martes, 29 de octubre de 2019

Series CBE: Viñetas de una biografía (II)



¡Puedo verme!

Aún mantengo vigente la impresión que me causó Animal Man (1988) en el momento en que hizo eso que ahora entiendo que se llama: la ruptura de la cuarta barrera. La historia de Grant Morrison sobre este superhéroe de DC Comics, ahora olvidado, – que más de algún ambientalista no dudaría en utilizar – trabaja una toma de conciencia sobre el mismo. La viñeta definitiva de Animal Man de Morrison, ya que la serie continuó con otros autores, es una viñeta entera ubicada en la página de retiro, apareciendo de sorpresa a la vista del lector. Buddy Baker (Animal Man) en un viaje por el desierto de Arizona, después de haber consumido peyote, – experiencia biográfica de Morrison – es testigo, casi en un sentido budista, del mundo, su entorno y del lugar que él ocupa, se vuelve consciente de su identidad y su historia; es, como señalaba en la entrada anterior, una especie de respuesta del héroe ante la pregunta “¿Qué es lo que el señor quiere de mí?”. La historia encuentra un punto contundente en la viñeta donde Buddy Baker mira en dirección al lector; la blancura del fondo del recuadro permite resaltar los ojos abiertos como platos, los gestos estirados, el rostro de terror que experimenta Buddy al reconocer nuestra presencia al otro lado de la barrera. El bocadillo del diálogo es preciso y potente: “¡Puedo verte!”. 

Animal Man, No. 19,
Buddy Baker viendo al lector, rompiendo la 'cuarta barrera'.


Este cómic, de las muchas cosas que logra, es configurar una distinción, no sólo filosófica al modo sujeto-objeto, sino que plantea un fundamento para esa realidad desde donde somos observados. Hace que la ficción sea dirigida hacia nuestro lugar; porque es la mirada de Buddy Baker, potenciada por el peyote, lo que permite pensar que nosotros, de este lado que asumimos que observamos, somos realmente los observados. Desde Buda, Nietzsche, Sartre, Hitchcock a Animal Man, en ese sentido: nosotros somos la ficción. Esta es una doctrina titánica, una verdadera distancia entre el universo de los cómics con su universo cinematográfico, que insiste, patéticamente, en emular y acercarse a una realidad – la nuestra – que no les pertenece.  

En el Ser y la Nada, Sartre dice que el sujeto encuentra su consistencia en la subjetividad del otro, y que esto es posible por el proceso primordial de la comunicación: la mirada. 

“el que me ve me hace ser, soy como él me ve”
Los caminos de la Libertad, 1945, Jean Paul Sartre.


Sin importar las miradas previas con las que he tenido que lidiar, y que han de ser muchas, una de las miradas más apasionantes que he recibido vino de una imagen, último nudo de una soga de imágenes, que bien podría decir que funcionó como historieta de mutaciones de un mismo personaje.

Mi padre, que estudió ingeniería eléctrica, se decidió por el trabajo religioso a sus 22 años. Diestro calculador, capaz de simplificar la complejidad, hábil con las proporciones, meticuloso con las formas, sensato ante las reglas, detallista en las generalidades, obligado con los límites y con una asombrosa destreza para ocupar sus manos en los trabajos manuales, herencia de una vida arraigada a los brillantes campos de San Pedro Masahuat, han hecho de él un ministro terco, metódico y misericordioso. Su formación hacía que la casa estuviera poblada de Biblias y libros de teología; estoy seguro que me fue mucho más fácil aprender el orden de los libros de la Biblia, que las tablas de multiplicar, y explicar, de manera breve, el significado de la palabra pentateuco, mucho antes de responder por las preguntas de ciencias sociales. No hay que ser demasiado sagaces para entender esas facultades, un argumento psicológico, enfocado en ambiente/desarrollo, bastaría para dar explicación a las aficiones religiosas de mi infancia. Pero lo que probablemente la psicología no podría precisar era el punto de soporte de esa inclinación. 


Mi papá dirigiendo el servicio de la Iglesia La luz de la Biblia, en calle a Mariona.
Fotografía entre 1988 o 1990.


Entre los libros de mi papá, mi favorito, era Daniel y Apocalipsis: una guía de estudio. Los contactos con este libro muy probablemente se dieron en los primeros años de escolarización; además, tenía que serlo en esta etapa, ya que necesitaba ser capaz de asociar el signo DANIEL con el significado, en este caso, la historia bíblica de Daniel. De Daniel y Apocalipsis su contenido es obvio: el fin de las cosas, la culminación de la historia y el devenir de un nuevo mundo. El libro de mi papá me importaba por un asunto: sus dibujos, pequeñas viñetas que representaban visualmente las alegorías de los últimos días; y tengo que añadir que estas experiencias crearon una “apocalipsi-zación” de mi cabeza, que hasta el día de ahora tiene repercusiones. 

La ilustración más cautivante era una monstruo. La viñeta – es decir el recuadro – era demasiado pequeña que hacía parecer a la bestia apretada, una inteligente forma de ilustrar su inmensidad, junto a la incapacidad de contención y de control. Cada vez que iba al libro, caía rendido ante la posibilidad de que ‘eso’ apareciera frente a mí. Salía al patio de la casa, y desde ahí, donde es posible observar de frente el volcán de San Salvador, miraba a la bestia de siete cabezas y diez cuernos elevándose por encima del volcán, y sentía horror de esa imaginación; corría a mi cuarto, y me metía debajo de almohadas y edredones que simulaban una guarida que me protegía del fin del mundo. Esto era una conducta recurrente, cíclica, una diversión mecanizada. Ver a la bestia no solo me ponía los pelos de punta, no solo me aceleraba el corazón, no solo me hacía morderme la lengua mientras aprendía a empujarme los dientes como síntoma de angustia – cosa que aún hago – sino que esta serie de reacciones , que cualquiera calificaría de insanas, me hacían feliz, me hacían tener consciencia de mí, de mi vulnerabilidad, de que mi existencia tenía un valor que era cuestionado con la aparición de la bestia del Fin. Cada vez que recurría a ver el libro de mi padre, estaba seguro que yo miraba a un monstruo, pero en esa mirada no había una base teológica en esa criatura, muy a pesar de que entendía que la aparición de la bestia representara el fin de todas las cosas, su imagen hacía que pudiera localizar mi vida, mi existencia, mi cuerpo, Yo. 


Daniel y Apocalipsis, Editorial Universidad ICI. (1994)
Ilustración de la Revelación traumática de Daniel.

Como mencione en algún momento, esto era un nudo de imágenes con una estrecha relación bíblica. Mi papá, en esa misma época, movido por un interés genuino de que mi hermano y yo conociéramos la doctrina cristiana, compró tres libros infantiles: La Biblia de los niños de Editorial Océano, junto con sus respectivos audios; La Biblia Ilustrada de Editorial Bruguera, y El progreso del peregrino, una edición calificada como indeterminada. En ese orden fui aborde cada libro, las imágenes fueron llegando como pequeños nudos con los que me sujetaba mientras subía una cuerda, al final, me esperaba el encuentro con la mirada. 


