sábado, 28 de septiembre de 2019

Series CBE: El último Perolero (Parte 2)

Conejo
Marta Bercebal (2009)




Miguel Ángel, a quien conocen como 'Cusuco' por tener la espalda encorvada, abrió los ojos para encontrarse con el rostro burlón de un hombre de piel quemada, pelo amarillento y enredado, y unas enormes cejas plateadas que robaban toda la atención de la cara. Intentó moverse pero el dolor en el pecho no le dejó, solo pudo tocarse la herida cubierta con trapos calientes que despedían un hediondo aroma a pimienta. Cusuco siguió viendo la cara que se reía de él, y quiso preguntarle qué es lo que había sucedido la noche anterior, cuando notó que la boca la tenía tapada con varios centímetros de plástico. 

- Quiero platicar contigo sin darte muchas explicaciones, por eso el plástico. Tienes cara de hablar mucho y entender nada - le dijo Josefo Gabarri a Cusuco, sentado en su mecedora, rascándose la planta de los pies - La he sacado - y Josefo le enseñó, entre el índice y el pulgar, un proyectil. 

El dolor, la sensación de agradecimiento y el alivio de seguir con vida, no eran lo suficiente para que Miguel Ángel se sintiera alegre, el rostro, la burla, y la boca amordazada le hacían sentir náuseas y angustia. Se quedó con los ojos bien abiertos, quieto, y prestó todo su empeño en escuchar lo que ese samaritano malicioso tenía que decirle. 

Se presentó cómo Josefo Gabarri, nombre que de entrada, Cusuco, creyó una farsa. Le dijo que poco o nada tenía que saber acerca de él y su historia, que su relación estrictamente estaría basada en una deuda, cualquier forma de librarse del pacto que ya tenían, era una pérdida de tiempo porque él había cumplido con cabalidad su parte devolviéndole la vida, y esperaba la misma exactitud para con los cinco asuntos que Cusuco, desahuciado, había prometido cumplir. Asuntos, enfatizó Josefo, que él no tenía porqué cuestionar y que si pensaba algo al respecto y llegaba a alguna conclusión, tenía que quedarse callado. Una vez terminado su trato, Miguel Ángel quedaría libre para hacer, decir, escribir, confesar o denunciar lo que quisiera al respecto, y dejó establecido, como roca inamovible, que la única ley que prevalecía entre los dos, era la ley a la que están sometidos todos los deudores. 

En la medida en que Josefo Gabarri hablaba, Miguel Ángel comenzaba a notar que el corazón se le aligeraba, que el nerviosismo desaparecía en cada gota de sudor. Detrás de la voz de ese samaritano, había una seducción que se escurría en los bordes de sus palabras, en los bordes de sus ojos, cubría, como seda lujuriosa, los movimientos de los dedos cada vez que se escondían y aparecían entre los nudos del cabello. Miguel Ángel sentía un apetito por Josefo, no solo quería saber de él, no solo quería saber su pasado u oficio, quería algo de él, algo de su espíritu, algo de eso que se notaba cuando quedaba en silencio con la boca torcida sonriendo malvadamente, quería algo de eso que pasaba en las gruesas manos cuando se agarraba los largos cabellos para seguirlos enredando. Entre más se embebía de la imagen de Josefo Gabarri, Cusuco era más pequeño, sentía más culpable el nudo de tristezas atravesado en la boca del estómago, se sentía menos que nada. 

Gabarri le explicó las cosas en el orden en que tenían que ser ejecutadas, por lo que Miguel Ángel pensó que los favores respondían a un solo propósito; el cual, tendría que ser una deformidad de lo normal, de eso que él creía normal, sin importar fuera lo normal bueno o lo normal malo, es decir, esa normalidad que espera que todos los hombres y mujeres entiendan. 

El orden inicia con una dulzaina metálica y oxidada, que con el contacto de la boca desprendía trocitos de metal enfermo. Cusuco tenía que ensayar todos los días hasta el fin de sus servicios, una melodía desesperante que solo tenía dos sonidos, cuya diferencia entre uno y el otro, es que el segundo sonaba en un tono más bajo que el anterior. Josefo le insistía a Miguel Ángel que por simple que parecía la ejecución, requería persistencia y dedicación para mantener la calidad del sonido y el tiempo ideal de la música. 

- Si llegas a tocar la segunda nota… - Gabarri hacía sonar la dulzaina - antes del cambio... - y pegaba con el pie en la tierra en cortos lapsos de tiempo - puedes hacer que todo, todo, se vaya directamente muy-a-la-mierda, y si eso sucede, tu, te vienes conmigo. 

Lo segundo que le dijo Josefo a su ahora siervo, fue que tenía que ir a la colonia Zacamil, no muy lejos de la avenida Dolores. Tenía que estar a las seis de la mañana debajo de una pasarela roja que se erguía sobre la calle principal, y esperar a que llegara un hombre con sus cabras. Ese hombre se detiene en ese lugar todas las mañanas para vender leche recién ordeñada de las cabritas a la gente que se dirige a su trabajo. Una vez ahí, Cusuco tendría que encontrar la manera de robar una de las cabras de este hombre, una cabra gris con un parche negro en el centro de la cabeza. 

