martes, 26 de febrero de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve" (Carta 4)

Carta 4 

Establecido el hecho de que los decapitados no escriben cartas, me estoy planteando seriamente dejarte vivir y alargar este juego, solo por la diversión de seguir leyendo las tuyas.

¡Ah, Iberra! ¡El atormentado, poco astuto y menos sagaz Iberra! ¿Preguntas qué me ha sucedido? ¿conoces acaso una 'mejor versión' de Jacinto Chiclana? ¿te decepciona el asesino desconcertado, sandio, pretencioso y vanidoso que dices leer (y releer) en mí? Apuesto que aún después de responderme has seguido leyendo (y releyendo) mi carta. Dime, ¿aprendes con la repetición u olvidas dos veces?

Pensándolo mejor, concluyo que será más provechoso para ti que te vuele la cabeza, visto que no tienes posibilidad alguna de encontrar 'alivio, paz y alegría'. ¿Ves cómo también puedo ser humanitario?

Tus fervientes lealtades me entretienen más que escuchar a Gardel, pero definitivamente no las pongo en duda. A estas alturas no me sorprendería que hayas jurado como niño explorador en las patrullas de Lomas de Zamora, que creas en el amor eterno o que te confieses con el párroco de tanto en tanto. Lo que realmente me intriga es si al menos recuerdas a qué eres leal. Es cosa bastante común en el hombre que, a falta de certezas y apenas provisto de borrosos recuerdos, busque refugio y consuelo en sus propios instintos e imaginerías.

¿A través de ti y el cuchillo se hacen carne los designios cumplidos del tiempo, cosas que mi egoísmo no alcanza a comprender? ¡Vaya delirios! ¿cómo haces para pasar tan rápidamente de provocarme risas a infundirme lástima? Eres tú, Iberra, quien no ha comprendido. Todos los seres, en cualquier plano de realidad o ficción, somos las heridas sangrantes del tiempo. Cuando toda cosa viva haya muerto, nada en absoluto reflejará la existencia de un tiempo que transcurre. Nada quedará excepto la desoladora imagen eterna de lo estático.

No tengo porqué mentir, buscarte me interesa tanto como aprender un oficio o labrar la tierra. Pero te advierto que no seré yo quien arroje el cuchillo al arroyo Maldonado si llegas a asomarte. Tanto me irrita el gamberro picapleitos como el pacifista apático. No se niega una puñalada (o dos) a quien te busca tan afanosamente. Fue precisamente por eso que, conocedor de la historia y ansioso como estoy por profanarla, fui al salón de Julia en el Barrio Santa Rita, destripé al 'Pegador', destacé al 'Corralero' y me llevé a 'la Lujanera'. ¡Es asombroso el grado de perversidad que puede alcanzar ese tipo de mujer que a sabiendas elige irse con un asesino! ¿Pero qué sabrás tú de esas mundanalidades, si en tu justiciero apostolado desdeñas los efímeros placeres del hombre rebelde?

Sí Iberra, estuviste en Francia. Y sí, eran tiempos locos en los que resultaba extremadamente difícil mantener la cabeza en su lugar. ¡Imagino la resaca brutal que tuviste al retornar a Los Angelitos! Uno vuelve hecho un guiñapo, agotado, plagado de dolores, con la vista nublada, la nariz sangrante y los terribles mareos. El crudo retrato de un borrachín vapuleado por el alcohol añejo del tiempo que se mueve.

Estaremos de acuerdo en que se requiere de un largo rato para recuperar la conciencia y la compostura. Si en lugar de detestar a Careno aceptaras de buen grado sus bromas estúpidas, y si de vez en cuando mostraras siquiera un poco de humor del color que fuera; entonces el idiota bienintencionado te sería de gran ayuda. Estaría presto a llevarte agua para asearte y una toalla para secarte. Te serviría un buen Fernet con vermú rojo para entonar la barriga, pan con aceite, vegetales asados, un espléndido bife de chorizo aun más rojo que el vermú y, a manera de cierre, un revivificante espresso, tan negro y amargo como tus recuerdos. ¡No me dirás que ahora eres vegetariano, Iberra, no pierdas de vista que de carne somos!

¿Sientes envidia? No puedes culpar a Careno por admirarme. Me parece que te hace falta aprender a reírte de ti mismo, enterarte un poco de lo patéticos, absurdos y ridículos que somos. ¿Crees que soy un hombre sin moral? Te informo que tengo un preclaro sentido del bien y el mal: Todo lo que no me satisface es malo. Y he de cortarlo sin remordimientos. Cortar, cortar, cortar…

Dos cartas y se me hace evidente que eres hombre de 'postales', un auténtico reportero del tiempo. Me enviaste una crónica desde Francia y ahora otra desde Nueva York. ¿Ves cuánto haces, hasta sin quererlo, por obtener mi indulgencia? ¡Es divertido verte siguiéndome, buscando pistas, jugando al gallito ciego y dándote continuos cabezazos contra las paredes! ¡Hasta me siento comprometido a enviarte yo mismo una 'postal'! No desentonaré, lo prometo. Sé lo mucho que te interesan las decapitaciones, y más aún si encuentras en ellas una connotación sagrada. Por eso ignoré tu pregunta sobre el río egipcio convertido en sangre. Me aburre la sola idea de herir un río. Pero la figura de un ángel destructor que en una sola noche hiere de muerte, uno por uno, a millares de primogénitos, eso es otra cosa. La poderosa imagen de un dios afilado me resulta inspiradora.

Me lo pensé dos veces antes de decidirme a hacer un viaje tan atroz que incluso pudo matarme. Imaginarás los terribles efectos físicos de retroceder en el tiempo más de 3,400 años. Desperté hecho un despojo humano, en una choza cerca de un río cuyas riberas estaban llenas de campos de cultivo. Una pareja de viejos me cuidaba y alimentaba como a su propio hijo. Sus pieles requemadas y sus manos ásperas eran huellas evidentes del peso de su esclavitud, pero sus ojos tenían un brillo de optimismo que muy pocas veces he visto en otro tiempo. Aún convalecía cuando una densa nube cubrió el cielo hasta oscurecerlo. El zumbido que emitía el enjambre de langostas era ensordecedor y la negra mancha tardó horas en pasar sobre nuestras cabezas rumbo al oeste, hacia el otro lado del río. Caminé con dificultad afuera de la choza y contemplé atónito la impresionante escena. El viejo alzaba los brazos tostados hacia el cielo mientras su mujer lloraba conmovida. Ambos cayeron sobre sus rodillas y se prosternaron, emitiendo entre sollozos sentidas exclamaciones en una lengua que yo no entendía, pero cuyo significado me resultaba claro, transparente.