La Biblia de los niños
La Biblia de Océano contaba – en algún momento mi papá terminó regalando los tres libros – con unas fabulosas ilustraciones, en las que cualquier niño podía identificarse con la realidad de la Biblia. Todos los personajes, inclusive los más viejos y amargados de los grandes relatos judeocristianos, eran encarnados por pequeños niños gordinflones de cachetes rosados, que poco se esmeraban para simular las acciones y emociones más complejas ajenas para su edad. El único personaje en la serie de dibujos que rompía por completo la norma de diseño era Jesús. Este había sido diseñado como él único adulto en todo ese universo bíblico; mucho se puede desprender de esto, ya que el adulto es el destino del niño, y en ese sentido, un Jesucristo adulto en un mundo de niños funciona como figura de su naturaleza trascendente, y a la vez, hace ver todo alrededor – el comercio, la política – como un juego de chiquillos que el adulto está dispuesto a jugar. Resultaba extraordinario que en al momento de retratar la expulsión de los mercaderes del templo, el gesto de Jesús está lejos de toda conmiseración y condescendencia. Con el rostro airado – “airaos, pero no pequéis” –, el gesto violento, fuerte y seguro, era una muestra de la seriedad con la que se toma el juego, y dejaba al descubierto el corazón del mismo Jesucristo, que en el fondo es tan niño como los nenes a su alrededor, ya que no los trata de forma paternalista. En el sentido que hemos venido desarrollando, ahí quedaría expuesta la condición de humanidad del hijo de Dios, ya que solo un niño por naturaleza puede ser cruel con otro niño. Aun así, Jesucristo no era un ideario para mí, no se acercaba a un modelo, no era él quien me miraba. 


Portada de la Edición de la Biblia que teníamos en la casa.


En la tentación del desierto, Jesucristo se encuentra con el diablo – las voces en el audio de todos los personajes son infantiles, excepto de la de Jesús –, y el diablo, es un niño cabello negro, ondulado, de piel quemada, y con un disfraz de diablo a la usanza de John Milton en El Paraíso Perdido. El disfraz le queda grande al diablillo, probablemente se le caería si corriera unos cuantos metros, pero lo que conmociona de este pequeño satán es su mirada negra, suspicaz, rencorosa y de odio hacía Jesucristo. Todas las miradas en la Biblia de Océano son suavizadas con el carácter infantil ante la sumisión generada por la presencia de un adulto, pero en el diablito no había nada de eso. La imagen de este diablo hizo germinar una idea en mí, la del disfraz, eso de ser capaz de tomar la piel de otra cosa la cual no era mía pero que lo podría ser; mucho se desprendió de esa lógica, pero por ahora, lo que necesito plantear es que debido a eso comencé a pensar que el traje del diablo me quedaría mejor a mí que al niñato que estaba viendo en la ilustración. Esta, creería, sería la imagen que daría inicio a mis tentativas, entre los diez o doce años, de hacer pacto con el diablo. 

Índice de la Biblia, única página disponible en la internet donde aparece el diablito.


La Biblia Ilustrada
La Biblia Ilustrada de Bruguera era un libro mejor trabajado, con ilustraciones detalladas y elaborado con madurez, propia de manejar el arte de los tebeos. Esta Biblia, a pesar de su complejidad, no generó ningún impacto significativo en mi, debido – según lo puedo valorar ahora – a una falta artística de no ampliar la percepción de la palabra a través del dibujo. El mejor caso para ejemplificar esto, es rememorando la carencia de ilustraciones dedicadas al momento de la creación en el libro de Génesis. El libro de Génesis resultaba prosaico, por presentar a la creación como el resultado estático de un proceso ciego que fácilmente podría hasta pasar por el más radical de los evolucionismos. 


Libro de Génesis de la Biblia de Bruguera


Años después de haber soportado este Génesis desmembrado, me hice de una copia una de los mejores trabajos de Robert Crumb, The Book Of Genesis (1996). Crumb, que viene a ser una especie de padre del cómic underground, hace de su arte una prótesis de la fe. No tiene que ser sorpresa que este hombre, contrario a los sistemas morales de la actual religión, haya sido capaz de leer con puntillosa sensibilidad el libro de Génesis. Robert Crumb, mejor que el ilustrador tras la Biblia de Bruguera, no tiene miramientos ni descuidos para imaginar el acto creador, y plasmar, con literalidad, la cercanía entre el hombre y Dios previo a la caída; además, el proceso creativo de Crumb para entender el libro, lo llevan irremediablemente a volverse un ortodoxo - palabra que con el tiempo he dejado de tenerle aversión -. En la Biblia de Bruguera, el ilustrador, cuando dibuja la escena previa a la caída, la conversación entre Eva y la serpiente, se toma la palabra fuera del contexto y asume que la serpiente posee la apariencia con la que se le conoce, pero es la misma Biblia la que hace saber que la apariencia de la serpiente es efecto de su acción. Robert Crumb, ese ateo obsesionado con gordas nalgas y senos descomunales, cuyo mayor fetiche es montar la espalda de una mujer con cuerpo amazónico, tuvo la fe suficiente para entender que la serpiente andaba de cualquier forma menos a rastras. No pretendo ser irreverente al ocupar fe como virtud de Crumb, sino que es un uso literal del término: la fe, es esa virtud irracional de creer las cosas que no se pueden creer. El arte de Crumb le hizo creer que aquello en lo que él no cree, lucía tal y como lo dibujo. 


The Book of Genesis, Robert Crumb,
El momento de la creación. 


Versión de la tentación a Eva, en Biblia de Bruguera.
La serpiente es ilustrada en su forma conocida.

 Por haber hecho esto, entre todos los animales, sólo tú serás castigada.
Tendrás que arrastrarte sobre tu vientre
 y comerás polvo todos los días de tu vida.
Génesis 3: 14.



Abajo, siempre en el libro de Crumb, la Serpiente anda erguida y habla con la mujer.
El semblante del animal denota 'astucia'.

La serpiente era más astuta que todos los animales salvajes que el SEÑOR Dios había hecho, así que le preguntó a la mujer:—¿Es cierto que Dios les dijo que no coman de ningún árbol del jardín?Génesis 3: 01

En ese sentido, mi imaginación seguía sus propias interpretaciones, y mi aparente fascinación con el Dios de mis padres podía ser solo un semblante, un disfraz, cortado por coerción, afecto y tradición; pero mi cabeza siempre estuvo en otro punto, creyendo en lo imposible, renuente a las posibilidades, de por sí ya imposibles, de lo que la enseñanza cristiana me decía. No considero que en la infancia haya derivado una crisis sobre Dios en el sentido de negarlo, como es usual encontrar en muchos niños; solo que el molde de la enseñanza no calzaba conmigo.


El Progreso del Peregrino
El progreso del peregrino tuvo efectos más radicales. Este cómic es la ilustración y la puesta en narrativa gráfica del precioso sueño publicado por John Bunyam en 1678. La historia de Bunyam es una alegoría del viaje cristiano desde su conversión hasta la llegada a la Ciudad Celestial, haciendo uso, de todas las figuras y símbolos que la doctrina y su lengua permitía, para fabricar, como bien señala él en un suerte de epílogo, una ficción que “mi frase oscura la verdad contiene”. A pesar de haber leído el libro en varias ocasiones, es el cómic el que me ha regalado mayores felicidades, y es que el dibujo, más que didáctico, genera una solidez en el mundo que Cristiano (o Peregrino, héroe de Bunyam) se mueve, y que hace pasar la alegoría a realidad. La inquebrantable ley de infancia de no entender todo, me hizo que dejara aun lado lo que en apariencia resultaría el núcleo de la doctrina cristiana, y me quedaba con la doctrina del viaje y la aventura. Releer el cómic del peregrino e identificarme cada vez con esas viñetas, era encontrar una narrativa personal, ya que sin darme cuenta, en esos instantes en que acompañaba el recorrido surreal de Cristiano en tierras complicadas, junto a personajes traidores y pequeños momentos de esperanza en la más oscura de las desesperaciones, asumía, tácitamente, que mi vida se regía bajo las reglas similares a las de Cristiano, en las que experimentaba una parte de mí que no era capaz de acaparar en el sentido total de la decisión o voluntad; había en mí vida, o al menos así lo puedo pensar ahora, fragmentos que parecen estar fuera de toda domesticación, que se rigen en un plano que ya no consideraba como propio. Usted, paciente lector, que hay llegado a este punto, está en la plena libertad de llamar a eso que me refiero como destino, inconsciente o locura, no soy nadie para interrumpir sobre cualquiera de sus conclusiones; lo que si asevero, es que la dinámica fue real… o es real.


