jueves, 28 de marzo de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve" (Capítulo 7)



Es un fiambre.

No me atrevo a decir que esa mirada es la mirada perdida de un hombre confundido. Te aseguro Chiclana, que no puede haber tal cosa como una mirada perdida, lo único que puede estar perdido es el lugar, la cosa, lo que se busca con la mirada. Este ser tan deplorable, enfermizo y presumido, resulta ser un producto lógico de una tierra como esta. Que me perdonen los patriotas, si es que los hay o si los puede haber, pero yo no puedo llamar al Uruguay un país. Para que exista una patria deben existir los hombres y aquí los bueyes son la política y la democracia, ellos son la mayoría.

Aparecí a orillas del río Uruguay, dime, ¿qué es eso? ¡vanidad! estos creen que el agua conoce de palabras y divisiones y que, con el nombre, el agua se torna tibia de un lado y fría del otro. Obviando lo anterior, te soy honesto Chiclana, me abrumó saber que no a muchas zancadas de esa orilla está Gualeguaychú. Mi cuna es turderana, me gusta decir que nací arriba del puente, mis ideales se entretejieron ahí en Rivadavia, el corazón de cuchillero latió en Palermo por vez primera, pero la vocación de sangre es gualeguaychuense. No es que haya matado ahí al primero, pero ahí di muerte por primera vez a punta de voluntad y no de orden.

Desde Fray Bentos pude sentir eso que llaman el peso de la historia, esa densidad y volumen que me ha llevado desde aquella esquina oscura, maloliente y pegajosa de Gualeguaychú, hasta la puerta del moribundo, anatema y socio de mi enemigo, Ireneo Funes.

Todo aquel montaje uruguayo, lúgubre y patético dentro de una máscara de juventud, me resultó, en primer lugar, una lección moral sobre gente como tú: que esa vigorosidad y prepotencia juvenil es la caligrafía de la pudrición del espíritu. No importa que tan brillante sea tu vuelo Chiclana, o el vuelo del niño Funes, ambos son ángeles moribundos. Y, en segundo lugar, pensé que todo este asunto del uruguayo era solo un desesperado pataleo en un océano de miedo para seguir postergando nuestro encuentro; ingeniosa y triste estrategia para mantener tu carne y sangre a distancia de mi cuchillo. Pero a pesar de lo uno y lo otro, no todo ha sido pérdida aquí en la casa de Funes; pero eso no significa que en la ganancia haya algo para ti.

Es imposible no admirarse de lo que me limitaré a llamar ‘capacidad’ de Ireneo Funes. En lugar de abonar al ‘relativismo’ del que siempre te he acusado, Ireneo nos enseña que la realidad no es cosa de puntos de vista, es asunto de vista. Llamarlo impresionante, magnífico, son palabras que resultan inadecuadas para un sujeto que sufre, que ha dejado de vivir la realidad para inventarla. La sensación de vida, el disfrute, radica en la ignorancia de algunas cosas y la remembranza de otras, porque entre más se parezca a un sueño la vida, más vida es.

No creo que haya nada de ‘kármico’ en este asunto uruguayo. La parálisis de Ireneo no es justicia por el mucho saber. Su parálisis es proporcional a su tullimiento moral, de no ver más mundo que el del recuerdo. ¿Por qué el hado le daría piernas al hombre que disfruta más de la fotografía que del modelo? La locura más grande es hacer que algunas cosas sean más reales que la realidad, solo porque no les gusta el carácter ficticio de la realidad misma.

El fideo me habló en latín y arameo, recitando viciosamente libros crípticos y anticuados, cosa de fácil sorpresa al esnobista, molestia de un hombre pragmático. Me habló de imágenes que alguna vez fueron realidad y caos, pero la admiración se evaporó Chiclana, porque cuando el niñito atropelló sus obsesiones con ideas como “reflejos interminables en un tetraedro de espejos", “los mundos que se esconden dentro de otros mundos”, “pero hay uno, ya que este que te habla no cuenta por estar más cerca de Medusa que de los hombres, que viene y va dentro de los agujeros, que salta entre ellos como niño chapoteando sobre los charcos”, terminé encontrando la causa de tu rebeldía, aquel cuentito de la siesta que te hizo pesadilla la vida.

Siento pena de Ireneo, pero no de ti.

No interrumpí al pobre diablo en sus entelequias y puedes tener la seguridad de que no me vi seducido por el olor de sus entrañas bajo el criterio de que entre tú y él existen simpatías y acuerdos, quizá más fuertes que las que tuviste con el cretino de Careno. Tú y yo sabemos que matarlo sería un alivio para este miserable cautivo del saber y del recuerdo. Además, no le queda mucho, así que dejarle vivo no es cuestión de misericordia, es crueldad.

