domingo, 29 de septiembre de 2019

Series CBE: Y sin embargo se mueve (Capítulo 9)

Jacinto Chiclana y Ñato Iberra. Ilustración de Eduardo Gonet.  
Buenos Aires, 1956

Lo que ha dado alcance a ese movimiento, imperceptible y delicado de lo que parecía estático, ha sido la fugacidad. La escena es más un tornado que arranca las raíces de la vieja montaña, que el viento del norte que fracasa en su tentativa de quebrar los delgados árboles del jardín inglés. El hombre, viejo y silencioso, que yace en la biblioteca apoyado, quizás innecesariamente sobre su bastón, no puede ver, al menos no como suelen hacerlo el resto de los ojos, el momento en que la ráfaga violenta ahuyenta al monumento que es semblante de muerte. El viejo del bastón, cuyos ojos grises guardan el secreto de los sentidos, estuvo a punto de morir por el filo de un cuchillo que se alzaba como espada guerrera por sobre todas la cosas creadas, pensadas y olvidadas que merodeaban la tarde bonaerense.

Esa turbulencia se hizo lo que mejor podía hacerse: un hombre. Un hombre que salió de la nada, sin rastros de portal, sin señales de una ruptura en el entorno, sin quebraduras o rasguños sobre el tejido de lo que siempre se ha creído el fondo del teatro de la vida, a la que muchos llaman ilusión y sueño. Un hombre con cuchillo, esa estatua de penitencia ha sucumbido bajo el hombre que emergió del caos, y este accidente ha hecho que el viejo del bastón, que ya comienza a abandonar el lugar, resguarde por unos cuantos instantes, sean días, meses o siglos, el poco espacio que utiliza.

Nadie más ha podido presenciar el salvajismo que se da al interior de la biblioteca, donde la luz crepuscular poco a poco comienza a abandonar los estantes con los libros empolvados, advirtiendo la llegada de una pesada oscuridad. Son dos hombres los que pelean, mientras el viejo con su bastón anda y escucha los gemidos y la glosolalia que son propias del aparato humano. En la escaramuza no hay nada de animal, hay todo de hombres, hay todo de dioses, hay todo de muerte. La mucha niebla, ese fango blanco sobre la carne del ojo, no es obstáculo para que el hombre del bastón sepa de qué se trata el alboroto, que alguna vez fue murmullo en el ensueño y ahora es certeza punzante. Está seguro de que los jadeos vienen de la boca de un hombre que no esperaba conocer tan pronto, que cuando lo hizo este hombre lo cuestionó, y habrán sido sus respuestas o la falta de ellas las que hicieron que sacara de debajo de sus ropas el fierro que hace un momento alzó como instrumento de muerte. El otro hombre, al que se le escucha balbucear, es el hombre que surgió del ilocalizable punto de donde emerge la imaginación, un lugar casi inexistente para el resto de las cosas.

El primero de aquellos, lo sabe muy bien el hombre de los ojos grises, es Jacinto Chiclana. El segundo es Ñato Iberra. Ambos hombres, ambos ficciones, ambos enredados como las serpientes que reptan el caduceo de Hermes. Uno de esos hombres ha descubierto el secreto y con ello el dolor, la caída de la ilusión en aquel que ya es una ilusión; pero el hombre del bastón admira esa titánica vitalidad, que es coraje y amor por la verdad, que ha llevado a este cuchillero a bailar al borde de todas las muertes. El viejo que camina sobre la Plaza Dorrego sonríe para sí, porque ha vuelto a confirmar que hasta las ideas son tan fieras, hirientes y duras como lo son la piedra, el acero y el diamante. El otro hombre, el que detuvo el asesinato, también sabe del secreto, pero prefiere preservarlo y serle fiel a la vieja doctrina de ver, oír y para siempre callar. Ambos hombres son imagen del hombre de los ojos grises, son contornos de su rostro, son facciones y muecas de una cara que se enrojece con el sonido de los cuchillos, el calor de las historias y las chispas de dos corazones en llamas.

— ¡No tenías por qué matarlo!, ¡mi hermano nada tenía que ver con lo nuestro! – gritó Ñato Iberra que había sumido el cuchillo en la pierna de Jacinto Chiclana.
— Tu hermano está tan muerto como tú, como yo, como todos. Ese brujo que va ahí... ¡él es la muerte! Matarlo sería la única cosa de vida que podría hacer – dice Jacinto Chiclana, que le ha abierto la cara a Ñato con su cuchillo, como si fuera una delgada hoja de papel.

El hombre del bastón se hace de fuerzas para seguir andando. No tiene miedo a la noche, no le huye al frío, ni mucho menos al destino. En ese momento en que ha logrado dejar atrás la calle Humberto, ha llegado a la terminación de una serie de posibilidades que dicta lo siguiente: la disolución de Chiclana, el ángel de la muerte, será similar o igual a la magia que le trajo a este tiempo y lugar a Iberra. En ese mismo momento, Ñato, el ángel de la vida, que habrá de tener el rostro completamente pintado con su misma sangre, se lanzará sobre el humo dejado por el otro y, olfateando el tiempo que es camino oscuro y confuso, logrará como un perro llegar a 1977, a una calle empolvada de San Juan, para atestar un cuchillazo en la espalda del zorro de Chiclana. Estando los dos espectros heridos, la gente les verá y gritará; y sucederá que aquellos que no les hayan visto, por hechizo de las dos sombras, escucharan los tambores de una mitología perdida que, a veces, sin saber de qué se trata, la han sentido cuando han escuchado en la taberna, allá en los apartamentos miserables del barrio, el sanguinario tango o la torturada guitarra de la milonga. Aquellos que miren a esos dos hombres, arañarse, morderse y acuchillarse, verán en esa masacre el fantasma de un gaucho; escucharán una vieja voz que se libra de las impertinencias de la lengua y sentirán el fulgor de quien solo conoce el desierto, el fuego y la mística del dios bovino. Con ese espectáculo de saliva, sudor y sangre, en lugar de pesadillas tendrán sueños de una tierra que conocieron pero que han olvidado.

Mientras él deja la Vera Peñaloza, la noche por fin se ha posado y la blancura de sus ojos brilla más que el sol que alumbró el rostro de los primeros hombres. Sabrá el viejo que el ángel y el demonio que hace un momento se desangraban en San Juan, se esparcirán tal polvo en el desierto, para aparecer, como ilusiones de una magia vieja, en 1944. En ese tiempo, ahí en Santa Fe, probablemente escucharán la campana de Nuestra Señora de Guadalupe, probablemente la lluvia caerá, probablemente nadie les verá, pero seguro que Jacinto Chiclana, habiendo tirado su cuchillo en una enlodada baldosa, tomará de la cara a Ñato Iberra cuando este le haya hundido el cuchillo en las costillas. Aunque el dolor será punzante, sabe el hombre de los ojos grises que el costado atravesado es ya fortaleza de los hombres; y aquí Jacinto Chiclana hará crujir entre sus manos y el concreto la cara de Ñato Iberra. Saben los ojos del viejo que para Ñato aquello no significa nada, que no hay dolor que pueda quitarle el rostro endemoniado, delirante y sádico que se ríe bajo la lluvia. Jacinto Chiclana, al ver al poseído, se serviría de la culpa y aunque sea por un instante se arrepentirá de la traición cometida al secreto. Pero en el momento en que el demonio le de un zarpazo con sus garras sobre el pecho y le arranque, no solo las ropas que se han ido deshilvanando entre ‘pasos’ y ‘pasos’, sino también la carne caliente; se llenará de garbo y de una furia que exterminará la idea del perdón. Sabe el hombre del bastón, que se detiene y levanta su mirada, que para cualquiera de los dos hombres no hay otro destino que no sea a manos de su adversario.

