martes, 15 de octubre de 2019

Series CBE: El último Perolero (Parte 8)

Autorretrato con la muerte tocando el violín.
Arnold Bocklin (1872) 

La noche antes del invierno estaba juguetona. Las estrellas no se intimidaron por las luces de San Salvador, y la oscuridad ni siquiera era negra, parecía más púrpura, cosa a la que nadie prestó atención por el viento que llegó, de quien sabe donde, y que hizo de abril, octubre. Miguel Ángel, el hombre manco, el hombre de los ojos de cabra, el profanador de tumbas, el nigromante de la ‘mano de la gloria’, el Cristo Negro y Chivo de las pupuserías, el más o menos que hombre, el siervo del Rey de todos los Gitanos, el carnicero de niños, el chupacabras, Cusuco, desnudo y enlodado, con los ojos bien abiertos, llegó a lo alto del tanque de agua cargando una dulzaina oxidada, un cuchillo negro, un pedacito de carne y una mano muerta. Ahí, vestido con un pantalón rosado, camisa blanca brillante parecida a una perla y un saco rojo de color del diablo de Milton, estaba Josefo Gabarri; el Dios de todos gitanos, el “cañí má’grande de to’os lo cañí pario’os”, el último Perolero. 

          El rostro del amo era todo luz, y el cuerpo del siervo era todo sombra. Entre más bajo había caído Cusuco, más se había elevado el dios gitano. En el centro de la plataforma circular del tanque, Josefo Gabarri había ubicado un perol brillante, de manufactura imposible de datar, y debajo del utensilio, con tiza, estaban escritas palabras que Miguel Ángel jamás conoció, ni siquiera en sueños o en imaginación. Cerca del perol, estaba el tecomate con la sangre de la cabra, la mano de Cusuco, marchita y petrificada, centelleando luces esmeraldas, y una enorme letra X donde decía “párate aquí gran cerote”. Miguel Ángel asumió que ese era su lugar.   

  Josefo Gabarri caminaba con tranquilidad. Sus pasos parecían seguir un vals que solo él podía escuchar, y Cusuco notó que era la primera vez que le miraba completamente feliz.  

- Escuché el grito del niño. Bien siervo fiel. – Gabarri abrazó a Cusuco que tembló cuando sintió el enorme y caliente cuerpo de su salvador – Estamos a punto de terminar. A pesar de todas las dificultades, lo hemos logrado. Esta noche retorno con mis ancestros. ¡Oh, mi amigo, no tienes idea de cuántas vidas he vivido! ¡No tienes idea de cuántas cosas he visto! ¡Ni idea de cuántas cosas he cogido! – Josefo Gabarri se echó a reír mientras saltaba de la emoción – ¡Baila! ¡Baila conmigo! ¡Que hoy voy a Shangri-La! ¡Voy a lo alto de la montaña! –  gritaba y saltaba Gabarri, y Cusuco le seguía – ¡Hoy se acaba el tanto andar, y créeme, para un gitano, eso es un milagro! 

La emoción tuvo bailando y gritando a Josefo Gabarri, que le contaba los cuentos y las historias de toda su vida a su siervo; y Cusuco, que por fin escuchó los misterios de los que tanta pasión sintió en algún momento, no le provocó interés y mucho menos le hizo salir del silencio y la frialdad que su talante emitía. Las últimas indicaciones del samaritano eran sencillas, la ceremonia sería llevada a cabo por Josefo Gabarri, quien tendría que mezclar las cosas conseguidas por su siervo, siguiendo a salmodia de sus ancestros para esas ocasiones, y Miguel Ángel, solo debía procurar tocar la espeluznante melodía que había aprendido durante todo este tiempo, y una vez llegado el momento, cuando el gitano diera la indicación, Cusuco tendría que tomarse el brebaje resultante del ritual; del cual, juró Josefo Gabarri, no le provocaría más que dolor de panza que en una cagada se resolvería. Cusuco, solo asintió, y mantuvo los ojos amarillos bien abiertos y en total silencio.


       Josefo  Gabarri le mostró a su siervo un violín que lucía mucho mejor que la mecedora, y Miguel Ángel, parado sobre la X, con la dulzaina en la boca sujetada firmemente con su mano, dio el primer golpe con el pie desnudo al suelo, y el gitano inició a tocar la melodía más hermosa, escalofriante y enfermiza, que escuchó en su vida. Josefo Gabarri con los ojos cerrados no alcanzaba ver, quizá porque no le importaba, como las estrellas comenzaban a dibujar con su luz planos que solo los sabios han logrado figurar, su música se enrollaba en los árboles y el viento se montaba en ella para que todos escucharan el llanto del violín del gitano. 