Moshé fue el nombre que más veces escuché por aquellos días. Par'ho se había negado de nuevo a liberar a los esclavos, y ahora el dios de Moshé, Avraham y Ya'akov enviaría una nueva plaga sobre Mitzraim. Entonces hubo tres días de espesa oscuridad. Más que solo las tinieblas, era una fuerza tan envolvente e impenetrable que bajo ella el fuego no prosperaba ni irradiaba su luz. Tampoco había sonido alguno. Las palabras no llegaban a ser audibles ni siquiera para quien las pronunciaba. La imposibilidad de ver y escuchar a los otros hacía que todos se sintieran tan angustiados, solos, pequeños y desvalidos, que no fueron capaces de levantarse de sus lugares en todo ese tiempo. Estaban paralizados, mudos, llenos de miedo, como si hubiesen sido tragados por las fauces del terror y llevados vivos a las honduras de la muerte.

En nuestras riberas, en cambio, la luz del sol era intensa y el ánimo de la gente estaba por las nubes. Moshé había dado indicaciones para que cada familia preparara un cordero que debía ser degollado en cuatro días. Había sido especialmente enfático al decir que era necesario pintar la puerta de la casucha con la sangre del animal, y comer su carne al finalizar el día. Finalmente entendí que la sangre era una señal para que esa noche el ángel verdugo pasara de largo por las casas marcadas. ¡Ay de aquella familia en cuya casa el vengador no encontrara dicha señal, porque ahí mismo sería ejecutado su hijo primogénito!

Todo el mundo se encerró a observar los ceremoniales indicados por Moshé, pero yo no podía dejar de presenciar esa descomunal cadena de ejecuciones. Salí de la choza y me puse a caminar bajo el pesado manto de la noche de los tiempos. Una inmensa luna llena guió mis pasos hacia los primeros poblados exentos de marca. De súbito caí al suelo con estrépito, desplazado con violencia por una fuerza sobrenatural que aún no logro discernir si fue un rayo o un ventarrón de velocidad inaudita, lanzado con furia hacia los cuatro puntos cardinales. Quedé frío como un témpano, con la cabeza aturdida, las extremidades adormecidas y los músculos anquilosados. Y cuando pensé que no podía sentir más impotencia, su poderosa estela se llevó mi aliento, como si un feroz remolino hubiera aspirado todo el aire del lugar, vaciando mis pulmones por completo. Nunca llegué a ver nada, pero me erizaba una y otra vez a causa de aquella presencia poderosa y aplastante que atravesaba el país con el filo de su espada, hiriendo a cada familia, cortando de un tajo la primicia de su descendencia y cercenando su futuro de manera fulminante.

Cerré los ojos y entonces pude ver, en la diáfana gota de un segundo, la paradoja brutal de lo fugaz y lo eterno, esa fuerza majestuosa capaz de torcer el tiempo y segar la vida con tamaña velocidad y precisión. Nunca antes ni después estuve ante nada semejante a ese ángel destructor. Admírate tú con Harry Kellar y con Houdini, ese otro Harry cuyo nombre te avergüenzas de no recordar.
​​___​

​Eres un pobre abanto, comedido y débil, Iberra. ¿A qué tanta vuelta muchacho? ​Tu patético titubeo entre sí pero no, más pero menos y quiero pero no debo; me impulsa más a terminar con tu sufrimiento que a enterarte de una verdad que te hará sufrir con creces. Pero imperiosa y sádica es mi naturaleza: yo te diré qué hacer y tú obedecerás sin rechistar.

Asumo que tomaste esta carta de debajo del mismo servilletero y la estarás leyendo en la misma mesa, en el mismo piso cuadriculado del Café Los Angelitos. Prepárate entonces para abrir los ojos por primera vez en tu vida. Bebe una copita de coñac, apaga las luces y camina por la orilla hasta la decimonona baldosa. Te acuestas en el piso en decúbito dorsal, con la cabeza en la baldosa ya indicada y te quedas quieto viendo hacia la pared. Tras unos minutos de inmovilidad te llegará la acomodación ocular.

¿Te gusta la magia? Ahora verás en una pequeña esfera de apenas tres centímetros de diámetro el universo entero,  toda la gente, todos los lugares, todos los tiempos… y querrás absorber y guardar cada detalle. Estaremos de acuerdo en que eso es imposible, tendrás que enfocarte. Cerrarás la boca, quitarás la vista del fantástico microcosmos de la pared y la dirigirás hacia el otro lado, al espejo proyectado en el panel de enfrente. Caminarás hacia él y no te detendrás hasta traspasarlo, hasta llegar al piso del otro lado del espejo, a la ampliación de la realidad del tiempo. El imaginario de los espejos abre múltiples ventanas y pasadizos no solo a otras épocas, sino también a otras realidades y ficciones. También aquí, en este reflejo ampliado del piso de Los Angelitos, harás la misma rutina milenaria que de sobra conoces.

Ya que has seguido con obediencia todas mis órdenes hasta este momento, nada te impide viajar al Uruguay, al año 1882. Al llegar ahí debes buscar a Ireneo Funes. Pregúntale por Ñato y Juan Iberra, por Jacinto Chiclana, por Maneco Uriarte, Duncan, Juan Dahlmann, Juan Almanza y Juan Almada... pregúntale por el Concilio del Café Los Angelitos.

Escucha al memorioso y sé libre, Iberra. Disfruta la libertad y sufre la verdad por el breve espacio de tiempo que te queda. Muy pronto habrás perdido la carrera por una cabeza, por esa testa de dócil potrillo, que musicalmente rodante ofrendarás a mis pies.


