Cultivando el hábito de la lectura desde 2006

viernes, 18 de octubre de 2019

Series CBE: Viñetas de una biografía (Intro)

Viñeta (del francés: vignette)
Recuadro que contiene uno de los dibujos de la serie que forma una historieta o cómic / Dibujo humorístico de una publicación acompañado, normalmente, de un texto breve / Dibujo que se pone como adorno al comienzo y al final de los capítulos de los libros o como orla de una página.
Si nos propusiéramos a escribir acerca de nosotros mismos, lo más probable es que terminemos encontrando decenas de líneas. Una biografía es el rastreo limitado y unidireccional sobre todas las líneas, cuyo resultado es un espectro notablemente definido, lo suficiente para confundirlo con el modelo,  y con el mínimo poder de robar, a quien lo encare, la más elemental de las simpatías. 

 Escribir acerca de mí, sería elegir una entre varias líneas; una biológica, una posmoderna, una psicoanalítica, una pagana – que resulta ser de mis favoritas –, una romántica, una innecesaria, una sexual  – de todas, la menos atractiva –, una egocéntrica, una cristiana – que se parece mucho a la pagana –, en fin, muchas; al igual que en todo humano. Lo que debería de quedar claro, es que al escoger una línea, no puede haber tal cosa como el ‘purismo’, no existe en una biografía, ni en la más puntillosa, el sentimiento de exclusividad de perspectiva. En algún punto, la línea elegida tendrá que conectarse con otra línea, al mismo tiempo y en el mismo nivel. Por eso, una biografía, más que un retrato, parece un mapa de metro: sucede debajo de las fachadas, y aunque se extienda en todo el territorio, jamás lo puede abarcar. Una vida, el territorio, siempre es demasiado. 

 Mi objetivo con este post – y los que vendrán – es recorrer una línea como ejercicio autobiográfico, que más que aludir a una vanidad, busca anudarse al brote de curiosidad del Club de la Buena Estrella. El año 2020, por vez primera, contará con una viñeta exclusiva para Novela Gráfica, y la línea que quiero circular es la línea de la representación, de lo visual, de la imagen, esa ruta que nos lleva al trastornador mundo de los cómics; porque, después de leer tantos cómics, puedo estar seguro de las palabras del psiquiatra Fredric Wertham: “Los cómics jodieron mi cabeza; pero fue para mejor”.

 Este ejercicio no es original, al menos Umberto Eco no me permite presumir de ello. La misteriosa llama de la reina Loana (2004, Ed. De Bolsillo 2017) tiene el objetivo de reconstruir la identidad a partir del entretenimiento, la cultura de masas y los medios masivos. Yambo, el héroe de Eco, se mira afectado por las secuelas de un accidente, donde la memoria es la que ha quedado comprometida. El tipo solo encuentra una verdadera cura para sus problemas de memoria, que son problemas de identidad, en, literalmente, el 'baúl de los recuerdos'. Todos aquellos objetos que durante su historia personal han servido para desbordar una porción de alegría, misterio o conocimiento, se convierten en las únicas pistas de Yambo para recordar quién es él. La novela está plagada de ilustraciones, fotografías y recortes, producciones mediáticas que se encuentran poseídas por los fantasmas afectivos y diáfanos del personaje de Eco. Curiosamente, el catálogo de representaciones de la novela inicia con un cómic; el eje sobre el cual Yambo, corriendo la suerte de confundirse entre detective, historiador y arqueólogo, inicia la reconstrucción de su identidad. 

 El cómic con el Eco inicia ese proceso es uno de Disney: Il Tesoro di Clarabella (Gottfredson & Osborne, 1935). Este 'paquin' hace que Yambo, reaccione con lo siguiente: “Hojeé deprisa el álbum y fui a tiro hecho a las viñetas correspondientes. Pero era como si no tuviera ganas de leer lo que estaba escrito en los bocadillos, como si estuvieran escritos en otra lengua o las letras se hubieran apelotonado. Más bien, recité de memoria” (p.83). Yambo, al encontrarse con los dibujos del cómic reproduce la narración solo y a partir de la imagen, dejando al descubierto una carga psicologíca entre él y la historieta. En el comic, Mickey – o Topolino, y de llamarlo así, procuren tener las manos a la ‘italiana’ – intenta sacar de aprietos a la desesperada Clarabella que tiene que pagar la hipoteca – esto de la hipoteca no lo dice la novela –, y que está a punto de contraer matrimonio con el desagradable Eli Squick (villano y rival del ratón, quien realmente me agrada). Squick posee información sobre una herencia de Clarabella, otorgada por su abuelo, un tipo - aunque es una vaca - beneficiado por la 'fiebre de oro', y Topolino (léase en italiano y usando las manos) se da cuenta de esta marufiada; se hace del permiso de Clarabella y de la ayuda de Horacio para encontrar el tesoro. La historia se resuelve al mejor y clásico estilo Disney, y la memoria de Yambo se embarca en su propia ruta; recordar los detalles de la historia, son efectos de una memoria que se activa por la carga afectiva que hay sobre la palabra que hay sobre el cómic. Esto último lo expongo en esa sucesión, porque es el mismo Eco el que define el milagro en Yambo por efecto del nombre Clarabella, y yo, defino el milagro por efecto del nombre en la portada del amuleto de infancia: el cómic. 

“Ésta no es la memoria semántica. Ésta es memoria autobiográfica. ¡Estás recordando algo que te impresionó de niño! Y te lo ha evocado esta portada” (p.84)
La misteriosa llama de la reina Loana

Así como la novela de Eco, existen otros proyectos mucho más complejos, y de gran prestigio, en esto de hacer historia de una identidad con la ayuda de los cómics o la cultura de masas. Aun así, no me ahuevo, el ejercicio es válido; y creo, en lo que respecta a la idea de la historia personal, es necesario. 

Flex Mentallo 
portada de la novela completa (compuesta por cuatro números)
Uno de esos posibles proyectos es la novela gráfica, publicada en 1996 por la editorial VERTIGO (DC comics): Flex Mentallo, del caótico Grant Morrison, ilustrado por Frank Quitely. Flex Mentallo tiene todo de ridículo como de íntimo, ya que detrás de la travesía de un héroe – inspirado en Charles Atlas –  que tiene la capacidad de modificar el espacio-tiempo con la ayuda del ‘Misterio del Músculo’ – desactivando bombas o volviéndose inmune en cada flexión de sus tendones –, el corazón del cómic es una evocación autobiográfica de Morrison sobre el valor de los tebeos, no solo como artilugio de melancolías infantiles sino como puerta emancipadora, es decir una herramienta que tiene todo de social, filosófico y de religioso, materia dura que permite articular puntos de inflexión en la vida del sujeto que pueden provocar cambios reales en su entorno.

Flex Mentallo, número 1o.
haciendo uso de 'Misterio del Músculo'
En Flex Mentallo aparece un personaje que juega las de secundario, pero que se apropia de la escena en la medida que queda al descubierto que su voz, es la médula que sostiene la ficción total de la historia. El tipo, un drogadicto que después de ingerir LSD simula hablar por teléfono en un callejón, esperando el fin del mundo, reza:

“Es divertido. Todo sobre lo que puedo pensar es sobre ser un niño. Todas esas memorias. Cómics. Comics en todas partes. Puedo olerlos. En la habitación. ¿Alguna vez leíste comics? …. No. Comics americanos. Comics densos. MANDOO el Misterioso, ese era el favorito de mi tío. Algo de material ocultista (estas referencias son biográficas de Morrison). Recuerdo aquella historia que había ¿Cómo era? ‘Colapso en el Núcleo’. ¡Joder!¡Me hizo cagarme de miedo! Es divertido cómo eso es lo que queda al final. ¿No? Todo el estúpido material. Ni ‘Guerra y Paz’, ni ‘James Joyce’. Los Superhéroes. ‘Resplandor. Bandera Ardiente. Lord Limbo… Agente dorado. Nombres totalmente asombrosos… quiero decir cuándo piensas en ello… son como arquetipos, ascienden desde las profundidades. Esas cosas. ¿Cómo puedes decir que ese material es estúpido?”.

Charles Atlas (1892 -1972)
Este angustioso soliloquio, contiene una carga de verdad, al menos, en lo que yo puedo considerar como tal. Al final de todas las cosas, en ese sentido que refiere a las paradojas, aporías y sin sentidos con las que está armada la vida, las grandes obras, las pesadas filosofías se esfuman, y quedan, en esa oscuridad, las figuras arcaicas de las viejas cosas que le dieron formas a esa mirada y lenguaje con el que encaramos al mundo. Los cómics, según Morrison, son el espejo de esas figuras primarias, y sin temor las califica de arquetípicas; porque en el fondo, de todos estos superhombres residen ideas y como ideas son modelos, y como modelos preceden a todo lo demás. Los cómics son las reminiscencias del origen de todas las cosas. Justamente es en este platonismo moderno en el cual encuentro el fundamento para decir que los cómics, esas revistas ridículas, con personajes igual de absurdos, pueden ser un camino para construirse como sujeto y un método para hacer biografía. En su defecto: escribir mi biografía.

*

Intentaré regirme por una cronología, aunque muy probablemente ello solo me durara unas cuantas entradas. El proceso tendrá que regirse por la imagen, y no por el tiempo. Procuraré presentar y apoyarme en imágenes de un archivo personal, que me permitan ilustrar el ejercicio. El resultado que espero de esta praxis es doble: que la novela gráfica adquiera un nuevo estatuto en el arduo compromiso del trabajo de leer de los miembros del CBE, y que me permita poner en orden unos veintitantos años de imágenes y palabras, no para justificarme, sino para dejar marcados los pasos en uno de los tantos caminos que la vida ocupa.

Página del cuento ilustrado La Navidad en la granja. 
En el centro 'Maloso' el Jabalí.
 Ese camino empezó en diciembre 1994, y yo a penas alcanzaba los cuatro años de edad. El mundo comenzó a volverse interesante, cuando una noche, en el Pollo Campero de la Metrópolis en Mejicanos, recibí La Navidad en la granja. Fue ahí donde mi cabeza se empezó a joder.



Series CBE: Habitación

¡Quién pudiera mirar en la oscuridad! 

