lunes, 30 de septiembre de 2019

Series CBE: El último Perolero (Parte 3)




Cabra

Martín Lay (2019)


Miguel Ángel ‘Cusuco’, contrariamente a lo que él mismo pensó en su agonía acerca del deber para con la vida, sus promesas y pendientes, decidió quedarse sin ápice de duda con Josefo Gabarri. No le importó dejar en un charco viscoso de lágrimas a su madre que lo daba por perdido, le dio igual que su mujer se golpeara la cara para evitar esos pensamientos que le decían que su marido había muerto, y poco significaba para él que los amigos hablarán debajo de la luz de los postes, en las acaloradas noches de su barrio, de cómo Cusuco había fracasado. Josefo Gabarri nunca le negó la salida para que fuera con los suyos, es más, hasta le insistió en que dejara su hogar en orden y que volviera a cumplir su promesa, porque un corazón limpio y en paz, es un corazón dispuesto a todo, sin estorbos ni distracciones. Pero Miguel Ángel le dijo que no, que había concluido que su fracaso, su muerte y desaparición era el punto final, el cierre de una vida que ya no era suya, que de manera aberrante, casi diabólica había resucitado de entre los muertos en un paraíso de cachivaches, desperdicios, telas y peroles, respirando el amargo aroma de los cigarros, sintiendo el calor que le quemaba la cara, soñando con la melodiosa guitarra y el tarareo profundo y ancestral del samaritano y ardiendo de pies a cabeza por un fuego que crece cada día en su pecho y que por primera vez le hizo sentir su corazón, más que a la izquierda, en el centro.

Una mañana de marzo, Cusuco se levantó mucho antes de que el sol se asomara sobre los bordes del horizonte infinito, se guardó en el bolsillo el cuchillo de mango negro, se enredó un tecomate y una botellita en el cuello, y con la dulzaina herrumbrosa en la boca se fue caminando en dirección a la calle principal, debajo de la pasarela roja de la colonia Zacamil.

Llegó antes de las seis de la mañana al lugar indicado, no había señales ni de hombres, ni de cabras, pero había rebaños de autos que iban y venían por la calle hasta perderse en número por lo incontable que resultaban, lo que le permitió entrever a Cusuco, que hiciera lo que hiciera y sin importar como resultara, miles de ojos lo verían robando a un desdichado su cabrita. Sintió nerviosismo, pero no pensó en escapar. Su devoción nada tenía que ver con el miedo y mucho menos porque su palabra tuviera valor para él, era simplemente por Josefo Gabarri, por estar con él, por emborracharse cuanto fuera posible de su diablura, de su malicia, de sucumbir a diario en ese misterio oceánico, porque creía que en él sin entender la razón que le daba soporte a esa idea, existía no solo una verdad, sino esa verdad específica que podría darle un sentido a una vida que para él jamás tuvo.

Mientras soplaba la dulzaina y zapateaba el concreto, ensayado como de costumbre, Cusuco escuchó crisparse el ambiente. Las cabras le parecieron, a los lejos, sibaritas de un gozo que los hombres desconocían, su balar eran alabanzas primigenias, inocentes y santas a las cosas que siempre existieron antes del mundo de los hombres. La expresión de maravilla de Miguel Ángel se trastocó en aflicción cuando vio venir al hombre de las cabras, un rabioso de carne y hueso,más alto que Cusuco, tres veces el grueso de él, con una espesa barba negra que el cubría la boca y que con un solo brazo dominaba a las ocho criaturas.

Cusuco no tenía idea de cómo robarle a esa bestia. Ante el menor movimiento de delito, ese titán cabrero lo tomaría con sus brazos y le rompería como conejo seco, la columna y la madre. Pero el peso del amor que se gestaba en Miguel Ángel por Gabarri, esa gravedad inescapable, le hizo respirar profundo y entregarse en manos de un destino que ahora estaba en las manos del dios de todos los gitanos. El plan que se armó en su cabeza tenía todo de estúpido, pero brillaba de eficiente. Cusuco creía que, noqueando a la mole, agarrado del precedente de victorias de los pequeños sobre los gigantes, era la mejor forma de robar la cabra que ya había visto cantar con animosidad. Esos sonidos jubilosos que emitía el animalito eran señal de que Miguel Ángel había sido reconocido como el rostro de su trágico futuro. 

Tomó una enorme piedra, que la gente que ha hecho de la acera un mercado utiliza para amarrar los plásticos que cubren sus cabezas del sol, y esperó a que el gigante, que ya comenzaba a servir las primeras leches, se volviera a agachar para propinarle un golpe en la cabeza y dejarlo inhabilitado. Una vez dormido y soportando el escándalo de los transeúntes o los pitos de los autos, tomaría al animal y correría hacia un predio que divisó de camino a la Zacamil. En ese llano lugar, donde llega la basura de alguna comunidad, mataría a la cabrita y llenaría sin problemas los dos recipientes de sangre; el tecomate para Josefo Gabarri y la botellita plástica para él.

El gigantón, con destreza y gentileza para con el animal, estaba ordeñando a una cabrita mientras dos mujeres esperaban sus respectivos extractos. Cusuco agarró la piedra y la descargó con crueldad sobre la cabeza del cabrero. No se sabe si la piedra era una fachada de la tierra endurecida por el sol o si la cabeza del hombre era de acero o era la verdadera piedra, pero lo que sí se sabe es que Miguel Ángel se quedó con polvo en la mano y con un descomunal ogro al que le hervían los ojos. Cusuco, viendo cómo su ingenio se hacía añicos como la piedra, agarró la cabra de la mancha negra mientras el cabrero se levantaba furioso, una de las mujeres se desmayó y alguien desde un carro gritó “¡Jue´puta, que pijazo!”.

Miguel Ángel se echó a correr con el animal entre los brazos. Mientras corría sobre la calle principal, escuchaba los carros haciendo sonar las bocinas y por encima de eso, oía la voz de la montaña que se había desbocado en odio sobre él que era el ladrón. Sintiendo el peso de la cabra y la desesperación de sus gemidos que eran la mismísima voz de los infiernos, se le ocurrió, en otro atisbo de buen genio, cambiar los planes del predio y degollar al animal mientras corría por su vida. Buscó la manera de sacarse el cuchillo del bolsillo y, cuando lo hubo dominado, agarró al animal por el pescuezo y el alarido de la cabra se hizo más espantoso que hasta él mismo tuvo miedo. En carrera, con la mano del brazo que cargaba el animal del cuello, logró tocar la mancha negra en el centro de la cabeza. El cansancio y la angustia, el terror y la obligación, hicieron que Cusuco pusiera, para su mala suerte y la de Gabarri, solo cuatro de sus dedos. Con la otra mano lanzó la hoja mortal sobre el cuello del animal, que tenía un cuero fibroso e impenetrable que hizo que el ladrón lo intentara abrir a puñaladas frenéticas, pero el pescuezo no cedió.

El cabrero que estaba cerca de atrapar a Miguel Ángel, que ya poco le faltaba para hacer del Cusuco un cabrón muerto, vio que el ratero con su cabrita venían echando sangre por toda la acera, y a la vez escuchó un horrible sonido que solo se escuchan en los mataderos de animales. Y es que Cusuco, el siervo de Josefo Gabarri, después de tanto esfuerzo en la corrida y la desesperación, logró rajar el cuello del animal que se desangraba en la calle principal de la Zacamil. La gente que los vio quedó estupefacta ante la locura de un hombre que degüella cabras mientras corre. La sangre salía a borbotones y un río carmesí mojaba el asfalto de una calle que comenzaba a sufrir las inclemencias de un clima que no aguardaba por lo alto del sol para liberar el calor. Sabrá Dios de las virtudes de Miguel Ángel, que han de ser muchas, o al menos las necesarias para enfrentar el día a día, pero que en lo que respecta a llenar recipientes de líquido mientras se está en movimiento no debe figurar entre ellas; Cusuco apenas logró llenar a la mitad el tecomate y dejó casi vacía la botellita. Si fuera suficiente o no, Cusuco no lo meditó, tiró al animal en agonía en plena calle para que algún auto le hiciera la misericordia de acabar con su vida, mientras el gigante se derrumbaba en llanto al ver a su cabrita morir como un perro sarnoso.

Con aroma a leche, orina y heces, aroma a cabra en su ropa ensangrentada, Miguel Ángel corrió una gran distancia por Mejicanos, para llegar al reino que ahora compartía con Josefo Gabarri, su amo, su salvador, su dios. Iba sonriente, cargando la sangre del cabrito en el tecomate y la botellita, entusiasmado porque algo había hecho para alcanzar un paso más en el excelso camino que se había imaginado al servicio del gitano.

Llegó a la avenida Dolores, su hogar. Josefo Gabarri, que acaba de quemar menta y hoja de papaya con su boca, dejó la guitarra y la mecedora bailando cuando sintió en el aire el aroma a sangre de animal. Salió del reino medio vivo y medio muerto para recibir a su siervo, al magnífico e inesperado enviado de la providencia, que ahora le servía con devoción y fidelidad. Distinguió su silueta y una soberana alegría le embargó el corazón, incluso creyó que el agua que cayó de su ojo no era sudor, sino que era una lágrima de esas que dicen que solo son y pueden ser de felicidad.