Ya no estoy seguro de ser
pero sí de llamarme
Jacinto Chiclana


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jueves, 21 de febrero de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve" (Carta 3)

Carta 3
¿Qué te ha sucedido Chiclana?, ¿será posible que alguien como yo, que jamás he considerado tener astucia o sagacidad al momento de hablar o escribir, haya sido capaz de provocar en ti ardor y reproches? Te leo una y otra vez, de arriba hasta abajo, te leo en cada letra negra y te leo en las letras blancas que dejan las primeras, y solo encuentro desconcierto, sandeces, pretensión y vanidad. 

¿Por qué pones en duda que la alegría pueda venir a mí después de darte muerte? Chiclana, ¿no eres capaz de ver en mí otra cosa que no sea esclavismo? Sé perfectamente qué es lo que quiero de ti Chiclana, no hay malentendidos en ello: tu cuerpo supino, dócil y putrefacto, vaciado de su sangre o abierto mostrando sus entrañas, tirado en una esquina, bajo una escalera o en un callejón, con los ojos perdidos o llenos de sorpresa, pero muerto.

Me sorprende que tú y tu filosofía, la que quiero seguir considerando acertada, no sean lo suficientemente puntillosos para ver en mi aparente posición de sometimiento y servidumbre, una aceptación de la futilidad, mortalidad y finitud que es marca de todas las cosas, lo que a mi entender es una doctrina sensata y lógica, para enrollarse y afrontar las complicaciones de este universo. Con tu asesinato voy a cumplir un deseo que siempre ha estado inscrito bajo cielos inmensos, no solo sobre el techo de mis imaginerías. Estoy no solo a merced del odio, sino de la lealtad.

El problema de gente como tú, es que siempre anda por la historia como si no hubiese reglas que contaran los pasos y rastrearan los caminos. Eres de esos hombres que quieren ser milagros perennes, agentes del caos, que no admiten limitaciones, porque su cariño se aferra más a la rebeldía que a la realidad. Hombres como tú, terminan mandando al diablo todo lo sagrado, y el karma es lo más profano de todo ello. No te apresures Jacinto Chiclana, yo no soy, en lo más mínimo, un protector de lo sagrado, lo sagrado por sí mismo se sostiene. Llámame un apologeta del recordatorio, o una agenda futura de lo que ya se ha cumplido. A través de mí y el cuchillo, se hacen carne los designios cumplidos del tiempo, cosas que tu egoísmo no alcanza a comprender.

Por tu carta me queda claro que he andado en tierra francesa y, al parecer, en tiempos de chifladuras. También, gracias a tus referencias, me ha resultado fácil entender la causa de estar aquí, donde te escribo esta carta. Este tema de las cabezas y decapitaciones anda haciendo de las suyas sobre mi trayecto.

El ‘Angelito’ estaba llenísimo. Debajo del servilletero sobre la mesa con el cartel de reservado, reminiscencia de dos ausencias que se están encontrando, me esperaba tu última carta, la cual no pude leer al instante. Careno, ese cretino que no deja de masticar tus simpatías y tu recuerdo, me interrumpió. Dejé al idiota y, al dar paso al tiempo, el azulejo cuadriculado, estratégico, ese piso de ajedrez del café, ya era asfalto, ya era 1922.

Nueva York, 1922, aquí estoy, sentado en una cómoda silla aterciopelada dentro del teatro Hippodreome. ¿Qué hago aquí? buscarte y, sorprendido de encontrar más trozos de mí que de ti. A las afueras del teatro, un enorme cartel invitaba a los neoyorquinos a ser testigos del último gran misterio (al menos así lo dice el cartel) de Kellar: self – decapitation. Este simpático señor, Harry Kellar, se dedicaba a las ilusiones, supercherías y sortilegios, cosas de las que nunca he sido devoto, pero tampoco he tenido el valor para rechazarlo por completo. De manera concienzuda, considero que estas ilusiones comparten más de alguna cosa con mis ideas de la vida.

El espectáculo estaba programado para la noche, lo que me dio tiempo suficiente para caminar por la ciudad, siguiendo las habituales rutinas de búsqueda, de la que poco o nada me falta para catalogarla como milenaria. En los callejones, aceras, parques y esquinas, lugares recurrentes en los que solemos aparecer con cada paso al tiempo, me he encontrado con vagabundos, borrachines, mujeres fáciles, pestilencia a orines y basura, en las paredes de los edificios hay ecos de voces italianas, judías y polacas. No necesito ir a Auschwitz para ver un matadero pasivo, aquí en América, estos edificios habitacionales llamados tenement, son máquinas democráticas de exterminio; quién sabe, quizá estos americanos resultan mejores asesinos que nosotros. Terminé por descartar Nueva York antes de las seis de la tarde, la curiosidad del espectáculo pudo más con mi paciencia. Además, no exagero, me sobra el tiempo para encontrarte.

El espectáculo en el Hipódromo ha sido organizado por otro mago, me siento avergonzado al confesar que no soy capaz de recordar su nombre. Harry Kellar ha estado fuera de la escena desde hace varios años y este jovencito lo ha hecho volver a la luz del reflector. Kellar ha iniciado con formidables ilusiones, pero mi interés estaba en su último gran misterio. ¿Te imaginas: el último gran misterio? Aquí reside esa cábala con la que tanto simpatizo: el truco y la magia son gimnasios de la razón.

La presentación estaba llegando a su final, cada ilusión y trampa visual habían sido asombrosas y coloridas, cuando de pronto la oscuridad y el silencio se lo llevaron todo. El joven mago sacudió el teatro con su voz al asegurar que jamás en la historia, ni brujos y chamanes, hierofantes y faquires, lograrían alcanzar la hazaña y la grandiosidad del magnífico Harry Kellar que estaba a punto de realizar su último gran misterio: decapitarse. La luz del reflector se posó sobre una silla solitaria, puesta al centro de la tarima, la gente, nosotros, todos estábamos ansiosos de lo que estaba pronto a suceder. Alrededor de mí, las personas hacían esfuerzos soberbios para evitar murmurar y respirar, esa espera nos estaba arrancando el corazón del pecho y, de pronto, estábamos escuchando pasos sobre la tarima.