Jacinto Chiclana, embebido de romana fuerza, de griega precisión y medieval voluntad, sacará de entre sus ropas corroídas otro fierro, uno pequeño, recuerdo del aguijón que torturó al apóstol, que servirá para perforar uno de los ojos de la gárgola. Antes de que haya salido la ensangrentada punta, el único ojo de Ñato Iberra podrá ver como la humedad de Santa Fe se desvanece en vapor, y deseará por un instante haber muerto en la picada del animal. El hombre del bastón sabe que falta poco para llegar al hogar. La recurrencia, la cotidianidad, le dictan que no falta demasiado para tocar la puerta, para entrar a la guarida, que bajo la geometría no es más que la manera de una osamenta, huesos de madera y concreto que lo contienen a él, un alma; y sabrá que en el momento de abrir la puerta esta crujirá por mandato de la costumbre mientras a su vez sonará, en otro lugar y tiempo, el crujir de un brazo desarticulado, el crujir de una mandíbula que cuelga, el firmamento quebrándose el día en que será juzgado el corazón de Ñato Iberra.

La puerta se ha abierto y el anticipado rumor del uso y el deterioro no se ha presentado. Al hombre del bastón le encantaría ver qué ha sido del desdén en la mecánica que ha traicionado las costumbres del oído y del destino. No se molestará en buscar una respuesta en la puerta, ni siquiera con la ayuda de las manos que se han vuelto diestras y acertadas en el arte de ver cosas, ya que la causa está a una distancia inconcebible, imposible. Desde una ignota topografía ha venido reverberando, como la cuerda de la trabajosa guitarra fatigada, un cambio en la sucesión de una lógica predispuesta para todas las cosas, y ese milagro ha permutado el pentagrama del cosmos. El viejo de los ojos grises, apoyado en su bastón, por razones que solo él conoce, suspira la profundidad, la consciencia de la incuestionable conclusión que afirma que el maniqueísmo de hace unos minutos, en las manos de esos dos hombres, es ahora religión de años, de centurias o milenios. Estos han muerto en un giro de lo siempre grande, rebelde y salvaje, el mundo y sus milagros.

La intemporal tragedia desemboca a las afueras de un café, uno muy conocido, uno del que todos hablan, uno que ha sido testigo de miradas, bocados y bocanadas, tragos de licor, de té y de eso... de café, como un faro que atestigua una insólita escultura que adorna de manera violenta y no sin cierto sentido de lo macabro – dirán por ahí, de lo fantasmagórico y lo diabólico – una composición roja, enferma, una efigie terrible de la vida subvertida. En ese exceso de vitalidad erguido en Rincón y Rivadavia, hay, si bien dos cuerpos, también cinco brazos de los cuales dos pares deberían pertenecer a esos hombres que alguna vez se sentaron a disfrutar del calor, de la música, la buena plática o el plácido silencio del café Los Angelitos. Esa aberrante masa de sangre, de manos, de cabezas, de rostros con las formas ocultas en la deformación y la espesura de los fluidos, son Jacinto Chiclana y Ñato Iberra; y un anónimo brazo que podría considerarse tan milagroso como misterioso.

El viejo de los ojos grises, que ya ha alcanzado el lugar donde los olores ejercen su hipnótico poder que llama al descanso, se ha acercado a la mesa, llamado por el aroma del guisado que la noble alma que cuida de la casa le ha dejado para cenar.

El sobre que descansa en la mesa es áspero y el hombre del bastón conoce el papel de inmediato; ya que ese papel tiene una identidad que entiende sin necesidad de la tinta que escribe un nombre en su amarillento color: Fénix.

Jorge Luis Borges se ha dejado caer en cavilaciones gracias al sobre en su mesa y lo sucedido aquella tarde. Ha decidido pasar la noche y la madrugada navegando en ellas, mientras espera que junto con el amanecer llegue también la mujer caritativa que le ayuda en el hogar, quien seguramente se encontrará con un guisado frío e intacto, y un ciego con una carta entre las manos, que sólo Dios sabe qué es aquello que tanto piensa.

Capítulo 8          |          Capítulo 10

viernes, 27 de septiembre de 2019

Rana de Mo Yan... una denuncia a la opresión del ser humano



Recuerdo claramente la elección de este libro, aunque no recuerdo muy bien, contra qué libro se fue a segunda vuelta. Sin embargo, recuerdo el "proselitismo político-literario" al que nos sumergió mi querido amigo Henry, en el afán de hacerse acreedor de nuestros votos, para finalmente y como él mismo lo dice "después de un largo embarazo de tres años", desembocar en la elección de "Rana" de Mo Yan, como el libro que nos acompañaría en las lecturas del mes de agosto.

Sin desmeritar las propuestas de mis otros amigos miembros del club, a quienes estimo y admiro muchísimo, y las cuales no dudo, también estarían interesantes, considero, sin temor a equivocarme, que "Rana", fue por mucho, la elección más acertada, pues nos muestra una historia que bien puede considerarse como "una denuncia a la opresión del ser humano".

Hoy, en nuestros tiempos, estamos siendo testigos de muchísimos casos en los que el poder político, sea de la corriente ideológica que sea, se sobrepone sobre la dignidad y se antepone sobre los sentimientos de bien que pueden mover a la humanidad, mismos que pueden llegar a frenar el desarrollo social y económico de nuestros pueblos.

Hoy vemos con pesar, como muchos líderes mundiales, de la talla de los Trump, los Maduros, los Putines (y los menciono en plural, pues no son solo los propios líderes, sino su creciente masa de adeptos) entre  otros que sería cansado nombrar, pisotean los derechos fundamentales de los hombres, basando su actuar en la defensa de teorías e ideologías, muchas veces obsoletas o fracasadas, que riñen a todas luces con la dignidad de los ciudadanos a quienes dicen representar.

En algunos casos, la opresión es mayor, pues la palabra o la decisión de un solo hombre, puede llegar a "pasarse por los arcos del triunfo" los derechos más fundamentales de pueblos y naciones enteras.

Mo Yan nos transporta con su libro a un hecho político social muy parecido a los que suceden en la actualidad, acaecido en la década de los 50, en el que el poder político y el dominio social del entonces régimen comunista, obligó a toda una sociedad a aplicar una ley que prohibía la concepción de un segundo hijo, no importando los métodos a utilizar o que estos riñeran con los principios y valores humanos, éticos y espirituales de aquellos a quienes se obligaba a ejecutar dichas políticas.

Yo particularmente siempre he sido un adepto seguidor y admirador de la literatura de Murakami (como lo muestra mi propuesta de "La chica del calendario" ganadora como libro opcional de diciembre), pero debo aceptar que Mo Yan ha resultado ser para mi, en cuanto a escritores de ascendencia asiática, una agradable sorpresa por su forma de llevarnos a experimentar con un relato que alucina por su realismo, a conocer una cultura como la china, de la cual se admira y se busca copiar hasta lo inimaginable, pero de la cual se desconoce mucho.