Entre más se acercaba el siervo fiel, a Josefo Gabarri se le borró cuanta señal de algo puede tener el rostro, y dijo, más para él que para Miguel Ángel:
- ¿Qué hiciste? 
- ¡La cabra! ¡La sangre! ¡Lo he logrado Josefo! – Cusuco dio un saltó de emoción cuando le respondió.
Josefo Gabarri se fue para el castillo de desperdicios y, después de hurgar en el carretón, regresó con un trozo de cristal, un espejito sucio y quebrado. Aunque mantuviera la boca abierta, nada se asomaba a la boca de Gabarri, ni siquiera el aire, y Miguel Ángel, atribulado por el mucho silencio y falta de mérito y honor, tomó con zozobra el espejito. Cuando vio en la imagen que se proyectaba sobre el cristal, no solo vio la ropa curtida de los fluidos del animal y la sangre que le cubría el pecho y la cara, las manos y el pelo, sino que ahora en su rostro había dos esferas amarillas, brillantes, fulgores de una tierra desconocida para el hombre, pero familiares para el animal, donde había dos alargadas lagunas negras y repugnantes, que le perturbaron más que su propia muerte.

Y es que todas estas cosas las vio Cusuco con sus ojos, sus enormes y amarillos ojos de cabra.



domingo, 29 de septiembre de 2019

Series CBE: Y sin embargo se mueve (Capítulo 9)

Interior del 'Café de los Angelitos'

Lo que ha dado alcance a ese movimiento, imperceptible y delicado de lo que parecía estático, ha sido la fugacidad. La escena es más un tornado que arranca las raíces de la vieja montaña, que el viento del norte que fracasa en su tentativa de quebrar los delgados árboles del jardín inglés. El hombre, viejo y silencioso, que yace en la biblioteca apoyado, quizás innecesariamente sobre su bastón, no puede ver, al menos no como suelen hacerlo el resto de los ojos, el momento en que la ráfaga violenta ahuyenta al monumento que es semblante de muerte. El viejo del bastón, cuyos ojos grises guardan el secreto de los sentidos, estuvo a punto de morir por el filo de un cuchillo que se alzaba como espada guerrera por sobre todas la cosas creadas, pensadas y olvidadas que merodeaban la tarde bonaerense.

Esa turbulencia se hizo lo que mejor podía hacerse: un hombre. Un hombre que salió de la nada, sin rastros de portal, sin señales de una ruptura en el entorno, sin quebraduras o rasguños sobre el tejido de lo que siempre se ha creído el fondo del teatro de la vida, a la que muchos llaman ilusión y sueño. Un hombre con cuchillo, esa estatua de penitencia ha sucumbido bajo el hombre que emergió del caos, y este accidente ha hecho que el viejo del bastón, que ya comienza a abandonar el lugar, resguarde por unos cuantos instantes, sean días, meses o siglos, el poco espacio que utiliza.

Nadie más ha podido presenciar el salvajismo que se da al interior de la biblioteca, donde la luz crepuscular poco a poco comienza a abandonar los estantes con los libros empolvados, advirtiendo la llegada de una pesada oscuridad. Son dos hombres los que pelean, mientras el viejo con su bastón anda y escucha los gemidos y la glosolalia que son propias del aparato humano. En la escaramuza no hay nada de animal, hay todo de hombres, hay todo de dioses, hay todo de muerte. La mucha niebla, ese fango blanco sobre la carne del ojo, no es obstáculo para que el hombre del bastón sepa de qué se trata el alboroto, que alguna vez fue murmullo en el ensueño y ahora es certeza punzante. Está seguro de que los jadeos vienen de la boca de un hombre que no esperaba conocer tan pronto, que cuando lo hizo este hombre lo cuestionó, y habrán sido sus respuestas o la falta de ellas las que hicieron que sacara de debajo de sus ropas el fierro que hace un momento alzó como instrumento de muerte. El otro hombre, al que se le escucha balbucear, es el hombre que surgió del ilocalizable punto de donde emerge la imaginación, un lugar casi inexistente para el resto de las cosas.

El primero de aquellos, sabe el hombre de los ojos grises, es Jacinto Chiclana. El segundo es Ñato Iberra. Ambos hombres, ambos ficciones, ambos enredados como las serpientes que reptan el caduceo de Hermes. Uno de esos hombres ha descubierto el secreto, y con ello el dolor, la caída de la ilusión en aquel que ya es una ilusión; pero el hombre del bastón admira esa titánica vitalidad, que es coraje y amor por la verdad que ha llevado a este cuchillero a bailar al borde de todas las muertes. El viejo que camina sobre la Plaza Dorrego sonríe para sí, porque ha vuelto a confirmar que hasta las ideas son tan fieras, hirientes y duras como lo son la piedra, el acero y el diamante. El otro hombre, el que detuvo el asesinato, también sabe del secreto, pero prefiere preservarlo y serle fiel a la vieja doctrina de ver, oír y para siempre callar. Ambos hombres son imagen del hombre de los ojos grises, son contornos de su rostro, son facciones y muecas de una cara que se enrojece con el sonido de los cuchillos, el calor de las historias y las chispas de dos corazones en llamas.

- ¡No tenías por qué matarlo!, ¡mi hermano nada tenía que ver con lo nuestro! – gritó Ñato Iberra que había sumido el cuchillo en la pierna de Jacinto Chiclana.

- Tu hermano está tan muerto como tú, como yo, como todos. Ese brujo que va ahí... ¡él es la muerte! Matarlo sería la única cosa de vida que podría hacer – dice Jacinto Chiclana, que le ha abierto la cara a Ñato con su cuchillo, como si fuera una delgada hoja de papel.

El hombre del bastón se hace de fuerzas para seguir andando. No tiene miedo a la noche, no le huye al frío, ni mucho menos al destino. En ese momento donde ha logrado dejar atrás la calle Humberto, ha llegado a la terminación de una serie de posibilidades que dicta lo siguiente: la disolución de Chiclana, el ángel de la muerte, será similar o igual a la magia que le trajo a este tiempo y lugar a Iberra. En ese mismo momento, Ñato, el ángel de la vida, que habrá de tener el rostro completamente pintado con su misma sangre, se lanzará sobre el humo dejado por el otro y, olfateando el tiempo que es camino oscuro y confuso, logrará como un perro llegar a 1977, a una calle empolvada de San Juan, para atestar un cuchillazo en la espalda del zorro de Chiclana. Estando los dos espectros heridos, la gente les verá y gritará; y sucederá que aquellos que no les hayan visto, por hechizo de las dos sombras, escucharan los tambores de una mitología perdida que, a veces, sin saber de qué se trata, la han sentido cuando han escuchado en la taberna, allá en los apartamentos miserables del barrio, el sanguinario tango o la torturada guitarra de la milonga. Aquellos que miren a esos dos hombres, arañarse, morderse y acuchillarse, verán en esa masacre el fantasma de un gaucho; escucharán una vieja voz que se libra de las impertinencias de la lengua y sentirán el fulgor de quien solo conoce el desierto, el fuego y la mística del dios bovino. Con ese espectáculo de saliva, sudor y sangre, en lugar de pesadillas tendrán sueños de una tierra que conocieron pero que han olvidado.

Mientras él deja la Vera Peñaloza, la noche por fin se ha posado y la blancura de sus ojos brilla más que el sol que alumbró el rostro de los primeros hombres. Sabrá el viejo que el ángel y el demonio que hace un momento se desangraban en San Juan, se esparcirán tal polvo en el desierto, para aparecer, como ilusiones de una magia vieja, en 1944. En ese tiempo, ahí en Santa Fe, probablemente escucharán la campana de Nuestra Señora de Guadalupe, probablemente la lluvia caerá, probablemente nadie les verá, pero seguro que Jacinto Chiclana, habiendo tirado su cuchillo en una enlodada baldosa, tomará de la cara a Ñato Iberra cuando este le haya hundido el cuchillo en las costillas. Aunque el dolor será punzante, sabe el hombre de los ojos grises que el costado atravesado es ya fortaleza de los hombres; y aquí Jacinto Chiclana hará crujir entre sus manos y el concreto la cara de Ñato Iberra. Saben los ojos del viejo que para Ñato aquello no significa nada, que no hay dolor que pueda quitarle el rostro endemoniado, delirante y sádico que se ríe bajo la lluvia. Jacinto Chiclana, al ver al poseído, se serviría de la culpa y aunque sea por un instante se arrepentirá de la traición cometida al secreto. Pero en el momento en que el demonio le de un zarpazo con sus garras sobre el pecho y le arranque, no solo las ropas que se han ido deshilvanando entre ‘pasos’ y ‘pasos’, sino también la carne caliente; se llenará de garbo y de una furia que exterminará la idea del perdón. Sabe el hombre del bastón, que se detiene y levanta su mirada, que para cualquiera de los dos hombres no hay otro destino que no sea a manos de su adversario.