Portada El Progreso del Peregrino / --


Cuando la historicidad e identidad se amarran a estas doctrinas del viaje y la aventura,  del disfraz, y la fe, existe en la persona una despreocupación y confianza en un punto no razonable, y por defecto una expansión de alegría. La existencia de una jornada que nos antecede permite actos de confianza. Si, de fe; de un mundo que rebalsa en las muchas posibilidades, y  casi todas maravillosas, sin olvidar la certeza y seguridad de que lo que sucede en el camino es en favor de una mejor narrativa. 


Encuentro de Cristiano, antes Peregrino, con Ignorancia.


En preparatoria estudiaba a no más de un kilómetro cerca de la casa. Mi papá salía a dejarme en automóvil, y luego se regresaba a la casa a desayunar para luego irse a su oficina - para ese entonces trabajaba en una iglesia grande y con excesos de burocracia-. Cierto día todo se dio como de costumbre en la mañana; despertar, el baño, comida, tomar los cuadernos y colores, el beso a mi mamá y al carro, rumbo a la parvularia que tenía pintada en la pared un Pinocchio - para quienes me conocen, sabrán que fui o soy un gran devoto a las mentiras. Mi papá me llevó frente al portón del lugar, me baje como de costumbre, me despedí, tome la lonchera y él se fue. La mañana era brillante, la calle se encontraba asediada de gente que buscaba camino a su trabajo, algunos perros callejeros corrían despavoridos por la acera, y el portón de la parvulario estaba cerrado. No habían clases. Estaba solo en la calle. No llore, no grite, no me asuste, estaba confiado ¿en Dios? Nel, pero confiaba en algo, y confiaba en que de alguna forma encontraría el camino para llegar a casa. Se avecinaba la aventura. 



Aquí simulaba ir a la iglesia.
Una foto posterior, revela que luego imitaba a un Pastor predicando.  



Cristiano echó a correr en la dirección que se le había marcado; mas no se había alejado aún mucho de su casa cuando, se dieron cuenta su mujer e hijos, empezaron a dar voces tras él, rogándole que volviese. Cristiano, sin detenerse y tapando sus oídos, gritaba desaforadamente: —¡Vida!, ¡vida!, ¡vida eterna!— Y sin volver la vista atrás, siguió corriendo hacia la llanura. 

El progreso del peregrino, John Bunyam (1678)











viernes, 25 de octubre de 2019

Series CBE: Viñetas de una biografía (I)



Maloso anda suelto

La Navidad en la granja (1994 o 1996)
Página digitalizada del cuento, la encontré disponible en internet.
 Mi copia la perdí, y el audio casete está en alguna parte de la casa que no lo pude encontrar.
El audio se encuentra en el siguiente link de YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=Wz87VHE-R2w
Recomiendo leer uno que otro de los comentarios del video.


La Navidad en la granja de Pollo Campero fue publicado en 1994, pero la referencia de un Nelson Leal en YouTube, quien menciona haber colaborado con la grabación de la historia, asegura que fue en 1996. Intente verificar el dato con Pollo Campero a través de Twitter, pero no contestaron. Aún y la imprecisión, estamos de acuerdo de que el libro y el audio salieron a inicios de los noventa, y es, hasta la fecha, un icono de las navidades de una generación que ha de cumplir la condición de ser, por nombrarla de alguna forma, de clase media. Esa generación fue la que nació en la agudeza del conflicto armado, y fue testigo inconsciente, mientras comía leche ácida de tetas alborotadas, de la apertura de un mundo dictado en la firma de los Acuerdos de Paz. En mi caso, la poca leche materna que pude tomar venía del seno de una vecina y el resto era leche en polvo. Leche artificial y fraudulenta; mi mamá, por miedo y angustia, no podía producirla. Sea como fuera la leche, me encontraba dentro de los afortunados. Siempre hubo algo que comer.  


Mi mamá, yo, y al fondo mi abuelo.
Foto tomada en Noviembre de 1989, días después de la Ofensiva.

Esa generación, que es la mía, estábamos, en todo sentido fuera de la historia, en nada podíamos pronunciar y pronunciarnos sobre los últimos eventos histórico-político de El Salvador, pero sería un error acusarnos ignorantes, porque aún y afuera de la historia formal, algo sabíamos. La crisis no nos llegó en forma de historicidad y teoría política, no hubo argumentación racional sobre ello, la crisis nos llegó oculta, diseminada, sutil y efectiva, mucho más aterradora: nos llegó en forma de ‘Cuento de Hadas’. G.K Chesterton denomina a este proceso, en su libro Ortodoxia (1908), como la filosofía de la ‘nursery’. 

Las cosas en las cuales más creía entonces, las cosas en las cuales más creo ahora, son los llamados ‘cuentos de hadas’. Me parecen ser las cosas más razonables. No son fantasías; comparadas con ellos, otras cosas son las fantásticas (…) Pero aquí me ocupo de demostrar que la ética y la filosofía vienen, alimentándose con cuentos de hadas. Si me ocupara de ellos detalladamente podría mencionar mucho nobles y saludables principios que de ellos provienen. Allí está la caballeresca lección de Juan el Gigante, según la cual se debe de matar a los gigantes porque son gigantescos. Es un motín valiente contra la soberbia (…) Allí está la Bella y la Bestia, según la cual una cosa debe ser amada antes de ser amable. Allí ésta la terrible lección de la Bella Durmiente, que nos dice cómo la criatura humana al nacer fue regalada con toda clase de bendiciones, y, no obstante, maldecida con la muerte; y cómo a veces la muerte, puede dulcificarse hasta ser un sueño. Pero no me ocupo de los estatutos aislados del país de los elfos, sino del espíritu de su ley en conjunto; su ley que aprendí antes de saber hablar y recordaré cuando no pueda escribir 

Ortodoxia, Ed.Porrúa, G.K Chesterton, p.30.

El cuento del Pollo Campero ofreció espectáculos en instituciones educativas en los noventas, y sigue siendo hasta el momento una referencia para mi generación, una señal de ‘aquellos diciembres’ que con sus parsimoniosos vientos lograron hacer que en los hogares brotara una calidez y luz incandescente, como si las estrellas de cartón, mal pintadas con brillantina, montadas en los rascuaches pinos de plástico, realmente marcaran en las salas y cocheras, el lugar de nacimiento de Jesucristo. La Navidad en la granja, funcionó como uno de los puntos de contraste para determinar la efectividad de una Navidad, ya que a partir del año dos mil, para mi generación, las navidades comenzaron a deteriorarse junto con la economía – la dolarización – y a la aparente apacibilidad social –la aparición de las ‘maras’ –. Los acuerdos de paz generaron en la consciencia salvadoreña, casi por una década, lo mejor del kantismo: una ‘ilusión trascendental’. 
           