La noche de la tarima, que siempre es engañosa, nos hizo creer que aquello del último gran misterio era una farsa. Arriba solo veíamos a Kellar caminar con lentitud, cuando todos esperábamos verlo entrar con alguna espada o guillotina, para cortarse la cabeza de un tajo limpio y helado. Cuando Kellar llegó a la silla, los corazones que ya casi habían logrado abandonar el cuerpo, cayeron en picada en el agujero del estómago. Los murmullos se habían transformado en horror, en agonías y una asfixia popular. Harry Kellar se había sentado en la silla sin la cabeza. No tenía cabeza. Kellar no tenía cabeza. Harry Kellar no tenía su propia cabeza. Nadie pudo aplaudir, era imposible reaccionar a ese terror desmembrado; a lo mejor los franceses que tu describes, serían los únicos dispuestos a celebrar a un descabezado. Pero la cosa no terminó ahí Chiclana.

La mayoría de nosotros, puestos en pie, obligando a nuestros ojos a entender al descabezado cuerpo que estaba en la tarima, caímos sentados y hambrientos de sentido común, cuando vimos un enorme huevo reluciente que orbitaba sobre la tarima a diferente velocidad, alumbrando cual satélite solar la oscuridad del telón y la de nuestra mirada. El satélite anduvo por todo el escenario, mientras nosotros esperábamos que se mantuviera ahí, lejos, porque de acercarse nadie tenía la menor idea de qué se debe hacer o cómo se le debe hablar a una sonriente, bonachona y alegre cabeza flotante. Harry Kellar se había decapitado a sí mismo, y su cabeza fantasmal se desplazaba en el escenario del teatro, buscando el cuerpo que había abandonado. Fueron minutos los que tuvimos que esperar para que alguien soltara el primer aplauso; un aplauso que era la desesperación provocada por la incertidumbre que nos hacía dudar del lugar de nuestra propia cabeza.

He quedado maravillado con el hechizo, y más aún, estoy rendido a su filosofía, que certifica que, todo hombre conoce las reglas que rigen y ordenan el mundo y que doblar no es lo mismo que romper. El magnífico Harry Kellar puede mil y un millón de veces tentar a la muerte, burlarse de ella, jugar en el delgado hilo que divide el respiro del vacío pero, llegado el momento, con o sin cabeza, en la silla o en su cama, caerá rendido sobre la esplendorosa negrura que es la muerte, que tiene por misterio hacer desaparecer de la mente de los hombres, el día de su llegada. ¿Ves porque no puedo negarme a los magos, pero puedo detestar lo que tú eres?

Todo esto de las cabezas ha quedado como una impronta severa en mi espíritu, si has tenido que ver en ello o no, da igual, al menos sé que esto de las cabezas a ti te tendrá que llegar, porque ahora lo he decidido, y que esta carta sirva de juramento: ¡haré de tu muerte un obelisco de terror que llevará por corona tu cabeza cortada por mi cuchillo!
___

Quiero ser comedido con lo siguiente y, ten cuidado, que mi duda no sea para ti un síntoma de debilidad: ¿a qué te refieres con el concilio del café ‘Los Angelitos’?, ¿qué misiones?, ¿cuál olvido? sí, admito que tengo jaquecas, que he sangrado y que hay cosas que me resultan empantanadas en el recuerdo, pero jamás he dudado u olvidado de que estoy a tiempo para matarte. Ignoro qué intentas provocar en mí, desdichado bultuntún, con esos comentarios sobre curarme de mi ceguera, de hacerme saber lo que no sé. ¡Patrañas y porquerías! eso es lo que son tus acertijos.

¡Y no me digas qué hacer!, mis demonios son los devorados.

Antes de concluir esta carta, no quiero olvidar responder que no Chiclana, no. No me asquea que los hombres disfracen de moralidad sus odios, porque creo que todos los odios son en sí mismos morales, pero sí, aborrezco a los hombres sin moral como tú, que llevan un cuchillo por cabeza, que solo quieren cortar, cortar, cortar.

Hasta tu muerte o la próxima carta.


Dicen estar en América,

Dicen es 1922,

Pero seguro de ser, Ñato Iberra.


“E pur si muove”.


Posdata: Te solicito que te dirijas a los Iberra con más respeto. Aunque ignoro cómo es que has llegado a conocer a Juan, métete en la cabeza que jamás lograrás estar a la altura de su cuchillo.

Ñ.I.


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lunes, 18 de febrero de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve" (Carta 2)

Carta 2 

​Alzo mi cuchillo y te saludo, Ñato Iberra. 

Me honra que tu afán por encontrarme se eleve sobre el resto de razones como la verdadera leitmotiv de tus saltos en el tiempo. Lamento, sin embargo, que esa búsqueda te haya llevado a la maloliente Francia de la Revolución. A no ser, por supuesto, que disfrutes de esa bizarre combinación de espacio-tiempo donde brotaron muchas de las ideas y conceptos que siguen apestando el mundo ‘moderno’. Diría que tu devota persecución me ensalza tanto como me divierte tu optimismo por alcanzar alivio, paz y alegría, en el hipotético escenario en que logres arrancarme la cabeza. ¿Te crees capaz de ello, de alcanzar verdadero alivio, paz y alegría?

He de reconocer, sin la más mínima reserva, que mi curiosidad se desborda cuando considero las causas más recónditas y oscuras que te impulsan a enfrentarme.

¿Te mueve el orgullo? ¿el ego? ¿te irrita mi registro personal de tajos mortales? ¿acaso he superado ya el palmaris de tu hermano? 

¿O se trata de un asunto de implicaciones morales? ¿quieres castigarme? ¿tú que también disfrutas de los mismos sádicos espectáculos y los recreas una y otra vez en la memoria, para luego dibujarlos con el filo en lienzos de carne?

¡Ah, no me dirás que te has vuelto un guardián de lo sagrado! ¿Te sientes un instrumento del karma? ¿crees en eso? ¡Dime entonces qué debía el gurú ascético que degollé en la cima de la montaña cuando no me satisfizo su contestación! ¡al diablo con el karma! Yo creo en causa y efecto, en acción y reacción, en estímulo y respuesta; más no me convence la teoría de que hay una suerte de contador universal que registra todas nuestras acciones, las buenas y las malas, como si fueran cargos y abonos, para darnos alguna vez en esta vida o en cualquier otra el pago proporcional por cada una de ellas. Me parece más bien un delirio provocado por la necesidad de darle a nuestra absurda existencia un mínimo sentido de justicia que, dadas las evidencias, no parece tener. Entiendo el karma como un ilusorio afán de darle significado al sufrimiento y justificación a las penas. 