Jacinto Chiclana, embebido de romana fuerza, de griega precisión y medieval voluntad, sacará de entre sus ropas corroídas otro fierro, uno pequeño, recuerdo del aguijón que torturó al apóstol, que servirá para perforar uno de los ojos de la gárgola. Antes de que haya salido la ensangrentada punta, el único ojo de Ñato Iberra podrá ver como la humedad de Santa Fe se desvanece en vapor, y deseará por un instante haber muerto en la picada del animal. El hombre del bastón sabe que falta poco para llegar al hogar. La recurrencia, la cotidianidad, le dictan que no falta demasiado para tocar la puerta, para entrar a la guarida, que bajo la geometría no es más que la manera de una osamenta, huesos de madera y concreto que lo contienen a él, un alma; y sabrá que en el momento de abrir de la puerta esta crujirá por mandato de la costumbre mientras a su vez sonará, en otro lugar y tiempo, el crujir de un brazo desarticulado, el crujir de una mandíbula que cuelga, el firmamento quebrándose el día en que será juzgado el corazón de Ñato Iberra.

La puerta se ha abierto y el anticipado rumor del uso y el deterioro no se ha presentado. Al hombre del bastón le encantaría ver qué ha sido del desdén en la mecánica que ha traicionado las costumbres del oído y del destino. No se molestará en buscar una respuesta en la puerta, ni siquiera con la ayuda de las manos que se han vuelto diestras y acertadas en el arte de ver cosas, ya que la causa está a una distancia inconcebible, imposible. Desde una ignota topografía ha venido reverberando, como la cuerda de la trabajosa guitarra fatigada, un cambio en la sucesión de una lógica predispuesta para todas las cosas, y ese milagro ha permutado el pentagrama del cosmos. El viejo de los ojos grises, apoyado en su bastón, por razones que solo él conoce, suspira la profundidad, que es consciencia de la incuestionable conclusión que afirma: el maniqueísmo de hace unos minutos, en las manos de esos dos hombres, es ahora religión de años, de centurias o milenios. Estos han muerto en un giro de lo siempre grande, rebelde y salvaje, el mundo y sus milagros.

La intemporal tragedia desemboca a las afueras de un café, uno muy conocido, uno del que todos hablan, uno que ha sido testigo de miradas, bocados y bocanadas, tragos de licor, de té, de eso, de café, como un faro que atestigua una insólita escultura que adorna de manera violenta y no sin cierto sentido de lo macabro – dirán por ahí, de lo fantasmagórico y lo diabólico – una composición roja, enferma, una efigie terrible de la vida subvertida. En ese exceso de vitalidad erguido en Rincón y Rivadavia, hay, si bien dos cuerpos, también cinco brazos de los cuales dos pares deberían pertenecer a esos hombres que alguna vez se sentaron a disfrutar del calor, la buena plática o el plácido silencio del café Los Angelitos. Esa aberrante masa de sangre, de manos, de cabezas, de rostros con las formas ocultas en la deformación y la espesura de los fluidos, son Jacinto Chiclana y Ñato Iberra; y un anónimo brazo que podría considerarse tan milagroso como misterioso.

El viejo de los ojos grises que ya ha alcanzado el lugar donde los olores ejercen su hipnótico poder que llama al descanso, se ha acercado a la mesa, llamado por el aroma del guisado que esa noble alma que cuida de la casa le ha dejado para cenar.

El sobre que descansa en la mesa es áspero y el hombre del bastón conoce el papel de inmediato; ya que ese papel tiene una identidad que entiende sin necesidad de la mucha tinta que escribe un nombre en su amarillento color: Fénix. Jorge Luis Borges se ha dejado caer en cavilaciones gracias al sobre en su mesa y lo sucedido aquella tarde. Ha decidido pasar la noche y la madrugada navegando en ellas, mientras espera que llegue el amanecer junto con el alma caritativa que le ayuda en el hogar, que tendrá que encontrarse con un guisado frío, una carta para leer en voz alta, y un ciego que sólo Dios sabe qué es aquello que tanto piensa.



Capítulo 8          |          Capítulo 10

sábado, 28 de septiembre de 2019

Series CBE: El último Perolero (Parte 2)

Conejo
Marta Bercebal (2009)




Miguel Ángel, a quien conocen como 'Cusuco' por tener la espalda encorvada, abrió los ojos para encontrarse con el rostro burlón de un hombre de piel quemada, pelo amarillento y enredado, y unas enormes cejas plateadas que robaban toda la atención de la cara. Intentó moverse pero el dolor en el pecho no le dejó, solo pudo tocarse la herida cubierta con trapos calientes que despedían un hediondo aroma a pimienta. Cusuco siguió viendo la cara que se reía de él, y quiso preguntarle qué es lo que había sucedido la noche anterior, cuando notó que la boca la tenía tapada con varios centímetros de plástico. 

- Quiero platicar contigo sin darte muchas explicaciones, por eso el plástico. Tienes cara de hablar mucho y entender nada - le dijo Josefo Gabarri a Cusuco, sentado en su mecedora, rascándose la planta de los pies - La he sacado - y Josefo le enseñó, entre el índice y el pulgar, un proyectil. 

El dolor, la sensación de agradecimiento y el alivio de seguir con vida, no eran lo suficiente para que Miguel Ángel se sintiera alegre, el rostro, la burla, y la boca amordazada le hacían sentir náuseas y angustia. Se quedó con los ojos bien abiertos, quieto, y prestó todo su empeño en escuchar lo que ese samaritano malicioso tenía que decirle. 

Se presentó cómo Josefo Gabarri, nombre que de entrada, Cusuco, creyó una farsa. Le dijo que poco o nada tenía que saber acerca de él y su historia, que su relación estrictamente estaría basada en una deuda, cualquier forma de librarse del pacto que ya tenían, era una pérdida de tiempo porque él había cumplido con cabalidad su parte devolviéndole la vida, y esperaba la misma exactitud para con los cinco asuntos que Cusuco, desahuciado, había prometido cumplir. Asuntos, enfatizó Josefo, que él no tenía porqué cuestionar y que si pensaba algo al respecto y llegaba a alguna conclusión, tenía que quedarse callado. Una vez terminado su trato, Miguel Ángel quedaría libre para hacer, decir, escribir, confesar o denunciar lo que quisiera al respecto, y dejó establecido, como roca inamovible, que la única ley que prevalecía entre los dos, era la ley a la que están sometidos todos los deudores. 

En la medida en que Josefo Gabarri hablaba, Miguel Ángel comenzaba a notar que el corazón se le aligeraba, que el nerviosismo desaparecía en cada gota de sudor. Detrás de la voz de ese samaritano, había una seducción que se escurría en los bordes de sus palabras, en los bordes de sus ojos, cubría, como seda lujuriosa, los movimientos de los dedos cada vez que se escondían y aparecían entre los nudos del cabello. Miguel Ángel sentía un apetito por Josefo, no solo quería saber de él, no solo quería saber su pasado u oficio, quería algo de él, algo de su espíritu, algo de eso que se notaba cuando quedaba en silencio con la boca torcida sonriendo malvadamente, quería algo de eso que pasaba en las gruesas manos cuando se agarraba los largos cabellos para seguirlos enredando. Entre más se embebía de la imagen de Josefo Gabarri, Cusuco era más pequeño, sentía más culpable el nudo de tristezas atravesado en la boca del estómago, se sentía menos que nada. 

Gabarri le explicó las cosas en el orden en que tenían que ser ejecutadas, por lo que Miguel Ángel pensó que los favores respondían a un solo propósito; el cual, tendría que ser una deformidad de lo normal, de eso que él creía normal, sin importar fuera lo normal bueno o lo normal malo, es decir, esa normalidad que espera que todos los hombres y mujeres entiendan. 

El orden inicia con una dulzaina metálica y oxidada, que con el contacto de la boca desprendía trocitos de metal enfermo. Cusuco tenía que ensayar todos los días hasta el fin de sus servicios, una melodía desesperante que solo tenía dos sonidos, cuya diferencia entre uno y el otro, es que el segundo sonaba en un tono más bajo que el anterior. Josefo le insistía a Miguel Ángel que por simple que parecía la ejecución, requería persistencia y dedicación para mantener la calidad del sonido y el tiempo ideal de la música. 

- Si llegas a tocar la segunda nota… - Gabarri hacía sonar la dulzaina - antes del cambio... - y pegaba con el pie en la tierra en cortos lapsos de tiempo - puedes hacer que todo, todo, se vaya directamente muy-a-la-mierda, y si eso sucede, tu, te vienes conmigo. 

Lo segundo que le dijo Josefo a su ahora siervo, fue que tenía que ir a la colonia Zacamil, no muy lejos de la avenida Dolores. Tenía que estar a las seis de la mañana debajo de una pasarela roja que se erguía sobre la calle principal, y esperar a que llegara un hombre con sus cabras. Ese hombre se detiene en ese lugar todas las mañanas para vender leche recién ordeñada de las cabritas a la gente que se dirige a su trabajo. Una vez ahí, Cusuco tendría que encontrar la manera de robar una de las cabras de este hombre, una cabra gris con un parche negro en el centro de la cabeza. 