Esto hace que, con todos los méritos que puedan existir, Mo Yan pase a convertirse en uno de mis escritores favoritos a partir de este momento. Fue quizá el hecho de que su historia se asemeje muchísimo con nuestra realidad mundial lo que hizo que yo disfrutara este libro, como quizás nunca me imaginé disfrutarlo.

De Mo Yan puedo quizás resaltar que es claramente notoria la influencia que Faulkner ejerce en su forma de escribir. De hecho, leyendo "Rana", fue inevitable remontarme a la lectura de "Santuario" en 2017.

"Rana" nos lleva sin más a analizar  y meditar sobre  la pérdida del sentimiento humano o sobre la impotencia del hombre por ganar espacio ante el poder político dentro de un marco de lucha entre los principios personales y las necesidades del colectivo.

Lo único que se me hizo difícil fue la parte "teatral" del libro, pues yo soy de los que gustan más por la lectura de historias contadas bajo la figura del narrador en primera persona.

Agradezco a Henry su "sinfín de coleteos y cabeceos, tercos, persistentes y perseverantes", gracias a los cuales tuvimos el gusto de leer un  libro lleno de un espíritu de humanismo acogedor y por el cual, coincidimos en que Mo Yan es, sin duda, el escritor que merecía ganar el máximo galardón a las letras.

De hecho, hasta el también ganador del Premio Nobel de Literatura, el japonés Kenzaburo Oé, al ser preguntado sobre su preferencia para el ganador del Nobel, manifestó: "Si pudiera escoger al próximo Premio Nobel de Literatura, este sería Mo Yan".

Reciban mis saludos y mis más grandes deseos de bendiciones y gratas lecturas.



Solaris... un reto de lectura enorme



Hola amigos del club, después de un buen tiempo sin subir mis comentarios acerca de los libros que estamos leyendo este año, aprovecho para comentarles que, muy a pesar de mi ajetreada agenda laboral y familiar, he logrado seguirles la pista a la distancia, en todos los libros que se llevan leídos en este año. Por eso y, a fuerza de ser sincero, con el factor tiempo ejerciendo una fuerte presión sobre mi, he decidido compartir con ustedes mis comentarios acerca de la lectura del libro Solaris de Stanislav Lem.

He de aceptar que el género de la ciencia ficción siempre ha sido uno de mis géneros literarios favoritos, pues a lo largo del tiempo, he disfrutado de la lectura de grandes escritores del género como Ray Bradbury, Julio Verne, Isaac Asimov y H. G. Wells y por eso, cuando Marlon lo propuso como una de las opciones de lectura para el mes de Julio, de entrada generó en mi un fuerte interés por leerlo.

Cuando comencé con su lectura, rápidamente pude llegar a la conclusión de que este, supondría un fuerte reto para mí, pues a pesar de mi gusto por este género, encontrarme con lecturas cargadas de muchos términos científicos, más que centrarse en una trama más específica, siempre me ha supuesto un reto, pues me cuesta adentrarme en su lectura. Sin embargo, para mi sorpresa, Lem hace uso de un método en el que las descripciones de las diversas formas de vida que habitan Solaris, a pesar de ser complejas, resultan necesarias para que nosotros como lectores, podamos comprender de una mejor manera, el sentido que Lem quiso darle a este libro y el mensaje que quiso transmitirnos a través del mismo.

Solaris es definitivamente un ataque certero y preciso a la tendencia del Ser Humano, de luchar en centrar la naturaleza de la vida en sí mismo y, a través de este "personaje", nos muestra que muy a pesar de nuestro creciente conocimiento acerca de los misterios de la naturaleza, aún no llegamos a conocer ni a dominar del todo el Universo. Solaris nos sitúa en un mundo futuro en el que la humanidad ha logrado por mucho traspasar los límites del universo hasta donde había logrado llegar, y por medio de una estación espacial, se dedica a estudiar a nuestro "personaje" que no es más que un planeta que se encuentra completamente cubierto por un océano que posee una naturaleza imposible de comprender para la raza humana.

Me parece que el desarrollo de la obra es correcto, pues logra mezclar con una perfección admirable, los sucesos que se dan entre sus personajes, creando una atmósfera de irrealidad y misterio que nos acompaña a lo largo de la obra, haciéndola mucho más interesante. Me queda a deber un poco, el final, pues no logro comprender como es que Lem, dejó una obra literaria que bien podría catalogarse como una obra maestra de la ciencia ficción, con un final tan poco claro y tan poco concluyente. Hasta parece en ciertas facetas del libro, que Lem no supo como terminar su obra y al final, se decidió por el escenario más insípido de todos. Aún así me parece un libro muy preciso y fluido.

Lem fue capaz de llevarnos a conocer a sus personajes, aún cuando no libera mucha información acerca de los mismos. Se vuelve muy interesante la manera en que los personajes van solucionando los sucesos que les toca vivir de una forma bastante psicológica. Lem no cae en lo rutinario de darnos descripciones fáciles, trilladas o clásicas de los personajes, sino que logra generar en el lector, un interés genuino que poco a poco va llevándonos a conocer a cada personaje, con sus virtudes y sus debilidades, a partir de la forma en la que se desenvuelven dentro de la trama, hasta que llega un momento, en el que se vuelve imposible no identificarse con uno o más de ellos.

Yo en lo particular, me identifique mucho con Kelvin, pues es un personaje que logra equilibrar muy bien, su psique interior con los acontecimientos de su entorno. Me resultó interesante la forma en que desarrolla la relación con su esposa muerta, porque aún cuando es una representación extraída de sus recuerdos, no se trata de un simple fantasma, sino más bien, resulta ser una persona auténtica, real, de carne y hueso, que simplemente desconoce en ese momento su condición fantasmal, pero que siente y piensa como la persona que en algún momento fue estando en vida.

Agradezco a Marlon, por llevarnos con su propuesta a leer uno de los libros más interesantes que yo haya podido leer en años, sobretodo por la originalidad de la historia. Me queda como nuevo reto, investigar un poco más sobre Stanislav Lem y su obra, pues sin duda alguna, algún otro de sus libros, debe ser igual de atractivo e interesante como este.

Hasta pronto queridos amigos.


Erratas... ¡esos errores de dedo que nos matan!



Carmen González Huguet compartió el siguiente artículo con los autores del blog "la gaticueva" y en ocasión del conversatorio de anoche en el que pudimos compartir una deliciosa tertulia literaria con ella, se los comparto con una transcripción textual de las palabras con que Carmen nos sacó la carcajada al referirse a esos "errores de dedo" como unos por los que "uno se quiere matar" cuando después de revisar y revisar un texto, al verlo impreso y publicado resulta que tiene uno o varios y eso simplemente no se puede entender... ¡espero que lo disfruten! 