Sí, estuve frente a ese cadalso ignominioso de la Plaza de la Revolución, pero de eso han pasado ya varias idas y vueltas en el tiempo. Recuerdo que estuve a punto de morir cuando mis partículas se recompusieron en plena Allée des Veuves, en la trayectoria de un carruaje de caballos del que me libré de un salto, apenas en el último segundo. ¿Habrá un final más indigno para alguien como tú o como yo, hechos para verter nuestra sangre en la batalla, que morir aplastados como sapos en un tiempo que ni siquiera es el nuestro?

Y sí, escuché de Marat y de la ejecución de Charlotte Corday, pero ambos eventos ya eran parte de un pasado reciente cuando yo estuve ahí. Fueron viajes en los que opté por asumir la identidad de Cagliostro, suficiente excusa para hacer alguna travesura y de paso alimentar a otra leyenda. Arderás en furia contra mí, lo sé, pero no estaré mintiendo si te digo que la ejecución de la 'pajarita vengadora' no me mueve un pelo. Es solo una entre quince mil cabezas que rebanó la guillotina, y te aseguro que no estoy para entablar juicios y valoraciones sobre nada. Tengo tiempo, pero definitivamente no tengo ganas. 

Para ejercer de sádico por deporte, como tú lo infieres, he estado en primera fila en los holocaustos de Phnom Penh, de Auschwitz y de Kigali, para citar solo algunos. ¿Has olvidado que el hombre también ha montado gigantescos mataderos pasivos, donde grandes multitudes han sido ejecutadas a cuentagotas, víctimas del hambre? ¡Qué humillante forma de morir, sin derramar una gota de sangre, seco el torrente vital! ¿No te asquea que los hombres de cualquier bando, en cualquier tiempo, pretendan investir sus odios de cualidades morales? Me parece que no, si me baso en las líneas de tu carta donde quedan plasmados tus amargos gemidos por la chiquilla sin cabeza. No pierdas de vista que en su momento ella también tuvo un puñal en las manos. ¡Y al diablo con todos los juicios! No reconozco otro código moral que no sea el del cuchillo.

Ahora entiendo mejor tus motivaciones, una vez establecida tu lealtad a esa rutina que, estoy muy de acuerdo, a estas alturas ya es milenaria. Yo, en cambio, he renegado de rutinas y obligaciones. No más concilios en el Café Los Angelitos, ni cartas que me asignen misiones para ejecutar en otras épocas, pasadas o futuras. 

Te compadezco por tu resignado sometimiento bajo el yugo del olvido. ¿Crees que no conozco los efectos que los saltos en el tiempo han causado en todos nosotros, que las migrañas y las hemorragias nasales apenas van dejando nebulosas imágenes que a duras penas podemos llamar recuerdos? ¡Al diablo con el olvido! En lo que a mí respecta, estaré perdiendo la razón, pero me las he arreglado para no perder los recuerdos. La otra maldición, la de la memoria, finalmente me ha dado motivos para rehusar de esos menesteres, tan pesados como inútiles.

Ven y mátame si puedes, pero  antes respóndeme: ¿quieres recordar todo cuanto has olvidado? ¿te apetece saber lo que ignoras? Si tu respuesta es afirmativa, dejaré que sea la verdad la que te hiera hasta el tuétano. Curaré tu ceguera y después te arrancaré los ojos. Si en cambio tu respuesta es no, serás el más triste e  ignorante de los descabezados.

¿Me creerías si te confieso que me duele ser un sádico? ¡Pues créelo, me revienta de dolor y, vaya paradoja, eso hace de mí un auténtico masoquista! 

Te estaré esperando en algún punto del tiempo, Iberra. Hasta el día de la reunión, procura dejar de lloriquear y alimenta a tus demonios. No olvides que Chiclana es el mayor de ellos.


Ya no estoy seguro de ser
pero sí de llamarme
Jacinto Chiclana

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miércoles, 13 de febrero de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve" (Carta 1)

Carta 1  

Ñato Iberra y Jacinto Chiclana han jurado matarse… ¿lo lograrán?, ¿existe alguna posibilidad de tregua?, ¿podrá el tiempo, las fantasías, las trascendencias… en fin, la vida misma, romper un juramento tan solemne y sentencioso? Estas son solo algunas de las intrigas y provocaciones de que están hechas las epístolas que a cuatro manos han preparado Henry Andino y Alex Escobar para que leamos por entregas en este blog. 

Acompáñennos en esta emocionante historia en la que conoceremos las aventuras e infortunios de nuestros protagonistas. A continuación la primera carta... 

 Loida Pineda Andino
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Me gustaría tener la suficiente claridad para detallar cada una de las razones que me empujaron a escoger esta ‘sección’, pero no por ello dudaré, por sobre cualquier argumento, que prevalecerá el deseo y la posibilidad de encontrarte. Así, dejaré que el alivio, la paz y la alegría, una vez concluido nuestro asunto, me tomen por completo.

¿Será posible que he considerado este ambiente como una cosa hartamente familiar y cálida para ti, bajo el criterio que me dicta que tú eres un sádico? ¡quién lo diría!, ¡ahora soy yo el que hurga en tus preferencias! Acertado o no, este lugar no solo es ideal para ti, es ideal para todos. Es un lugar de y para los hombres.

       He llegado el 17 de julio. Aparecí en una plaza. Me han hecho saber que el lugar es conocido como la Plaza de la Revolución, antes llamada Plaza Luis XV; dedicada al rey. Este es un tiempo y lugar en el que se ha dejado de creer en Dios y percibo que también se ha dejado de creer en el ‘hombre’. Estos asesinatos divinos y terrenales, han llevado a la gente de este lugar a quitar la figura del rey que estaba aquí y, en su lugar, sobre un cadalso, han levantado una guillotina. Han edificado un reino del terror. Si decides venir, puedes encontrar el lugar al norte del río que atraviesa la ciudad, cerca de un hermoso jardín conocido como Champs-Élysées.

Estaba decidido a seguir la rutina de la que poco o nada me falta para catalogarla como milenaria, cuando gritos de odio, hedor de gente tostada bajo el sol y un brillante rojo de un verdugo, que se pavoneaba en la alta tarima, me dieron las excusas suficientes para retrasar mi búsqueda.