- No será fácil. A esa hora pasan cientos de carros, el tráfico es de locos; hasta puede que hayan algunos policías de tránsito. Lo otro es que la gente que camina en la zona te vea, o quien sabe, hasta pueden llegar a intervenir. Pero si tienes suerte y logras robarle la cabra, lo difícil va a ser encontrar un lugar donde degollar al animal, para evitar que el ruido que haga te delate. 
- ¿Degollar? - era la primera vez que hablaba Miguel Ángel después de que Josefo le quitó el plástico de la boca. 
- Si, degollar. Lo tienes que hacer con cuidado - le entregó un cuchillo delgado, parecía un picahielo, y tenía el mango pintando de negro con unos símbolos dorados y diminutos - Presta atención: antes de rajarlo, ocupando la mano derecha, debes estar seguro de que tu mano izquierda está tocando la mancha negra de la cabeza. Tus cinco dedos tienen que estar en la mancha negra. Un pedazo de dedo que te quede afuera, no solo va a arruinar la sangre, también la cabra te puede maldecir antes de morir. 
- ¿Y qué tipo de cabra es? - Cusuco preguntó con ironía y se retorció de un repentino dolor en la herida, un dolor que le hizo pensar que esta vez  moriría. 
- No es broma nada de esto - Josefo le susurró al oído a Miguel Ángel, mientras chillaba de dolor. Cuando pudo abrir los ojos enrojecidos del llanto, vio que su samaritano le enseñaba un soga con tres nudos coloreados de morado, rojo y azul. Y antes de que se atreviera a preguntar, Josefo apretó el nudo rojo y Cusuco una vez más volvió a sentir la muerte. 

Después de que Miguel Ángel se hubo recuperado de los dos golpes agonizantes, el encanto y la obsesión que se había ido formando por Josefo Gabarri se había acrecentado en una mezcolanza de terrores y pasiones que jamás antes había sentido por algo o por alguien, y desde ese momento sentía que una llama le quemaba la piel, una electricidad le recorría en cada golpe de corazón y que el aire que le entraba por la boca se le hacía agua en los pulmones. Entre más se moría, Cusuco era más vida. 

Josefo Gabarri se puso a fumar romero y tabaco, le había dado de tomar algo caliente a Miguel Ángel, quien no se atrevió a preguntar qué era y que le hacía la lengua áspera.

- No lo tome a mal. Lo que quiero decir es ¿cómo voy a hacer eso en pleno día? Me verán, ya de por sí lo de la cabra está arriesgado, pero arrancarle la mano a un muerto, dígame ¿cómo se la arranco? No puedo andar en la calle con un corvo, además ahí hay seguridad, habrá gente… - Cusuco le hablaba a Gabarri con desesperación, porque sabía que no tenía alternativa, tenía que hacerlo. 
- Ese mismo cuchillo te va a servir y, además, la sangre de la cabra la vamos a ocupar para ayudar en esa situación. Cuando tengas al muerto enfrente, mojas la mano de sangre, sangre que puedes guardar en esta botellita, y una vez roja la mano veras como el cuchillo corta sin problema toda la carne hasta el hueso. Lo único que tenes que fijarte es que el muerto haya nacido en 1932. No importa si es hombre, mujer o niño, tiene que ser de ese año. Si no lo haces de esa forma, lo fastidiaras todo - inhaló el humo de las hojas, y con eso terminó de explicar la tercera cosa que Miguel Ángel tenía que hacer.

Cuando el samaritano le dijo su cuarta responsabilidad, Cusuco se cubrió la cara con las manos; tenía miedo a que alguna palabra en forma de pregunta, insulto, reclamo o grito, le saliera de la boca, y Gabarri volviera a apretar el nudo rojo, o peor aún, presionara uno de los otros dos nudos de colores. La orden era precisa, y fácil de entender.

- Vas a entrar a una casa, que yo elegiré y entrarás por la noche. Al bebé que encuentres le cortarás el prepucio con ese mismo cuchillo. ¿Que habrá gente en la casa? claro, sus padres de seguro, y el niño gritará al igual que la cabrita, pero para eso nos ayudaremos de la mano del muerto. Te haré un amuleto con ella. La casa elegida tendrá que estar cerca de aquí, porque al cortar la carnita del niño vendrás a buscarme y nos iremos a esa loma, ahí donde ves el tanque de agua. En ese lugar sabrás cual es tu última obligación y daré por pagada tu deuda -Los dos estaban fumando cuando Josefo terminó de dar las explicaciones - ¿alguna pregunta? - agregó.  
- Si. ¿Cuando debe de hacerse todo esto? 
- Todo debe estar listo para la última noche de abril, porque este gitano no tendrá que ver un invierno más. 



viernes, 27 de septiembre de 2019

Rana de Mo Yan... una denuncia a la opresión del ser humano



Recuerdo claramente la elección de este libro, aunque no recuerdo muy bien, contra qué libro se fue a segunda vuelta. Sin embargo, recuerdo el "proselitismo político-literario" al que nos sumergió mi querido amigo Henry, en el afán de hacerse acreedor de nuestros votos, para finalmente y como él mismo lo dice "después de un largo embarazo de tres años", desembocar en la elección de "Rana" de Mo Yan, como el libro que nos acompañaría en las lecturas del mes de agosto.

Sin desmeritar las propuestas de mis otros amigos miembros del club, a quienes estimo y admiro muchísimo, y las cuales no dudo, también estarían interesantes, considero, sin temor a equivocarme, que "Rana", fue por mucho, la elección más acertada, pues nos muestra una historia que bien puede considerarse como "una denuncia a la opresión del ser humano".

Hoy, en nuestros tiempos, estamos siendo testigos de muchísimos casos en los que el poder político, sea de la corriente ideológica que sea, se sobrepone sobre la dignidad y se antepone sobre los sentimientos de bien que pueden mover a la humanidad, mismos que pueden llegar a frenar el desarrollo social y económico de nuestros pueblos.

Hoy vemos con pesar, como muchos líderes mundiales, de la talla de los Trump, los Maduros, los Putines (y los menciono en plural, pues no son solo los propios líderes, sino su creciente masa de adeptos) entre  otros que sería cansado nombrar, pisotean los derechos fundamentales de los hombres, basando su actuar en la defensa de teorías e ideologías, muchas veces obsoletas o fracasadas, que riñen a todas luces con la dignidad de los ciudadanos a quienes dicen representar.

En algunos casos, la opresión es mayor, pues la palabra o la decisión de un solo hombre, puede llegar a "pasarse por los arcos del triunfo" los derechos más fundamentales de pueblos y naciones enteras.

Mo Yan nos transporta con su libro a un hecho político social muy parecido a los que suceden en la actualidad, acaecido en la década de los 50, en el que el poder político y el dominio social del entonces régimen comunista, obligó a toda una sociedad a aplicar una ley que prohibía la concepción de un segundo hijo, no importando los métodos a utilizar o que estos riñeran con los principios y valores humanos, éticos y espirituales de aquellos a quienes se obligaba a ejecutar dichas políticas.

Yo particularmente siempre he sido un adepto seguidor y admirador de la literatura de Murakami (como lo muestra mi propuesta de "La chica del calendario" ganadora como libro opcional de diciembre), pero debo aceptar que Mo Yan ha resultado ser para mi, en cuanto a escritores de ascendencia asiática, una agradable sorpresa por su forma de llevarnos a experimentar con un relato que alucina por su realismo, a conocer una cultura como la china, de la cual se admira y se busca copiar hasta lo inimaginable, pero de la cual se desconoce mucho.

Esto hace que, con todos los méritos que puedan existir, Mo Yan pase a convertirse en uno de mis escritores favoritos a partir de este momento. Fue quizá el hecho de que su historia se asemeje muchísimo con nuestra realidad mundial lo que hizo que yo disfrutara este libro, como quizás nunca me imaginé disfrutarlo.

De Mo Yan puedo quizás resaltar que es claramente notoria la influencia que Faulkner ejerce en su forma de escribir. De hecho, leyendo "Rana", fue inevitable remontarme a la lectura de "Santuario" en 2017.

"Rana" nos lleva sin más a analizar  y meditar sobre  la pérdida del sentimiento humano o sobre la impotencia del hombre por ganar espacio ante el poder político dentro de un marco de lucha entre los principios personales y las necesidades del colectivo.

Lo único que se me hizo difícil fue la parte "teatral" del libro, pues yo soy de los que gustan más por la lectura de historias contadas bajo la figura del narrador en primera persona.

Agradezco a Henry su "sinfín de coleteos y cabeceos, tercos, persistentes y perseverantes", gracias a los cuales tuvimos el gusto de leer un  libro lleno de un espíritu de humanismo acogedor y por el cual, coincidimos en que Mo Yan es, sin duda, el escritor que merecía ganar el máximo galardón a las letras.

De hecho, hasta el también ganador del Premio Nobel de Literatura, el japonés Kenzaburo Oé, al ser preguntado sobre su preferencia para el ganador del Nobel, manifestó: "Si pudiera escoger al próximo Premio Nobel de Literatura, este sería Mo Yan".

Reciban mis saludos y mis más grandes deseos de bendiciones y gratas lecturas.



Solaris... un reto de lectura enorme



Hola amigos del club, después de un buen tiempo sin subir mis comentarios acerca de los libros que estamos leyendo este año, aprovecho para comentarles que, muy a pesar de mi ajetreada agenda laboral y familiar, he logrado seguirles la pista a la distancia, en todos los libros que se llevan leídos en este año. Por eso y, a fuerza de ser sincero, con el factor tiempo ejerciendo una fuerte presión sobre mi, he decidido compartir con ustedes mis comentarios acerca de la lectura del libro Solaris de Stanislav Lem.