Padre nuestro que estás en el cielo… santificado… santificado sea tu nombre… hágase tu voluntad… ¡no, no! ¡VENGA TU REINO! ¡Santo Dios! ¿Qué me pasa? ¡No puedo ni siquiera rezar! ¡Ayúdame Señor!, ¡protégeme del mal! 

Quiero gritar pero no soy capaz de pronunciar palabra. Mi voz no pasa de apagados balbuceos y sollozos que terminan ahogándose en un océano de angustia y terror infinito. ¿Qué es esta presencia maligna, esta atmósfera opresiva que presiona mi pecho y dificulta mi respiración? ¿Cómo se sustenta de manera racional el misterioso ventarrón que cerró de golpe las ventanas dejando la habitación en estas tinieblas? ¿Cómo se explica esta oscuridad tan densa que casi puede tocarse, cuando afuera aún hay luz de día? ¿Cómo es posible que en pleno verano se instale de modo tan repentino este frío sobrenatural que eriza la piel, hiela el torrente sanguíneo y cala en los huesos?

Por un momento se ha quedado en aparente calma pero sigue ahí, agazapándose en un perturbador silencio que, Dios no lo quiera, romperá de un momento a otro con sus ruidos escalofriantes. Oigo cómo rechina los dientes y muero de miedo.

Abro los ojos tanto como puedo, hasta sentir la tensión en la frente y la presión de los párpados contra los arcos superciliares, más no logro distinguir nada. La negrura resulta impenetrable. Se nos enseña a seguir la luz, pero habría sido más útil aprender a ver en la oscuridad.

Avanza, oigo sus pasos en la duela de madera. ¡Dios mío, siento como se acerca! Cierro los ojos con fuerza y percibo mis latidos acelerados hasta casi escucharlos. Ya está aquí. Ni siquiera estoy seguro de que haya llegado a tocarme, pero lo cierto es que de nuevo me lanza contra la pared con una fuerza inaudita, haciéndome volar por el aire como si yo fuera un muñeco de trapo. Mi cabeza y espalda chocan de forma estrepitosa con un espejo que cruje al romperse y una vez más caigo aparatosamente al suelo.

La habitación está revuelta y los muebles destruidos. El dolor a causa de los golpes y las heridas es insoportable. Me llevo las manos temblorosas a la cabeza y las retiro empapadas en mi propia sangre. Siento adormecidas las piernas y tengo rotos varios dedos de la mano izquierda. ¡Ya no, por favor!, ¡Dios mío bendito, ayúdame!

Las luces comienzan a encenderse y apagarse, cortando la escena en una secuencia de retazos pavorosos. La miro con incredulidad, aterrorizado y aturdido. Es tan pequeña que esto no parece posible, su fuerza no es humana, todo en ella es anormal y desquiciante. La niña me dirige una mirada glacial que me traspasa, provocándome un escalofrío de pánico que me recorre de pies a cabeza, como en un inquietante preámbulo del espectáculo siniestro que aún está por venir. —¡Eh, cachas!, ¿has leído Mateo 18:6? ¡Sí, seguro que lo conoces! —me dice con una voz y una entonación burlona que no son suyas. —¿Crees poder nadar con tanto peso en el cuello?

De súbito empieza un fiero terremoto. Una suerte de oleaje sobrenatural ondula con violencia el suelo bajo mis pies y un infernal zumbido satura mis oídos como si hubiera en el lugar millares de moscardones. Un nuevo torbellino igualmente inexplicable parece emanar de ella y tira de par en par las hojas de las ventanas, exponiendo ante mis ojos enceguecidos la plenitud aterradora de la imagen. La hermosa chiquilla deviene en una horrorosa criatura demoníaca, tiene el pelo crispado, los ojos en blanco, la cara estirada, deforme, y el cuello desproporcionadamente inflamado. Ahora se carcajea entre horribles muecas mientras me insulta a gritos, mezclando expresiones conocidas con una extraña lengua indescifrable. Su suave vocecita ha sido reemplazada por un espantoso rugido de ultratumba, grave y estentóreo, que por momentos suena como un rumor colectivo, el unísono coral de muchas voces macabras que no parecieran venir de su garganta sino del mismísimo tártaro. ¡Perdóname Dios mío!, ¡sé que he pecado!, ¡permíteme pasar de esto por favor!

¿Cómo es posible que algo así haya podido ocurrirle a una criatura tan angelical? Recuerdo lo maravillado que quedé al ver la belleza de su rostro por primera vez cuando llegó al orfanato hace un par de años, al morir sus padres. Su cabello era el sol y sus ojos parecían dos trozos de cielo. Se le veía siempre solitaria, ida y melancólica. ¡Cuánto me enternecía su evidente necesidad de amor y protección!, ¡cómo me provocaba abrazarla!

Poco a poco fui captando su atención y ganándome su confianza. El tiempo se escabullía como el agua entre las manos mientras yo me entretenía observándola a cierta distancia, admirando su pelo al viento, sus rasgos divinos, la gracia precoz de sus movimientos y los cambios que gradualmente notaba en sus formas, de cuyo efecto en otros ella parecía tener plena consciencia. Y cuando alguna vez la pequeña diosa me sorprendía en esa contemplación, ¡cómo me iluminaba que me dedicara su mirada fulgurante y esa deliciosa sonrisa inexplicablemente adulta que me llenaba de fascinación y embeleso!

Es increíble que sea esa misma niña, ahora transfigurada en un ente monstruoso, la que me señala con su sentencioso dedo índice mientras emite guturalmente lo que parece una suerte de maldición o conjuro. La profanación de su espíritu queda en evidencia a través de su cuerpo sometido a la turbiedad y abandonado a la inmundicia, mientras por sus piernas escurren orina y heces en el culmen de una escena espeluznante y grotesca.

El rumor de un rezo incomprensible de voces graves en tono bajo comienza a escucharse, leve y lejano en un principio, hasta afirmarse y llenar la habitación con el barullo confuso y abrumador de lo que pareciera una gran muchedumbre celebrando un rito desconocido. Ella me sonríe con gesto maligno y se queda inmóvil, hasta que de manera sorpresiva corre hacia la ventana y se lanza desde ahí, en una mortal caída de tres pisos.

La bulla que brotaba de la invisibilidad cesa de manera abrupta y la habitación parece liberarse de golpe de las presencias y voces que hasta hace un momento la asediaban. Aún no sé si sentir alivio. No puedo ni quiero moverme pero es preciso, debo intentarlo. Me arrastro con mucho dolor y grandes esfuerzos hasta llegar al marco de la ventana y me detengo, presa del pánico. Trato de infundirme valor y finalmente me asomo al borde con sumo cuidado para ver hacia abajo. La pequeña completamente desnuda yace exánime en el pavimento, quebrado el cuello, pálido el rostro angélico, sangrante la parte posterior de la cabeza. A su alrededor se expande rápidamente una antelia escarlata que baña sus hermosos cabellos dorados.

Debí prestarle atención. Debí haber tomado en serio su ruego por auxilio cuando me contó que tenía visiones y escuchaba voces. Pero en lugar de ayudarla sucumbí a mis egoístas deseos carnales y quise poseerla. No imaginaba que su pequeño cuerpo de nínfula ya tenía dueño, habitada como estaba por esa fuerza siniestra.

Sigo sangrando y tengo mucho frio. Desfallezco, estoy tan débil y agotado que los insistentes golpes en mi puerta me parecen lejanos, casi inaudibles. ¡Santo Dios, mi ropa! Debo cubrirme, estoy perdido...

—¡Padre, padre! ¿Qué ha sido todo ese ruido? ¿Está usted bien? ¡Vamos a entrar!

miércoles, 16 de octubre de 2019

Series CBE: El último Perolero (FINAL)


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Ha pasado un tiempo desde que el predio, cerca de dos canchas de fútbol, ubicado en la Avenida Dolores, se ha visto totalmente evitado por todos y olvidado por las autoridades. Ningún perro se atreve a defecar en esa tierra medio viva y medio muerta, ninguna rata destina morir en el descampado, y los zopilotes, a pesar del ijillo que brota del lugar, se niegan a volar encima de esa tierra. Los vecinos pasan caminando con relativa prisa cuando les toca caminar cerca del lugarcito; se escucha a las madres decir “niño, apúrese o lo voy a cinchacear. Ahí no hay nada que estar viendo”, y a los niños reprochar “¡Pero mamá, ahí hay un animal con ojos amarillos que me está saludando!; la gente que por las tardes se decide tomar un atole o comer alguna pupusa, sentados en bancas puestas en las aceras, aparte de hablar del buen sabor que el maíz tiene en esa zona, y de aguantar dar el grito de “¡Puta’ombre’, que buen pupuson!”, se secretean cosas acerca del predio, de lo que ahí pasó y de las desgracias que Mejicanos llegaron tiempo atrás – sin entender que entre uno y lo otro hay relación. Algunos hombres dicen haber visto una noche a un tipejo que caminaba desnudo por todo Mejicanos, cantando “El poderoso de Israel”, y bailando en cada poste, simulando el acto del amor; otros, dicen que habían visto un demonio, en forma de hombre, repleto de luz, así como debía de verse Lucifer caminado en el Edén después de la caída, cargando carne humana en dirección al cementerio, “mínimo, a hacer algún ritual el hijue’sunana”. Las mujeres que viven y trabajan sobre La Dolores, con autoridad, dan por sentado que ese caminante no era el ‘Santo Cachudo’, sino un pobre diablo enloquecido que había tastazeado a alguien y de lo que le había sobrado en la carnicería, la iría a sepultar en la tierra seca, cerca de la cancha pequeña, donde tiempo atrás un pobrecito vivió con sus tiliches y del que tienen tiempo de no ver. En la Universidad de El Salvador, que limita con Mejicanos, una estudiante de historia presentó en ese tiempo cercano a los eventos del hombre chulón y endemoniado, una investigación sobre la muerte y la locura dentro del municipio de mejicanos, datado desde los tiempos de mesoamérica. La conclusión de la estudiante – residente de la colonia San Ramón de Mejicanos –, muy criticada y rechazada por sus profesores, reflejo de su temor ante semejante argumento, fue establecer que el municipio, desde el principio de sus tiempos y debido a su posición geográfica,  era una especie de altar sangriento; situando así: el hogar de tribus pre coloniales disidentes a la organización social de la época, la recompensa española para indios mexicas que colaboraron a través del engaño al exterminio Pipil en tiempos de la colonia – y que de ello proviene el nombre Mejicanos – , y miles de muertes que se registraron, pero que pasaron desapercibidas por los informes, en tiempos del conflicto armado (ya que un tanque de agua, en lo alto de una loma, se había convertido en un bastión militar para la guerrilla y el ejército); eso, sin olvidar el interés desmedido que demostraron por Mejicanos, gente de fraternidades esotéricas, incluyendo en esa lista a Maximiliano Hernández Martínez, la Sociedad Teosófica – que fundó ahí la sede de su grupo – y Krishnamurti. Todo ello es lo que convertía a Mejicanos en un altar de rituales y sacrificios más que en un lugar para vivir. Como era de esperarse por parte de la academia, la investigación fue ahogada, pero eso no le quitó a la estudiante el orgullo de haberse acercado a la verdad.