- No será fácil. A esa hora pasan cientos de carros, el tráfico es de locos; hasta puede que hayan algunos policías de tránsito. Lo otro es que la gente que camina en la zona te vea, o quien sabe, hasta pueden llegar a intervenir. Pero si tienes suerte y logras robarle la cabra, lo difícil va a ser encontrar un lugar donde degollar al animal, para evitar que el ruido que haga te delate. 
- ¿Degollar? - era la primera vez que hablaba Miguel Ángel después de que Josefo le quitó el plástico de la boca. 
- Si, degollar. Lo tienes que hacer con cuidado - le entregó un cuchillo delgado, parecía un picahielo, y tenía el mango pintando de negro con unos símbolos dorados y diminutos - Presta atención: antes de rajarlo, ocupando la mano derecha, debes estar seguro de que tu mano izquierda está tocando la mancha negra de la cabeza. Tus cinco dedos tienen que estar en la mancha negra. Un pedazo de dedo que te quede afuera, no solo va a arruinar la sangre, también la cabra te puede maldecir antes de morir. 
- ¿Y qué tipo de cabra es? - Cusuco preguntó con ironía y se retorció de un repentino dolor en la herida, un dolor que le hizo pensar que esta vez  moriría. 
- No es broma nada de esto - Josefo le susurró al oído a Miguel Ángel, mientras chillaba de dolor. Cuando pudo abrir los ojos enrojecidos del llanto, vio que su samaritano le enseñaba un soga con tres nudos coloreados de morado, rojo y azul. Y antes de que se atreviera a preguntar, Josefo apretó el nudo rojo y Cusuco una vez más volvió a sentir la muerte. 

Después de que Miguel Ángel se hubo recuperado de los dos golpes agonizantes, el encanto y la obsesión que se había ido formando por Josefo Gabarri se había acrecentado en una mezcolanza de terrores y pasiones que jamás antes había sentido por algo o por alguien, y desde ese momento sentía que una llama le quemaba la piel, una electricidad le recorría en cada golpe de corazón y que el aire que le entraba por la boca se le hacía agua en los pulmones. Entre más se moría, Cusuco era más vida. 

Josefo Gabarri se puso a fumar romero y tabaco, le había dado de tomar algo caliente a Miguel Ángel, quien no se atrevió a preguntar qué era y que le hacía la lengua áspera.

- No lo tome a mal. Lo que quiero decir es ¿cómo voy a hacer eso en pleno día? Me verán, ya de por sí lo de la cabra está arriesgado, pero arrancarle la mano a un muerto, dígame ¿cómo se la arranco? No puedo andar en la calle con un corvo, además ahí hay seguridad, habrá gente… - Cusuco le hablaba a Gabarri con desesperación, porque sabía que no tenía alternativa, tenía que hacerlo. 
- Ese mismo cuchillo te va a servir y, además, la sangre de la cabra la vamos a ocupar para ayudar en esa situación. Cuando tengas al muerto enfrente, mojas la mano de sangre, sangre que puedes guardar en esta botellita, y una vez roja la mano veras como el cuchillo corta sin problema toda la carne hasta el hueso. Lo único que tenes que fijarte es que el muerto haya nacido en 1932. No importa si es hombre, mujer o niño, tiene que ser de ese año. Si no lo haces de esa forma, lo fastidiaras todo - inhaló el humo de las hojas, y con eso terminó de explicar la tercera cosa que Miguel Ángel tenía que hacer.

Cuando el samaritano le dijo su cuarta responsabilidad, Cusuco se cubrió la cara con las manos; tenía miedo a que alguna palabra en forma de pregunta, insulto, reclamo o grito, le saliera de la boca, y Gabarri volviera a apretar el nudo rojo, o peor aún, presionara uno de los otros dos nudos de colores. La orden era precisa, y fácil de entender.

- Vas a entrar a una casa, que yo elegiré y entrarás por la noche. Al bebé que encuentres le cortarás el prepucio con ese mismo cuchillo. ¿Que habrá gente en la casa? claro, sus padres de seguro, y el niño gritará al igual que la cabrita, pero para eso nos ayudaremos de la mano del muerto. Te haré un amuleto con ella. La casa elegida tendrá que estar cerca de aquí, porque al cortar la carnita del niño vendrás a buscarme y nos iremos a esa loma, ahí donde ves el tanque de agua. En ese lugar sabrás cual es tu última obligación y daré por pagada tu deuda -Los dos estaban fumando cuando Josefo terminó de dar las explicaciones - ¿alguna pregunta? - agregó.  
- Si. ¿Cuando debe de hacerse todo esto? 
- Todo debe estar listo para la última noche de abril, porque este gitano no tendrá que ver un invierno más. 



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