He de aceptar que el género de la ciencia ficción siempre ha sido uno de mis géneros literarios favoritos, pues a lo largo del tiempo, he disfrutado de la lectura de grandes escritores del género como Ray Bradbury, Julio Verne, Isaac Asimov y H. G. Wells y por eso, cuando Marlon lo propuso como una de las opciones de lectura para el mes de Julio, de entrada generó en mi un fuerte interés por leerlo.

Cuando comencé con su lectura, rápidamente pude llegar a la conclusión de que este, supondría un fuerte reto para mí, pues a pesar de mi gusto por este género, encontrarme con lecturas cargadas de muchos términos científicos, más que centrarse en una trama más específica, siempre me ha supuesto un reto, pues me cuesta adentrarme en su lectura. Sin embargo, para mi sorpresa, Lem hace uso de un método en el que las descripciones de las diversas formas de vida que habitan Solaris, a pesar de ser complejas, resultan necesarias para que nosotros como lectores, podamos comprender de una mejor manera, el sentido que Lem quiso darle a este libro y el mensaje que quiso transmitirnos a través del mismo.

Solaris es definitivamente un ataque certero y preciso a la tendencia del Ser Humano, de luchar en centrar la naturaleza de la vida en sí mismo y, a través de este "personaje", nos muestra que muy a pesar de nuestro creciente conocimiento acerca de los misterios de la naturaleza, aún no llegamos a conocer ni a dominar del todo el Universo. Solaris nos sitúa en un mundo futuro en el que la humanidad ha logrado por mucho traspasar los límites del universo hasta donde había logrado llegar, y por medio de una estación espacial, se dedica a estudiar a nuestro "personaje" que no es más que un planeta que se encuentra completamente cubierto por un océano que posee una naturaleza imposible de comprender para la raza humana.

Me parece que el desarrollo de la obra es correcto, pues logra mezclar con una perfección admirable, los sucesos que se dan entre sus personajes, creando una atmósfera de irrealidad y misterio que nos acompaña a lo largo de la obra, haciéndola mucho más interesante. Me queda a deber un poco, el final, pues no logro comprender como es que Lem, dejó una obra literaria que bien podría catalogarse como una obra maestra de la ciencia ficción, con un final tan poco claro y tan poco concluyente. Hasta parece en ciertas facetas del libro, que Lem no supo como terminar su obra y al final, se decidió por el escenario más insípido de todos. Aún así me parece un libro muy preciso y fluido.

Lem fue capaz de llevarnos a conocer a sus personajes, aún cuando no libera mucha información acerca de los mismos. Se vuelve muy interesante la manera en que los personajes van solucionando los sucesos que les toca vivir de una forma bastante psicológica. Lem no cae en lo rutinario de darnos descripciones fáciles, trilladas o clásicas de los personajes, sino que logra generar en el lector, un interés genuino que poco a poco va llevándonos a conocer a cada personaje, con sus virtudes y sus debilidades, a partir de la forma en la que se desenvuelven dentro de la trama, hasta que llega un momento, en el que se vuelve imposible no identificarse con uno o más de ellos.

Yo en lo particular, me identifique mucho con Kelvin, pues es un personaje que logra equilibrar muy bien, su psique interior con los acontecimientos de su entorno. Me resultó interesante la forma en que desarrolla la relación con su esposa muerta, porque aún cuando es una representación extraída de sus recuerdos, no se trata de un simple fantasma, sino más bien, resulta ser una persona auténtica, real, de carne y hueso, que simplemente desconoce en ese momento su condición fantasmal, pero que siente y piensa como la persona que en algún momento fue estando en vida.

Agradezco a Marlon, por llevarnos con su propuesta a leer uno de los libros más interesantes que yo haya podido leer en años, sobretodo por la originalidad de la historia. Me queda como nuevo reto, investigar un poco más sobre Stanislav Lem y su obra, pues sin duda alguna, algún otro de sus libros, debe ser igual de atractivo e interesante como este.

Hasta pronto queridos amigos.


Erratas... ¡esos errores de dedo que nos matan!



Carmen González Huguet compartió el siguiente artículo con los autores del blog "la gaticueva" y en ocasión del conversatorio de anoche en el que pudimos compartir una deliciosa tertulia literaria con ella, se los comparto con una transcripción textual de las palabras con que Carmen nos sacó la carcajada al referirse a esos "errores de dedo" como unos por los que "uno se quiere matar" cuando después de revisar y revisar un texto, al verlo impreso y publicado resulta que tiene uno o varios y eso simplemente no se puede entender... ¡espero que lo disfruten! 

«En aquella época cuando yo empecé eran copias en original, a máquina, a máquina manual, o sea ni siquiera con papel carbón, sino que el original, ¡único!, y han cambiado mucho las cosas para bien porque mis borradores en máquina de escribir, tachados y vueltos a escribir y con correcciones y todo aquello era ilegible al final. Ahora uno corrige y edita de un solo, pero y siempre se le van a uno, eso a mí a veces me da una cólera, me quiero agarrar contra las paredes porque ya publicado el libro, ya impreso y me doy... "ay Dios mío esta palabra es con c y la escribí con s, aquí se me fue una tilde", y mire con MartE, mi editora, Marta Elena Uribe de Editorial Delgado, que yo tengo la suerte de que tengo una editora maravillosa, que es una lectora así acuciosa, y aún así se nos va, y Claudia Argüello también corrige los textos, somos tres y se nos van cosas a las tres, y ya publicado el libro y todo a uno le dan unas ganas de matarse porque ¡cómo se me pudo ir!, pero se le van a uno los errores porque eso es inevitable» Carmen González Huguet

¿Será entonces que solo queda rendirse con humildad ante ellas como quien sabe perder, sin por ello abandonar el intento de ganarles en la siguiente edición?  

Les comparto el artículo que tan bien y de una forma tan graciosa las describe.

¡Ah, las erratas!

Estos «piojos de las palabras», como las llamó Flaubert, se cuelan en los recovecos más insospechados y pueden lanzar por la borda una labor de creación literaria o de investigación.
 Juan Morales Agüero 
11 de Julio del 2013

Las erratas son viejas conocidas de los escritores y los periodistas. Quienes han hurgado en el tema afirman que acechan al texto desde el debut del lenguaje escrito. De su nociva naturaleza dijo el literato español Ramón Gómez de la Serna: «Son para las palabras como enfermedades infantiles: sarampión, varicela…, que deben pasarse obligatoriamente».

Tipógrafos, editores y correctores figuran entre sus presas favoritas. El empeño por exterminarlas no parece exhibir grandes progresos, pues se niegan a desaparecer. En efecto, las muy pícaras se camuflan entre vocales y consonantes y saltan como liebres en cualquier rincón del párrafo.

El cronista español Andrés Henestrosa las ha sufrido muchas veces en textos propios, así que habla con conocimiento de causa. Sus palabras son concluyentes: «Ahí donde aparezca una errata, aparecerán otras, porque proliferan y se reproducen como conejas. Son tan invencibles como elocuentes; avasallan, convencen y seducen. Por eso ganan al final, quedándose».

Detectarlas y eliminarlas a tiempo es una suerte de obsesión. Un sitio en Internet cuenta que un editor francés llamado Robert Etienne perseguía tanto las erratas que después de compaginar los textos de un libro, imprimir las pruebas, corregirlas y volverlas a imprimir, las colgaba en la fachada de la editorial, a la vista de los caminantes, a quienes pagaba una bonita suma por cada una que encontraran».

El gran poeta chileno y premio Nobel de Literatura, Pablo Neruda, las estigmatizó: «Son las caries de los renglones». Eso, quizá, porque en su libro de poemas Crepusculario alguien le enmendó un verso. Así, lo que originalmente era «Besos, lecho y pan» se publicó como «Besos, leche y pan».

A la vera de estos huéspedes indeseables mostró su rostro la célebre fe de erratas. La más antigua data de 1478 y ocupa dos folios de una obra de Juvenal. Después, la Suma Teológica se editó con otra análoga, pero… ¡de 111 páginas! Amilanadas por tal plaga, las editoriales contrataron como correctores a insignes hombres de letras, como Erasmo y Shakespeare.

Las erratas son universales y ubicuas. No respetan credos, ni reyes, ni Papas... Y, a propósito, el Papa Clemente XI, quien ofició entre 1700 y 1721, murió de una apoplejía cuando descubrió una errata en el primer ejemplar de sus homilías recién impresas que alguien le llevó para leer.

Galería de las equivocaciones

En la antología de las erratas aparecen algunas muy simpáticas, aunque imagino que a sus víctimas no les habrá hecho ninguna gracia. Una clásica se coló en el folletín de Vicente Blasco Ibáñez titulado Arroz y tartana. La edición príncipe decía: «Aquella mañana, doña Manuela se levantó con el coño fruncido». El autor había escrito «el ceño fruncido».

Otra similar contrarió al bardo español Ramón de Garciasol, quien logró incluir un poema en la muy seria revista Ínsula. Exponía: «Y Mariuca se duerme y yo me voy de puntillas». Solo que el duende de los gazapos le jugó una mala pasada y apareció: «Y Mariuca se duerme y yo me voy de putillas». Pero —¡ay!—, Mariuca era su esposa. Tengo la certeza de que al vate le resultó difícil persuadirla del equívoco editorial.