    Así pasaban los días en la Avenida Dolores, entre los bullicios recurrentes de un mundo que se mantenía detenido en su propia manera y su propio tiempo. Aunque los vecinos, cuando estaban sumidos en sus camas, lidiando con el calor espantoso que los quemaba por las noches, pregonando rabias y diretes contra el sonido del ventilador, pensaban, aunque sea un momento, sin importar si fueran niños, mujeres u hombres, en el extraño sujeto manco que vestía de negro todos los días y que camina con suavidad en las aceras; que siempre anda gafas, y que sonríe a quien lo mira con un par de dientes atribulados por las caries y las quebraduras. Todos en la Avenida Dolores, y la mayoría de gente en Mejicanos, había escuchado, entre chistes o rumores, en la predicación del domingo o en el consejo de los bolitos de la tienda de la esquina, que si miraban a este hombre lo trataran de evitar, porque “el sabio ve el mal y se aparta” y “más sabe el diablo por viejo que por diablo”; ya que este hombre, hasta donde el chambre dicta, había tenido trato con las fuerzas oscuras ahí en el predio donde había vivido un viejo perolero, y que solo aquellos insensatos que no tienen temor de Dios y les sobra la bravura que envalentona con un par de huevos, se le podían acercar y pedir cualquier favor a cambio de un pedacito de su alma; cosa, que a la larga no se mira tan problemática, porque ¿qué es un culito de alma por un favor del diablo?

Absolutamente, nada.

martes, 15 de octubre de 2019

Series CBE: El último Perolero (Parte 8)

Autorretrato con la muerte tocando el violín.
Arnold Bocklin (1872) 

La noche antes del invierno estaba juguetona. Las estrellas no se intimidaron por las luces de San Salvador, y la oscuridad ni siquiera era negra, parecía más púrpura, cosa a la que nadie prestó atención por el viento que llegó, de quien sabe donde, y que hizo de abril, octubre. Miguel Ángel, el hombre manco, el hombre de los ojos de cabra, el profanador de tumbas, el nigromante de la ‘mano de la gloria’, el Cristo Negro y Chivo de las pupuserías, el más o menos que hombre, el siervo del Rey de todos los Gitanos, el carnicero de niños, el chupacabras, Cusuco, desnudo y enlodado, con los ojos bien abiertos, llegó a lo alto del tanque de agua cargando una dulzaina oxidada, un cuchillo negro, un pedacito de carne y una mano muerta. Ahí, vestido con un pantalón rosado, camisa blanca brillante parecida a una perla y un saco rojo de color del diablo de Milton, estaba Josefo Gabarri; el Dios de todos gitanos, el “cañí má’grande de to’os lo cañí pario’os”, el último Perolero. 

          El rostro del amo era todo luz, y el cuerpo del siervo era todo sombra. Entre más bajo había caído Cusuco, más se había elevado el dios gitano. En el centro de la plataforma circular del tanque, Josefo Gabarri había ubicado un perol brillante, de manufactura imposible de datar, y debajo del utensilio, con tiza, estaban escritas palabras que Miguel Ángel jamás conoció, ni siquiera en sueños o en imaginación. Cerca del perol, estaba el tecomate con la sangre de la cabra, la mano de Cusuco, marchita y petrificada, centelleando luces esmeraldas, y una enorme letra X donde decía “párate aquí gran cerote”. Miguel Ángel asumió que ese era su lugar.   

  Josefo Gabarri caminaba con tranquilidad. Sus pasos parecían seguir un vals que solo él podía escuchar, y Cusuco notó que era la primera vez que le miraba completamente feliz.  

- Escuché el grito del niño. Bien siervo fiel. – Gabarri abrazó a Cusuco que tembló cuando sintió el enorme y caliente cuerpo de su salvador – Estamos a punto de terminar. A pesar de todas las dificultades, lo hemos logrado. Esta noche retorno con mis ancestros. ¡Oh, mi amigo, no tienes idea de cuántas vidas he vivido! ¡No tienes idea de cuántas cosas he visto! ¡Ni idea de cuántas cosas he cogido! – Josefo Gabarri se echó a reír mientras saltaba de la emoción – ¡Baila! ¡Baila conmigo! ¡Que hoy voy a Shangri-La! ¡Voy a lo alto de la montaña! –  gritaba y saltaba Gabarri, y Cusuco le seguía – ¡Hoy se acaba el tanto andar, y créeme, para un gitano, eso es un milagro! 

La emoción tuvo bailando y gritando a Josefo Gabarri, que le contaba los cuentos y las historias de toda su vida a su siervo; y Cusuco, que por fin escuchó los misterios de los que tanta pasión sintió en algún momento, no le provocó interés y mucho menos le hizo salir del silencio y la frialdad que su talante emitía. Las últimas indicaciones del samaritano eran sencillas, la ceremonia sería llevada a cabo por Josefo Gabarri, quien tendría que mezclar las cosas conseguidas por su siervo, siguiendo a salmodia de sus ancestros para esas ocasiones, y Miguel Ángel, solo debía procurar tocar la espeluznante melodía que había aprendido durante todo este tiempo, y una vez llegado el momento, cuando el gitano diera la indicación, Cusuco tendría que tomarse el brebaje resultante del ritual; del cual, juró Josefo Gabarri, no le provocaría más que dolor de panza que en una cagada se resolvería. Cusuco, solo asintió, y mantuvo los ojos amarillos bien abiertos y en total silencio.


       Josefo  Gabarri le mostró a su siervo un violín que lucía mucho mejor que la mecedora, y Miguel Ángel, parado sobre la X, con la dulzaina en la boca sujetada firmemente con su mano, dio el primer golpe con el pie desnudo al suelo, y el gitano inició a tocar la melodía más hermosa, escalofriante y enfermiza, que escuchó en su vida. Josefo Gabarri con los ojos cerrados no alcanzaba ver, quizá porque no le importaba, como las estrellas comenzaban a dibujar con su luz planos que solo los sabios han logrado figurar, su música se enrollaba en los árboles y el viento se montaba en ella para que todos escucharan el llanto del violín del gitano. 

         Cusuco miró que los árboles se acercaban al tanque, y que animalitos comenzaban a aparecer en la plataforma del tanque, seducidos, al igual que él, por la música del diablo. La noche se hizo más brillante que todos los días que alguna vez él vio con sus ojos de hombre y con sus ojos de cabra, y juró, que la luna, esa esfera a veces blanca, a veces roja, a veces amarilla, brillaba detrás de Josefo Gabarri como aura de divinidad o marca de monstruosidad. El tanque se estremeció, y desde el suelo y el cielo, Cusuco vio kilómetros y kilómetros de tela de todos los colores, girando, bailando con la música y el viento, uniéndose en un amor que para el siervo era desconocido. En ese instante, cuando todas las telas cubrieron al rey de los gitanos, emergió Josefo Gabarri vestido de oro, rejuvenecido, como en el principio de sus años; el cabello negro, y la piel tersa, hizo que la indiferencia que vivía Miguel Ángel para con él, estuviera a punto de desaparecer. Con la juventud del samaritano negro, ese fumador de todo cuanto tiene vida, hizo que la luna abriera sus enormes ojos, y llorara de amores y pérdidas junto a la música de su violinista. 

Cusuco, a duras penas entendió el gesto de Josefo Gabarri para que diera el segundo golpe al suelo y empezará a tocar la tonada del infierno con su dulzaina. El violín se quebró al caer en el suelo, y las telas cambiaron sus colores a un majestuoso negro de luto, alzándose sobre el tanque de agua como montañas imposibles. Gritos, cantos, obscenidades aparecían en el viento que traía ahora las voces de todos los gitanos, de los paganos, de los malditos, de esa raza de satán, de esos que fueron y serán peroleros. Miguel Ángel, con disciplina, soportó el terror de todos los rostros que explotaban como luces navideñas a su alrededor y procuró no perder el tiempo de la tonada cuando vio que todas las cosas que había conseguido para Gabarri flotaban en los cielos, vertidos en el perol que brilla como la plata; y que bajo de él, la tiza se había convertido en fuego, agua y tierra. Josefo Gabarri flotaba de cabeza, con los ojos emblanquecidos, girando como un trompo imparable en la última noche de abril, las estrellas revelaban las fórmulas que habían creado todas las cosas, y la luna en ese momento se había vuelto como la sangre, inmensa y espesa.

        La sangre de la cabra, la mano del muerto, el prepucio del niño, estaban ya en el perol que hervía con un aroma espantoso, y Josefo Gabarri se reía como demente, mientras hablaba cosas que solo el viento le alcanzaba a responder. Cusuco, adolorido de su boca, sabía que estaba llegando al final de la tonada, y de pronto escuchó que en el cielo brillante Gabarri, su amo, decía en el torbellino de locura “¡¿Pero que me has hecho?!”; y con los pies callosos por los golpes que venía dando al suelo, y la boca herida y ensangrentada, Miguel Ángel sonrió. 