La historia del pollito, el evidente héroe del restaurante, lugar que fue durante años de juventud el antro dominical de mi mamá y sus dos hermanos, se desenvuelve con sencillez. La granja se encuentra lidiando con los preparativos de la fiesta navideña, donde todos los animales, incluso el más aversivo – la culebra –, aportan algo para construir el nacimiento del hijo de Dios. En esa población animal reside un principio de universalidad, todos se encuentran congregados bajo el propósito de construir el tiempo de paz; ya que la paz, es la virtud esperada por todos en la granja, un estribillo permanente en todo el cuento. Quiero hacer notar que en el cuento se ha mutilado el evangelio, debido a que hay una sustracción del mensaje radical cristiano, por ello, hay un interés desmedido en la historia por la preservación de la armonía. 
             El villano de La Navidad en la granja, más escabroso que el Grinch de Dr. Seuss, es Maloso el jabalí. La maldad del personaje de Dr. Seuss es incapaz de robar el corazón mismo de la navidad. Al final del cuento, cuando Villa-Quien celebra la navidad en la plena unidad, el delito del Grinch aparece como acción liberadora, ya que en lugar de haber robado la navidad le ha devuelto el sentido de la misma. El Grinch es un protector de lo sagrado, no veo problemas en llamarlo ‘profeta’. Maloso por su parte es una abominación, su presencia es en todos los sentidos el fin de las cosas. Durante la primera parte del cuento, el jabalí se encarga de acosar a la granja, y con sus jadeos y el sonido de sus pasos crea una histeria en los animales demasiada cercana a un canon literario de terror. Recuerdo que todas las veces que leí el cuento, escuchando de forma simultánea el audio, la angustia y el horror se apoderaba de mí. La idea de una maldad acechando a las afueras de la dulzura del hogar, es la que hace en la gente – de clase media –  ver en peligro la vida segura y rutinaria, un obstáculo para alcanzar y preservar la razonable felicidad. El fenómeno de Maloso, es una experiencia de ansiedad y horror que marcó un estatuto político de mi generación. Jamás la apacibilidad, pereza, ocio y armonía tuvo mayores efectos que en mi generación; que recibió toda virtud en forma de sobras de una historia que no habíamos enfrentado, recibimos todo eso por herencia, y por lo tanto se desconoce su valor. La maldad está ahí afuera; “el diablo anda como león rugiente buscando a quien devorar. ¿Entendés lo que eso quiere decir?” era una de las tantas frases marcadas de mi abuelo, en las noches que me obligaba a memorizar la Biblia. 



How the Grinch Stole Christmas, Dr. Seuss.
Your Favorite Seuss, Random House, 2004.

Las descripciones de Maloso son las del salvaje, el que anda en las montañas, el que se hace sentir por su aroma, y que es la figura de perdición de los pueblos. Sin caer en una pésima politización del cuento, la caracterización del jabalí es, sino la misma, una cercana a la que ha orbitado en la figura del guerrillero: aún presente en el imaginario colectivo. La última vez que enfrente esta imagen fue con la figura de Mario Belloso, el ‘Maloso’ que disparó contra policías. 



Mario Belloso, condenado a 56 años de cárcel por la muerte de dos policías en el 2006;
Yo cursaba Bachillerato, tenía al menos 16 años.



En el lugar donde estudiaba, junto con mis compañeros, grabamos un video recreando este episodio.
El video, grabado con la pequeña cámara de un móvil Motorola, lo he logrado conservar.
Aquí el link  https://www.youtube.com/watch?v=e-vnwsjs7V4

Mi abuelo me contaba que, en los días previos a la ofensiva final, en noviembre de 1989, grupos guerrilleros y batallones del ejército se disputaban la ‘loma’ donde he vivido hasta hoy en día. Parte de la loma que ahora se hace llamar Pasaje Méjico en Mejicanos, es el espacio hechizo que alguna vez fue conocido como lotificación Gutiérrez. Semi urbano, semi rural, esa loma, sin falta, es una complicación para la definición clasista. Sobre la loma – desde mi ventana puede verse – hay un tanque de agua, y ese tanque se convirtió en el objetivo militar durante el tiempo de la guerra. El control del terreno que se podría obtener con la captura del tanque era formidable, quien lo tuviera tenía garantizado una visión panorámica de Mejicanos y de todo San Salvador; nada más acertado que esa frase que suelo mencionar cada vez que alguien ve por la ventana de mi habitación: “Increíble, ¿vea?”. 
          Según los datos de mi familia, el ejército tenía la posesión del tanque antes de la Ofensiva. La guerrilla quería hacerse de el a toda costa, por lo que hubo arremetidas recurrentes en la zona. Los dos bandos ocuparon como trinchera la fila de casitas donde personas y mi familia pretendían hacer una comunidad. Los disparos atravesaban las casas de un lado a otro, en muchas ocasiones mi madre tuvo que resguardarse en la esquina de su habitación, cargándome en sus brazos, protegidos por la espuma y el alambre de un colchón barato; y ahora que pienso esto, ¿acaso importaba que me diera leche? 


Burda representación del Pasaje Méjico, de Noviembre de 1989.
Los dos bloques negros, que simulan dos casitas, siguen siendo las líneas de casas que conforman el final del pasaje, donde actualmente residen trece familias; la gran mayoría de ellas se instalaron en la lotificación Gutierrez, años antes del conflicto armado.

Estos ataques, que para el 11 de noviembre culminaron en un bombardeo masivo en la parte más elevada de la loma, mantenía a la gente del vecindario al borde del nerviosismo con cualquier sonido. Cuando alguien escuchaba algún metal o al tropel de guerrilleros que venía levantando tierra y revolviendo el lodo, gritaba: “¡Hay vienen los guerrilleros!¡Corran!¡Corran!”. En La Navidad en la granja, los animales gritan despavoridos con cada sonido a las afueras de la granja: “¡Corran que Maloso anda suelto!”; incluso, el audio del cuento contiene un tema exclusivo para esta desesperación. Los efectos de la historia ilustrada son reales. Crecí en el aún polvoroso Pasaje Méjico, con la idea de que la armonía y la paz son una cosa frágil y siempre asediada; idea que no la considero errónea, pero sí incompleta. 
            El cuento del pollito termina cuando él decide hacer un llamado a la reconciliación con Maloso, movido por un principio ontológico: la bondad innata de todos los seres. Es decir, que pollito sabe que Maloso en el fondo es bueno, que es, en su defecto, igual que él. Cuando el jabalí es interpelado, él confiesa que su deseo es el mismo deseo que el de los animales de la granja: construir la paz. Todos admiten esta justificación y la paz se construye. Imagino que mi generación, pero al menos en mi caso creí durante mucho tiempo que las oposiciones eran producto de un ‘malentendido’. La idea del ‘Mal’ y el ‘Enemigo’ eran efecto de una simple distorsión. Por fortuna, la realidad puede ser mucho más afilada que una distorsión. La tendencia a evitar la discordia, la mediación y el consenso, cosa que aún se puede notar en mí, se puede llegar a convertir en – ocupando la prosa de William Blake – la capa de la cobardía. La tendencia reconciliadora puede ser síntoma de la incapacidad de sacrificar una aparente paz, y evita el acto de denunciar lo que está mal; y, en el fondo, podría decirse que hay una miopía para indicar, tajantemente, que es lo bueno y que es lo malo, lo correcto y lo incorrecto. Mucha de mi apatía socio-política tiene una base en esto. El cuento del pollito demuestra que el hambre de paz puede llevarnos por caminos fáciles, torpes, como lo es asumir que el Otro en esencia es similar solo porque desea lo mismo. Lo que el pollito no ha sido capaz de notar – su voz en el audio me sigue causando incomodidad –, en un uso marxista y freudiano de la ‘forma es el fondo’ – es ser capaz de entender la naturaleza del método de Maloso para obtener la paz. Ni que pollito bien, ni que Maloso mal, lo esencial aquí es que hay una diferencia que se niega. 
             En este sentido, la historia del pollito, es parte de un baluarte – construido desde la filosofía de ‘nursery’ –  del que se desprendió la respuesta que di al proceso de mi propia historización, cosa a la que todos estamos sometidos; es decir, que, de los cuentos, las imágenes, del terror a Maloso surgió esa manera singular de tomar lugar en el mundo, como sujeto dotado de individualidad y sentido. La dinámica que busco explicar con lo anterior, es que como personas estamos obligados a responder a ese llamado – sacado del Blog Lecturas de Watchmen – “¿Qué es lo que el Señor quiere de mí?”. Bob Dylan ya lo dijo: “Well, it may be the devil or it may the Lord. But you´re gonna have to serve somebody.


Maloso el jabalí
Ilustración digitalizada del video de YouTube.

jueves, 24 de octubre de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve" (Capítulo 11)

Algo de plomo en tu dieta. 