Con el ilustre mexicano Alfonso Reyes las erratas devinieron ensañamiento. Él las denominó «especie de viciosa flora microbiana, siempre reacia a los tratamientos de la desinfección». Un libro suyo de poemas tenía tantas que hizo ironizar así a un crítico: «Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañado de algunos versos».

Las erratas no respetan ni los títulos de las obras. La feria de los discretos, de Pío Baroja, se editó en la enciclopedia Espasa como La feria de los desiertos; el drama La expulsión de los moriscos se llevó a la cartelera como La expulsión de los mariscos; y la novela de Alejandro Dumas hijo llegó a publicarse como La dama de las camellas (por camelias).

Erratas periodísticas

En ocasiones, una errata ha puesto de patitas en la calle a un colega distraído. Cuenta el argentino Manuel Ugarte el caso de un informador de antaño que, al ofrendar su crónica a la hija del dueño de su rotativo, garrapateó: «Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tinta». Solamente que en lugar de tinta, se publicó tonta.

Al académico francés Flavigny no le fue mejor, en 1648, al escribir en una glosa teológica la conocida frase del Evangelio de San Mateo: «¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no echas a ver la viga que está en tu propio ojo?». Esto, en latín, reza: «¿Quid vides festucam in oculo fratis tuis et trabem in oculo tuo non vides?»Un burlón reseñó así el infeliz dislate: «En la palabra oculo el duende escamoteó misteriosamente la o inicial, pasando en la frase el papel del ojo a otra parte del cuerpo humano…».

A pesar de lo involuntario del hecho, el escándalo que originó el desliz fue colosal. La comunidad académica no perdonó aquel desacierto que casi desacredita para siempre a uno de sus miembros entre sus propios colegas de oficio.

A veces la mera ausencia de una tilde puede provocar el caos. Como aquel diario que publicó un clasificado donde se solicitaba «una secretaria con ingles», en lugar de «con inglés». Otro caso: en una crónica teatral, el chupatintas rasgueó: «El exquisito gusto de la autora es bien conocido por todos sus amigos». Solo que, donde decía gusto, salió publicado busto. ¡Vaya revuelo el que armó el marido!

En una gacetilla, alguien escribió «lúgubre viaje». Pero se lo cambiaron por «legumbres viejas». Y como si eso no hubiera resultado suficiente, al final del texto dijo, poético: «Hay una humedad de sal mojándonos las ojeras». Sin embargo, se la variaron por «hay una humedad de sol mojándonos las orejas».

En materia de titulaje, los disparates no han sido menores. Un periódico canario encabezó así un suelto relacionado con cierta enfermedad bovina: «Las vascas locas», cuando debió decir «Las vacas locas». Tan pronto se enteraron, las féminas de esa región de España pusieron el grito en el cielo.

Otras erratas periodísticas divertidas son la del «Banco Español de Cerdito» (por crédito); la dama que lanzaba a su amado miradas de «apasionada ternera» (por ternura); la demanda de trabajo en la que se buscaba a alguien capaz de cuidar «persianas mayores» (por personas); o el «libro de Pitágoras» de un buque para designar el libro de bitácora; o el santoral que anunciaba el Día de la Purísima Virgen, pero la r se cambió por una insultante t… ¡y se armó la grande!

Otras manifestaciones

Un aragonés nombrado Ángel Mostajo se tomó la molestia de revisar a fondo todas las entradas del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), en su edición 21 de 1992. Y vaya sacrilegio, localizó en sus páginas imprecisiones diversas, errores de imprenta, definiciones incongruentes o «meramente machismos o racismos heredados de ediciones anteriores».

Sin la intención de lastimar la dignidad de los académicos a cargo del popular texto, el investigador halló 163 erratas. Las comentó y las envió a la RAE. Desde allá le agradecieron su acuciosidad y paciencia, que lo llevaron a leerse toda la obra. La edición 22 (2001) del DRAE subsanó las erratas.

En fin, que las erratas —«piojos de las palabras», según Flaubert— se cuelan en los recovecos más insospechados y pueden lanzar por la borda una labor de creación literaria o de investigación. Vuelvo a convocar a Alfonso Reyes:

«A la errata se la busca con lupa, se la caza a punta de pluma, se la aísla y se la sitia con cordón sanitario y a última hora, entre las formas ya compuestas, cuando ruedan los cilindros sobre los moldes ya entintados, ¡hela que aparece, venida quién sabe dónde, como si fuera una lepra connatural del plomo! Y luego tenemos que parchar nuestros libros con ese remiendo del pegado que se llama fe de errata, verdadera concesión de parte y oprobio sobre oprobio».

¡Solavayan las erratas!

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Series CBE: El último Perolero (Parte 1)


Rabbit and Copper Pot
Jean Chardin (1699-1779)
Si no fuera por las dos canchas de fútbol que guardan poca distancia una de la otra, y el fervor en el vecindario del respectivo deporte, la avenida Dolores sería un anonimato. A la par de una de las canchas, la más pequeña y menos polvorosa, se encuentra un desocupado espacio de tierra y maleza, un lugar medio vivo y medio muerto, donde cierto día, no muy lejos de los tiempos que hoy corren, un hombre llegó con un carretón lleno de chatarra, tela y peroles, y convirtió a ese espacio de tierra y maleza en su reino.

Los días en la avenida Dolores transcurren sin escándalo. Las mañanas traen los tambores de los pasos por las aceras, el vapor de la orina de perro que se quema en el asfalto y el aguante del oído y de la calle por el pasar de buses y carros. Los mediodías se vuelven solitarios sobre la avenida, a esa hora solo la luz y el calor habitan esa longitud que termina frente al cementerio municipal de Mejicanos. Las tardes suelen estar cargadas de aromas que congregan a la gente con las historias de sus vidas: maíz fermentado, frijoles cocidos con cebolla y ajo, pan recién horneado, queso salado y aceite quemado; olores que mantienen al vecindario fuera de sus casas hasta que llegue la noche. En esas mismas tardes también se escuchan los golpes del pie al balón y el alboroto de quienes juegan con él; un golpe en una cancha, un reclamo en la otra y, a veces, en ambas canchas, se juntan al mismo tiempo los gritos de una anotación. En la noche, cuando el sonido de los grillos prevalece y la luz ya no puede hablar sobre los recovecos y quebraduras de la avenida, se alcanza a escuchar una triste guitarra que toca notas ajenas a ese sopor que es propio de La Dolores.

En el trozo de tierra medio viva y medio muerta, Josefo Gabarri ha armado una choza con tubos, láminas, cables, telas, plástico y lazos y, junto a ella, ha puesto su mecedora, que parece lo más nuevo de todo lo que posee. Se sienta en la silla y con las notas que salen de la guitarra, Gabarri recorre mundos que solo ha conocido a través de las palabras. Los acordes de la balada le hacen sentir la grama mojada de una mañana húngara; los golpecitos en la hueca madera, le dicen cuántos pasos hay entre Moldavia y Rumania, y el dulce tarareo que llena los silencios de la melancólica música, es el sonido del aire que se respira en las montañas balcánicas.

Si Josefo Gabarri ha tenido suerte con sus pequeñas tareas remuneradas, o se ha encontrado monedas extraviadas en la calle, o las ha encontrado por obra de la donación, va y compra uno, dos o tres cigarros, en la única tienda de la avenida y, al terminar de tocar su guitarra, se fuma su recompensa, suerte o bendición. Si por mala fortuna la moneda se le niega, aún cuenta con la mitad de las páginas de una Biblia que robó hace años, para fumarse hoja seca de lavanda, romero, eucalipto y hoja de papaya, que ha venido guardando desde que anda por su cuenta en el mundo.

Con el primer humo del cigarro le viene el calor. Detrás de la niebla, Gabarri mira unos enormes senos que rebotan de un lado para otro mientras escucha palabras viejas y amedrentadas que le dicen “Churrumbelio callao este María”, “con’eso ojos chinchines, camela a cualquiera”, “¡Antón, si es que‘es el Chorrojumo de’sta alegría!”. Luego mira decenas de fardos de telas de colores que se extienden como alfombras hasta tocar la espuma de la playa, donde la arena mojada le invita a él y a otros que se le parecen, a dejar sus carretas y cargas para que descansen antes de buscar donde pasar la noche. La gente que mira a Josefo Gabarri, con el torso quemado y desnudo y el cabello enredado y brillante por la arena, se hablan en secreto mientras lanzan miradas pendencieras y hacen gestos de repudio. Entre ellos se dicen cosas como “no miento, se lo juro por ‘esta’, son más buenos que esos di’izalco”, “son cuentos de camino-real compadrito, esa gente es enferma, es sucia”, “son vagos vea niña Munda”, “que va creer Chabe, son ladrones de cipotillos”. Lo que más recuerda Josefo Gabarri de todo lo que la gente ha hablado de él o de los suyos, es “Perolero”; palabra que entendió tiempo después de haberla escuchado, cuando alguien le dijo, mientras andaba con su carretón sobre un sendero accidentado: “se le ha caido el perol, eñor”. Así fue como llegó a saber que 'perol' era la cacerola ennegrecida que andaba cargando.