El niño que nació en la casita con forma de caja de zapato, a partir de una pequeña conmoción vivida en los primeros años de su crecimiento, dará tortura, tanto a su vida como a la de su madre, uno, por no entender el significado de algunas cosas, y para el otro, por creer que todo es su culpa. Esta conmoción, vista desde un plano general, podría ser vista como lo mejor que le pudo haber sucedido a ese niño desde todos los panoramas que pudieron resultar. Este hombre, de niño, de joven, adulto y anciano, vivirá con el acecho de un sueño, que, con el tiempo y la madurez, aprenderá a hacer de esa ficción el eje de su propia historia; logrando que un punto oscuro e invisible se convierta en el centro donde hará crecer toda su identidad. El sueño, que su madre, padre, amigos, novia, esposa, amante, hijos, nietos, compañeros, psicólogo, psiquiatra, cura, pastor, Chamán y cualquiera que tenga oídos, tendrán que escuchar de su boca es: 

<<Estoy acostado, y no puedo moverme. No puedo ver mis brazos, ni mis pies, pero si puedo ver mi pene. De pronto, del fondo de la habitación, donde no se mira, veo salir un rostro negro, con dos enormes ojos amarillos, como si fueran los ojos de una cabra; ese demonio se ríe, y me llama por mi nombre. Luego el demonio ese me toca el pene, y siento un ardor, ¿sabes cómo? así como han de sentir los tuncos o las reses cuando las marcan. Luego ese demonio me enseña su pene, una cosa horrible, lisa, peluda y negra, y se lo corta enfrente de mí, y me dice con una voz irritante que te dan unas ganas de destriparlo: “¿Vos sabes cuál fue el pecado de Nabucodonosor?”. Antes de irse y sin dejarme responder, el diablo ese me clava sus dientes en la pierna y me hace sangrar. Cada vez que cuento esto me duele aquí, cerca de los huevos, por la ingle. Ahí tengo una cicatriz, como si me hubiese herido, aunque mi mamá jura que es una marca de nacimiento, pero se encachimba cada vez que le preguntó, y me grita “¿Me estás diciendo que no soy una buena madre semejante desagradecido?”. Entonces mejor me quedo callado, no vaya a ser el diablo, pero sea como sea, siempre he creído que esa marca es la marca del diablo. Por eso toda mi vida se resume en andar huyendo de él, pero sin correr>>.

La gente que escucha este sueño, responda lo que responda, con discreción o recato, realmente, contestan o quieren contestar, de manera pronta y oportuna, natural y asertiva, con la lengua arrastrada entre los dientes y los labios, y con una expresión simiesca que es propia de todos los salvadoreños al proferir exceso de emoción: “tu madre, ma’mierda jue’puta”. 

        Lo que para este hombre es sueño, es para nosotros una extraordinaria realidad. Y es que este hombre, siendo un infante, pudo impregnar, con la ayuda del poco seso mal formado de su edad, el momento en que Cusuco, hechizado por la ‘mano de la gloria’, se cortaba su prepucio delante de él con el fin de salvarle el pellejo y engañar con ello al engañador. La marca en la ingle a la que este hombre se refiere, podría pasar por marca de nacimiento, primero porque se le fue dada a los pocos días de haber nacido, y segundo, porque le sirvió de excusa para dar origen al hombre que decidió ser. Esta herida la hizo Miguel Ángel con sus afiladas garras, y tuvo el fin de utilizar la sangre del niño para cubrir el pestilente prepucio que él mismo se había arrancado; ya que una vez en las manos de Josefo Gabarri, este, inspeccionado la tarea, olería la dulce sangre inocente que cubría el pecaminoso pellejo con el que lo pretendía traicionar. Traición que se había vuelto efectiva. 

Josefo Gabarri cayó de picada en la plataforma del tanque de agua, así como caen las ardillas muertas a pedradas por los niños en los cantones. Los animalitos congregados alrededor del sello ritual se esfumaron, y la luna, embarazada de horror, se volvió negra, y todo el mundo – aunque realmente solo hay referencia de ello en Mejicanos– quedó a oscuras. Los espectros de todos los gitanos que había danzado junto al más grande de los suyos, comenzaron a proferir maldiciones y palabras oscuras que le dolían al gitano que se revolcaba con desesperación. Tirado, agonizante y a un paso de la muerte a la que había escapado por siglos, Gabarri vio acercarse a la criatura maligna que había tenido bajo su cuidado, riéndose, y limpiándose el lodo que le cubría todo el cuerpo; dejando al descubierto el sexo circuncidado, responsable de la desgracia que en ese momento vivía. 

      -  ¿Qué me has hecho? – alcanzó a decir el gitano con el poco aire que le quedaba, porque la vida de muchos días le abandonaba.

     - ¡Cállese mierda! – lo Miguel Ángel con una sonrisa roja, poniendo su apestoso pie encima del rostro de Gabarri – ¿Queres que te salve? – preguntó Cusuco, y Josefo se apretaba el estómago que le crujía en su interior – ¿Queres o no?  – el rey de los gitanos levantó su mano en señal de aceptación, y el hombre ojos de cabra vio que el brazo de su amo se quebraba en tres partes – Entonces dime qué es lo que debo de hacer para salvarte, eso sí, te costará. No tres, ni cuatro, sino que cinco favores, ¿aceptas? – y el grito descontrolado de dolor de Gabarri hizo que Miguel Ángel quitara el pie de su boca.

En el cielo todas las cosas se habían vuelto cenizas, y había un aroma a muerto que, hasta el día de ahora, las gentes de los alrededores creen que en la zona se pudren en una fosa miles y miles de cuerpos. Josefo Gabarri, agonizando, le dijo a su siervo que ambos debían de tomarse el líquido verde y fétido que había resultado de la mezcla de los objetos de la muerte, y que cuando se lo bebieran, él, Cusuco, debía de tomar un trocito de soga con un solo nudo, pintando con la sangre de Gabarri, y apretarlo mientras le arrancaba la lengua, luego llevarse la lengua a la última tierra en la que se había asentado y dejar que la magia hiciera el resto. Miguel Ángel le preguntó a su amo si era necesario ocupar el cuchillo para cortar la lengua, pero Josefo le dijo que no; y ese cuestionamiento, debería de habérselo formulado el gitano antes de entregarle a un hombre que le faltaba una mano, una tarea que exigía dos. Las estrellas habían desaparecido en el firmamento, y alrededor solo se escuchaban lamentos que se perdían con el sonido de las hojas que giraban en un torbellino encima de la cabeza de los dos hombres en lo alto del tanque de agua. 

          Cusuco repartió la asquerosa poción, y ambos la bebieron de un solo trago. Con el ardor de mil infiernos que quemaba la garganta, Gabarri gemía y pensaba que iba a morir al escuchar cómo su corazón dejaba de latir y sus costillas se quebraban. Miguel Ángel, habiendo armado el nudo en un trocito de soga, lo mancho con la sangre que le salía a Gabarri de los ojos, y una vez manchado, sin esperar a que secara, apretó la soga con la única mano que tenía y se lanzó con sus colmillos hacía la boca del gitano; de un mordisco, le arrancó la lengua a Josefo Gabarri. El torbellino giraba cada vez más cerca de las cabezas de los dos hombres, lanzando truenos, y el gitano fue arrebatado por un fuego azulado que descendió del huracán. Mientras el fuego lo quemaba, en el rostro de Josefo Gabarri, pasaron miles de rostros sufrientes; los había de niños, los había de mujeres, de hombres y animales, en cada parpadeó aparecía un nuevo rostro, y cada rostro tenía un dolor gritado en el idioma que le correspondía. Cusuco vio frente a sus ojos, que su amo, su salvador, el hombre por el que alguna vez estuvo dispuesto a todo, se volvía frente a su mirada de cabra en éter, volátil y diáfano. 

          Mientras todo desaparecía en la tormenta, Miguel Ángel tomó con sus manos el pedacito de soga que echaba humo, y vio que en las formas de la noche se perdía el rostro de Josefo Gabarri, viejo y deteriorado por el tiempo, lanzando una mirada mortífera y diciendo sin fin de palabras que nada significaron para su siervo; parecía, como por arte de buena magia, que no las podía escuchar. Eso le hizo pensar en un dicho de su madre, que le trajo una calidez que jamás creyó recuperar, “a palabras necias mi niño, oídos sordos”.

El año en que sucedieron estas cosas, El Salvador sufrió una sequía sin precedente en su historia. Pero solo la noche antes de la llegada del invierno, una suave y dulce tormenta regó la tierra medio viva y medio muerta de Mejicanos. 




lunes, 14 de octubre de 2019

Series CBE: El último Perolero (Parte 7)

Madame Roulin y el bebé (Vincent Van Gogh - 1888)

El año en que Josefo Gabarri y Miguel Ángel se encontraron, sucedieron tantas y extrañas cosas en Mejicanos, que, como suele pasar con lo inusual, el resto del país nada supo o supo poco sobre ello. Los medios hicieron de ojo pacho con tres incendios que asediaron a la ciudad, y se limitaron a presentar únicamente uno; esto, por los beneficios electorales que representaba para el alcalde. Nadie quiso hablar del amargo sabor de la yuca servida en el yucodromo, y esto, por temor a que el ‘Festival de la yuca’ fuera un fracaso y le quitaran una, de las dos diversiones, a toda la comunidad – la otra, son las fiestas dedicadas a la Virgen del Tránsito, que después de décadas, volvió a ver desfilar a hombres vestidos de mujer. Muy pocos se dieron cuenta que ese año fue el año en que el servicio del agua tuvo menores complicaciones en todo el municipio, a excepción de los pequeños renacuajos de colores que salieron de los grifos, que la gente de la colonia España denunció, pero que fueron tomados por torpes bromistas. Solo hubo dos personas que no pertenecían a Mejicanos – uno taxista y la otra prostituta – que, en las noches previas al invierno, dieron fe de haber escuchado aullidos en la comunidad la Fosa y lamentos a lo largo de la calle el Nispero. En el centro de la ciudad, algunas personas hablaban de que había una pandemia de endemoniados sueltos dentro de iglesias y pupuserías, y curiosamente ese fue el mismo tiempo en que la pupusería Morena alcanzó su mejor sabor. Ese año, también, hubo hombres que, en chupaderos y tiendas, con alcohol y cerveza, chambrearon sobre la aparición del chupacabras; unos decían que el bicho anduvo por Mariona, alegando que había salido del penal; otros aseguraron que sus maldades habían sido en la calle principal de la Zacamil, donde había dejado a cinco cabras chupadas y dos mujeres heridas de gravedad; y los más viejos, por su parte, decían que el animal andaba merodeando las noches de la gente de la Lotificación Gutiérrez. Las personas de la Santísima Trinidad, ubicados en el ‘hoyo’, vieron volar una noche fardos y fardos de telas de colores, y creyeron que era el advenimiento de Cristo. En ese mismo año, el número de asesinados en Mejicanos fue tan alto que el alcalde de Ayutuxtepeque, decidió pelearse legalmente la muerte de un panadero en los límites de ambos municipios, aludiendo que, de la cabeza a la cintura, el muerto se encontraba en Ayutuxtepeque, y que las piernas estaban del lado de Mejicanos – el caso, actualmente sigue abierto –. Y, de lo que más se habló entre los límites de estos dos municipios, fue de la aparición excesiva de tengereches y armadillos, que las autoridades estuvieron tentadas en levantar estado de emergencia, similar al de la época en la que el servicio de recolección de basura dejó sus labores por una temporada. Las soluciones que tomaron la gente de Ayutuxtepeque y Mejicanos para esta plaga fue la de entregar hondillas a los chicos para reventaran las sienes de los tengereches, y la de capturar uno que otro armadillo para retomar costumbres culinarias olvidadas por exóticas. Lo que sí es seguro, es que muchos tuvieron la oportunidad de enseñarles a los niños el animal al que correspondía la palabra Cusuco. 
       