«En aquella época cuando yo empecé eran copias en original, a máquina, a máquina manual, o sea ni siquiera con papel carbón, sino que el original, ¡único!, y han cambiado mucho las cosas para bien porque mis borradores en máquina de escribir, tachados y vueltos a escribir y con correcciones y todo aquello era ilegible al final. Ahora uno corrige y edita de un solo, pero y siempre se le van a uno, eso a mí a veces me da una cólera, me quiero agarrar contra las paredes porque ya publicado el libro, ya impreso y me doy... "ay Dios mío esta palabra es con c y la escribí con s, aquí se me fue una tilde", y mire con MartE, mi editora, Marta Elena Uribe de Editorial Delgado, que yo tengo la suerte de que tengo una editora maravillosa, que es una lectora así acuciosa, y aún así se nos va, y Claudia Argüello también corrige los textos, somos tres y se nos van cosas a las tres, y ya publicado el libro y todo a uno le dan unas ganas de matarse porque ¡cómo se me pudo ir!, pero se le van a uno los errores porque eso es inevitable» Carmen González Huguet

¿Será entonces que solo queda rendirse con humildad ante ellas como quien sabe perder, sin por ello abandonar el intento de ganarles en la siguiente edición?  

Les comparto el artículo que tan bien y de una forma tan graciosa las describe.

¡Ah, las erratas!

Estos «piojos de las palabras», como las llamó Flaubert, se cuelan en los recovecos más insospechados y pueden lanzar por la borda una labor de creación literaria o de investigación.
 Juan Morales Agüero 
11 de Julio del 2013

Las erratas son viejas conocidas de los escritores y los periodistas. Quienes han hurgado en el tema afirman que acechan al texto desde el debut del lenguaje escrito. De su nociva naturaleza dijo el literato español Ramón Gómez de la Serna: «Son para las palabras como enfermedades infantiles: sarampión, varicela…, que deben pasarse obligatoriamente».

Tipógrafos, editores y correctores figuran entre sus presas favoritas. El empeño por exterminarlas no parece exhibir grandes progresos, pues se niegan a desaparecer. En efecto, las muy pícaras se camuflan entre vocales y consonantes y saltan como liebres en cualquier rincón del párrafo.

El cronista español Andrés Henestrosa las ha sufrido muchas veces en textos propios, así que habla con conocimiento de causa. Sus palabras son concluyentes: «Ahí donde aparezca una errata, aparecerán otras, porque proliferan y se reproducen como conejas. Son tan invencibles como elocuentes; avasallan, convencen y seducen. Por eso ganan al final, quedándose».

Detectarlas y eliminarlas a tiempo es una suerte de obsesión. Un sitio en Internet cuenta que un editor francés llamado Robert Etienne perseguía tanto las erratas que después de compaginar los textos de un libro, imprimir las pruebas, corregirlas y volverlas a imprimir, las colgaba en la fachada de la editorial, a la vista de los caminantes, a quienes pagaba una bonita suma por cada una que encontraran».

El gran poeta chileno y premio Nobel de Literatura, Pablo Neruda, las estigmatizó: «Son las caries de los renglones». Eso, quizá, porque en su libro de poemas Crepusculario alguien le enmendó un verso. Así, lo que originalmente era «Besos, lecho y pan» se publicó como «Besos, leche y pan».

A la vera de estos huéspedes indeseables mostró su rostro la célebre fe de erratas. La más antigua data de 1478 y ocupa dos folios de una obra de Juvenal. Después, la Suma Teológica se editó con otra análoga, pero… ¡de 111 páginas! Amilanadas por tal plaga, las editoriales contrataron como correctores a insignes hombres de letras, como Erasmo y Shakespeare.

Las erratas son universales y ubicuas. No respetan credos, ni reyes, ni Papas... Y, a propósito, el Papa Clemente XI, quien ofició entre 1700 y 1721, murió de una apoplejía cuando descubrió una errata en el primer ejemplar de sus homilías recién impresas que alguien le llevó para leer.

Galería de las equivocaciones

En la antología de las erratas aparecen algunas muy simpáticas, aunque imagino que a sus víctimas no les habrá hecho ninguna gracia. Una clásica se coló en el folletín de Vicente Blasco Ibáñez titulado Arroz y tartana. La edición príncipe decía: «Aquella mañana, doña Manuela se levantó con el coño fruncido». El autor había escrito «el ceño fruncido».

Otra similar contrarió al bardo español Ramón de Garciasol, quien logró incluir un poema en la muy seria revista Ínsula. Exponía: «Y Mariuca se duerme y yo me voy de puntillas». Solo que el duende de los gazapos le jugó una mala pasada y apareció: «Y Mariuca se duerme y yo me voy de putillas». Pero —¡ay!—, Mariuca era su esposa. Tengo la certeza de que al vate le resultó difícil persuadirla del equívoco editorial.

Con el ilustre mexicano Alfonso Reyes las erratas devinieron ensañamiento. Él las denominó «especie de viciosa flora microbiana, siempre reacia a los tratamientos de la desinfección». Un libro suyo de poemas tenía tantas que hizo ironizar así a un crítico: «Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañado de algunos versos».

Las erratas no respetan ni los títulos de las obras. La feria de los discretos, de Pío Baroja, se editó en la enciclopedia Espasa como La feria de los desiertos; el drama La expulsión de los moriscos se llevó a la cartelera como La expulsión de los mariscos; y la novela de Alejandro Dumas hijo llegó a publicarse como La dama de las camellas (por camelias).

Erratas periodísticas

En ocasiones, una errata ha puesto de patitas en la calle a un colega distraído. Cuenta el argentino Manuel Ugarte el caso de un informador de antaño que, al ofrendar su crónica a la hija del dueño de su rotativo, garrapateó: «Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tinta». Solamente que en lugar de tinta, se publicó tonta.

Al académico francés Flavigny no le fue mejor, en 1648, al escribir en una glosa teológica la conocida frase del Evangelio de San Mateo: «¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no echas a ver la viga que está en tu propio ojo?». Esto, en latín, reza: «¿Quid vides festucam in oculo fratis tuis et trabem in oculo tuo non vides?»Un burlón reseñó así el infeliz dislate: «En la palabra oculo el duende escamoteó misteriosamente la o inicial, pasando en la frase el papel del ojo a otra parte del cuerpo humano…».

A pesar de lo involuntario del hecho, el escándalo que originó el desliz fue colosal. La comunidad académica no perdonó aquel desacierto que casi desacredita para siempre a uno de sus miembros entre sus propios colegas de oficio.

A veces la mera ausencia de una tilde puede provocar el caos. Como aquel diario que publicó un clasificado donde se solicitaba «una secretaria con ingles», en lugar de «con inglés». Otro caso: en una crónica teatral, el chupatintas rasgueó: «El exquisito gusto de la autora es bien conocido por todos sus amigos». Solo que, donde decía gusto, salió publicado busto. ¡Vaya revuelo el que armó el marido!

En una gacetilla, alguien escribió «lúgubre viaje». Pero se lo cambiaron por «legumbres viejas». Y como si eso no hubiera resultado suficiente, al final del texto dijo, poético: «Hay una humedad de sal mojándonos las ojeras». Sin embargo, se la variaron por «hay una humedad de sol mojándonos las orejas».

En materia de titulaje, los disparates no han sido menores. Un periódico canario encabezó así un suelto relacionado con cierta enfermedad bovina: «Las vascas locas», cuando debió decir «Las vacas locas». Tan pronto se enteraron, las féminas de esa región de España pusieron el grito en el cielo.

