lunes, 30 de septiembre de 2019

Series CBE: El último Perolero (Parte 3)




Cabra

Martín Lay (2019)


Miguel Ángel ‘Cusuco’, contrariamente a lo que él mismo pensó en su agonía acerca del deber para con la vida, sus promesas y pendientes, decidió quedarse sin ápice de duda con Josefo Gabarri. No le importó dejar en un charco viscoso de lágrimas a su madre que lo daba por perdido, le dio igual que su mujer se golpeara la cara para evitar esos pensamientos que le decían que su marido había muerto, y poco significaba para él que los amigos hablarán debajo de la luz de los postes, en las acaloradas noches de su barrio, de cómo Cusuco había fracasado. Josefo Gabarri nunca le negó la salida para que fuera con los suyos, es más, hasta le insistió en que dejara su hogar en orden y que volviera a cumplir su promesa, porque un corazón limpio y en paz, es un corazón dispuesto a todo, sin estorbos ni distracciones. Pero Miguel Ángel le dijo que no, que había concluido que su fracaso, su muerte y desaparición era el punto final, el cierre de una vida que ya no era suya, que de manera aberrante, casi diabólica había resucitado de entre los muertos en un paraíso de cachivaches, desperdicios, telas y peroles, respirando el amargo aroma de los cigarros, sintiendo el calor que le quemaba la cara, soñando con la melodiosa guitarra y el tarareo profundo y ancestral del samaritano y ardiendo de pies a cabeza por un fuego que crece cada día en su pecho y que por primera vez le hizo sentir su corazón, más que a la izquierda, en el centro.

Una mañana de marzo, Cusuco se levantó mucho antes de que el sol se asomara sobre los bordes del horizonte infinito, se guardó en el bolsillo el cuchillo de mango negro, se enredó un tecomate y una botellita en el cuello, y con la dulzaina herrumbrosa en la boca se fue caminando en dirección a la calle principal, debajo de la pasarela roja de la colonia Zacamil.

Llegó antes de las seis de la mañana al lugar indicado, no había señales ni de hombres, ni de cabras, pero había rebaños de autos que iban y venían por la calle hasta perderse en número por lo incontable que resultaban, lo que le permitió entrever a Cusuco, que hiciera lo que hiciera y sin importar como resultara, miles de ojos lo verían robando a un desdichado su cabrita. Sintió nerviosismo, pero no pensó en escapar. Su devoción nada tenía que ver con el miedo y mucho menos porque su palabra tuviera valor para él, era simplemente por Josefo Gabarri, por estar con él, por emborracharse cuanto fuera posible de su diablura, de su malicia, de sucumbir a diario en ese misterio oceánico, porque creía que en él sin entender la razón que le daba soporte a esa idea, existía no solo una verdad, sino esa verdad específica que podría darle un sentido a una vida que para él jamás tuvo.

Mientras soplaba la dulzaina y zapateaba el concreto, ensayado como de costumbre, Cusuco escuchó crisparse el ambiente. Las cabras le parecieron, a los lejos, sibaritas de un gozo que los hombres desconocían, su balar eran alabanzas primigenias, inocentes y santas a las cosas que siempre existieron antes del mundo de los hombres. La expresión de maravilla de Miguel Ángel se trastocó en aflicción cuando vio venir al hombre de las cabras, un rabioso de carne y hueso,más alto que Cusuco, tres veces el grueso de él, con una espesa barba negra que el cubría la boca y que con un solo brazo dominaba a las ocho criaturas.

Cusuco no tenía idea de cómo robarle a esa bestia. Ante el menor movimiento de delito, ese titán cabrero lo tomaría con sus brazos y le rompería como conejo seco, la columna y la madre. Pero el peso del amor que se gestaba en Miguel Ángel por Gabarri, esa gravedad inescapable, le hizo respirar profundo y entregarse en manos de un destino que ahora estaba en las manos del dios de todos los gitanos. El plan que se armó en su cabeza tenía todo de estúpido, pero brillaba de eficiente. Cusuco creía que, noqueando a la mole, agarrado del precedente de victorias de los pequeños sobre los gigantes, era la mejor forma de robar la cabra que ya había visto cantar con animosidad. Esos sonidos jubilosos que emitía el animalito eran señal de que Miguel Ángel había sido reconocido como el rostro de su trágico futuro. 

Tomó una enorme piedra, que la gente que ha hecho de la acera un mercado utiliza para amarrar los plásticos que cubren sus cabezas del sol, y esperó a que el gigante, que ya comenzaba a servir las primeras leches, se volviera a agachar para propinarle un golpe en la cabeza y dejarlo inhabilitado. Una vez dormido y soportando el escándalo de los transeúntes o los pitos de los autos, tomaría al animal y correría hacia un predio que divisó de camino a la Zacamil. En ese llano lugar, donde llega la basura de alguna comunidad, mataría a la cabrita y llenaría sin problemas los dos recipientes de sangre; el tecomate para Josefo Gabarri y la botellita plástica para él.