Todas estas situaciones, increíbles, hilarantes y sin sentido, estuvieron íntimamente relacionadas con lo que sucedió la última noche de abril, en una loma, en la parte alta de un tanque de agua, donde Josefo Gabarri y Miguel Ángel se encontraron, quizá, por última vez. 


Miguel Ángel, justo cuando todo se había oscurecido, había puesto su pie en la lodosa calle del Pasaje Méjico, en la Lotificación Gutiérrez. Por la perdición que evocaba el lugar, Cusuco, esperaba encontrarse con un sitio desolado, abandonado y fantasma, pero la vida corría entre el lodo y el aroma a zacate húmedo. Alumbrados con las lámparas tenues y la luz de las luciérnagas, varias personas caminaban por el pasaje, niños se embarraban de suciedad un poco antes de dormir, y cientos de gatos vigilaban la zona desde lo alto de los árboles torcidos que dejan caer florecillas amarillas en el fango. Oculto en la maleza, y sacando provecho de las virtudes de sus nuevos ojos, Miguel Ángel buscaba entre las champas, y las casitas de cemento, una que pareciera caja de zapato y que en lugar de ventanas tuviera láminas.

El llanto de un niño que venía de una casa gris e inhóspita, le hizo reconocer el lugar indicado por Josefo Gabarri, que dentro de poco se pondría en marcha hacía la parte alta del tanque de agua, en donde por fin cerraría su deuda con el hombre que le salvó. La orden de su amo, había sido la de utilizar la ‘mano de la gloria’ con el fin de pasar inadvertido para entrar a la casa donde el niño llora; y ahí, estando frente a la criatura, tendría que rebanar la carne que le cubre el sexo.

       Cusuco se encontraba seguro de que las indicaciones eran las correctas, por lo que la extrañeza de su corazón era derivada de un estado de ánimo que no dejaba de cambiar desde hace unos días; pues se percibía con una intensa conciencia de sí mismo, de sus limitaciones y habilidades, y, sobre todo, lo obsesionaba la potente conclusión de que él, Miguel Ángel no era del mismo tipo de hombre que era Josefo Gabarri.

Detuvo las filosofías, y tomó aire como quien indica que no hay voluntad, pero sí compromiso, y se puso la llamada ‘mano de la gloria’, pedazo descompuesto de carne con croché, colgada en el cuello, con la esperanza que hiciera lo que hiciera lo hiciera bien. La mano del muerto no pesaba absolutamente nada, hasta una pluma podría haber resultado mayor carga, y cuando notó que a su alrededor todo seguía igual, ya que no se escuchaban voces de ultratumba ofreciendo favores o fuegos fatuos o al menos fuegos de San Telmo anunciando la hechicería por venir, sintió una tremenda cólera hacía Gabarri, por no tenerlo cerca para poder recriminarle la inutilidad que le había entregado. Como la cosa no cambiaba, Miguel Ángel, se vio tentado a abandonar todo, no había manera de introducirse a la casa sin ser objeto de calumnias y denuncias por los vecinos, por lo que el fracaso de su misión y promesa, al final, era responsabilidad del mismo gitano. A falta de proferir maldiciones escupió al suelo, y cuando se dio la vuelta para regresar por el camino que lo había llevado hasta esa marisma, sintió un cosquilleo en los pies; luego las piernas, el estómago, los brazos y la cabeza. El cuerpo no le respondía, y por mucho que pensara en quitarse del cuello la mano del muerto, su cuerpo, como ya se venía haciendo hábito, no le servía. No podía gritar, no podía moverse, no podía hacer nada más que soportar los calambres que se hicieron porrazos en cada parte de él, y que incluso le llegaron a doler en el espacio de la mano que ya no tenía. 

Abrió los enormes ojos amarillos y vio la maleza más alta de lo que recordaba. Se sentía tembloroso, con frío y adormitado. Su cuerpo le parecía liviano, desprendido de la carga de un cuerpo viejo. Cuando Miguel Ángel se dio cuenta de los harapos que andaba por ropa estaban a un lado y se miraban enormes, tanto como para cubrir el carretón viejo de Josefo Gabarri, de su interior salió un chillido de alimaña. En ese preciso momento se dio cuenta que era más una rata que un hombre, que era más enfermedad que vida, que era – aunque esto nunca lo pensó de esta manera – un homúnculo, un desperdicio de hombre.

          Se vio la piel ennegrecida y lisa, la forma de los huesos que le resultaba clara debajo de un pellejo brillante y cubierto por pocos y sucios pelos, unos enormes dientes que podrían haberse clavado sobre cualquier cuero, y notó una repugnante cola, delgada y negra, que se extendía por el campo. La ‘mano de la gloria’ estaba junto a sus cosas, y dedujo que su apariencia era el resultado del hechizo, que en lugar de haberlo vuelto invisible lo volvió pequeño y repulsivo como para obligarse a pasar desapercibido, y que en su defecto, era como si fuera invisible. ‘ergo’, pensaría Josefo Gabarri, la mano ha funcionado.

Cuando Cusuco intentaba hablar, solo salían sonidos irritantes de su boca, que aquel que los escuchara era movido a destripar al emisor de ese chillido; procuró andar con cautela y silencio. Se lanzó en la oscuridad del Pasaje Méjico, corriendo entre basura, piedras y mierda de perro, rodeando postes de luz, zambullido detrás de las llantas de automóviles destartalados, rehuyendo de las miradas de las señoras que hablaban frente a sus casuchas, o del olfato de los perros tuertos y macheteados que descansan como moribundos sobre el lodo. Alcanzó la casa ‘caja de zapatos’, y de alguna forma se sentía aliviado de su apariencia y sus habilidades, ya que nadie se había dado cuenta de su presencia de roedor. Su única manita tenía largas uñas que sin problema se clavaban en el concreto de la casita rústica, era tan fuerte su complexión, que no echo de menos la falta de la otra. Llegó al techo, y por más que caminaba con ligereza, en la hoja de metal que hacía las veces de techo, no se escuchaba más que lo que se escucha cuando camina un gato. Encontró un agujero, y se introdujo a la casita, donde no había luz artificial. Dos velas eran las únicas lumbreras del hogar; una brillaba en un espacio que podría haber hecho de sala, sino pareciera un depósito de cajas, y la otra resplandecía en el cuarto donde estaba el bebé al que Miguel Ángel debía flagelar.

La pareja, padres del niño, se encontraban en el depósito, envueltos entre cajas y bolsas, exhaustos por una vida a la que no se logran adaptar, por estar muy jóvenes y porque el mundo es de adultos, porque la realidad siempre es Ser más, pero ellos se sentían siempre tan menos; el consuelo para los dos, era que al menos estaban juntos. En el cuarto, la criatura recién nacida, dormía apaciblemente, envuelto en trapos curtidos pero limpios, y con la guardia de una vela que ya se había quemado a la mitad. La alimaña negra se deslizó por las paredes hasta llegar a la cuna que rugía con el más mínimo movimiento. Con el dominio total de su cola, se acercó el cuchillo que había traído a rastras por el lodo del pasaje, y lo había puesto cerca la cara del bebé. Con delicadeza, Miguel Ángel destapó a la criatura, y le dejó el sexo a la intemperie. Todo tenía que hacerse con velocidad y precisión, y más que para agradar a Josefo Gabarri, era para evitar seguir rindiendo una pleitesía que ultimadamente le estaba costando una “mano” de la cara. Tomó con delicadeza el sexo del niño y logró definir con la mirada el punto donde daría el corte al prepucio para arráncalo de un tajo, porque pensaba que así el niño sufriría menos.

Cusuco vio al niño que se movía en la beatitud de su sueño. La sonrisa accidental que las temperaturas hacían sobre su cuerpo, le hizo recordar aquel paraíso de paz que alguna vez fue su niñez; miraba en la sonrosada piel del bebé, el cabello de su madre que lo abrazaba cuando el frío se hacía inmenso en la noche, sentía el olor a su hermano enrollado en el cuarto donde se escondía cuando jugaban al escondelero, y pensó que esa criatura tan pequeña, inofensiva, era, por contradictorio que pareciera, un ser más completo, más alto, de lo que él o Josefo Gabarri podrían llegar a ser. Si lo cortaba, pensó Miguel Ángel, sería contribuir con uno de los mil pedazos en los que el niño terminaría al final de sus días; sería inferir sobre es perfección quebrada de la que el niño aún no tenía conocimiento, porque cortándole el prepucio lo haría menos hombre, lo haría un hombre deforme, lo haría, de alguna forma, un hombre parecido a él.

Cusuco sacudió la cabeza, y vio cómo se cernía sobre él y el niño, en las sombras proyectadas del fuego de la vela, la figura del gitano que los amenazaba con sus manos devoradoras y alargadas, esas mismas que lo habían robado de esa lógica que su vida había seguido, que ni bien ni mal, era la vida que había merecido porque es la que había decidido, y que lo correcto, si es que la palabra aún guardaba utilidad, era haberlo asumido hasta el final. Alzó el cuchillo en dirección a la telita de carne delicada del niño, y el niño, por casualidad o drama del destino en forma de causalidad, abrió los ojos, y ambas criaturas, la pura y la enferma, la inocente y la culpable, pegaron un solo grito que estremeció al Pasaje Méjico; y que Josefo Gabarri, ya en la parte alta del tanque de agua, escuchó y sonrió con colosal agrado. 