Buenos Aires, 1965

Los empleados cambiaron el gesto artificial de buena voluntad y su sonrisa pérfida y perturbadora se volvió dureza, duda y repulsión, al quedarles claro que yo me dirigía a la mesa donde estaba la silla de la pata negra. Procuré demostrar indiferencia, no podían hacerme nada, en ese momento yo era el rostro de la ley.

La mesa era como todas, sin nada que la distinguiera de cualquiera de las otras, excepto por la pata que delataba su singularidad. Me senté pensando en lo que había dicho Oliva, que Chiclana se sentaba ahí y, a los días, venía Iberra y hacía lo mismo. Confiar en las palabras del descabellado Oliva, ciego y nervioso, no me parecía una opción inteligente, pero no tenía más que sus palabras y, confiando en ellas, terminé por pensar que si a los ojos de los demás se notaba que ambos hombres tenían iguales comportamientos, sería tan solo porque nadie más se sentaba en ese sitio, que la mesa una vez abandonada por Chiclana aguardaba al tal Iberra que ‘hacía lo mismo’.

¿Pero qué es 'hacer lo mismo'?, ¿sentarse? y luego ¿qué? ¡ah sí! la bebida. Un licor, un cafecito… como ya estaba sentando no perdía nada con imitar el ritual de esos dos hombres, de modo que le pedí al mozo que limpiaba las copas en el bar que me trajera un café, así repetía el rito y terminaba de despertar. El tipo lo sirvió de muy mala gana y al llegar a la mesa me lo ofreció para que yo lo tomara. Vi la taza en su mano y estuve a punto de agarrarla, pero en ese momento él se mandó una cagada: me insistió.

— Andá, ¿qué no ves que tengo cosas que hacer? — dijo viendo a sus otros compañeros que se habían congelado observando la escena. 

Lo miré sin decir nada, tenía que llevar la situación con sumo cuidado. Esa insistencia en la omisión de su responsabilidad no solo no cuadraba con mi paciencia, sino que muy probablemente significaba otra cosa. 

— ¿La tomás o no? ¿tan difícil es? —se mostró irritado. 
— Difícil, sí —le respondí, y miré a otro lado, esperando a que pusiera la taza en la mesa. 
— ¿No la tomás? ¡Ah bueno! —dio un paso atrás y buscó la mesa del bar— Entonces la dejo aquí para que la tomés vos mismo. 
— Mirá pibe —le dije con hastío—, esto es un café y yo te pedí uno. No dármelo es como si un doctor le negara la atención a alguien que padece una enfermedad. Y ojo, que los representantes de la ley también podemos comportarnos como unos malditos enfermos. ¿No te movés? Quizá lo hagás si agrego algo de plomo en tu dieta. La cosa es así: yo te digo rana y vos saltás, ¿entendés? Y si te pido un café, vos me lo servís y me preguntás amablemente ¿con agua o con soda señor?, ¿o lo prefiere con leche?, ¿con cuantas de azúcar? ¿Estamos? Entonces vas por ese puto café y lo ponés justo aquí, en la mesa, ¡ahora mismo, la concha de tu madre! 

El color abandonó el rostro del sorete, que con temblores y sin soltar la mirada del cañón que tenía apuntándole, me sirvió el café en la mesa. Cuando la pulcra porcelana hizo sus ruidos característicos al contacto con la superficie, algo me golpeó la pierna. Creí que la mesa se había quebrado. Metí las manos y me encontré con un compartimiento abierto que había hecho caer al suelo muchas cartas, decenas de cartas, unas firmadas por Chiclana, de nombre Jacinto y otras tantas con la rúbrica de un tal Ñato Iberra. 

Al salir del café con todos los sobres, todavía debí bancarme un duelo desigual e injusto de miradas: todos los empleados me veían inmóviles mientras yo intentaba recordar cada uno de sus rostros. Afuera ya habían comenzado a limpiar, a lo mejor el forense ya había llegado y la escena se había recolectado y fijado. Entonces un patrullero se acercó para confirmarme lo que ya sabía, pero me dijo algo que definitivamente no me esperaba. 

— No hemos encontrado el tercer cuerpo, señor. Hemos revisado más de quince cuadras y no hay nada.
— ¿Qué me querés decir? — le dije confundido — ¿que una veintena de hombres no ha sido capaz de encontrar señales de sangre por ninguna parte? 
— La única sangre que hay es esta, la que ha quedado aquí donde estaban los muertos… es como si hubieran peleado apenas en este trocito de espacio... y yo sé que eso es imposible, señor — dijo leyendo mi expresión incrédula — ¡ni siquiera las hormigas pelean en espacios tan reducidos!

Le dije que se dejaran de joder y mejor hicieran bien su trabajo, que siguieran buscando hasta encontrar algo nuevo y solo entonces me llamaran a la comisaría. 

Lo único seguro hasta ese momento es que habían dos muertos y una extremidad superior. Un cuerpo sin brazo quién sabe donde, ningún documento de identidad, un testigo ciego que había aportado dos nombres, un café sospechoso como el orto, muchas cartas y todo Buenos Aires con la noticia en la boca, entre la empanada y el mate, de una horrorosa masacre en la ciudad. Al llegar me esperaba el "bagarto" Feola, la burocracia bruta, el hambre de respuesta de cualquier tipo, la ofensa pasada por la ineficiencia presente y la fecha de caducidad. Decidí guardarme lo de las cartas solo para mí, prefería profundizar más en el asunto hasta entregar algo de utilidad, así que bajé la cabeza y acepté todo con un 'si señor'. Había que dejar las rencillas para otro momento. 

Los archivos de Buenos Aires indicaban que no había ningún Jacinto Chiclana. Jamás nacido, jamás asentado, jamás pagado o jamás endeudado, Jacinto Chiclana era un nombre vacío. Pero en el caso de Roberto Iberra, la búsqueda del nombre arrojó numerosos resultados. Sin embargo, no había nada en los documentos de Iberra que no hubiera en los de un hombre cualquiera, en lo que respecta a la dignidad del archivo y el antecedente. El mayor descubrimiento en su caso era su apodo, el ‘Ñato’, lo que encajaba perfecto con la firma de las cartas. Roberto ‘Ñato’ Iberra era el menor de dos hermanos de Villa Turdera, al sur de Buenos Aires. Había una larga lista de domicilios, compras y créditos que podían servir para construir un perfil de él y quizá ayudarme a entender cómo un nombre en apariencia tan normal había terminado en semejante insania con otro que ni siquiera existe. Garrido se ofreció para ir a Turdera y averiguar algo del tal ‘Ñato’. 

La llegada del forense no me dejó inspeccionar las cartas, que era lo que más me interesaba abordar en ese momento. Meroveo Sosa tenía una impresionante carrera de más de cuarenta y cinco años, que hacían de él nuestra mejor opción para leer los cuerpos muertos. 

