miércoles, 13 de febrero de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve"

Carta 1  

Ñato Iberra y Jacinto Chiclana han jurado matarse… ¿lo lograrán?, ¿existe alguna posibilidad de tregua?, ¿podrá el tiempo, las fantasías, las trascendencias… en fin, la vida misma, romper un juramento tan solemne y sentencioso? Estas son solo algunas de las intrigas y provocaciones de que están hechas las epístolas que a cuatro manos han preparado Henry Andino y Alex Escobar para que leamos por entregas en este blog. 

Acompáñennos en esta emocionante historia en la que conoceremos las aventuras e infortunios de nuestros protagonistas. A continuación la primera carta... 

 Loida Pineda Andino
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Me gustaría tener la suficiente claridad para detallar cada una de las razones que me empujaron a escoger esta ‘sección’, pero no por ello dudaré, por sobre cualquier argumento, que prevalecerá el deseo y la posibilidad de encontrarte. Así, dejaré que el alivio, la paz y la alegría, una vez concluido nuestro asunto, me tomen por completo.

¿Será posible que he considerado este ambiente como una cosa hartamente familiar y cálida para ti, bajo el criterio que me dicta que tú eres un sádico? ¡quién lo diría!, ¡ahora soy yo el que hurga en tus preferencias! Acertado o no, este lugar no solo es ideal para ti, es ideal para todos. Es un lugar de y para los hombres.

       He llegado el 17 de julio. Aparecí en una plaza. Me han hecho saber que el lugar es conocido como la Plaza de la Revolución, antes llamada Plaza Luis XV; dedicada al rey. Este es un tiempo y lugar en el que se ha dejado de creer en Dios y percibo que también se ha dejado de creer en el ‘hombre’. Estos asesinatos divinos y terrenales, han llevado a la gente de este lugar a quitar la figura del rey que estaba aquí y, en su lugar, sobre un cadalso, han levantado una guillotina. Han edificado un reino del terror. Si decides venir, puedes encontrar el lugar al norte del río que atraviesa la ciudad, cerca de un hermoso jardín conocido como Champs-Élysées.

Estaba decidido a seguir la rutina de la que poco o nada me falta para catalogarla como milenaria, cuando gritos de odio, hedor de gente tostada bajo el sol y un brillante rojo de un verdugo, que se pavoneaba en la alta tarima, me dieron las excusas suficientes para retrasar mi búsqueda.

Todos esperaban a una mujer, Charlotte Corday. Una niña que apenas alcanza los veintitantos de edad. Cuando hago referencia a la ‘espera’, quiero decir que la muchedumbre hedionda esperaba a la niña para ser guillotinada. Mujeres, niños y hombres, querían convertirse en testigos de cómo la pequeña cabeza de la palomita se desprendía de su cuerpo de un tajo limpio y helado. La pequeña había sido sentenciada por haber dado muerte a un tipejo que era uno de los responsables de estos tiempos de locura y terror. Marat. Jean-Paul Marat.

Los rumores no han tardado en venir. Las lenguas dicen que la niña había actuado por venganza o justicia, cosa que es complicada de definir. ¿Dónde inicia una y dónde termina la otra? Marat, médico de profesión y líder del club jacobino de París, era responsable de la muerte y caída de los amigos de la niña. El médico jacobino era la razón de que la niña viera hundido su mundo en la oscuridad.

En un tribunal mucho más alto que el de este mundo, ¿cómo juzgar al pequeño pajarito?, ¿no era válido su dolor, su razón y su causa?, ¿no es su lealtad al cuidado de los otros, su amor a la vida, lo que empujó a la palomita a acabar con el monstruoso cuervo que había mancillado su bosque de tulipanes y rosas?