- ¡Maten a ese tacuazín de mierda! – se escuchó a la chancha vecina del pasaje Méjico.

- ¡Repréndalo Chita! ¡Repréndalo! – se santiguaba el vecino borracho mientras se encomendaba a su esposa.

- ¡aMá! ¡Mire que grande esa ratota! – saltaba la niña negrita de pelos rubios y tostados con los pies descalzos sobre el lodo del pasaje.

- ¡Mino, si es el chupacabras, mirale esos ojos! – gritaba el vecino holgazán mientras dejaba caer en lodo la botella de soda para la cena. 

- ¡Chema!¡Chema! ¡El niño está sangrando! – y el niño no dejó de llorar por más de cinco días y la madre, hasta el día de ahora, sigue llorando.


sábado, 12 de octubre de 2019

Series CBE: El último Perolero (Parte 6)

Pintura Francis Bacon (1946)

El profanador, el ladrón y asesino de animales, le rogaba al gitano por ayuda. Su mano, en un principio manchada de sangre de cabra, luego petrificada, ardía y se quebraba en su interior; se hacía trizas, mientras los músculos se marchitaban. Nadie en la Avenida Dolores podía escuchar los gritos del desafortunado siervo que tenía un calcetín sucio en la boca. Si alguien pasaba frente al predio donde descansaba un carretón de madera picada, plásticos, latas y peroles, solo alcanzaba a ver a un hombre que se revolcaba en el suelo, y a otro, que sentado en una mecedora, bajo una enorme nube de humo de tabaco y algo más, contemplaba el sufrimiento en el suelo con una mirada rabiosa, con ardor de aborrecimiento, por lo que mejor seguían su camino, sin decir nada a nadie.

     Josefo Gabarri no respondía ni con parpadeos al dolor desesperante que le acababa la mano a su siervo, del que no sabía nada más que era un inútil, y que un bien hubiese hecho al dejarlo morir tiempo atrás; ya que muerto resultaba más útil que vivo y a su servicio. “¡Josefo!¡Josefo!¡Haz algo por las mil putas!” leía Gabarri en los ojos del Miguel Ángel, que se endurecía, sudaba, y se moría una vez más cerca de él. El gitano se levantó de la mecedora y se fue hasta su carretón, esa inmensa bóveda en la que cargaba todo lo que él y los hombres pudieran necesitar para vivir. Se tardó, a sabiendas que siempre encontraba lo que iba a ocupar rápidamente, y esto lo hizo para satisfacer el disfrute que le causa el dolor de cualquiera, y con mayor amplitud, de aquel que tanto le admira, le sigue y él pretende ser fiel.

     Cusuco, que estuvo a punto de perder la total consciencia y de estar casi seguro que estaba a un punto de morir, vio que Josefo Gabarri, ese semblante de hombre y dios modesto, el mismo a quien le había fallado por segunda ocasión, ese mismo que le devolvió la vida y le dio una razón de ser, se acercaba con lentitud, casi que bailando, y creyó, porque dudaba de todo cuanto sus sentidos le dictaban, que un tarareo flotaba en el reino medio vivo y medio muerto en el que había vivido los días más extraños, más felices, más completos de su vida. El dios de todos los gitanos, su amo, estaba junto con él, como el buen doctor que aguarda en la pena con su paciente, como la abnegada madre que no descansa en el dolor de su criatura, acompañado de un trocito de soga del que ya conocía sus funciones, y de un enorme corbo herrumbroso que despedía un aroma desagradable.

- No sé si esto me pasa por ser gitano o porque tú eres pendejo. Aún así, incluso para tu estupidez tengo solución. Nada me va a quitar la oportunidad de irme antes del invierno – dijo Gabarri cerca del rostro empolvado de Cusuco, con una mueca mefistofélica con la que soñaría durante muchas noches – Es por eso que hemos acordado tú y yo, después de todos tus agravios, que tu mano será la mano. Toda mi vida he engañado, dime ¿qué pierdo con engañar una vez más?

Miguel Ángel vio que Josefo Gabarri se ponía en pie, y tomaba el trocito de soga, que se columpiaba como un joya encantadora, dócil y brillante, y lo miraba como el hambriento mira la comida después de tanto tiempo de hambruna.

- Chocho de cabra, te ha llega‘o el t'empo de apoquinar tu gilepende’. No sos del diablo, esta’ peior, sos de cañí, el má’grande de to’os la cañí pario’os. ¡así ‘e cagate’de canguelo!

Las extrañas palabras de Gabarri lo entumecieron de puro desasosiego, jamás en el tiempo que había estado con su amo había sentido desesperación como la que sintió cuando lo escuchó hablar tal y como de seguro hablaba su corazón. Miguel Ángel pensó por primera vez que haber muerto aquella noche hubiese sido lo mejor para él; primero vio que el nudo morado del trozo de soga fue apretado, y sintió que su cabeza se rasgaba como una delgada hoja de papel que ya nunca se volvería a unir, y cuando comenzaba a ver que en algún lugar que no estaba ahí, caían un sinfín de cuerpos muertos como las estrellas en el día del fin de todas las cosas, sintió el helado corte que el dios gitano le hizo a la mano gangrenada. Después de eso, en una oscuridad absoluta, Cusuco solo alcanzó a escuchar el violín de una cigarra.

*

Era la última día antes del invierno. La tarde parecía más brillante que de costumbre. No había tan solo una nube que manchara la inmaculada perfección de aquel día. En la Avenida Dolores, aquella tarde, no hubo gritos, charlas, autos, perros o comensales sobre la acera, solo se escuchaba la incongruente tonada de una dulzaina que venía de un terreno abandonado junto a una de las canchas de fútbol. 

     En ese terreno enfermo, parte árido, parte maleza, Josefo Gabarri, un hombre que nadie sabe cuándo fue que llegó y mucho menos desde donde, cocía lana amarilla en el pellejo de una mano que había sido de alguien nacido en 1932. En el suelo, haciendo sonar la dulzaina y usando una sobra de tela que pretendía hacer las veces de pantalón, se encontraba Miguel Ángel esperando que la noche llegará para cumplir sus últimas deudas con el hombre que le había cortado su mano, y que la utilizaría para hechicerías que aquella noche se revelarían. Antes de oscurecer, Cusuco tendría que dirigirse a lo alto de una loma donde se miraba un tanque de agua, y andar un poco más para encontrar un raquítico fragmento de urbe conocido por todos como el Pasaje Méjico. Ahí, donde la vida no era posible sino por obra de un milagro o maldición, tendría que buscar una casita en forma de caja de zapato; que fácilmente se identificaría por los agujeros de la ventana tapados por láminas, por tener de tener de jardín una delgada veranera que nunca se enredar a nada, y por qué resguardaba de las tempestades del sol, la lluvia y la gente, a una joven pareja que iniciaba su vida familiar en ese distrito desdichado, junto a su bebé recién nacido;que tenía la tirita de carne que Josefo Gabarri necesitaba.

- Acércate – habló a Gabarri –, ya está lista – Luego le entregó la mano que él mismo, Cusuco, había arrancado del muerto en el cementerio, y que ahora lucía costuras amarillas entre palma y dedos – Lo que tienes aquí debería de ser una ‘mano de la gloria’, pero por haberla arrancado con la boca y no haberle embarrado de sangre pues no estoy seguro de que vaya a funcionar igual.

- ¿Para que funciona? – dijo Miguel Ángel con el ceño severo, y sin levantar los ojos amarillos hacía quien le hablaba. Josefo percibió el malestar, pero lo ignoro.

- Funciona para volverte invisible – lo dijo, con el tono socarrón que le sacaría risas o alguna ingenuidad a su torpe siervo. Pero Cusuco, no rió. – En fin, aunque dudo que te haga invisible, algo hará para ocultarte. Es cosa eficiente, en Santa Tecla le tienen estima… ¿Lo sabías? No recuerdo el año, pero en el emblema…

- Corto al niño y luego debo encontrarte en el tanque. ¿Cierto? – Miguel Ángel se mostró indiferente.

- Así es mierda de cabra – Josefo Gabarri quería chunguear el ánimo grave y distante de su siervo. Qué solo guardó silencio y tomó la mano zurcida – Cuando llegues al Pasaje Mejico, te cuelgas la mano en el cuello, y ella hará su trabajo para que tu hagas bien el tuyo. No lo estropees. Esto se acaba hoy.

Miguel Ángel se sacó un cigarro escondido de entre el matorral del pelo sucio y enredado, asintió con la cabeza, se guardó la ‘mano de la gloria’, el cuchillo de mango negro y la dulzaina, y antes de dejar a Josefo Gabarri con sus propios preparativos para subir a lo alto de la loma, irguió de tal manera su espalda que si la cherada del barrio lo hubiera visto, habrían llegado a la conclusión de que no tenía mucho sentido seguir llamándolo Cusuco.

lunes, 7 de octubre de 2019

Otra vuelta de tuerca, Henry James

«La historia está escrita. Está encerrada con llave en un cajón, de donde no ha salido hace años.» 

Con la llegada de octubre, los estrenos de los nuevos thrillers en el cine, el resurgimiento de las viejas películas de horror en las plataformas de streaming, y las fiestas de disfraces que todavía prosperan entre quienes se resisten a permitir que las ofertas de navidad se anticipen incluso al día de brujas; en el Club de la Buena Estrella también nos ponemos alusivos y nos preparamos para un nuevo reto literario: nuestra viñeta de Terror / Suspenso. 

Otra vuelta de tuerca de Henry James, el libro en cuya lectura nos ocuparemos a lo largo del mes, resultó elegido en las votaciones del pasado noviembre con un total de 61 estrellas, imponiéndose con ello en medio de un interesante abanico de propuestas entre las que se encontraba El exorcista de William Peter Blatty, Devoradores de cadáveres de Michael Crichton, Pasiones Griegas de Roberto Ampuero Espinoza, Cuentos Reunidos de Amparo Dávila, La Feria de las Tinieblas de Ray Bradbury, El gran dios Pan de Arthur Machen y Rey de Picas de Joyce Carol Oates.