Todos esperaban a una mujer, Charlotte Corday. Una niña que apenas alcanza los veintitantos de edad. Cuando hago referencia a la ‘espera’, quiero decir que la muchedumbre hedionda esperaba a la niña para ser guillotinada. Mujeres, niños y hombres, querían convertirse en testigos de cómo la pequeña cabeza de la palomita se desprendía de su cuerpo de un tajo limpio y helado. La pequeña había sido sentenciada por haber dado muerte a un tipejo que era uno de los responsables de estos tiempos de locura y terror. Marat. Jean-Paul Marat.

Los rumores no han tardado en venir. Las lenguas dicen que la niña había actuado por venganza o justicia, cosa que es complicada de definir. ¿Dónde inicia una y dónde termina la otra? Marat, médico de profesión y líder del club jacobino de París, era responsable de la muerte y caída de los amigos de la niña. El médico jacobino era la razón de que la niña viera hundido su mundo en la oscuridad.

En un tribunal mucho más alto que el de este mundo, ¿cómo juzgar al pequeño pajarito?, ¿no era válido su dolor, su razón y su causa?, ¿no es su lealtad al cuidado de los otros, su amor a la vida, lo que empujó a la palomita a acabar con el monstruoso cuervo que había mancillado su bosque de tulipanes y rosas?

Según la gente, la niña envió dos o tres cartas a Marat exigiendo una audiencia -cosa que interpreto como exhibición de valentía y coraje-. La niña era de tal integridad, que estaba dispuesta a enfrentar ella misma a su enemigo, era una criatura que no conocía el miedo y que no estaba dispuesta a negar su rostro. El médico no contestó a las peticiones, por lo que decidió ir por su cuenta. Dime, ¿puedes ver la grandeza de esta mujer?, ¿puedes ver cómo su pasión la eleva frente a Eva y a la santísima Virgen? En medio del pecado y la gracia, la señorita Corday ha demostrado con sus acciones, responsabilidad e impulso, estar hecha de hilos blancos y negros, ser un sublime arquitecto que se dispone para entregarse a su propia forma.

Dicen que asesinó al médico que tenía por costumbre tomar constantes baños de agua sulfurosa, la sífilis o alguna otra dolencia lo obligaban a hacerlo. La niña entró a la casa de Marat, cargando un cuchillo, una baratija, lo apuñaló, lo apuñaló, lo apuñaló hasta dejar el agua de la bañera enrojecida. Los colores del rumor me han hecho recordar a un judío y un río egipcio. ¿Lo recuerdas?, ¿lograste ir?, ¿podrías ayudarme con la memoria?

La muchacha llegó a la plaza. La recibimos empapados, una tormenta nos acogió en la espera. La guerra de luces y ecos en los cielos acompañaron la caminata de la moribunda. La gente le gritaba, le escupía, le lanzaban todo lo que pudieran tomar con la mano. La palomita blanca, aún sin llegar al cadalso, corrió el riesgo de morir con la cabeza puesta. Una vez arriba, la gente le vociferó con tal rabia como si la música de los infiernos se hubiera desbordado sobre el mundo. Era una turbulenta sucesión de desarmonías y ruidos sin tregua. La niña, mojada y sucia por toda la mugre que había recibido en el camino, era una suculenta bazofia, una exquisita repugnancia, una inocencia culpable que con su vida llamaba a la muerte o, quizá, quién sabe, llamaba todo lo contrario.

La cabeza cayó suavemente sobre la enmantecada madera ensangrentada del cadalso y no es exageración cuando te digo que la hoja de la guillotina brilla aún más con la sangre. Esa tarde de julio ha sido un carnaval de locuras, de alabanzas y desmembrados, de ofrendas de adoración para un dios escondido. Mientras todo esto pasó frente a mis ojos, mientras cada una de mis fibras y membranas se sacudían con el último aliento de la palomita, mientras el cuerpo sin cabeza se retorcía al no poder hablar, mientras el corazón extasiado con la muerte se ensanchaba, mientras pasaba todo eso, siempre, siempre estuviste en mi cabeza. Tan presente, tan visible, tan material, tan etéreo, tan tú, como yo el día en que te conocí en Rivadavia.

De todas las cosas que han sucedido en la historia, de todas aquellas en las que he sido testigo, siempre he de sufrir, al igual que tu, la maldición del olvido. Siempre ando vagando en losas de tiempo, en laberintos de espacios, únicamente movido por tu nombre. En medio de esta ceguera, la muerte de la pajarita Corday ha sido un recordatorio de aquella doctrina que fundamos en el Café los Angelitos: que el odio puede carecer de fundamento, que puede existir sin explicaciones y filosofías y que, al emerger de esa gran nada, es cuando más abunda en él lo divino.

No dudes que te mataré Jacinto Chiclana. Te he buscado por milenios y tierras, y sé que estoy cerca. Me he vuelto un sabueso que siempre encuentra tu aroma en cada partícula de tiempo roto. Te encontraré y haré de ti un Marat, te apuñalaré con mis dedos, te cortaré la cabeza con mi boca, tu sangre será tanta que se mezclará con la sangre derramada de todos los hombres. Haré de tu vida un obelisco del horror y este será mi juramento.

¡Oh Chiclana! ¡Los siglos han pasado solo para verte morir en mis manos!

          Como es evidente, la búsqueda reveló que tú no estabas en esta ‘sección’. Estas letras las escribo antes de partir a Buenos Aires, al lugar de siempre, al tiempo de siempre. Y la carta la encontrarás donde bien sabes que estará.

            Hasta tu muerte o la próxima carta.


Dicen estar Francia,

dicen que es 1793,

pero seguro de ser, Ñato Iberra.


“E pur si muove” 

Leer Carta 2


domingo, 3 de febrero de 2019

Travesuras de la niña mala | Mario Vargas Llosa




"La verdad, había en ella algo que era imposible no admirar, por esas razones que nos llevan a apreciar las obras bien hechas, aunque sean perversas."


Mario Vargas Llosa | Travesuras de la niña mala.




¡Honrando al amor en su tradicional mes de febrero!


Esta vez tendremos la oportunidad de ver distintas facetas del amor, y sus formas de percibirlo: desde el amor puro y sencillo de un niño, hasta un amor maduro, desinteresado, incluso, hasta llegar a tornarse en algo incomprensible y tormentoso. Esta vez, Vargas Llosa, es quien nos enseña una historia donde no hay límites sobre el amor y sobre lo que se está dispuesto a sobrellevar para tenerlo.