Más allá del humo, las telas de colores vivaces se extendían bajo la sombra de montañas y volcanes, donde Josefo Gabarri recuerda que vivió sus mejores años. La gente del lugar les empezó a tener simpatía y confianza. Encontraron en él y en los que andaban con él, buena ayuda para el tiempo de labor en los cafetales. Cuando descansaban de la corta de café, Josefo y los suyos contaban historias a los cafeteros y, a cambio de un poco de pan o leche, se ofrecían a leerles los designios de las cosas que estaba por venir. Los cafeteros aceptaban de buena gana y curiosidad, y Josefo sacaba de su mazo las cartas con calaveras y diablos para evitar leer un mal en el futuro; ocupaba los huesos de pollo seco rajados con cuchillos en el lugar donde se dicta la buena suerte, y nunca le faltaba en la boca el “veo un mal que solo puede quitarse…”, que regularmente lo espantaba con una ración de carne o monedas.

Mientras el cigarro se quema, las telas siguen corriendo hasta volverse escarlata, y con una nueva bocanada el humo vuelve a ocultar el rostro de Josefo Gabarri. Él recuerda cuando logró escapar de oscuros días de muerte que lo obligaron a tomar sus cosas para seguir andando hasta encontrar otro lugar lejos de las montañas y volcanes. En esa época, algunos de los que andaban con él, olvidaron para siempre la forma de su ropa, guardaron sus anillos y comenzaron a caminar en solitario; cada quien tomaba su propia dirección. Cuando Josefo encontraba un lugar nuevo, se quedaba lejos de los tumultos y ruidos de la gente. En las noches guardaba completo silencio y, en el día, él como muchos que anduvieron compartiendo su camino, dejó de ocupar su lengua; se hicieron hombres y mujeres mudos que caminaban con la cabeza gacha. Después de varias andadas, se quedó durante largo tiempo en varios terrenos descampados en Santa Tecla y, durante su estancia, procuró parecer menos él y dejó de cantar cuando tocaba la guitarra. Se tuvo que conformar con tararear.

Al terminar el cigarro, también termina el correr de las telas de colores que quedan como tristes hilos que se pierden en la maleza donde descansan sus pies descalzos.

Una noche, tirando el cigarro quemado sobre la tierra reseca, Josefo escuchó el sonido de un automóvil que venía chillando sobre toda la avenida Dolores. El auto frenó con violencia, se abrió una puerta y se escucharon gritos adentro. Luego un martillazo ensordecedor hizo eco en toda la vía, y antes de que el automóvil se perdiera en la oscuridad, se escuchó caer una enorme piedra en la calle.

En un principio pensó que estaba muerto, pero el cuerpo comenzó a jadear. Josefo se salió un poco de los límites de su reino, e inspeccionó a lo largo de la calle para ver si alguien aparecía a atender el asunto. Se quedó esperando un tiempo con la esperanza de que alguna sirena, o al menos un alarido de auxilio sonará en aquel momento y le librará de una idea que lentamente se estaba apoderando de toda su cabeza. Ante la falta de respuesta se regresó a su choza, y de la maraña de cosas sacó una bolsa de cuero que revolvió buscando algo con relativa tranquilidad. Detenía la búsqueda en la bolsa cuando escuchaba que del cuerpo venían lamentos de puro sufrir, y creyó ver que el cuerpo, aún en su estado, intentaba alcanzar la acera. Volvió a dar una última mirada a la avenida, y al constatar que todas las luces de las casas cercanas se mantenían en oscuridad y que ni siquiera se escuchaban los ladridos de algún perro con insomnio agitando la noche, se acercó con una cuchilla al cuerpo reptante que balbuceaba algo que poco le interesó entender. Puso el pie con fuerza sobre la espalda del cuerpo en el suelo y le dijo:

- Si querés vivir te vas a dejar de mover y me vas a ayudar con tres cosas, ¡no!, ¡con cuatro!, ¡cinco!, ¡serán cinco!

La respiración del cuerpo se hizo fuerte por varias razones, pero la más importante era que el moribundo, milagrosamente, había encontrado una oportunidad para seguir con vida. Como pudo, el desahuciado buscó el rostro de ese pie y cuando levantó la mirada se encontró con la candente luz de la lámpara de la calle, por lo que solo miraba un blanco enceguecedor que pintaba una cabeza. Con los ojos puestos en esa luz, el hombre en el suelo intentaba decir que estaba dispuesto a aceptar o renunciar a cualquier cosa por preservar un poco más la vida, quería decir que cambiaría, que haría todo de una manera distinta a la manera en que hasta ese momento de muerte había vivido; que habían tantas cosas que tenía que reparar en él y con los demás a su alrededor, que la enorme culpa por palabras que nunca dijo, y el terrible enojo por las sandeces que siempre habló, sería lo primero que buscaría componer, ya que al hacer eso, estaba convencido de que podía cambiar cualquier cosa en él y en el mundo. Con esos ojos caídos, enrojecidos, quería hacerle saber al rostro blanco que él nunca quiso ser lo que era, y que sentía lástima por él mismo por siempre haber visto el mundo desde el pequeño lente de su egoísmo, quería decirle al que estaba en la luz, fuera dios o uno de sus enviados, que tuviera por promesa, por pacto y juramento, con la sangre que ya se estaba pegando en la calle, que su vida estaría al servicio de él desde ese momento. Pero nada pudo salir de su boca que no fueran alaridos, por lo que solo asintió con la cabeza, antes de estrellarla en la avenida Dolores.

- Entonces que así sea – dijo Josefo Gabarri, que se rió cuando metió la cuchilla en la herida donde manaba la sangre.





viernes, 20 de septiembre de 2019

Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia | Carmen González Huguet



"Puso su mano en mi rodilla y yo no la aparté. De hecho, había estado esperando eso desde que entramos. Se podría decir que por eso me había puesto falda, en lugar de pantalones, y medias, en vez de pantis. Y los zapatos altos, no las sandalias pachitas con que andaba todos los días, para arriba y para abajo, y que me gustaban tanto... Las sombras y las luces de la pantalla caían sobre nosotros, con un resplandor irreal. Él tenía los ojos fijos adelante, pero su mano siguió explorando por mis piernas..."   

Así empieza el monólogo "Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia" con el que Carmen González Huguet ganó el premio único de dramaturgia en los Juegos Florales de San Miguel en el año 2003 y apareció en la antología de cuento Puertos abiertos publicada en 2011 por Sergio Ramírez en México, por el Fondo de Cultura Económica. En octubre de 2018, en las votaciones del Club de la Buena Estrella este monólogo fue elegido para ser leído como segundo libro en el mes de septiembre de 2019.  


« Docente universitaria, mujer, poeta, sonetista, caminante de la vida»

Con esas palabras describe a la autora Lorena Juárez, columnista de la Revista multiplataforma Literofilia en la reseña de una entrevista que le hizo en el año 2018 y que pueden leer aquí.


Carmen González Huguet, es una reconocida poetisa y catedrática de El Salvador, creadora de un estilo considerado impecable y dueña de una vasta producción literaria a lo largo de su vida. Ha sido además catedrática en diversas universidades por más de 2 décadas; su obra se conoce tanto dentro como fuera del país y, a la fecha, ha ganado importantes premios literarios como el XXXVII Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística en España en el año 2017 y los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango en dos ocasiones (1999 y 2016) siendo hasta el momento, la única escritora salvadoreña que lo ha ganado en dos ocasiones.


El 25 de octubre de 2012 se convirtió en miembro de número de la Academia Salvadoreña de la Lengua y actualmente integra la Red Internacional de Investigación en Literatura de Mujeres de América Central, coordinado desde la Universidad de Aguascalientes, en México, D.F.


Por su labor en el área de la investigación, su incesante labor en favor de las letras, su estilo que muchos consideran deslumbrante, así como por su pasión por la poesía, Carmen González Huguet es considerada una de las poetisas más importantes en la historia de nuestro país.


El monólogo teatral "Jimmy Hendrix toca mientras que cae la lluvia", en palabras de su creadora representa un ejercicio de catarsis de tres días y ha sido concebida por ella misma como “una novela hiperconcentrada o un cuento demasiado largo”.


Se han realizado varias lecturas dramáticas de la obra en teatros de San Salvador y en presentaciones privadas. 


La razón por la que propuse el libro de Carmen, es porque hace varios años tuve la oportunidad de asistir a una lectura del mismo realizada por ella y, en esa oportunidad, contó cómo este pequeño e intenso libro es fruto de unos días en los que estuvo como poseída por una fuerza creadora que la llevó a encerrarse a escribir y escribir en medio de un llanto incontrolable hasta que estuvo terminado. Al leer la historia a mí se me encogió el alma y después de conocer la trayectoria de Carmen, cada año al proponer un autor salvadoreño tenía la espinita de que ella es una escritora que debíamos leer en el club, el año pasado la propuse y gracias a ustedes ahora esto empieza a materializarse.