Al dar un vistazo a esas propuestas y a la obra ganadora, llama la atención el comportamiento de la viñeta, ya que en años anteriores ha sido más habitual que como grupo nos decantemos por la lectura de historias de suspenso del tipo de Diez negritos de Agatha Christie, La ventana indiscreta y otros relatos de Cornell Woolrich, El espía que surgió del frío de John Le Carré, Seven de Anthony Bruno o En las montañas de la locura de H.P. Lovecraft. El caso es que muy pocas veces en los registros del club hemos tenido ocasión de leer terror puro y duro.

¿Por qué se leen las historias de terror? Quizá la manera más llana de verlo es a causa de la curiosidad que inspira lo desconocido y lo sobrenatural, aunada a la emoción primitiva que provoca la tensión y los sobresaltos del proceso.  No faltará quién lo interprete como una forma de asidero existencial, poniendo la ficción al servicio de las teorías que proponen que hay vida después de la muerte o que hay seres ajenos a este plano de existencia de todos conocido. Finalmente, habrá otros que probablemente lo asuman como una forma de rebeldía en contraposición a nuevas formas de juicios de Salem, siendo que corren tiempos en los que proliferan y se radicalizan posturas conservadoras poco tolerantes.

SINOPSIS

Otra vuelta de tuerca es un hito insoslayable en la historia de la literatura universal. Henry James consigue trazar una imponente novela de suspense en la que lo natural y lo fantasmagórico se confunden en el misterio. Protagonizada por una joven institutriz al cuidado de dos niños en una mansión victoriana, a lo largo de la narración intervienen presencias y personajes tal vez sobrenaturales. La anterior institutriz y el sirviente murieron en extrañas circunstancias. 

¿Cuál es el secreto que se oculta entre los muros de la mansión? Este crescendo de intriga, sostenido y desasosegante, se abre con el prefacio que el propio Henry James le dedicó en la edición estadounidense de sus obras, publicadas en veinticuatro volúmenes entre 1907 y 1909. Cierran la novela un epílogo a cargo de David Bromwich, que proporciona nuevas claves de lectura, y una cronología jamesiana. 

Perfecta en su sencillez, “Otra vuelta de tuerca” no es solo es una de las historias de fantasmas más célebres y leídas desde que se publicara en 1898, sino uno de los mejores relatos de la historia de la literatura. Sin embargo, el motivo de este favor unánime y continuado reside no tanto en la anécdota que le sirve de base, sino en la suprema habilidad con que Henry James (1843-1916), sirviéndose de un equilibrio perfecto entre lo que se dice, lo que no se dice y lo que se sugiere, levanta de la nada una historia que va dejando al lector sin asideros y creando en él el horror más inquietante: aquel que va dentro del ser humano y lo acompaña desde el origen de los tiempos.

«La historia está escrita. Está encerrada con llave en un cajón, de donde no ha salido hace años.»

Quedan cordialmente invitados a leer con nosotros Otra vuelta de tuerca de Henry James, ¡feliz lectura!

FICHA DEL LIBRO


METAS DE LECTURA


EL AUTOR

Henry James por John Singer Sargent.

Escritor estadounidense. Nació el 15 de abril de 1843 en el seno de una acomodada familia de origen irlandés en la ciudad de Nueva York (Estados Unidos). Hermano menor del filósofo William James.

Cursó estudios en Nueva York, Londres, París y Ginebra. Conoció a autores como Zola, Maupassant o Iván Turguenev. Inició la carrera de derecho en la Universidad de Harvard, al tiempo que empezaba a publicar relatos en distintas revistas estadounidenses.

En 1875 se radica en Inglaterra. Cuando cumplió veinte años comenzó a publicar cuentos y artículos en revistas de Estados Unidos. Su trabajo se caracteriza por su ritmo lento y la descripción sutil de los personajes. En sus primeras obras manifiesta el impacto que la cultura europea causó en los americanos que viajaban o vivían en el viejo continente. Entre sus escritos destacan: Roderick Hudson (1876), El americano (1877), Daisy Miller (1879) y Retrato de una dama (1881). Después exploró los tipos y costumbres del carácter inglés, como en La musa trágica (1890), Los despojos de Poynton (1897) y La edad ingrata (1899). En sus últimas tres grandes novelas, Las alas de la paloma (1902), Los embajadores (1903) y La copa dorada (1904), vuelve al esquema del contraste entre las sociedades europea y americana.

Alguna de sus obras se han adaptado al cine, William Wyler  realizó La heredera, adaptación de la novela Washington Square, Jack Clayton dirigió Suspense, y James Ivory Las bostonianas y La copa dorada.

Adquirió la nacionalidad británica un año antes de su muerte. Henry James falleció el 28 de febrero de 1916, en su casa de campo de Rye, Sussex.

REFERENCIAS

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sábado, 5 de octubre de 2019

Series CBE: El último Perolero (Parte 5)




Mano en la nuca
Rocío de la Torre (--)

La mitad del día se abrió tal perol con agua hervida. Si alguien hubiese querido ver en el resplandor que llenaba el cementerio de Mejicanos las llamas de Satán, nadie podría haberlo contradicho. Y Cusuco, vestido de negro, con gafas oscuras, era ya un emisario del demonio, por lo que todo se encontraba en perfecto orden. 
        Tal y como se había previsto, en la entrada del cementerio se encontraba un policía municipal tratando de guardarse de la temperatura bajo una sombrilla, junto a una señora que ordenaba las flores y desordenaba las sucias bolsas de comida frita que vendía en su puesto. Cuando Miguel Ángel entró al cementerio se ganó un “ma´mierda, andar así con este calor” del policía, que, en lugar de hacerlo sentir incómodo, logró reivindicar esa animosidad de pertenecer a una categoría de hombre que estaba más allá del resto. El cementerio de Mejicanos no solo contenía a los podridos de centurias, sino que el lugar en sí mismo era una pudrición; un terreno destartalado que bien podría enterrarse como se entierra a los muertos. Las lápidas se hundían en sus trincheras, los árboles se secaban sin drama, nada florecía en esa tierra amarga que a diario sufre las brutalidades del sol, las heces de los perros y las palabras simiescas de los jovencitos que juegan en las tumbas. 
            Encontrar '1932' en las lápidas se le hizo difícil a Cusuco. A pesar de los cientos, miles, de tumbas en el cementerio, la mayoría de los muertos eran recientes; por lo que se vio en la obligación de leer con detenimiento las placas fracturadas y corroídas que la tierra aún se resistía a tragar. La consigna de Josefo Gabarri era solo una: el muerto debía de haber nacido en 1932.

          - 1967… 1965… 1973… 1987… 1967… 1959… 1959… 1959… 1953… 1951… 1948… 1963… 1954… 1942… diez años menos... – dijo Cusuco, metiendo las narices entre lápidas rosadas y celestes, apartando el moho petrificado de una placa. 

Bañado en sudor, pero rotundamente indispuesto a soltar queja o tan siquiera pensar en quitarse alguna de las telas negras que lo hacían ver tan maligno como idiota en el ardiente osario, encontró una plaquita, rústica y desvanecida, donde solo era posible distinguir las fechas. Entusiasmado por el encuentro, estiró la boca en una sonrisa de mandril tan espantosa, que si alguien le hubiera visto, y además hubiera tenido que verle a los ojos, se hubiera muerto al instante y en el mejor lugar.
            Miguel Ángel apresuró las acciones y buscó algo que le ayudará a abrir el agujero de la tumba encontrada. Encontró una pala, y se dio cuenta de que nada había en el cielo para brindarle cobijo, que el cementerio seguía tan vacío como cuando llegó y que no se asomaban señales para pensar que eso cambiaría. Comenzó a remover la tierra muerta, y se sorprendió al sentir un impulso por tararear tal y como la hacía cada noche Josefo Gabarri antes de dormir. 

La tarde había se hizo sobre la Avenida Dolores con la llegada de las señoras carnosas y sus cocinas de metal ennegrecido. Algunos balones se escuchaban junto a los gritos en las dos canchas de fútbol, los pajaritos encontraban sombra en los árboles dispersos en toda la Avenida, y varios cuervos, desde que la sangre de cabra había llegado al reino, descansaban sus ojos negros, cubriéndose de la intemperie, debajo del enorme carretón. Josefo Gabarri, se olvidó de toda mesura, fumaba cigarro tras cigarro, vaciando su depósito de hojas secas que tanto tiempo le tomó recolectar. Desde el mediodía venía escuchando sonidos de disparos cerca de la Avenida, sirenas de ambulancias y patrullas en las calles cercanas, el ronroneo de los chambres de gente que comendo shuco o elote hablaba de unos mañosos detenidos el mercado; vio la enorme nube de humo que se elevaba desde el centro de la pequeña ciudad, y un helicóptero que rodeaba en los cielos a la ciudad; y desesperó con la interminable ausencia de su siervo. 
          Josefo Gabarri no pudo encontrar paz en nada, hasta que llegó la noche.  