Otras erratas periodísticas divertidas son la del «Banco Español de Cerdito» (por crédito); la dama que lanzaba a su amado miradas de «apasionada ternera» (por ternura); la demanda de trabajo en la que se buscaba a alguien capaz de cuidar «persianas mayores» (por personas); o el «libro de Pitágoras» de un buque para designar el libro de bitácora; o el santoral que anunciaba el Día de la Purísima Virgen, pero la r se cambió por una insultante t… ¡y se armó la grande!

Otras manifestaciones

Un aragonés nombrado Ángel Mostajo se tomó la molestia de revisar a fondo todas las entradas del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), en su edición 21 de 1992. Y vaya sacrilegio, localizó en sus páginas imprecisiones diversas, errores de imprenta, definiciones incongruentes o «meramente machismos o racismos heredados de ediciones anteriores».

Sin la intención de lastimar la dignidad de los académicos a cargo del popular texto, el investigador halló 163 erratas. Las comentó y las envió a la RAE. Desde allá le agradecieron su acuciosidad y paciencia, que lo llevaron a leerse toda la obra. La edición 22 (2001) del DRAE subsanó las erratas.

En fin, que las erratas —«piojos de las palabras», según Flaubert— se cuelan en los recovecos más insospechados y pueden lanzar por la borda una labor de creación literaria o de investigación. Vuelvo a convocar a Alfonso Reyes:

«A la errata se la busca con lupa, se la caza a punta de pluma, se la aísla y se la sitia con cordón sanitario y a última hora, entre las formas ya compuestas, cuando ruedan los cilindros sobre los moldes ya entintados, ¡hela que aparece, venida quién sabe dónde, como si fuera una lepra connatural del plomo! Y luego tenemos que parchar nuestros libros con ese remiendo del pegado que se llama fe de errata, verdadera concesión de parte y oprobio sobre oprobio».

¡Solavayan las erratas!

viernes, 20 de septiembre de 2019

Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia | Carmen González Huguet



"Puso su mano en mi rodilla y yo no la aparté. De hecho, había estado esperando eso desde que entramos. Se podría decir que por eso me había puesto falda, en lugar de pantalones, y medias, en vez de pantis. Y los zapatos altos, no las sandalias pachitas con que andaba todos los días, para arriba y para abajo, y que me gustaban tanto... Las sombras y las luces de la pantalla caían sobre nosotros, con un resplandor irreal. Él tenía los ojos fijos adelante, pero su mano siguió explorando por mis piernas..."   

Así empieza el monólogo "Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia" con el que Carmen González Huguet ganó el premio único de dramaturgia en los Juegos Florales de San Miguel en el año 2003 y apareció en la antología de cuento Puertos abiertos publicada en 2011 por Sergio Ramírez en México, por el Fondo de Cultura Económica. En octubre de 2018, en las votaciones del Club de la Buena Estrella este monólogo fue elegido para ser leído como segundo libro en el mes de septiembre de 2019.  


« Docente universitaria, mujer, poeta, sonetista, caminante de la vida»

Con esas palabras describe a la autora Lorena Juárez, columnista de la Revista multiplataforma Literofilia en la reseña de una entrevista que le hizo en el año 2018 y que pueden leer aquí.


Carmen González Huguet, es una reconocida poetisa y catedrática de El Salvador, creadora de un estilo considerado impecable y dueña de una vasta producción literaria a lo largo de su vida. Ha sido además catedrática en diversas universidades por más de 2 décadas; su obra se conoce tanto dentro como fuera del país y, a la fecha, ha ganado importantes premios literarios como el XXXVII Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística en España en el año 2017 y los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango en dos ocasiones (1999 y 2016) siendo hasta el momento, la única escritora salvadoreña que lo ha ganado en dos ocasiones.


El 25 de octubre de 2012 se convirtió en miembro de número de la Academia Salvadoreña de la Lengua y actualmente integra la Red Internacional de Investigación en Literatura de Mujeres de América Central, coordinado desde la Universidad de Aguascalientes, en México, D.F.


Por su labor en el área de la investigación, su incesante labor en favor de las letras, su estilo que muchos consideran deslumbrante, así como por su pasión por la poesía, Carmen González Huguet es considerada una de las poetisas más importantes en la historia de nuestro país.


El monólogo teatral "Jimmy Hendrix toca mientras que cae la lluvia", en palabras de su creadora representa un ejercicio de catarsis de tres días y ha sido concebida por ella misma como “una novela hiperconcentrada o un cuento demasiado largo”.


Se han realizado varias lecturas dramáticas de la obra en teatros de San Salvador y en presentaciones privadas. 


La razón por la que propuse el libro de Carmen, es porque hace varios años tuve la oportunidad de asistir a una lectura del mismo realizada por ella y, en esa oportunidad, contó cómo este pequeño e intenso libro es fruto de unos días en los que estuvo como poseída por una fuerza creadora que la llevó a encerrarse a escribir y escribir en medio de un llanto incontrolable hasta que estuvo terminado. Al leer la historia a mí se me encogió el alma y después de conocer la trayectoria de Carmen, cada año al proponer un autor salvadoreño tenía la espinita de que ella es una escritora que debíamos leer en el club, el año pasado la propuse y gracias a ustedes ahora esto empieza a materializarse.

Desde el principio abrigué la esperanza de que si el libro era seleccionado, podríamos invitarla a que nos contara un poco sobre su oficio como escritora de novelas, poemas, sonetos (por disciplina al ritmo de quién marca tarjeta en su trabajo cada día), de docente, de mujer en las artes salvadoreñas que se ha forjado una reputación y se ha metido incluso en ligas de mayor alcance al conseguir hacerse con premios incluso de carácter mundial y quiso la fortuna que pudiéramos coordinar un conversatorio con ella.  ¡Este es nuestro afiche de invitación! 



BIOGRAFÍA 


Ana del Carmen Guadalupe González Huguet, quien firma sus libros como Carmen González Huguet, nació en la ciudad de San Salvador, capital de El Salvador, el 15 de noviembre de 1958. Hija de el profesor Virgilio Juan González Fernández, nacido en Melgar de Arriba, Valladolid, España, y de Ana Gloria Huguet, salvadoreña de ascendencia catalana. 

Sus abuelos maternos fueron el catalán Antonio Huguet, nacido en Valverd de Queralt, Tarragona, y María Josefa Cañas, nacida en Suchitoto, departamento de Cuscatlán, El Salvador. El hermano del padre de María Josefa Cañas fue el poeta Miguel Plácido Peña Martel, cuyos versos aparecen en La Guirnalda Salvadoreña, de Román Mayorga Rivas, publicada en tres tomos en San Salvador, entre 1882 y 1886. Su bisabuelo, Antonio Peña Martel, fue en diferentes épocas alcalde de Suchitoto y de Guazapa.

Carmen cuenta con la doble nacionalidad salvadoreña y española. Fue la primogénita de sus hermanos: Gloria María (1961), María del Pilar (1963) y Juan Antonio (1967). Estudió, desde el kinder hasta el bachillerato en el colegio Sagrado Corazón (San Salvador), donde se graduó como bachiller y taquimecanógrafa en 1976. Entre 1977 y 1980 estudió dos años de la licenciatura en Química, uno en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” UCA, y otro en la Universidad de El Salvador, UES.  No pudo continuar debido al cierre de la UES por parte del Ejército en esos tiempos convulsos en El Salvador, donde iniciaba lo que sería la guerra civil que terminaría con la firma de la paz en 1992. Años después siguió su inclinación hacia la literatura y se graduó de profesora de Educación Media en 1991 y de licenciada en Letras en 1992 en la UCA, la universidad jesuita en la que fue alumna de algunos de los sacerdotes asesinados el 16 de noviembre de 1989, como Ignacio Martín-Baró y Segundo Montes.

