miércoles, 25 de septiembre de 2019

Series CBE: El último Perolero (Parte 1)


Rabbit and Copper Pot
Jean Chardin (1699-1779)
Si no fuera por las dos canchas de fútbol que guardan poca distancia una de la otra, y el fervor en el vecindario del respectivo deporte, la avenida Dolores sería un anonimato. A la par de una de las canchas, la más pequeña y menos polvorosa, se encuentra un desocupado espacio de tierra y maleza, un lugar medio vivo y medio muerto, donde cierto día, no muy lejos de los tiempos que hoy corren, un hombre llegó con un carretón lleno de chatarra, tela y peroles, y convirtió a ese espacio de tierra y maleza en su reino.

Los días en la avenida Dolores transcurren sin escándalo. Las mañanas traen los tambores de los pasos por las aceras, el vapor de la orina de perro que se quema en el asfalto y el aguante del oído y de la calle por el pasar de buses y carros. Los mediodías se vuelven solitarios sobre la avenida, a esa hora solo la luz y el calor habitan esa longitud que termina frente al cementerio municipal de Mejicanos. Las tardes suelen estar cargadas de aromas que congregan a la gente con las historias de sus vidas: maíz fermentado, frijoles cocidos con cebolla y ajo, pan recién horneado, queso salado y aceite quemado; olores que mantienen al vecindario fuera de sus casas hasta que llegue la noche. En esas mismas tardes también se escuchan los golpes del pie al balón y el alboroto de quienes juegan con él; un golpe en una cancha, un reclamo en la otra y, a veces, en ambas canchas, se juntan al mismo tiempo los gritos de una anotación. En la noche, cuando el sonido de los grillos prevalece y la luz ya no puede hablar sobre los recovecos y quebraduras de la avenida, se alcanza a escuchar una triste guitarra que toca notas ajenas a ese sopor que es propio de La Dolores.

En el trozo de tierra medio viva y medio muerta, Josefo Gabarri ha armado una choza con tubos, láminas, cables, telas, plástico y lazos y, junto a ella, ha puesto su mecedora, que parece lo más nuevo de todo lo que posee. Se sienta en la silla y con las notas que salen de la guitarra, Gabarri recorre mundos que solo ha conocido a través de las palabras. Los acordes de la balada le hacen sentir la grama mojada de una mañana húngara; los golpecitos en la hueca madera, le dicen cuántos pasos hay entre Moldavia y Rumania, y el dulce tarareo que llena los silencios de la melancólica música, es el sonido del aire que se respira en las montañas balcánicas.

Si Josefo Gabarri ha tenido suerte con sus pequeñas tareas remuneradas, o se ha encontrado monedas extraviadas en la calle, o las ha encontrado por obra de la donación, va y compra uno, dos o tres cigarros, en la única tienda de la avenida y, al terminar de tocar su guitarra, se fuma su recompensa, suerte o bendición. Si por mala fortuna la moneda se le niega, aún cuenta con la mitad de las páginas de una Biblia que robó hace años, para fumarse hoja seca de lavanda, romero, eucalipto y hoja de papaya, que ha venido guardando desde que anda por su cuenta en el mundo.

Con el primer humo del cigarro le viene el calor. Detrás de la niebla, Gabarri mira unos enormes senos que rebotan de un lado para otro mientras escucha palabras viejas y amedrentadas que le dicen “Churrumbelio callao este María”, “con’eso ojos chinchines, camela a cualquiera”, “¡Antón, si es que‘es el Chorrojumo de’sta alegría!”. Luego mira decenas de fardos de telas de colores que se extienden como alfombras hasta tocar la espuma de la playa, donde la arena mojada le invita a él y a otros que se le parecen, a dejar sus carretas y cargas para que descansen antes de buscar donde pasar la noche. La gente que mira a Josefo Gabarri, con el torso quemado y desnudo y el cabello enredado y brillante por la arena, se hablan en secreto mientras lanzan miradas pendencieras y hacen gestos de repudio. Entre ellos se dicen cosas como “no miento, se lo juro por ‘esta’, son más buenos que esos di’izalco”, “son cuentos de camino-real compadrito, esa gente es enferma, es sucia”, “son vagos vea niña Munda”, “que va creer Chabe, son ladrones de cipotillos”. Lo que más recuerda Josefo Gabarri de todo lo que la gente ha hablado de él o de los suyos, es “Perolero”; palabra que entendió tiempo después de haberla escuchado, cuando alguien le dijo, mientras andaba con su carretón sobre un sendero accidentado: “se le ha caido el perol, eñor”. Así fue como llegó a saber que 'perol' era la cacerola ennegrecida que andaba cargando.

Más allá del humo, las telas de colores vivaces se extendían bajo la sombra de montañas y volcanes, donde Josefo Gabarri recuerda que vivió sus mejores años. La gente del lugar les empezó a tener simpatía y confianza. Encontraron en él y en los que andaban con él, buena ayuda para el tiempo de labor en los cafetales. Cuando descansaban de la corta de café, Josefo y los suyos contaban historias a los cafeteros y, a cambio de un poco de pan o leche, se ofrecían a leerles los designios de las cosas que estaba por venir. Los cafeteros aceptaban de buena gana y curiosidad, y Josefo sacaba de su mazo las cartas con calaveras y diablos para evitar leer un mal en el futuro; ocupaba los huesos de pollo seco rajados con cuchillos en el lugar donde se dicta la buena suerte, y nunca le faltaba en la boca el “veo un mal que solo puede quitarse…”, que regularmente lo espantaba con una ración de carne o monedas.