El agujero de seguro apestaba más que el muerto que aún seguía encriptado en la innecesaria forma de un ataúd, un cajón que era más ficción que madera. Cusuco ya había sacado de sus ropas la botellita con la sangre de la cabra, se había quitado las gafas, y tenía listo el cuchillo para desmembrar de un solo golpe la mano del muerto nacido el 1932. Al ver al muerto, consumido y verde, un fuego le quemó el pecho, y sintió en la boca trozos de hielo que podrían congelar el mundo si llegaba a hablar. Nada en su cuerpo temblaba, los temores de viejos días se habían esfumado para siempre, y en su cabeza Josefo Gabarri, vestido de amarillo, bailaba con un violín bajo la luz de las constelaciones. Miguel Ángel abrió la botellita, y la pestilente sangre le hizo vomitar. Una vez que se hubo repuesto, se dio cuenta que había algo que no tenía muy claro. La orden de su amo había sido la de cubrir la mano con la sangre de la cabra, pero no sabía si esa mano era la mano del muerto o la mano que iba a cortar la del muerto.  
         La confianza y la valentía se invirtieron, y Josefo Gabarri, vestido de rojo, quebró el violín y lo amenazó con clavarlo en los testículos. Cusuco miró su mano y la del muerto, y su cabeza se deslizó en dudas, y no supo qué hacer. Antes de maldecirse, un perro apareció cerca del agujero atraído por la pestilencia de la cabra, y le ladró con rabia al profanador que intentaba callarlo lanzándole piedras. Al instante apareció en el agujero del sepulcro el cuidador de los muertos; un niño que se espantó cuando vio las dos bolas amarillas en donde tendrían que estar los ojos de hombre. Se escucharon gritos en el cementerio huraño, y el ruido de una muchedumbre que se iba acercando al agujero se hizo grande. Miguel Ángel vio su mano y la del muerto, y llegó a la conclusión de que era su mano, viva, carnosa y útil, la que tenía que cubrirse de las propiedades de la viscosa sangre de la criatura. Vació la botella entera en su mano, y la regó en cada rinconcito hasta que logró hacerse un guante de sangre. 
        Tomó el cuchillo con la seguridad de que la magia de la cabra haría de las suyas, y como si fuera a cortar mantequilla, pretendió cortar la mano del muerto. El cuchillo se resbaló sobre el pellejo podrido, al mismo momento en que Cusuco llegó a la conclusión de que se había equivocado de mano. Las señoras que se habían acercado, por el barullo del cuidador del cementerio, estaban alrededor de la fosa gritando y rogando a Dios por auxilio, mientras el niño no se cansaba de anunciar, a quien estuviera presto a la escucha, que “¡Un loco se ha metido aiy’ con los muertos!”. 
       El policía municipal llegó al agujero y vio, con la misma incredulidad con la que escuchaba las viejas anécdotas de sus padres sobre duendes, espíritus y cerdos con cola de serpiente, a un humano con ojos de cabra, con la mano ensangrentada, arrancándole a mordiscos la mano a un muerto. Aún y con su peso, el policía no temió en lanzarse al hoyo para detener al profanador; cayó, y antes de que pudiera sacar su macana para doblegar a la enfermedad diabólica de dos piernas que tenía enfrente, sintió el golpe de una pierna negra y putrefacta. Cusuco se había armado con su propio sable, repartiendo patadas al policía que gritaba al sentir los gusanos gordos y ligosos entrar sin problemas a su boca. 
          Miguel Ángel salió del agujero con la mano del muerto en la boca, bramando como demenciado para ahuyentar a las mujeres escandalosas y al niño que lo había delatado. Lanzó la pierna del muerto al perro, y salió corriendo rumbo a la calle principal de Mejicanos. En el momento que pensó en regresar por la Avenida Dolores, se le ocurrió rodear la ciudad, creyendo que era la mejor alternativa para evitar exponer al dios gitano, y liberar a Gabarri de cualquier sospecha. Se echó a correr, y se guardó la mano del muerto entre los pantalones por temor a que la gente se asustara al verlo con el miembro pútrido; si es que sus ojos de cabra, así les permitían darse cuenta. 
          No había alcanzado a llegar al centro de la ciudad, y ya había escuchado los disparos que los policías le habían echo desde las patrullas que le seguían. Cuscuco corría a la par de los autos dando largas zancadas y gritando “que se aparten les digo que ahí viene el diablo”, mientras golpeaba y empujaba a quien se le interpusiera en su escape. En el centro, ante el tumulto de personas que lo rodeaban, sintió que podía tomarse un respiro con un cigarro; lo de fumar no era porque él lo disfrutará, era, porque pensaba que Josefo Gabarri hubiese hecho eso, si a él le hubiese tocado estar en su lugar. La gente lo miraba y se apartaba de Miguel Ángel lanzándole “aves marías purísimas” y “padres nuestros”. A él solo le quedaba maldecir con obscenidades, abriendo bien los ojos y sacando la lengua, mientras mantenía un encabronada actitud
         Se sacudía la adrenalina, tosiendo el humo, y miraba con asco el color marrón que había tomado su mano manchada de sangre. La colilla del cigarro le hizo sentir cerca el final de su misión, y notaba que la gente que pasaba frente a él, caminaban agitado, corriendo la voz, entre tiendas y abarrotes, que un endemoniado andaba suelto en Mejicanos. El descanso le duró poco, Cusuco vio venir un carro cargado con agentes de seguridad municipal, que lanzaron disparos al aire; el susto lo llevó a la huida, y lanzó el cigarro aún encendido en una cumbre de basura que al instante prendió en llamas. 

             - ¡Está agarrando fuego este volado!– fue lo último que se oyó de los gritos que le llegaron al profanador antes de perderse en el laberinto de Mejicanos.  

En los callejones sucios y repetidos de la ciudad, bañado en su sudor, y con una comezón endiablada en la entrepierna, Cusuco terminó en un callejón con tope. Las sirenas habían desaparecido por completo, y desde ahí se alcanzaba ver el cielo manchado por una negra humareda. Inspeccionó el lugar, y pudo notar que en medio de las oscuridades que se formaban entre las casitas que bordeaban la callejuela, aparecieron, con inquietud y murmuraciones, las figuras escuálidas de unos tipos que eran los mismos, o parecidos, a los que le habían hecho pasar una noche de muerte. Todo dentro de él era una afonía en ese momento, el sudor de se le hizo escarcha en la piel, y sintió un agudo ardor en la herida. Oponiéndose al horror de sus recuerdos, Cusuco luchaba pensando en que él no era el mismo que ellos o los otros habìan matado; estaba seguro que ese miserable estaba tan muerto y cómo lo estaba de haber renacido en una nueva vida. En esa nueva vida, él, nada debía nada a los hombres, porque son todos los hombres, altos y bajos, buenos y malos, los que le deben a él por ser más que un hombre. 
         Se acercó a las sombras con el pecho inflamado y los puños hinchados, y vio la cobardía en el desvanecimiento de muchos que se perdían como un burdo sueño.

                    - ¡A vos ya te agarró la bestia! ¡Yedes a mierda de chivo! ¡Déjanos, ándate! –  Cusuco se detuvo, y les sonrió.

Cuando Miguel Ángel apareció en el centro de Mejicanos después de haber resuelto el laberinto, las cosas estaban peor que alborotadas. En todas partes miraba a algún policía con las manos en el arma, esperando encontrarlo para vaciarle el cartucho. El humo se había ido incrementado, y escuchaba a gente que gritaba algo acerca de un incendio y de la llegada tardía de los bomberos, y un helicóptero volaba en círculos por sobre la ciudad. Estaba escondido detrás en las ramas de unos árboles, y desde la altura craneaba la mejor forma de regresar hasta su hogar, donde seguro Josefo Gabarri lo aguardaba con la alegría y el honor, tarareos y guitarra, que su misión merecía. La ruta más sencilla, según Cusuco, era regresar por la misma calle que lo había llevado al cementerio; ya que para él, lo estarían buscando en ratoneras y quebradas, en medio de basura o escondido debajo de las mesas del mercado. El tanteo del sol le decía que no era demasiado lo que faltaba para que la noche llegará, así que no tuvo inconveniente en esperar.

El dorado atardecer que se iba refrescaba las calles, y borraba con sus delicadas brisas el humo que el incendio de un almacén había dejado. La gente comenzaba a regresar a sus hogares, vaciando las calles de Mejicanos sin prisas. Miguel Ángel, el profanador, se bajó del árbol y comenzó a caminar con cuidado por la vía; un aroma a quesillo quemado y vinagre, le recordaron que no había probado bocado en todo el día. El hambre, y la soberanía que los muertos y la muerte le habían dejado en los últimos momentos, le hicieron sentir poder y fuerza para entrar a la casita de láminas manchadas, y robar la comida que olía tan bien. 
           Cusuco pensó que si entraba gritando y sacudiendo la mano del muerto espantaria a la gente dentro de la casita, lo que le daría el tiempo para atiborrarse de comida. Se sacó la mano de entre los pantalones, y se llenó de aire el pecho para lanzar un aullido espantoso – inspirado en las agonías de la cabra que había degollado –, y se lanzó a la casita con toda la bestialidad que pudo imitar. Policías y bomberos, cansados de fuegos y de locos, comían bajo el techo de la pupusería La Morena; donde ancianas decrépitas palmean por eternidad las pupusas, pareciendo que en lugar de hacer costumbre hacían perfección. Los uniformados se atragantaron, y escupieron la comida, cuando vieron al monstruo de ojos de cabra gritando en el lugar. Su instinto, antes que la profesión, les hizo agarrar cualquier cosa para golpear al culpable de todos los males que se habían dado en Mejicanos esa tarde. El primer golpe le cayó en la cara a Cusuco, tirándole tres dientes sobre el suelo y dejando a la mano del muerto en el maíz con la que se hacen las pupusas. Todos los hombres lo golpearon, incluso se escuchó en la paliza a una de las ancianas de la pupuseria, gritarle “maldito, te reprendo por la sangre de Cristo”. 
               Magullado, al borde de rendirse, pensó Cusuco en Josefo Gabarri. Quedarse vencido era perder su promesa, amor y locura por el gitano, ya que su vida y libertad poco le importaba. El perder a Gabarri se le hizo inconcebible, y sin saber el cómo, los ojos de cabra se le encandilaron; de la boca echaba baba, y salían palabras que no entendía pero que si sentía el desgarrador y esotérico vigor de ellas. Todos los que estaban en la pupuseria se apartaron y se tiraron al suelo, porque, aunque Gabarri solo se percibía airado, ellos miraban al mismo demonio, soberano e infame, el macho cabrío de las pesadillas, que profería maldiciones y brujerías.
            Miguel Ángel sacó la mano del muerto del recipiente del maíz, salió sin prisa o  precaución, y buscó con sus tarareos hacer más entretenido el camino hasta la Avenida Dolores. 

Cuentan que varios de los hombres que vieron a Belcebú esa tarde, jamás volvieron a ser los mismos, y que los días siguientes a lo sucedido, el maíz  manchado por la mano del muerto, lo ocuparon para las siguientes pupuseadas; suciedad que hizo a La Morena, al menos por un tiempo, la mejor pupusería de todo el país. Hay quienes aseguran que afuera, colgado en la lámina de la casita, hay un letrero que dicta “Se necesita que nos echen una mano”.

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