Su trayectoria como catedrática la ha hecho pasar por aulas y generaciones en la Escuela Americana, en la UCA, la Universidad “Dr. José Matías Delgado”, la Escuela de Comunicación “Mónica Herrera”, la Escuela Superior de Economía y Negocios (ESEN) y entre una y otra ha acumulando más de veinticinco años de experiencia docente. Además, laboró en publicidad y en medios de comunicación. Fue directora de Publicaciones e Impresos (Concultura) de 1994-1996 y trabajó también como investigadora literaria de 1997 a 1999, siendo parte del equipo académico responsable de la reapertura del Museo Nacional de Antropología de El Salvador Dr. David J. Guzmán.

Además de recibir numerosos premios en concursos literarios celebrados tanto dentro como fuera de El Salvador, diversos artículos y poemas suyos han aparecido en publicaciones periódicas salvadoreñas, como ECA, Taller de letras, Cultura, suplemento cultural Tres mil, Semana, Apertura, suplemento cultural Búho, Tendencias, Gente, Ahora, Revista de la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad “José Matías Delgado” y otras. Publica en Internet la columna Pura nostalgia en el blog El ojo de Adrián. Un artículo suyo apareció en la revista Cuadernos Hispanoamericanos No. 678, en diciembre de 2006.

Carmen dedica gran parte de su tiempo a la investigación y entre sus trabajos en esa rama se incluyen el libro "San Salvador en las alas del tiempo", una edición patrocinada por TACA International Airlines en 1996, y que hizo en coautoría con Carlos Cañas-Dinarte; la compilación, notas y estudio introductorio de los dos tomos de la "Poesía completa de Claudia Lars" editado por la DPI-CONCULTURA en el año 1999 y la investigación Historia de la radiodifusión en El Salvador (1999, inédito). 

De 1998 al año 2000 formó parte del grupo Poesía y Más integrado a su vez por otras conocidas mujeres de las letras salvadoreñas. Dentro de este proyecto cultural contribuyó a la creación de los espectáculos teatrales Poesía bruja y Rezongos de mujer, los cuales se presentaron en diversos auditorios del país.  

Como producto de su trabajo en el área de la investigación, el jueves 25 de julio de 2019 se llevó a cabo la presentación oficial del libro “Muestra de la Literatura Salvadoreña”, donde se analiza la poesía de 10 escritores salvadoreños: Francisco Gavidia, Alberto Masferrer, Salarrué, Claudia Lars, Alfredo Espino, Pedro Geoffroy Rivas, Oswaldo Escobar Velado, Matilde Elena López, Claribel Alegría y Roque Dalton, y se detallan las técnicas, figuras y recursos literarios que usaron para crear sus obras.

Diversos académicos han realizado trabajos dedicados a su obra, entre ellos los ensayos: La otra mujer. Borges, psicoanálisis y construcción de género en Carmen González Huguet, incluido por el doctor Rafael Lara Martínez, del Tecnológico de Nuevo México en su libro La tormenta entre las manos.  Ensayos sobre literatura salvadoreña y De lo femenino y la historia en Centroamérica: contar y recordar en Carmen González Huguet, ponencia presentada por la doctora Nilda Villalta, de la Universidad de Maryland, en la reunión 2000 de la Asociación de Estudios Latinoamericanos. 


El doctor Lara Martínez también ha escrito el ensayo Nación, Recinto de penumbras: El rostro en el espejo de Carmen González Huguet.

FICHA DEL LIBRO
Título: Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia  
Autora: Carmen González Huguet
Nacionalidad: Salvadoreña | Española
Mes: Septiembre
Viñeta: Autor salvadoreño
Número de páginas: 23
Editorial: Editorial Rubén H. Dimas
Año de publicación: 2004
Idioma: Español
ISBN: 9789996197918
Última edición leída: Marte Editorial
Año: 2019
País de origen: El Salvador

PUBLICACIONES

Poesía

"Las sombras y la luz" (1987)

"Mar inútil" (1994)

"Testimonio" (1994)

"Palabra de diosa" (Panamá, 2005; San Salvador, 2010)

"Glosas" (San Salvador, 2009)

"Bitácora" (Quetzaltenango, 2010)

"Placeres" (Managua, 2010)


Cuento

"Mujeres" (1997) 

(libro de cuentos ganador del II Certamen Centroamericano de Literatura Femenina)

"Leyendas de Cuscatlán" (2017)


Novela

"El rostro en el espejo" (2005, 2011) Novela corta

"Pentagrama" (2015

"Crónicas policíacas" (2017)


Otros

“Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia" (2004, 2012) Monólogo teatral

“Poesía completa de Claudia Lars" (1999).

PREMIOS 
  • En 1999 su poemario "Locuramor" fue galardonado con el primer lugar en los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango.
  • Ganó el premio de dramaturgia en los Juegos Florales de San Miguel, en 2003, con su monólogo teatral "Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia".
  • En 2005, recibió el Premio de Poesía "Rogelio Sinán" de la Universidad Tecnológica de Panamá.
  • Su novela corta "En busca del paraíso" se hizo acreedora al premio de los Juegos Florales de San Salvador en agosto de 2005. Con su primera novela policíaca "Flores de papel" ganó los Juegos Florales de Zacatecoluca en diciembre de 2006.
  • En 2007 volvió a ganarlos con otra novela negra, "Los niños perdidos", con la cual se hizo acreedora al título de "Gran Maestre de novela corta", siendo la única mujer que ha ganado, a la fecha, este galardón en dicha rama.
  • En 2007 recibió un reconocimiento por parte de la Cámara Salvadoreña del Libro.
  • En 2008 ganó los Juegos Florales de Santa Ana con su libro de cuentos "El color de la melancolía".
  • En 2010 ganó su segundo premio en los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango por su poemario "Bitácora", convirtiéndose en la única escritora salvadoreña que ha ganado este premio en dos ocasiones. Fue ganadora del VI Concurso Centroamericano "Rafaela Contreras" en 2010 en poesía, otorgado por la Asociación Nicaragüense de Escritoras (Anide), que eligió por unanimidad conceder el premio al libro "Placeres".
  • La escritora salvadoreña también fue galardonada con el título de "Gran Maestre" en las ramas de Poesía, Novela corta y Cuento por ganar tres ediciones distintas de los Juegos Florales, convocados por CONCULTURA en cada una de dichas ramas.
  • En 2011, recibió el premio de cultura "Licenciada Antonia Portillo de Galindo", en la especialidad de poesía, otorgado por el Centro Cultural Salvadoreño Americano.
  • En 2017 ganó el Premio Hispanoamericano de Novela en la ciudad de Quetzaltenango, Guatemala, con su obra policíaca "Viento de ceniza"; y el XXXVII premio mundial Fernando Rielo de Poesía Mística, por su poemario "El alma herida"

FUENTES CONSULTADAS

Periódico digital El Faro
Multiplataforma Literofilia
La Prensa Gráfica

lunes, 16 de septiembre de 2019

Mientras agonizo: Estudio sobre Vardaman (II)





VARDAMAN 


Vardaman, en el momento en que debe de enfrentar la muerte de su madre, es embargado por una incapacidad inherente a su edad o a una posible enfermedad, que le hace asumir la muerte de forma pasiva; pasiva, siempre dentro de los términos de la acción concreta como queda reflejado en cada uno de los miembros de la familia. Pero hay que puntualizar que la segunda intervención de Vardaman en la novela, es una muestra incuestionable de los efectos de la muerte en la subjetividad del menor de los Bundren y, a lo mejor, un espejo de la experiencia de la muerte en el corazón humano.