Tuve la oportunidad de leer a Marito (como es referido en otros libros) hace varios años, y este fue el primer libro que llegó a mis manos por recomendación de mi madre, libro que me pareció increíble. El año pasado me hicieron una pregunta típica, que estoy segura a todos nos han hecho alguna vez, ¿Qué autores te gustan?, y otras como ¿si te quedaras en una isla y pudieras llevarte cinco libros cuáles serian?, luego de exponer todas mis respuestas y, estando una librería cerca, decidí regalarle este libro a quien tiempo después me motivó a proponerlo en el club.


Espero que este libro, pueda causarles la sensación de no querer parar de leerlo.


(Para resolver el misterio de esta entrada, es Brenda quien lo escribe, y soy yo quien le hizo las gastadas preguntas. No me arrepiento de haber recurrido a los clichés, pues me dejaron con tres cosas: redimir la imagen que yo tenía de Vargas Llosa, el libro con dedicatoria y una negrita. Digan lo que digan de los clichés, nunca dejan de sorprendernos. ¿O acaso alguien estaría dispuesto a quejarse del cliché del sol cada mañana? a.e).


BIOGRAFÍA DE MARIO VARGAS LLOSA 

Mario Vargas Llosa, es un escritor peruano que cuenta también con la nacionalidad española desde 1993. Es considerado uno de los más importantes novelistas y ensayistas contemporáneos, su obra ha cosechado numerosos premios, entre los que destacan el Nobel de Literatura 2010, el Cervantes (1994) —considerado como el más importante en lengua española—, el Premio Leopoldo Alas (1959), el Biblioteca Breve (1962), el Rómulo Gallegos (1967), el Príncipe de Asturias de las Letras (1986) y el Planeta (1993), entre otros. Desde 2011 recibe el tratamiento protocolar de Ilustrísimo señor al recibir de Juan Carlos I de España el título de Marqués de Vargas Llosa.

Alcanzó la fama en la década de 1960 con novelas como La ciudad y los perros (1962), La casa verde (1965) y Conversación en La Catedral (1969). Continuó escribiendo prolíficamente en varios géneros literarios, incluyendo la crítica literaria y el periodismo. Entre sus libros se encuentran obras de teatro, novelas policíacas, históricas y políticas. Varias de sus novelas, como Pantaleón y las visitadoras (1973) y La fiesta del Chivo (2000), han sido adaptadas y llevadas al cine.

Muchas de sus obras están influidas por la percepción del escritor sobre la sociedad peruana y por sus propias experiencias como peruano; sin embargo, de forma creciente ha tratado temas de otras partes del mundo. Desde que inició su carrera literaria en 1958 reside en Europa (entre EspañaGran BretañaSuiza y Francia) la mayor parte del tiempo, de modo que en su obra se percibe también una cierta influencia europea.

Al igual que otros autores hispanoamericanos, ha participado en política. Luego de simpatizar con el comunismo en su juventud, a partir de la década de 1970 se adscribió al liberalismo. Fue candidato a la presidencia del Perú en las elecciones de 1990


Nació en el seno de una familia de clase media en la ciudad de Arequipa, en el sur del Perú en 1936.​ Fue el único hijo de Ernesto Vargas Maldonado (Lima, 1905 - ?) y de su esposa (Arequipa, 4 de junio de 1935) Dora Llosa Ureta (Arequipa, 1914 - ?), quienes se separaron meses antes de su nacimiento​ para divorciarse luego del mismo, de mutuo acuerdo.​ Poco después de que Mario naciera, su padre reveló que tenía una relación con una mujer alemana y como resultado de dicha unión, nacieron dos medios hermanos menores del escritor: Enrique y Ernesto Vargas​ (el primero falleció de leucemia a los once años de edad; el segundo es abogado y ciudadano estadounidense). ​ Su padre era el único hijo de Marcelino Vargas y de su primera mujer Zenobia Maldonado, fallecida en 1925. Su abuelo paterno se casó por segunda vez con Constanza Serpa y tuvieron ocho hijos e hijas (Manuel Vargas Serpa, Ana Vargas Serpa, Rosa Vargas Serpa, Yolanda Vargas Serpa, Humberto Vargas Serpa, Ortencia Vargas Serpa, María de Lourdes Vargas Serpa y Orlando Vargas Serpa). Su madre era hija de Pedro Llosa y Bustamante y de su esposa María del Carmen Ureta Vargas.

Mario vivió con su familia materna en Arequipa hasta un año después del divorcio de sus padres, momento en que su abuelo Pedro J. Llosa Bustamante se trasladó con toda su familia a Bolivia, donde había conseguido un contrato para administrar una hacienda algodonera cercana a Cochabamba.​ En dicha ciudad pasó los primeros años de su niñez, junto con su madre y la familia materna, y cursó hasta el cuarto grado en el Colegio La Salle. Hasta los diez años, se le hizo creer que su padre había fallecido, ya que su madre y su familia no querían explicarle que se habían separado.

Al iniciarse el gobierno del presidente José Luis Bustamante y Rivero en 1945, su abuelo, que era primo hermano del mandatario, obtuvo el cargo de prefecto del departamento de Piura, por lo que la familia entera regresó al Perú. Los tíos de Mario se establecieron en Lima, mientras que Mario y su madre siguieron al abuelo a la ciudad de Piura.​ Allí Mario continuó sus estudios de primaria en el Colegio Salesiano Don Bosco,​ cursando el quinto grado. Fue ahí donde hizo amistad con uno de sus compañeros, Javier Silva Ruete, quien tiempo después sería ministro de Economía.