Pero lo he mencionado antes, no ha sido una total pérdida esta visita al buey de los tres ojos.

Resulta, sin ánimo de parecer analista, que toda la tabarra de Ireneo, como un chiste, contiene medidas de razón y verdad. Su ‘capacidad’, ese trastorno portentoso, es una guarida de secretos que han venido a levantar los escombros mentales dejados por los ‘pasos’, ‘saltos’ y ‘secciones’ que he tenido que vivir.

Ireneo me ha contado sobre él, ‘el niño saltador de charcos’, motivo central de esta cacería: Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo.

Pero eso no es todo.

Las piezas de este puzzle son el mandato, el Sr. Borges Acevedo, Los Angelitos, evidentemente tú, el concilio, mejor dicho, los Hombres del Secreto, la Gente de la Costumbre, los hombres de la Secta… te das cuenta Chiclana, ahora ya sé lo que ya sabía.

Te tengo que matar porque aún prometiendo lealtad al Secreto, aludiendo a los priores, ‘te sigues moviendo’. E por si muove. ¡Lo ves! ¡Ahora ya entiendo porqué mi fascinación con la cita al final de cada carta! ¿Cómo es posible que, aun sabiendo el Secreto, mejor que muchos de nosotros, tengas que seguirte ‘moviendo’?, ¿acaso no conoces la palabra satisfacción y conformidad y, encima de ellas, lealtad?, ¿nunca oíste de la boca de tus mentores “ya fue suficiente”?, entre tantas reflexiones ¿nunca concluiste que hasta el mismo horizonte tiene límites? Los priores me han mandado a detenerte, proteger así al Sr. Borges Acevedo y preservar el Secreto.

Pero eso no es todo, hay más. 

Estas travesías entre ‘secciones’ son mi culpa, por haber cedido a tus encantos y palabrerías, justo antes de darte la puñalada sobre Rivadavia mientras caminabas hacia Los Angelitos en 1956. Lo recuerdas, ¿no es así?, lo recuerdas porque Ireneo lo recuerda por todos nosotros. Lo recuerdas, así como recuerdas a Moisés, a Charlotte Corday, a Harry Houdini y Harry Kellar, lo recuerdas tan bien como yo recuerdo a Akhenatón en adoración al dios único en el centro de Akhetatón, lo recuerdas, así como veo las lágrimas de Iván Vasilyevich ante el cuerpo muerto y caliente de su hijo asesinado por sus manos. Lo recuerdas tú Chiclana porque yo Iberra lo recuerdo.

Basta de palabrerías, hasta aquí de búsquedas, de inquisiciones epistolares y odios impersonales, te quiero frente a mí, ahí donde el acto quedó suspendido a las afueras del café, al calor de la calle y el barullo de los automóviles. Olvidémonos de tugurios históricos, volvamos al fondo de nuestra maceta, que ya mucho hemos estirado las raíces sobre el vergel de los tiempos. No intentes convencerme más, no más labias, que bien te han servido para huir y flotar lejos de mí.

Lo irónico en todo esto, es que hasta ahora después de tantas cartas y de haber logrado con tus letras una magnífica obra contigo mismo, obra inmaculada, inalcanzable y sacra, tus huidas, tus distancias, tus enigmas, se resumen en una de las cosas más antiguas que resumen la vida misma de los hombres: el miedo a morir. Por muy santo, siempre cagas, y por ello se que te cagas del miedo. Por muy demonio, siempre comes, y comes ansias al saber que tu muerte se acerca. Por muy etéreo, te cansas, y soy yo quien se ha cansado de seguirte viendo como un fantasma lejano de los hombres, cuando no eres más que defecaciones, hambrunas y carne, como el resto de nosotros. No huyas más, acabemos con esto. No me asustas con tus muchas realidades y tus existencialismos de angustia, la única cosa que nos concierne después de tantos años, son los cuchillos y la sangre. Si eres tan diestro, si el cuchillo así lo quiere, quedarás en pie y yo bajo tu zapato, prestó a recibir la suciedad de tu tacón en mi cabeza. 

Si sigues en tus ‘movimientos’, procura que sea en una sola dirección: calle el Rincón, avenida Rivadavia, 1956. Nuestra Argentina.

Apresúrate, que ahora soy yo quien se mueve.


Ñato Iberra.

Fray Bentos, “Uruguay”, 1882.

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