La narrativa de Vardaman después de la muerte de la madre se caracteriza por una ruptura en el orden al que nos pretendía acostumbrar. Si bien su mensaje podría resultar confuso, no es sino la consecuencia de su modo particular de entender y actuar sobre las cosas - entrelazando objetos y cualificándolos fuera de la naturaleza de los mismos -, pero aún y el cansancio que puede provocar, jamás logró ser suficiente argumento para dictaminar una rotunda falta de lógica o al menos coherencia en lo que pretendía comunicar en su primera intervención: es decir, que con más que menos palabras, Vardaman había desplegado un discurso que tenía una finalidad y que con dificultad se le podía catalogar de coherente. Pero llegados a este punto, las pobres directrices que pudieron salvar a Vardaman de lo inentendible, se difuminan en un mensaje roto. 

Mientras Vardaman expresa un interés angustioso por lo que Cash hará ahora que su madre ha muerto, la figura de su padre se ha transformado en una entidad amenazante, un punto en donde se articula una especie de terror: “Pa walks around. His shadow walks around, over Cash going up and down above the saw, at the bleeding plank”; Dewey Dell aparece por su cuenta en forma de mandato y orden: “Dewey Dell dijo que tomaremos plátanos”; y luego se introducen objetos a partir de una mirada que no se sabe si es interna - como maquinación de la mente  - o externa - como exploración visual sobre un objeto concreto. En esa estructura de pensamiento que acosa a Vardaman, una figura del padre que parece venir de la imaginación o el recuerdo, deslizan su discurso hacia el cuestionamiento por su identidad e historia, como si su condición de 'niño de campo' fuera una cosa inútil para la exigencia de la muerte de su madre: y ese cuestionamiento llega hasta el punto de responsabilizar a Dios por una respuesta que introduzca orden, y que disipe el terror y la angustia. Un Dios, aclaro, que es radicalmente distinto de la figura de su padre, y no una personalidad desplazada o extensiva del mismo, ya que al finalizar la interpelación, la figura amenazante del padre-sombra sigue rondando cerca de Vardaman: “¿Por qué no soy un chico de la ciudad, padre? —dije. Me hizo Dios. No le dije a Dios que me hiciera chico del campo. Si puede hacer el tren, ¿por qué no hace que todos sean chicos de ciudad con harina y azúcar y café?”. Angustia, amenaza y orden son aquí símbolos de un cataclismo y pérdida espiritual que dejan al descubierto el dolor de Vardaman y, a la vez, la búsqueda cristiana de una respuesta, de una identidad. ¿Será Vardaman el semblante de Job?

La crisis revela su esencia en el momento en que Vardaman observa a su madre muerta y señala con total seguridad que lo que está viendo no puede ser ella, no puede ser su madre, que sea lo que sea que está ahí es una cosa distinta de su madre. Bajo esta experiencia, Vardaman nos permite entrever la inversión del mecanismo que le permite anudar cosas a partir de una característica común. En el texto de Coy se cita:

Eso no era ella. Yo estaba allí, miraba. Lo vi. Creí que eso era ella, pero no era. Eso no era mi madre. Ella se marchó cuando la otra se echó en la cama y estiró la colcha. Se marchó.  —¿Habrá llegado hasta el pueblo? —Se fue más lejos todavía. —¿Y todos esos conejos y zarigüeyas se van tan lejos? Dios hizo a los conejos y a las zarigüeyas. Hizo el tren. ¿Para qué va a hacer un sitio diferente para que vayan si ella es igual que los conejos? (...) Y si ella le deja es que no es ella. Lo sé. Yo estaba allí. Yo vi cuando eso ya no era ella. Lo vi. Ellos creen que sí es y Cash va a clavar la tapa. Eso no era ella porque eso estaba tirado por ahí, entre la porquería.

Vardaman trabaja sobre el cuerpo de su madre, desdoblándolo por la falta de coherencia entre los dos estados que ha presentado él mismo en un lapso de tiempo. La radicalidad del cuerpo muerto obliga a Vardaman a exiliar la historicidad de su madre y su vinculación, con la ayuda de sus siempre cómplices, animales; así, la falta de congruencia entre la historia y el cuerpo de la madre y la total ausencia de la primera, la rapidez con la que se ha efectuado la mutación y desaparición, solo es equiparable para él con la velocidad de los conejos y zarigüeyas, animales esquivos por naturaleza y posiblemente imposibles de atrapar para un niño que por su edad o alguna enfermedad, se la haga imposible realizar el esfuerzo acertado para atraparlos. La huida de la madre, que “se fue más lejos todavía” del pueblo - posible contorno y fin del mundo geográfico para Vardaman -, es, no solo una estrategia para mantener intachable la identidad de su madre, la preservación de su propia identidad, o al menos lo que queda de ella. 

Sin pretender caer en algún sutil psicologismo, encuentro necesario resaltar el interés moral que Vardaman tiene por la preservación de la identidad de su madre, debido a que el acto de exilio en forma de animal que le adjudica tiene como propósito el mantenimiento ideal de la imagen materna, cosa que podría señalar la edad de Vardaman o brindaría una pista de su condición mental. 

Aún con esta acción redentora de Vardaman, su naturaleza, es decir la manera en que opera sobre el mundo, no le permite pasar por alto el aroma a muerte del pescado que anudaba con la condición de corrupción de la madre agonizante en la cama. El pescado que ya ha sido partido para ser cocinado y comido, vuelve a emerger en esta danza de imágenes y palabras. Aunque en esta aparición, tendrá una forma definitiva que le permitirá a Vardaman mantener una cercanía con esa historicidad que se ha escapado, pero que es necesaria para la estabilidad de su propia identidad, haciendo emerger la sentencia: “Mi madre es un pez”.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Mi respuesta a los patriotas | Salarrué


Salarrué - Autoretrato


Mi respuesta a los patriotas

Por Salarrué


Mis amigos me han dicho «Tú que eres sereno, tú que ves las cosas con los ojos adormilados, tú que estás siempre en la tierra del ensueño, en ese mundo irreal a donde los golpes de la marea de aquí abajo no llegan, por lo mismo, por eso, tú debes dar tu opinión en estos momentos en que la patria se encuentra en la indecisión. Apunta tu microscopio y dinos que ves y como lo ves, de algo ha de servirnos, hazlo por patriotismo, dígnate pisar con tus plantas la tierra firme, siquiera por una vez... ».Y se han echado a reír. Conozco en su manera, que lo han dicho en parte como burla amistosa, con el cariño que infunden los locos pacíficos, en parte en serio y es por ello que yo me he quedado perplejo y me he sentido luego como incomprendido, tenido como un ser vago e inútil, de un mundo problemático. Y me he indignado en mi dignidad de hombre y he alzado mi grito de protesta como la voz en el desierto escribiendo esta respuesta a los patriotas sin nombre...