El gigantón, con destreza y gentileza para con el animal, estaba ordeñando a una cabrita mientras dos mujeres esperaban sus respectivos extractos. Cusuco agarró la piedra y la descargó con crueldad sobre la cabeza del cabrero. No se sabe si la piedra era una fachada de la tierra endurecida por el sol o si la cabeza del hombre era de acero o era la verdadera piedra, pero lo que sí se sabe es que Miguel Ángel se quedó con polvo en la mano y con un descomunal ogro al que le hervían los ojos. Cusuco, viendo cómo su ingenio se hacía añicos como la piedra, agarró la cabra de la mancha negra mientras el cabrero se levantaba furioso, una de las mujeres se desmayó y alguien desde un carro gritó “¡Jue´puta, que pijazo!”.

Miguel Ángel se echó a correr con el animal entre los brazos. Mientras corría sobre la calle principal, escuchaba los carros haciendo sonar las bocinas y por encima de eso, oía la voz de la montaña que se había desbocado en odio sobre él que era el ladrón. Sintiendo el peso de la cabra y la desesperación de sus gemidos que eran la mismísima voz de los infiernos, se le ocurrió, en otro atisbo de buen genio, cambiar los planes del predio y degollar al animal mientras corría por su vida. Buscó la manera de sacarse el cuchillo del bolsillo y, cuando lo hubo dominado, agarró al animal por el pescuezo y el alarido de la cabra se hizo más espantoso que hasta él mismo tuvo miedo. En carrera, con la mano del brazo que cargaba el animal del cuello, logró tocar la mancha negra en el centro de la cabeza. El cansancio y la angustia, el terror y la obligación, hicieron que Cusuco pusiera, para su mala suerte y la de Gabarri, solo cuatro de sus dedos. Con la otra mano lanzó la hoja mortal sobre el cuello del animal, que tenía un cuero fibroso e impenetrable que hizo que el ladrón lo intentara abrir a puñaladas frenéticas, pero el pescuezo no cedió.

El cabrero que estaba cerca de atrapar a Miguel Ángel, que ya poco le faltaba para hacer del Cusuco un cabrón muerto, vio que el ratero con su cabrita venían echando sangre por toda la acera, y a la vez escuchó un horrible sonido que solo se escuchan en los mataderos de animales. Y es que Cusuco, el siervo de Josefo Gabarri, después de tanto esfuerzo en la corrida y la desesperación, logró rajar el cuello del animal que se desangraba en la calle principal de la Zacamil. La gente que los vio quedó estupefacta ante la locura de un hombre que degüella cabras mientras corre. La sangre salía a borbotones y un río carmesí mojaba el asfalto de una calle que comenzaba a sufrir las inclemencias de un clima que no aguardaba por lo alto del sol para liberar el calor. Sabrá Dios de las virtudes de Miguel Ángel, que han de ser muchas, o al menos las necesarias para enfrentar el día a día, pero que en lo que respecta a llenar recipientes de líquido mientras se está en movimiento no debe figurar entre ellas; Cusuco apenas logró llenar a la mitad el tecomate y dejó casi vacía la botellita. Si fuera suficiente o no, Cusuco no lo meditó, tiró al animal en agonía en plena calle para que algún auto le hiciera la misericordia de acabar con su vida, mientras el gigante se derrumbaba en llanto al ver a su cabrita morir como un perro sarnoso.

Con aroma a leche, orina y heces, aroma a cabra en su ropa ensangrentada, Miguel Ángel corrió una gran distancia por Mejicanos, para llegar al reino que ahora compartía con Josefo Gabarri, su amo, su salvador, su dios. Iba sonriente, cargando la sangre del cabrito en el tecomate y la botellita, entusiasmado porque algo había hecho para alcanzar un paso más en el excelso camino que se había imaginado al servicio del gitano.

Llegó a la avenida Dolores, su hogar. Josefo Gabarri, que acaba de quemar menta y hoja de papaya con su boca, dejó la guitarra y la mecedora bailando cuando sintió en el aire el aroma a sangre de animal. Salió del reino medio vivo y medio muerto para recibir a su siervo, al magnífico e inesperado enviado de la providencia, que ahora le servía con devoción y fidelidad. Distinguió su silueta y una soberana alegría le embargó el corazón, incluso creyó que el agua que cayó de su ojo no era sudor, sino que era una lágrima de esas que dicen que solo son y pueden ser de felicidad.

Entre más se acercaba el siervo fiel, a Josefo Gabarri se le borró cuanta señal de algo puede tener el rostro, y dijo, más para él que para Miguel Ángel:
- ¿Qué hiciste? 
- ¡La cabra! ¡La sangre! ¡Lo he logrado Josefo! – Cusuco dio un saltó de emoción cuando le respondió.
Josefo Gabarri se fue para el castillo de desperdicios y, después de hurgar en el carretón, regresó con un trozo de cristal, un espejito sucio y quebrado. Aunque mantuviera la boca abierta, nada se asomaba a la boca de Gabarri, ni siquiera el aire, y Miguel Ángel, atribulado por el mucho silencio y falta de mérito y honor, tomó con zozobra el espejito. Cuando vio en la imagen que se proyectaba sobre el cristal, no solo vio la ropa curtida de los fluidos del animal y la sangre que le cubría el pecho y la cara, las manos y el pelo, sino que ahora en su rostro había dos esferas amarillas, brillantes, fulgores de una tierra desconocida para el hombre, pero familiares para el animal, donde había dos alargadas lagunas negras y repugnantes, que le perturbaron más que su propia muerte.

Y es que todas estas cosas las vio Cusuco con sus ojos, sus enormes y amarillos ojos de cabra.



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