdad. Al punto de asegurar que, de ser conseguida la verdad, esta resultaría absurda, traumática y horrorosa.

Esta penumbra que se cierne sobre el mundo, y que deja a la locura en la carne de la razón, son las mismas que quedan grabadas en las palabras del Coronel Kurtz al final de la película Apocalypse Now (1979):
He visto el horror… horrores que tú no has visto. Pero no tienes el derecho a llamarme asesino. Tienes derecho a matarme. Tienes derecho a hacerlo… pero no tienes derecho a juzgarme. Es imposible describir el horror en palabras a aquellos que no saben lo que verdaderamente significa. Horror, horror. El horror tiene una cara… y tú debes hacer del horror tu amigo. Horror y terror mortal son tus amigos. Si ellos no lo son, entonces son tus enemigos, a los que debes temer. Son en verdad tus enemigos. Recuerdo cuando estaba con las fuerzas especiales. Parece que han pasado siglos. Nos internamos en un campamento a inocular niños. Dejamos el campamento después de haber inoculado a los niños de polio y un hombre viejo vino corriendo hacia nosotros. Estaba llorando, no podía ver. Volvimos allí y ellos habían llegado y… habían amputado cada brazo inoculado. Estaban en un montón. Un montón de pequeños brazos. Y recuerdo… yo… yo lloré. Lloré como una abuela. Quería arrancarme los dientes. No supe qué quería hacer. Y quiero recordarlo; nunca quiero olvidarlo. Nunca quiero olvidar. Y entonces me di cuenta… como si me hubiesen disparado… como si me hubiesen disparado con un diamante… una bala de diamante justo en mi frente. Y pensé: Dios mío… el genio de esto. El genio. El deseo de hacer esto. Perfecto, genuino, completo, cristalino, puro. Y entonces me di cuenta de que eran más fuertes que nosotros, porque ellos podían soportar eso… ellos no eran unos monstruos. Eran hombres… oficiales entrenados. Estos hombres que luchaban con sus corazones, que tenían familias, que tenían hijos, que estaban llenos de amor… pero tenían la fortaleza… la fortaleza… para hacer eso. Si yo hubiese tenido diez divisiones de estos hombres, entonces nuestros problemas hubiesen terminado rápidamente. Tienes que tener hombres que tengan moral… y al mismo tiempo que sean capaces de utilizar sus instintos para matar sin sentimentalismos… sin pasión… sin juzgar… sin juzgar. Porque es el juzgar lo que nos derrota.
No hay batracios, repulsivos e hediondos, encubiertos dentro de los sistemas sociales. No hay deidades primigenias que sueñan en las insondables oscuridades de mares borrados de la tinta de las cartas. No hay grimorios que guarden secretos que otorguen favores a su portador. No hay nada, ni nadie, detrás de las cortinas hechas de susurros, balbuceos y cacofonías que aterran a los hombres en las noches acaloradas. No hay nada debajo de la oscura piel intergaláctica, ni hay significados resplandecientes en el movimiento de los astros. La verdad de Lovecraft es que solo hay horror al vacío, y hombres que gritan sin voz.












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*El proyecto literario, cuyos autores destacan John Pelan, Michael Reaves y Neil Gaiman, “Sombras sobre Baker Street” (2003), busca relacionar la obra de Lovecraft con la Doyle. El resultado de la mayoría de los relatos que componen el pastiche, incluyendo el de Gaiman: son un fracaso lovecraftiano, producto de los riesgos que la lectura reduccionista de Lovecraft provoca.

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