Desde el principio abrigué la esperanza de que si el libro era seleccionado, podríamos invitarla a que nos contara un poco sobre su oficio como escritora de novelas, poemas, sonetos (por disciplina al ritmo de quién marca tarjeta en su trabajo cada día), de docente, de mujer en las artes salvadoreñas que se ha forjado una reputación y se ha metido incluso en ligas de mayor alcance al conseguir hacerse con premios incluso de carácter mundial y quiso la fortuna que pudiéramos coordinar un conversatorio con ella.  ¡Este es nuestro afiche de invitación! 



BIOGRAFÍA 


Ana del Carmen Guadalupe González Huguet, quien firma sus libros como Carmen González Huguet, nació en la ciudad de San Salvador, capital de El Salvador, el 15 de noviembre de 1958. Hija de el profesor Virgilio Juan González Fernández, nacido en Melgar de Arriba, Valladolid, España, y de Ana Gloria Huguet, salvadoreña de ascendencia catalana. 

Sus abuelos maternos fueron el catalán Antonio Huguet, nacido en Valverd de Queralt, Tarragona, y María Josefa Cañas, nacida en Suchitoto, departamento de Cuscatlán, El Salvador. El hermano del padre de María Josefa Cañas fue el poeta Miguel Plácido Peña Martel, cuyos versos aparecen en La Guirnalda Salvadoreña, de Román Mayorga Rivas, publicada en tres tomos en San Salvador, entre 1882 y 1886. Su bisabuelo, Antonio Peña Martel, fue en diferentes épocas alcalde de Suchitoto y de Guazapa.

Carmen cuenta con la doble nacionalidad salvadoreña y española. Fue la primogénita de sus hermanos: Gloria María (1961), María del Pilar (1963) y Juan Antonio (1967). Estudió, desde el kinder hasta el bachillerato en el colegio Sagrado Corazón (San Salvador), donde se graduó como bachiller y taquimecanógrafa en 1976. Entre 1977 y 1980 estudió dos años de la licenciatura en Química, uno en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” UCA, y otro en la Universidad de El Salvador, UES.  No pudo continuar debido al cierre de la UES por parte del Ejército en esos tiempos convulsos en El Salvador, donde iniciaba lo que sería la guerra civil que terminaría con la firma de la paz en 1992. Años después siguió su inclinación hacia la literatura y se graduó de profesora de Educación Media en 1991 y de licenciada en Letras en 1992 en la UCA, la universidad jesuita en la que fue alumna de algunos de los sacerdotes asesinados el 16 de noviembre de 1989, como Ignacio Martín-Baró y Segundo Montes.

Su trayectoria como catedrática la ha hecho pasar por aulas y generaciones en la Escuela Americana, en la UCA, la Universidad “Dr. José Matías Delgado”, la Escuela de Comunicación “Mónica Herrera”, la Escuela Superior de Economía y Negocios (ESEN) y entre una y otra ha acumulando más de veinticinco años de experiencia docente. Además, laboró en publicidad y en medios de comunicación. Fue directora de Publicaciones e Impresos (Concultura) de 1994-1996 y trabajó también como investigadora literaria de 1997 a 1999, siendo parte del equipo académico responsable de la reapertura del Museo Nacional de Antropología de El Salvador Dr. David J. Guzmán.

Además de recibir numerosos premios en concursos literarios celebrados tanto dentro como fuera de El Salvador, diversos artículos y poemas suyos han aparecido en publicaciones periódicas salvadoreñas, como ECA, Taller de letras, Cultura, suplemento cultural Tres mil, Semana, Apertura, suplemento cultural Búho, Tendencias, Gente, Ahora, Revista de la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad “José Matías Delgado” y otras. Publica en Internet la columna Pura nostalgia en el blog El ojo de Adrián. Un artículo suyo apareció en la revista Cuadernos Hispanoamericanos No. 678, en diciembre de 2006.

Carmen dedica gran parte de su tiempo a la investigación y entre sus trabajos en esa rama se incluyen el libro "San Salvador en las alas del tiempo", una edición patrocinada por TACA International Airlines en 1996, y que hizo en coautoría con Carlos Cañas-Dinarte; la compilación, notas y estudio introductorio de los dos tomos de la "Poesía completa de Claudia Lars" editado por la DPI-CONCULTURA en el año 1999 y la investigación Historia de la radiodifusión en El Salvador (1999, inédito). 

De 1998 al año 2000 formó parte del grupo Poesía y Más integrado a su vez por otras conocidas mujeres de las letras salvadoreñas. Dentro de este proyecto cultural contribuyó a la creación de los espectáculos teatrales Poesía bruja y Rezongos de mujer, los cuales se presentaron en diversos auditorios del país.  

Como producto de su trabajo en el área de la investigación, el jueves 25 de julio de 2019 se llevó a cabo la presentación oficial del libro “Muestra de la Literatura Salvadoreña”, donde se analiza la poesía de 10 escritores salvadoreños: Francisco Gavidia, Alberto Masferrer, Salarrué, Claudia Lars, Alfredo Espino, Pedro Geoffroy Rivas, Oswaldo Escobar Velado, Matilde Elena López, Claribel Alegría y Roque Dalton, y se detallan las técnicas, figuras y recursos literarios que usaron para crear sus obras.

Diversos académicos han realizado trabajos dedicados a su obra, entre ellos los ensayos: La otra mujer. Borges, psicoanálisis y construcción de género en Carmen González Huguet, incluido por el doctor Rafael Lara Martínez, del Tecnológico de Nuevo México en su libro La tormenta entre las manos.  Ensayos sobre literatura salvadoreña y De lo femenino y la historia en Centroamérica: contar y recordar en Carmen González Huguet, ponencia presentada por la doctora Nilda Villalta, de la Universidad de Maryland, en la reunión 2000 de la Asociación de Estudios Latinoamericanos. 


El doctor Lara Martínez también ha escrito el ensayo Nación, Recinto de penumbras: El rostro en el espejo de Carmen González Huguet.

FICHA DEL LIBRO
Título: Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia  
Autora: Carmen González Huguet
Nacionalidad: Salvadoreña | Española
Mes: Septiembre
Viñeta: Autor salvadoreño
Número de páginas: 23
Editorial: Editorial Rubén H. Dimas
Año de publicación: 2004
Idioma: Español
ISBN: 9789996197918
Última edición leída: Marte Editorial
Año: 2019
País de origen: El Salvador

PUBLICACIONES

Poesía

"Las sombras y la luz" (1987)

"Mar inútil" (1994)

"Testimonio" (1994)

"Palabra de diosa" (Panamá, 2005; San Salvador, 2010)

"Glosas" (San Salvador, 2009)

"Bitácora" (Quetzaltenango, 2010)

"Placeres" (Managua, 2010)


Cuento

"Mujeres" (1997) 

(libro de cuentos ganador del II Certamen Centroamericano de Literatura Femenina)

"Leyendas de Cuscatlán" (2017)


Novela

"El rostro en el espejo" (2005, 2011) Novela corta

"Pentagrama" (2015

"Crónicas policíacas" (2017)


Otros

“Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia" (2004, 2012) Monólogo teatral

“Poesía completa de Claudia Lars" (1999).

PREMIOS 
  • En 1999 su poemario "Locuramor" fue galardonado con el primer lugar en los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango.
  • Ganó el premio de dramaturgia en los Juegos Florales de San Miguel, en 2003, con su monólogo teatral "Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia".
  • En 2005, recibió el Premio de Poesía "Rogelio Sinán" de la Universidad Tecnológica de Panamá.
  • Su novela corta "En busca del paraíso" se hizo acreedora al premio de los Juegos Florales de San Salvador en agosto de 2005. Con su primera novela policíaca "Flores de papel" ganó los Juegos Florales de Zacatecoluca en diciembre de 2006.
  • En 2007 volvió a ganarlos con otra novela negra, "Los niños perdidos", con la cual se hizo acreedora al título de "Gran Maestre de novela corta", siendo la única mujer que ha ganado, a la fecha, este galardón en dicha rama.
  • En 2007 recibió un reconocimiento por parte de la Cámara Salvadoreña del Libro.
  • En 2008 ganó los Juegos Florales de Santa Ana con su libro de cuentos "El color de la melancolía".
  • En 2010 ganó su segundo premio en los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango por su poemario "Bitácora", convirtiéndose en la única escritora salvadoreña que ha ganado este premio en dos ocasiones. Fue ganadora del VI Concurso Centroamericano "Rafaela Contreras" en 2010 en poesía, otorgado por la Asociación Nicaragüense de Escritoras (Anide), que eligió por unanimidad conceder el premio al libro "Placeres".
  • La escritora salvadoreña también fue galardonada con el título de "Gran Maestre" en las ramas de Poesía, Novela corta y Cuento por ganar tres ediciones distintas de los Juegos Florales, convocados por CONCULTURA en cada una de dichas ramas.
  • En 2011, recibió el premio de cultura "Licenciada Antonia Portillo de Galindo", en la especialidad de poesía, otorgado por el Centro Cultural Salvadoreño Americano.
  • En 2017 ganó el Premio Hispanoamericano de Novela en la ciudad de Quetzaltenango, Guatemala, con su obra policíaca "Viento de ceniza"; y el XXXVII premio mundial Fernando Rielo de Poesía Mística, por su poemario "El alma herida"

FUENTES CONSULTADAS

Periódico digital El Faro
Multiplataforma Literofilia
La Prensa Gráfica

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