A fines de 1946 o principios de 1947, y cuando tenía diez años de edad, Mario se encontró con su padre por primera vez en Piura.​ Sus padres restablecieron su relación y se trasladaron a Lima, instalándose en el distrito de clase media Magdalena del Mar.​ Luego se trasladaron a La Perla, en el Callao, donde vivieron en una pequeña casa aislada. Los fines de semana Mario solía visitar a sus tíos y primos, que vivían en el barrio de Diego Ferré, en el distrito de Miraflores, donde hizo muchos amigos y donde tuvo sus primeros enamoramientos.​

En Lima estudió en el Colegio La Salle, de la congregación Hermanos de las Escuelas Cristianas,​ cursando el sexto grado de primaria en 1947, y los dos primeros años de secundaria de 1948 a 1949. La relación con su padre, siempre tortuosa, marcaría el resto de su vida. Por años, guardó hacia él sentimientos entremezclados, como el temor y el resentimiento, debido a que durante su niñez debió soportar violentos arrebatos de parte de su padre, además de un resentimiento hacia la familia Llosa y grandes celos para con su madre pero, sobre todo, a causa de la repulsión de su padre por su vocación literaria, que nunca llegó a comprender.​

A los 14 años, su padre lo envió al Colegio Militar Leoncio Prado, en el Callao, un internado donde cursó el 3º y el 4º año de educación secundaria, entre 1950 y 1951. Allí soportó una férrea disciplina militar y, según su testimonio, fue la época en la que leyó y escribió «como no lo había hecho nunca antes», consolidando así su precoz vocación de escritor.​ Sus lecturas predilectas fueron las novelas de los escritores franceses Alejandro Dumas y Victor Hugo. Entre sus profesores figuró el poeta surrealista César Moro, quien por un tiempo le dio clases de francés.

Durante las vacaciones veraniegas de 1952, Vargas Llosa empezó a trabajar como periodista en el diario limeño La Crónica donde se le encomendaron reportajes, notas y entrevistas locales.​ Ese mismo año se retiró del colegio militar y se trasladó a Piura, donde vivió con su tío Luis Llosa (el “tío Lucho”) y cursó el último año de educación secundaria en el colegio San Miguel de Piura.​ Simultáneamente trabajó para el diario local, La Industria, y presenció la representación teatral de su primera obra dramatúrgica, La huida del Inca, en el teatro «Variedades».

RESUMEN DEL LIBRO

¿Cuál es el verdadero rostro del amor? Ricardo ve cumplido, a una edad muy temprana, el sueño que en su Lima natal alimentó desde que tenía uso de razón: vivir en París. Pero el rencuentro con un amor de adolescencia lo cambiará todo. La joven, inconformista, aventurera, pragmática e inquieta, lo arrastrará fuera del pequeño mundo de sus ambiciones. Testigos de épocas convulsas y florecientes en ciudades como Londres, París, Tokio o Madrid, que aquí son mucho más que escenarios, ambos personajes verán sus vidas entrelazarse sin llegar a coincidir del todo. Sin embargo, esta danza de encuentros y desencuentros hará crecer la intensidad del relato página a página hasta propiciar una verdadera fusión del lector con el universo emocional de los protagonistas. Creando una admirable tensión entre lo cómico y lo trágico, Mario Vargas Llosa juega con la realidad y la ficción para liberar una historia en la que el amor se nos muestra indefinible, dueño de mil caras, como la niña mala. Pasión y distancia, azar y destino, dolor y disfrute... 

¿Cuál es el verdadero rostro del amor?

CONSIDERACIONES PREVIAS A LA LECTURA 



En la mayoría de ediciones del libro se han incluido comentarios del propio Llosa con respecto a la construcción de esta historia. Un punto que destacó es el interés del peruano por lo geográfico. 


En las 'travesuras', cita Mario Vargas Llosa, hay un despliegue biográfico en lo que respecta a las ciudades y los entornos. Aquí, como en 'Rayuela', la geografía constituye condiciones que permiten los eventos, los fenómenos; es decir que si no es por estos fondos, las situaciones que experimentan los personajes se verían carentes de cierto peso, que hace del libro una experiencia similar al vicio. La armonía entre los eventos y los espacios urbanísticos permiten entrever la naturaleza psicológica de los lugares y la topografía que guarda el corazón, el amor y las obsesiones.


Este detalle en específico, anudado a una precisión por parte de Llosa para dejar correr el torrente de saber de cada lugar y época, hacen a mi parecer, a las 'Travesuras', una odisea épica del eros de nuestro tiempo. Un libro moderno con la estructura de los grandes clásicos. Esta es una de las muchas razones que hacen del libro una joya literaria. 


¿UNA NOVELA  OCCIDENTAL?

A pesar de las tendencias latinoamericanas de explorar la cultura, y ahondar en las raíces de Latinoamérica el libro de Mario Vargas Llosa, al menos el particular, es evidentemente occidental; es decir, que 'travesuras' se articula a través de los ancestrales y nuevos lineamientos coloniales. La posmodernidad, ese espíritu crítico a la cultura moderna, vigente en el libro, esta influenciado en el pensamiento francés, cosa que Llosa jamás ha intentado negar. Pero es aquí donde el genio del autor rescata y resguarda el espíritu latinoamericano con mayor delicadeza e ingenio que Gabriel García Márquez, en Cien años de Soledad

Y es que en las 'travesuras', el tema del 'realismo mágico' -estandarte de mundo latinoamericano- se ve reflejado en un modesto capítulo, totalmente contrario al espíritu general de la novela y antagónico al perfil del mismo autor. Es que en el capitulo VI. Arquímedes, constructor de rompeolas, Llosa no solo es capaz de dejar sin palabras al mundo occidental que tiende a dar respuesta de todo, sino que enseña que el origen mismo de esa razón mordaz de la época, tiene su origen en las cosas sencillas, en los misterios, como lo son las leyendas, la familia y el amor. 

DIVISIÓN DE LECTURAS

Jueves 07 de Febrero: Hasta finalizar el capítulo II "El Guerrillero".

Jueves 14 de Febrero: Hasta finalizar el capítulo IV "El trujimán de Chateau Meguru".

Jueves 21 de Febrero: Hasta finalizar el capítulo V "El niño sin voz".


Jueves 28 de Febrero: Hasta finalizar el libro.Resultado de imagen para mario vargas llosa
Mario Vargas Llosa, ganador del premio Nobel 2010.


ESTUDIOS LITERARIOS SOBRE EL LIBRO

https://cvc.cervantes.es/literatura/aih/pdf/16/aih_16_2_215.pdf
http://www.scielo.sa.cr/pdf/kan/v40n1/2215-2636-kan-40-01-00011.pdf
https://www.revistahipogrifo.com/index.php/hipogrifo/article/view
http://www.biblioteca.org.ar/libros/150769.pdf

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