— ¿Tenés tiempo Isidro? — me dijo el doctor Sosa. 
— ¿Tenés algo de los muertos? — le respondí con una sonrisa. El tipo me agradaba y tenía para él algo de simpatía aun en esa hora de tensión. 
— Che, demasiadas cosas te tengo... o mejor dicho, demasiado fiambre y quilombo. 
— A ver, dale, sentate y contame. 
— Tengo problemas para explicarlo bien, pero ahí te va. Los cuerpos tienen varias cortadas, ¿viste? Pues la causa de muerte del que estaba tendido fue la hemorragia en el costado y no la estocada en el ojo. El otro murió por la puñalada en la espalda, que le perforó directamente el corazón, se lo desinfló. Pero aunque sepamos eso, algo no está bien con los cuerpos. 
— Dejate de misterios y hablá claro. 
— El tiempo — dijo Meroveo Sosa, con evidente incomodidad y quizá hasta con algo de vergüenza —, el tiempo no está bien. Te puedo asegurar que dos de las lesiones son de las cuatro y tanto de la mañana; la del ojo y la de la espalda. Las demás son de otro tiempo. 
— Bueno, querrás decir de más temprano, se habrá hecho larga la riña entre esos perros — le dije, solo para rellenar el silencio y el gesto de indecisión que el doctor tenía en el rostro. 
— No che, sé muy bien lo que quiero decir. La herida del costado, por ejemplo, no es de este tiempo, no es de 1965. Y mirá que he realizado el análisis dos veces. Todo apunta a que es una herida de entre 1945 o 1950. Pero además hay otra herida que, no sé cómo decirte, pero es como que nunca hubiera pasado... aunque la veas ahí supurando. 
— No entiendo Sosa — le dije frunciendo el ceño y negando con la cabeza de forma reiterada. 
— Que aunque en el cuerpo hay una herida de la que brota la sangre, ahí donde están todos los indicadores de un corte, el análisis del tejido no lanza ninguna edad biológica, el valor final es cero ¿entendés? ¡Cero! No existe, aun cuando lo estoy viendo ahí, no tiene edad, es como si no hubiese nacido. Y esto que te acabo de decir aplica para otras heridas por todo el fiambre. Perdoname por el disparate que estás a punto de escuchar, pero las pruebas demuestran que los dos cuerpos se han venido muriendo en diferentes tiempos. Hay heridas que tendrían que estar podridas pero aquí se ven recientes, como si fueran de ahora, rojas y vivas; mientras todo lo demás me dice que es tejido muerto. Y lo que es peor... presentan heridas tan viejas que superan por mucho las edades que estos dos parecen tener. 
— ¿Y el brazo? — me atreví a preguntar. 
— Es imposible, una cosa de locos. La zona donde se dio la mutilación es de un tiempo cero, igual que en algunas de las heridas. La puñalada en la espalda es reciente, pero el cuchillo está tan oxidado que la herida se ha infectado, no solo con sus bacterias y virus, sino con su tiempo. Adentro, en la profundidad de la carne, la edad es de decenas de años. No hay forma de precisar. Quizá un antropólogo pueda decirte más que yo sobre eso. Este asunto me supera, no puedo escribir esta pelotudez en un informe, ¡no puedo! Sería el peor final posible para mi carrera, ¿qué hago? ¡Decime che!

Me disponía a contestarle al angustiado Sosa cuando sonó el teléfono. Garrido me llamaba desde Villa Turdera.


Capítulo 10     |     Capítulo 12

lunes, 21 de octubre de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve" (Capítulo 10)

Inspector de turno, Comisaría 8. 
Buenos Aires, 1965 

El caso me llegó como todos, fue la suerte de mi turno. Mi superior, el “bagarto” Feola, me hizo saber que ese día me tocaba a mí y no a Garrido. Todos se largaron tan pronto llegó la hora y, al verme solo, aseguré la puerta del departamento y comencé quitándome los zapatos para tener la suficiente comodidad de pensar en cómo mataría las horas de esa noche. Llevo nueve años en este negocio, y en ese tiempo he aprendido que en Buenos Aires los muertos no llegan por estadística, así que el de guardia puede dudar más de la gravedad o el amor de su mujer, que del hecho de que en la noche de turno no se tiene que estar pendiente de nada. Con esa actitud pasé mi jornada nocturna, satisfecho de que terminaría sin sorpresas, hasta que a las cuatro y tanto de la mañana, la muerte llamó. Cuando sonó el teléfono maldije mil veces al asesino hijo de su puta madre que no pudo esperar una hora y media más, y así todo habría sido problema de cualquier otro idiota. 

La llamada salió de ‘Los Angelitos’, el café en la esquina de Rincón y Rivadavia. El de comunicaciones me dijo que el tipo que había llamado a la estación le había gritado, por lo que asumió que la cosa acababa de suceder y eso convertiría al gritón en un testigo en potencia. Eso es un alivio, visto que un testigo significa más de la mitad del caso resuelto. “Pejete”, el de comunicaciones, me dijo antes de cortar: “Che, el tipo dice que solo aparecieron”. La llamada la había realizado el portero o cuidador. 

Con un solo muerto cualquiera termina hastiado, pero dos, tres o cualquier plural, causa terror. Me tuve que acomodar la ropa y hasta me llevé la bufanda para taparme la boca. Tenía miedo de que cualquier alma me notara el fastidio de estar ahí, últimamente habían estado denunciando mi mala actitud en el manejo de escenas de asesinato. ¡Nueve años son! Creo que tengo el legítimo derecho de quejarme todo lo que quiera. Salí de la estación y avisé a dos patrulleros para que llegaran a asegurar la zona. Había que hacer todo antes de las cinco, ya que faltaba poco para que los pobres diablos madrugadores salieran de sus casas para ir a trabajar. 

De camino pensaba en lo débiles que se han vuelto los hombres de este tiempo. No digo que uno deba sentarse a comer frente al muerto o reírse con él. Lo menos que uno debería hacer es entregar un poco de respeto, porque se está encontrando con algo que no es natural. Que la gente coma y ría lo que quiera cuando el abuelo quede tullido en el camastro es bastante normal, pero cuando hay un homicidio lo mejor que se puede hacer es guardar silencio y no calentar el ambiente con dramas; ya suficiente drama hay con un hombre asesinado. 

La cosa comenzó a volverse extraña cuando vi que no me iba a ser fácil llegar al lugar. Dios sabrá cómo, pero todo Buenos Aires se había congregado en la esquina de ‘Los Angelitos’. Los patrulleros, al menos, habían acordonado el área a tiempo, pero estaba claro que entre más gente se fuera amontonando tendríamos que traer más policías para repeler a los mequetrefes. Dejé el coche a una cuadra, era imposible avanzar y opté por caminar. En el camino tuve que repartir varios codazos y alguna piña, estaba fastidiado. Cuando noté la cinta de aislamiento, me subí la bufanda a la boca y vi la muerte. 

Pensé de manera clara, puntual, sin dudas, que eso que estaba ahí era imposible. Era falso. Era una locura. Había dos cuerpos enfrente del restaurante, uno estaba en el suelo con un cuchillo clavado en el ojo, y el otro estaba encima de este, sosteniendo el cuchillo con tal firmeza que parecía que aún estuviera metiendo el aguijón. Los cuerpos estaban rígidos, petrificados, coloreados con sangre, los dos con los pelos engrasados de la sangre más roja que ha de correr en las más oscuras entrañas del organismo. Parecían muñecos de cera escarlata, poco les faltaba para prender un fósforo y encender la mecha, para sentir el aroma que despedían. Como si no fuera suficiente, el tipo que estaba encima del otro, tenía en su espalda un cuchillo que fácilmente hubiera relacionado como el arma del que estaba tirado en el suelo, pero el cuchillo aún estaba sostenido por una mano, y esta, a su vez, de un brazo... de un brazo que había sido arrancado de un cuerpo. Y para volver todavía más pasmoso y espantoso el asunto, los dos cuerpos, en sentido técnico, estaban completos. Así que habían tres muertos, dos tirados frente a mis ojos, y uno perdido, sin brazo, en alguna calle de Buenos Aires. 

Los refuerzos llegaron y mandé a hacer una inspección perimetral para localizar el otro cuerpo que no debía estar muy lejos de ahí. 

Entre más tiempo miraba a los muertos menos podía creerlo, sucedía lo contrario a lo que uno espera en este trabajo. Los cuerpos quedan desparramados, flojos, como trajes maltrechos, se les ve livianos... pero estos parecían de piedra. Ninguno de los policías se había atrevido a empezar a trabajar el lugar, me habían esperado los muy pelotudos, y sinceramente yo tampoco quería hacerlo. Busqué como hacer larga mi intervención mientras ponía a otros patrulleros a revisar el lugar. Luego ordené que llamaran al departamento para que "el bagarto" Feola enviara a la gente indicada para analizar la escena. Me enfoque en el cuerpo perdido y el brazo mutilado, así como en hablar con el que había hecho la llamada. Él era la única salida del atolladero que se estaba formando. 