Mientras el cigarro se quema, las telas siguen corriendo hasta volverse escarlata, y con una nueva bocanada el humo vuelve a ocultar el rostro de Josefo Gabarri. Él recuerda cuando logró escapar de oscuros días de muerte que lo obligaron a tomar sus cosas para seguir andando hasta encontrar otro lugar lejos de las montañas y volcanes. En esa época, algunos de los que andaban con él, olvidaron para siempre la forma de su ropa, guardaron sus anillos y comenzaron a caminar en solitario; cada quien tomaba su propia dirección. Cuando Josefo encontraba un lugar nuevo, se quedaba lejos de los tumultos y ruidos de la gente. En las noches guardaba completo silencio y, en el día, él como muchos que anduvieron compartiendo su camino, dejó de ocupar su lengua; se hicieron hombres y mujeres mudos que caminaban con la cabeza gacha. Después de varias andadas, se quedó durante largo tiempo en varios terrenos descampados en Santa Tecla y, durante su estancia, procuró parecer menos él y dejó de cantar cuando tocaba la guitarra. Se tuvo que conformar con tararear.

Al terminar el cigarro, también termina el correr de las telas de colores que quedan como tristes hilos que se pierden en la maleza donde descansan sus pies descalzos.

Una noche, tirando el cigarro quemado sobre la tierra reseca, Josefo escuchó el sonido de un automóvil que venía chillando sobre toda la avenida Dolores. El auto frenó con violencia, se abrió una puerta y se escucharon gritos adentro. Luego un martillazo ensordecedor hizo eco en toda la vía, y antes de que el automóvil se perdiera en la oscuridad, se escuchó caer una enorme piedra en la calle.

En un principio pensó que estaba muerto, pero el cuerpo comenzó a jadear. Josefo se salió un poco de los límites de su reino, e inspeccionó a lo largo de la calle para ver si alguien aparecía a atender el asunto. Se quedó esperando un tiempo con la esperanza de que alguna sirena, o al menos un alarido de auxilio sonará en aquel momento y le librará de una idea que lentamente se estaba apoderando de toda su cabeza. Ante la falta de respuesta se regresó a su choza, y de la maraña de cosas sacó una bolsa de cuero que revolvió buscando algo con relativa tranquilidad. Detenía la búsqueda en la bolsa cuando escuchaba que del cuerpo venían lamentos de puro sufrir, y creyó ver que el cuerpo, aún en su estado, intentaba alcanzar la acera. Volvió a dar una última mirada a la avenida, y al constatar que todas las luces de las casas cercanas se mantenían en oscuridad y que ni siquiera se escuchaban los ladridos de algún perro con insomnio agitando la noche, se acercó con una cuchilla al cuerpo reptante que balbuceaba algo que poco le interesó entender. Puso el pie con fuerza sobre la espalda del cuerpo en el suelo y le dijo:

- Si querés vivir te vas a dejar de mover y me vas a ayudar con tres cosas, ¡no!, ¡con cuatro!, ¡cinco!, ¡serán cinco!

La respiración del cuerpo se hizo fuerte por varias razones, pero la más importante era que el moribundo, milagrosamente, había encontrado una oportunidad para seguir con vida. Como pudo, el desahuciado buscó el rostro de ese pie y cuando levantó la mirada se encontró con la candente luz de la lámpara de la calle, por lo que solo miraba un blanco enceguecedor que pintaba una cabeza. Con los ojos puestos en esa luz, el hombre en el suelo intentaba decir que estaba dispuesto a aceptar o renunciar a cualquier cosa por preservar un poco más la vida, quería decir que cambiaría, que haría todo de una manera distinta a la manera en que hasta ese momento de muerte había vivido; que habían tantas cosas que tenía que reparar en él y con los demás a su alrededor, que la enorme culpa por palabras que nunca dijo, y el terrible enojo por las sandeces que siempre habló, sería lo primero que buscaría componer, ya que al hacer eso, estaba convencido de que podía cambiar cualquier cosa en él y en el mundo. Con esos ojos caídos, enrojecidos, quería hacerle saber al rostro blanco que él nunca quiso ser lo que era, y que sentía lástima por él mismo por siempre haber visto el mundo desde el pequeño lente de su egoísmo, quería decirle al que estaba en la luz, fuera dios o uno de sus enviados, que tuviera por promesa, por pacto y juramento, con la sangre que ya se estaba pegando en la calle, que su vida estaría al servicio de él desde ese momento. Pero nada pudo salir de su boca que no fueran alaridos, por lo que solo asintió con la cabeza, antes de estrellarla en la avenida Dolores.

- Entonces que así sea – dijo Josefo Gabarri, que se rió cuando metió la cuchilla en la herida donde manaba la sangre.





1 comentario :

  1. Me encanta este cuento Alex... está súper entretenido y quisiera saber más de la historia. Gracias por compartirlo!!!!
    Me gusta cómo has dibujado el personaje de Gabarri. Es un tipo misterioso... jaja

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