Yo no tengo patria, yo no sé qué es patria: ¿A qué llamáis patria, vosotros los hombres entendidos por prácticos? Sé que entendéis por patria un conjunto de leyes, una maquinaria de administración, un parche en un mapa de colores chillones. Vosotros los prácticos llamáis a eso patria. Yo el iluso no tengo patria, no tengo patria pero tengo terruño (de tierra, cosa palpable). No tengo El Salvador (catorce secciones en un trozo de papel satinado); tengo Cuscatlán, una región del mundo y no una nación (cosa vaga). Yo amo a Cuscatlán. Mientras vosotros habláis de la Constitución, yo canto a la tierra y a la raza: La tierra que se esponja y fructifica, la raza de soñadores creadores que sin discutir labran el suelo, modelan la tinaja, tejen el perraje y abren el camino. Raza de artistas como yo, artista quiere decir hacedor, creador, modelador de formas (cosa práctica) y también comprendedor. La mayor parte de vosotros se dedica en su patriotismo a pelearse por si tienen o no derecho, por si es o no constitucional, por si será fulano o zutano, por si conviene un ismo u otro a la prosperidad de la nación. La prosperidad es para vosotros el tenerlo todo, menos la tierra en su sentido maternal. Capitalistas embrutecidos, perezosos y bribones muestran sus caras abotagadas y crueles a no menos crueles comunistas pedigüeños, sórdidos y rapaces. Mientras estos dos bandos en todos sus grados de intensidad se gruñen unos a otros, nosotros los soñadores no pedimos nada porque todo lo tenemos. Ellos se arrebatan las cáscaras y nos dejan la pulpa : - El pan es mío, todo mío, dejadme vender el pan», gritan unos; «no» dicen otros: «tenemos hambre y el pan es nuestro, porque la tierra es nuestra»... Mientras nosotros los soñadores, sin que nadie se oponga, hacemos crecer la espiga embelleciendo el paisaje, gozamos la música del maizal que sonríe con la brisa, recogemos cantando la mazorca y dejamos el comerla a tarascadas a los puercos. El cafetalero es un pedante que habla del mercado, de la baja, del alza, cuenta pisto agachado sobre las mesas, husmea costales y no ha estado nunca tirado al fondo de un cafetal, en el misterio de las noches de luna ; no nota la belleza del grano sangriento cuando resbala entre los dedos de las cortadoras cantarinas, no conoce el aroma y la leyenda de la flor del cafeto. El azucarero no ha oído nunca el susurro consolador de los cañaverales, ni ha visto meterse al chipuste en marejadas armoniosas. Todos ellos gritan alrededor de una sola cosa: el dinero. Unos quieren ganar el quinientos por ciento y otros quieren que se les suban sus salarios. El comunista usa un botón rojo y habla de degollar, llama justicia al buen pan y buen vino bien compartido, y no han sabido nunca del saber dar a quien todo lo tiene, que es quien nada tiene. El indio del arado y de la cuma que hace el paisaje agrario bajo el sol crudo, está satisfecho de hacer vivir con sus manos toscas y renegridas, manos de Dios, a un pueblo entero que se entrega a una locura llamada política; que no sólo es infructuosa sino dañina. Este indio vive la tierra, es la tierra y no habla nunca de patriotismo. Ni teme al extranjero que nada puede quitarle de lo él, a menos de quitarle la existencia.

Yo que paso en la tierra del ensueño, según vosotros, yo estoy más en el corazón de la tierra, arraigado de verdad y con raíces abajo y queriendo florear por arriba. Si la tierra de Cuscatlán se alzara un día personificada llamando a sus hijos, a mí, de los primeros me reconocería y no a los políticos y a los istas de esta cosa llamada patria. El Salvador y demás zarandejas que simbolizan con banderas y escudos y que señalan con fronteras imaginarias. No, no soy patriota ni quiero serlo; tengo mejor concepto de un guineo patriota que de un hombre patriota. A mí no me agarran ya con esas cosas respetables. Ni siquiera trabajo en Patria, trabajo en Vivir, es decir, no en la patria sino en la vivienda, terruño o querencia, como diría Espino. Vivienda, sí, con sueño y todo, pero viviendo una vida real, la vida que se saborea como vino sagrado. Yo no aro ni siembro ni cosecho la tierra: oficio ante el altar y doy las gracias en nombre de los soñadores cosechando un grano invisible que desgrano de la mazorca de la vida y de la espiga de la costumbre. ¿Qué cosa es vuestra patria que yo no la miro? Me pedís que descienda a vuestra realidad y no sé dónde poner el pie; por todos lados encuentro arena movediza. Si yo os invito a que vengáis a mi terruño, tendréis amplio campo donde correr y sudar; podréis untaros las manos en barro fresco y llenaros el pecho de aire puro. En esa vuestra patria yo sólo respiro odio, cobardía, incomprensión.

¡Qué diera yo por traeros a esta mi tierra Ya los pocos que había conmigo se han marchado; me encuentro casi solo. Solo con el indio contemplativo y la mujer soñadora. Ya no hay Miranda Ruano que escriba Las Voces del Terruño, libro que ya nadie lee; Ambrogi habla constantemente de Quiñonez; los Andino escriben «Política»; Bustamante es empleado de juzgado; Castellanos Rivas se hace Secretario Particular; Guerra Trigueros no oye más caer las estrellas en la fuente inmemorial; Julio Ávila se dedica al comercio; Llerena enmudece; Gómez Campos tiene tienda; Paco Gamboa se doctora; Salvador Cañas «prepara» a sus muchachos; Masferrer ya no canta; Gavidia discute sobre el radio; Chacón hace seguros de vida; Rochac habla de finanzas; Villacorta se queja de la tesorería; Vicente Rosales anda en corrillos; Miguel Ángel Espino es fuente seca; y en fin, me veo solo en la tierra de la realidad, apenas con un Mejía Vides que quiere ir al estero a pintar un tiempo (como Gauguin en Taihiti) y un Cáceres que sueña y llora en los rincones del «Atlacatl».

Sí, ¡qué diera por traeros a esta mi tierra! (Que no es hipotética, como la vuestra): cerros enmontañados, y llanos ondulantes en donde al salir el sol cantan los gallos, en dónde no hay artículo número tal, sino un árbol de grata sombra; en dónde no hay el inciso cuarto; sino el ojo de agua para la sed; en dónde la ley de tal cosa está representada por la lluvia, por la luna o por el viento.

Lírico, sí, es verdad; pero lírico sobre el polvo de la tierra y no prosaico e insípido sobre hediondos conceptos y rancias doctrinas. Lírico bajo el cielo azul, y no sórdido bajo la loza del ismo.

Como me lo pedís, he pisado ya con mis plantas la tierra firme; pero la mía, no la vuestra, que no es firme ni es tierra sino humo (del feo). Lo he hecho porque me habéis obligado, porque al fin habéis conseguido distraerme de mi “éxtasis azul impráctico” y hasta habéis logrado indignarme un segundo. Sabed de una vez por todas, que no tengo patria ni reconozco patria de nadie. Mi campo es más amplio que esa tajadita de absurdo que queréis darme. Mucho más amplio. Ni siquiera el mundo. Ni siquiera el cosmos...

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