Entré al café, que estaba abierto aunque no brindaban servicio. Los empleados se encontraban limpiando el lugar. Siempre me ha parecido increíble cómo la gente puede seguir con su vida de forma tan frívola, cuando afuera del lugar ha aparecido algo tan monstruoso. Pregunté por el portero del local, y me dijeron que estaba en una habitación cercana a la bodega donde guardan lo inútil. Me fui a buscarlo y percibí extrañado cómo la gente que limpiaba, pulía y ponía los manteles en la mesa, me miraba, saludaba y sonreía como que si yo anduviera en una visita de cortesía. Sentí escalofríos.

Llegué a la habitación, una cosa muy mersa, un chiquero. El tipo se encontraba guardando sus cosas en una maleta en la total oscuridad. Al percibir que yo estaba en el umbral, habló sin mirarme. 

— Déjeme en paz. 
— ¿Usted fue quien hizo la llamada? — intenté hacerme el tonto y me saqué de los bolsillos un papel con su nombre – ¿Es usted Ignaciano Oliva? — pregunté mientras me buscaba unos cigarros para hacerlo fumar la paz. 
— Déjeme por favor, ¡fue un error, todo fue un error! — seguía guardando sus cosas y el cuerpo le temblaba. 
— ¿Qué fue un error, Ignaciano? 
— Solo apareció, ¿me entiende? 
— No le entiendo, Ignaciano. Ande, cálmese, fume conmigo y explíqueme. Usted no se ha metido en ningún problema. 
— No puedo, me tengo que ir. No puedo, déjeme — le salieron las palabras con tal angustia que terminó con mi paciencia. Lo tomé del cuello y lo giré para verlo y que me viera. Me encontré con que el tipo tenía los ojos grises. 
— ¡La que me parió! ¿Sos ciego? ¡Sos un ciego inútil! A ver, explicame, ¿cómo es que viste lo que hay allá afuera? — estaba cerca de dejarle cinco dedos marcados en la nariz, cuando el tipo empezó a llorar. 
— No señor, ¡me estoy quedando ciego después de ver eso! 
— ¿Qué acaso es una enfermedad familiar?, ¿padecés de algo? 
— No señor, me está pasando esto después de lo que vi, ¿me entiende? Vi eso ahí... — ¿Pero qué es eso?, ¿qué viste hombre? ¡Decime! 
— Lo que está allá afuera, lo vi aparecer, así como lo escucha. Apareció del aire, de la nada. ¡Pura hechicería, pura diablura! ¡Dios nos ayude! 

Sabía que era inútil continuar con el interrogatorio, el tipo se venía quebrando de a poco y no le faltaba mucho para cagarse ahí mismo, en ese basurero. Me aparté y cuando le había dado la espalda, buscando el calor y un poco de decencia en el restaurante, escuché que Ignaciano Oliva gritó: 

— El que tiene clavado el cuchillo en la espalda… es el señor Jacinto Chiclana. El otro es Roberto Iberra. 

Ignaciano ‘lloricas’ Oliva me contó lo poco que sabía de ese Chiclana. Cliente del restaurante desde hace años, un hombre alto, de ceño regio y de pocas sonrisas, era conocido por todos. Dejaba buena propina, comía poco, bebía poco, hablaba poco. Nunca había tenido problemas ni con la cuenta ni con nadie en ‘Los Angelitos’. Llegaba con regularidad, pero era una norma verlo cada miércoles al cierre del local, junto con otros hombres que según sabía mantenían una reunión privada. El dueño de ‘Los Angelitos’, tenía un acuerdo con estos tipos, y todo el personal trabajaba los miércoles con indicaciones de dejar el lugar listo para la reunión, con algunas botellas de alcohol y bocadillos, y desaparecer lo más rápido posible; en el caso de él, debía de encerrarse en su covacha y salir de ahí hasta la una de la madrugada para verificar que la puerta del local estuviera cerrada y quedarse haciendo la guardia, velando que nadie se acercara. 

Nada sabía ‘Lloricas’ de esa reunión, pero estaba seguro que las últimas veces que vio a Chiclana pasaron cosas que le resultan confusas. No está seguro del orden en el que sucedieron los acontecimientos e incluso tiene la sospecha que pudiera estar confundiendo eventos de distintos años, pero sabe que miraba a este Chiclana entrar al lugar, sentarse en una pequeña mesita frente al bar, tomarse un cafecito, dejar las monedas y largarse. Dice que a los días aparecía el otro hombre, Iberra, y hacía casi lo mismo, solo que este pedía algo de licor, se fumaba algo y se largaba. Dijo también que la única persona con la que se le miraba hablar a Chiclana, era con un mesero que estaba mal de la redonda, un tal Careno. Este Careno, cuenta Oliva, desapareció sin rastros. Además asegura que la última persona a la que Careno había atendido era este Iberra, el otro hombre que se sentaba en la mesita frente al bar. 

Ignaciano parece estar más afectado de otras cosas que de los ojos, cosa que tendría que estar relacionada con la edad, ya que no sabía si Careno realmente desapareció del todo. Tiene la idea de que después de varios días de perdido, lo vio hablando con Chiclana, y luego cree estar seguro de que son más de quince años los que tiene de no verlo; y antes de decirme eso me había prometido que la desaparición sucedió unos meses atrás. Después de esa charla decidí descartar al viejo del caso, definitivamente sería un problema. Antes de dejarlo ir, me dijo cuál era la mesa donde se sentaban esos dos tipos. 

— Una de las sillas tiene una pata negra. Esa es la mesa.


Capítulo 9     |     Capítulo 11

viernes, 18 de octubre de 2019

Series CBE: Viñetas de una biografía (Intro)

Viñeta (del francés: vignette)
Recuadro que contiene uno de los dibujos de la serie que forma una historieta o cómic / Dibujo humorístico de una publicación acompañado, normalmente, de un texto breve / Dibujo que se pone como adorno al comienzo y al final de los capítulos de los libros o como orla de una página.
Si nos propusiéramos a escribir acerca de nosotros mismos, lo más probable es que terminemos encontrando decenas de líneas. Una biografía es el rastreo limitado y unidireccional sobre todas las líneas, cuyo resultado es un espectro notablemente definido, lo suficiente para confundirlo con el modelo,  y con el mínimo poder de robar, a quien lo encare, la más elemental de las simpatías. 

 Escribir acerca de mí, sería elegir una entre varias líneas; una biológica, una posmoderna, una psicoanalítica, una pagana – que resulta ser de mis favoritas –, una romántica, una innecesaria, una sexual  – de todas, la menos atractiva –, una egocéntrica, una cristiana – que se parece mucho a la pagana –, en fin, muchas; al igual que en todo humano. Lo que debería de quedar claro, es que al escoger una línea, no puede haber tal cosa como el ‘purismo’, no existe en una biografía, ni en la más puntillosa, el sentimiento de exclusividad de perspectiva. En algún punto, la línea elegida tendrá que conectarse con otra línea, al mismo tiempo y en el mismo nivel. Por eso, una biografía, más que un retrato, parece un mapa de metro: sucede debajo de las fachadas, y aunque se extienda en todo el territorio, jamás lo puede abarcar. Una vida, el territorio, siempre es demasiado. 

 Mi objetivo con este post – y los que vendrán – es recorrer una línea como ejercicio autobiográfico, que más que aludir a una vanidad, busca anudarse al brote de curiosidad del Club de la Buena Estrella. El año 2020, por vez primera, contará con una viñeta exclusiva para Novela Gráfica, y la línea que quiero circular es la línea de la representación, de lo visual, de la imagen, esa ruta que nos lleva al trastornador mundo de los cómics; porque, después de leer tantos cómics, puedo estar seguro de las palabras del psiquiatra Fredric Wertham: “Los cómics jodieron mi cabeza; pero fue para mejor”.