Según la gente, la niña envió dos o tres cartas a Marat exigiendo una audiencia -cosa que interpreto como exhibición de valentía y coraje-. La niña era de tal integridad, que estaba dispuesta a enfrentar ella misma a su enemigo, era una criatura que no conocía el miedo y que no estaba dispuesta a negar su rostro. El médico no contestó a las peticiones, por lo que decidió ir por su cuenta. Dime, ¿puedes ver la grandeza de esta mujer?, ¿puedes ver cómo su pasión la eleva frente a Eva y a la santísima Virgen? En medio del pecado y la gracia, la señorita Corday ha demostrado con sus acciones, responsabilidad e impulso, estar hecha de hilos blancos y negros, ser un sublime arquitecto que se dispone para entregarse a su propia forma.

Dicen que asesinó al médico que tenía por costumbre tomar constantes baños de agua sulfurosa, la sífilis o alguna otra dolencia lo obligaban a hacerlo. La niña entró a la casa de Marat, cargando un cuchillo, una baratija, lo apuñaló, lo apuñaló, lo apuñaló hasta dejar el agua de la bañera enrojecida. Los colores del rumor me han hecho recordar a un judío y un río egipcio. ¿Lo recuerdas?, ¿lograste ir?, ¿podrías ayudarme con la memoria?

La muchacha llegó a la plaza. La recibimos empapados, una tormenta nos acogió en la espera. La guerra de luces y ecos en los cielos acompañaron la caminata de la moribunda. La gente le gritaba, le escupía, le lanzaban todo lo que pudieran tomar con la mano. La palomita blanca, aún sin llegar al cadalso, corrió el riesgo de morir con la cabeza puesta. Una vez arriba, la gente le vociferó con tal rabia como si la música de los infiernos se hubiera desbordado sobre el mundo. Era una turbulenta sucesión de desarmonías y ruidos sin tregua. La niña, mojada y sucia por toda la mugre que había recibido en el camino, era una suculenta bazofia, una exquisita repugnancia, una inocencia culpable que con su vida llamaba a la muerte o, quizá, quién sabe, llamaba todo lo contrario.

La cabeza cayó suavemente sobre la enmantecada madera ensangrentada del cadalso y no es exageración cuando te digo que la hoja de la guillotina brilla aún más con la sangre. Esa tarde de julio ha sido un carnaval de locuras, de alabanzas y desmembrados, de ofrendas de adoración para un dios escondido. Mientras todo esto pasó frente a mis ojos, mientras cada una de mis fibras y membranas se sacudían con el último aliento de la palomita, mientras el cuerpo sin cabeza se retorcía al no poder hablar, mientras el corazón extasiado con la muerte se ensanchaba, mientras pasaba todo eso, siempre, siempre estuviste en mi cabeza. Tan presente, tan visible, tan material, tan etéreo, tan tú, como yo el día en que te conocí en Rivadavia.

De todas las cosas que han sucedido en la historia, de todas aquellas en las que he sido testigo, siempre he de sufrir, al igual que tu, la maldición del olvido. Siempre ando vagando en losas de tiempo, en laberintos de espacios, únicamente movido por tu nombre. En medio de esta ceguera, la muerte de la pajarita Corday ha sido un recordatorio de aquella doctrina que fundamos en el Café los Angelitos: que el odio puede carecer de fundamento, que puede existir sin explicaciones y filosofías y que, al emerger de esa gran nada, es cuando más abunda en él lo divino.

No dudes que te mataré Jacinto Chiclana. Te he buscado por milenios y tierras, y sé que estoy cerca. Me he vuelto un sabueso que siempre encuentra tu aroma en cada partícula de tiempo roto. Te encontraré y haré de ti un Marat, te apuñalaré con mis dedos, te cortaré la cabeza con mi boca, tu sangre será tanta que se mezclará con la sangre derramada de todos los hombres. Haré de tu vida un obelisco del horror y este será mi juramento.

¡Oh Chiclana! ¡Los siglos han pasado solo para verte morir en mis manos!

          Como es evidente, la búsqueda reveló que tú no estabas en esta ‘sección’. Estas letras las escribo antes de partir a Buenos Aires, al lugar de siempre, al tiempo de siempre. Y la carta la encontrarás donde bien sabes que estará.

            Hasta tu muerte o la próxima carta.


Dicen estar Francia,

dicen que es 1793,

pero seguro de ser, Ñato Iberra.


“E pur si muove” 

Leer Carta 2


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