 Este ejercicio no es original, al menos Umberto Eco no me permite presumir de ello. La misteriosa llama de la reina Loana (2004, Ed. De Bolsillo 2017) tiene el objetivo de reconstruir la identidad a partir del entretenimiento, la cultura de masas y los medios masivos. Yambo, el héroe de Eco, se mira afectado por las secuelas de un accidente, donde la memoria es la que ha quedado comprometida. El tipo solo encuentra una verdadera cura para sus problemas de memoria, que son problemas de identidad, en, literalmente, el 'baúl de los recuerdos'. Todos aquellos objetos que durante su historia personal han servido para desbordar una porción de alegría, misterio o conocimiento, se convierten en las únicas pistas de Yambo para recordar quién es él. La novela está plagada de ilustraciones, fotografías y recortes, producciones mediáticas que se encuentran poseídas por los fantasmas afectivos y diáfanos del personaje de Eco. Curiosamente, el catálogo de representaciones de la novela inicia con un cómic; el eje sobre el cual Yambo, corriendo la suerte de confundirse entre detective, historiador y arqueólogo, inicia la reconstrucción de su identidad. 

 El cómic con el Eco inicia ese proceso es uno de Disney: Il Tesoro di Clarabella (Gottfredson & Osborne, 1935). Este 'paquin' hace que Yambo, reaccione con lo siguiente: “Hojeé deprisa el álbum y fui a tiro hecho a las viñetas correspondientes. Pero era como si no tuviera ganas de leer lo que estaba escrito en los bocadillos, como si estuvieran escritos en otra lengua o las letras se hubieran apelotonado. Más bien, recité de memoria” (p.83). Yambo, al encontrarse con los dibujos del cómic reproduce la narración solo y a partir de la imagen, dejando al descubierto una carga psicologíca entre él y la historieta. En el comic, Mickey – o Topolino, y de llamarlo así, procuren tener las manos a la ‘italiana’ – intenta sacar de aprietos a la desesperada Clarabella que tiene que pagar la hipoteca – esto de la hipoteca no lo dice la novela –, y que está a punto de contraer matrimonio con el desagradable Eli Squick (villano y rival del ratón, quien realmente me agrada). Squick posee información sobre una herencia de Clarabella, otorgada por su abuelo, un tipo - aunque es una vaca - beneficiado por la 'fiebre de oro', y Topolino (léase en italiano y usando las manos) se da cuenta de esta marufiada; se hace del permiso de Clarabella y de la ayuda de Horacio para encontrar el tesoro. La historia se resuelve al mejor y clásico estilo Disney, y la memoria de Yambo se embarca en su propia ruta; recordar los detalles de la historia, son efectos de una memoria que se activa por la carga afectiva que hay sobre la palabra que hay sobre el cómic. Esto último lo expongo en esa sucesión, porque es el mismo Eco el que define el milagro en Yambo por efecto del nombre Clarabella, y yo, defino el milagro por efecto del nombre en la portada del amuleto de infancia: el cómic. 

“Ésta no es la memoria semántica. Ésta es memoria autobiográfica. ¡Estás recordando algo que te impresionó de niño! Y te lo ha evocado esta portada” (p.84)
La misteriosa llama de la reina Loana

Así como la novela de Eco, existen otros proyectos mucho más complejos, y de gran prestigio, en esto de hacer historia de una identidad con la ayuda de los cómics o la cultura de masas. Aun así, no me ahuevo, el ejercicio es válido; y creo, en lo que respecta a la idea de la historia personal, es necesario. 

Flex Mentallo 
portada de la novela completa (compuesta por cuatro números)
Uno de esos posibles proyectos es la novela gráfica, publicada en 1996 por la editorial VERTIGO (DC comics): Flex Mentallo, del caótico Grant Morrison, ilustrado por Frank Quitely. Flex Mentallo tiene todo de ridículo como de íntimo, ya que detrás de la travesía de un héroe – inspirado en Charles Atlas –  que tiene la capacidad de modificar el espacio-tiempo con la ayuda del ‘Misterio del Músculo’ – desactivando bombas o volviéndose inmune en cada flexión de sus tendones –, el corazón del cómic es una evocación autobiográfica de Morrison sobre el valor de los tebeos, no solo como artilugio de melancolías infantiles sino como puerta emancipadora, es decir una herramienta que tiene todo de social, filosófico y de religioso, materia dura que permite articular puntos de inflexión en la vida del sujeto que pueden provocar cambios reales en su entorno.

Flex Mentallo, número 1o.
haciendo uso de 'Misterio del Músculo'
En Flex Mentallo aparece un personaje que juega las de secundario, pero que se apropia de la escena en la medida que queda al descubierto que su voz, es la médula que sostiene la ficción total de la historia. El tipo, un drogadicto que después de ingerir LSD simula hablar por teléfono en un callejón, esperando el fin del mundo, reza:

“Es divertido. Todo sobre lo que puedo pensar es sobre ser un niño. Todas esas memorias. Cómics. Comics en todas partes. Puedo olerlos. En la habitación. ¿Alguna vez leíste comics? …. No. Comics americanos. Comics densos. MANDOO el Misterioso, ese era el favorito de mi tío. Algo de material ocultista (estas referencias son biográficas de Morrison). Recuerdo aquella historia que había ¿Cómo era? ‘Colapso en el Núcleo’. ¡Joder!¡Me hizo cagarme de miedo! Es divertido cómo eso es lo que queda al final. ¿No? Todo el estúpido material. Ni ‘Guerra y Paz’, ni ‘James Joyce’. Los Superhéroes. ‘Resplandor. Bandera Ardiente. Lord Limbo… Agente dorado. Nombres totalmente asombrosos… quiero decir cuándo piensas en ello… son como arquetipos, ascienden desde las profundidades. Esas cosas. ¿Cómo puedes decir que ese material es estúpido?”.

Charles Atlas (1892 -1972)
Este angustioso soliloquio, contiene una carga de verdad, al menos, en lo que yo puedo considerar como tal. Al final de todas las cosas, en ese sentido que refiere a las paradojas, aporías y sin sentidos con las que está armada la vida, las grandes obras, las pesadas filosofías se esfuman, y quedan, en esa oscuridad, las figuras arcaicas de las viejas cosas que le dieron formas a esa mirada y lenguaje con el que encaramos al mundo. Los cómics, según Morrison, son el espejo de esas figuras primarias, y sin temor las califica de arquetípicas; porque en el fondo, de todos estos superhombres residen ideas y como ideas son modelos, y como modelos preceden a todo lo demás. Los cómics son las reminiscencias del origen de todas las cosas. Justamente es en este platonismo moderno en el cual encuentro el fundamento para decir que los cómics, esas revistas ridículas, con personajes igual de absurdos, pueden ser un camino para construirse como sujeto y un método para hacer biografía. En su defecto: escribir mi biografía.

*

Intentaré regirme por una cronología, aunque muy probablemente ello solo me durara unas cuantas entradas. El proceso tendrá que regirse por la imagen, y no por el tiempo. Procuraré presentar y apoyarme en imágenes de un archivo personal, que me permitan ilustrar el ejercicio. El resultado que espero de esta praxis es doble: que la novela gráfica adquiera un nuevo estatuto en el arduo compromiso del trabajo de leer de los miembros del CBE, y que me permita poner en orden unos veintitantos años de imágenes y palabras, no para justificarme, sino para dejar marcados los pasos en uno de los tantos caminos que la vida ocupa.

Página del cuento ilustrado La Navidad en la granja. 
En el centro 'Maloso' el Jabalí.
 Ese camino empezó en diciembre 1994, y yo a penas alcanzaba los cuatro años de edad. El mundo comenzó a volverse interesante, cuando una noche, en el Pollo Campero de la Metrópolis en Mejicanos, recibí La Navidad en la granja. Fue ahí donde mi cabeza se empezó a joder.