         Cusuco miró que los árboles se acercaban al tanque, y que animalitos comenzaban a aparecer en la plataforma del tanque, seducidos, al igual que él, por la música del diablo. La noche se hizo más brillante que todos los días que alguna vez él vio con sus ojos de hombre y con sus ojos de cabra, y juró, que la luna, esa esfera a veces blanca, a veces roja, a veces amarilla, brillaba detrás de Josefo Gabarri como aura de divinidad o marca de monstruosidad. El tanque se estremeció, y desde el suelo y el cielo, Cusuco vio kilómetros y kilómetros de tela de todos los colores, girando, bailando con la música y el viento, uniéndose en un amor que para el siervo era desconocido. En ese instante, cuando todas las telas cubrieron al rey de los gitanos, emergió Josefo Gabarri vestido de oro, rejuvenecido, como en el principio de sus años; el cabello negro, y la piel tersa, hizo que la indiferencia que vivía Miguel Ángel para con él, estuviera a punto de desaparecer. Con la juventud del samaritano negro, ese fumador de todo cuanto tiene vida, hizo que la luna abriera sus enormes ojos, y llorara de amores y pérdidas junto a la música de su violinista. 

Cusuco, a duras penas entendió el gesto de Josefo Gabarri para que diera el segundo golpe al suelo y empezará a tocar la tonada del infierno con su dulzaina. El violín se quebró al caer en el suelo, y las telas cambiaron sus colores a un majestuoso negro de luto, alzándose sobre el tanque de agua como montañas imposibles. Gritos, cantos, obscenidades aparecían en el viento que traía ahora las voces de todos los gitanos, de los paganos, de los malditos, de esa raza de satán, de esos que fueron y serán peroleros. Miguel Ángel, con disciplina, soportó el terror de todos los rostros que explotaban como luces navideñas a su alrededor y procuró no perder el tiempo de la tonada cuando vio que todas las cosas que había conseguido para Gabarri flotaban en los cielos, vertidos en el perol que brilla como la plata; y que bajo de él, la tiza se había convertido en fuego, agua y tierra. Josefo Gabarri flotaba de cabeza, con los ojos emblanquecidos, girando como un trompo imparable en la última noche de abril, las estrellas revelaban las fórmulas que habían creado todas las cosas, y la luna en ese momento se había vuelto como la sangre, inmensa y espesa.

        La sangre de la cabra, la mano del muerto, el prepucio del niño, estaban ya en el perol que hervía con un aroma espantoso, y Josefo Gabarri se reía como demente, mientras hablaba cosas que solo el viento le alcanzaba a responder. Cusuco, adolorido de su boca, sabía que estaba llegando al final de la tonada, y de pronto escuchó que en el cielo brillante Gabarri, su amo, decía en el torbellino de locura “¡¿Pero que me has hecho?!”; y con los pies callosos por los golpes que venía dando al suelo, y la boca herida y ensangrentada, Miguel Ángel sonrió. 

El niño que nació en la casita con forma de caja de zapato, a partir de una pequeña conmoción vivida en los primeros años de su crecimiento, dará tortura, tanto a su vida como a la de su madre, uno, por no entender el significado de algunas cosas, y para el otro, por creer que todo es su culpa. Esta conmoción, vista desde un plano general, podría ser vista como lo mejor que le pudo haber sucedido a ese niño desde todos los panoramas que pudieron resultar. Este hombre, de niño, de joven, adulto y anciano, vivirá con el acecho de un sueño, que, con el tiempo y la madurez, aprenderá a hacer de esa ficción el eje de su propia historia; logrando que un punto oscuro e invisible se convierta en el centro donde hará crecer toda su identidad. El sueño, que su madre, padre, amigos, novia, esposa, amante, hijos, nietos, compañeros, psicólogo, psiquiatra, cura, pastor, Chamán y cualquiera que tenga oídos, tendrán que escuchar de su boca es: 

<<Estoy acostado, y no puedo moverme. No puedo ver mis brazos, ni mis pies, pero si puedo ver mi pene. De pronto, del fondo de la habitación, donde no se mira, veo salir un rostro negro, con dos enormes ojos amarillos, como si fueran los ojos de una cabra; ese demonio se ríe, y me llama por mi nombre. Luego el demonio ese me toca el pene, y siento un ardor, ¿sabes cómo? así como han de sentir los tuncos o las reses cuando las marcan. Luego ese demonio me enseña su pene, una cosa horrible, lisa, peluda y negra, y se lo corta enfrente de mí, y me dice con una voz irritante que te dan unas ganas de destriparlo: “¿Vos sabes cuál fue el pecado de Nabucodonosor?”. Antes de irse y sin dejarme responder, el diablo ese me clava sus dientes en la pierna y me hace sangrar. Cada vez que cuento esto me duele aquí, cerca de los huevos, por la ingle. Ahí tengo una cicatriz, como si me hubiese herido, aunque mi mamá jura que es una marca de nacimiento, pero se encachimba cada vez que le preguntó, y me grita “¿Me estás diciendo que no soy una buena madre semejante desagradecido?”. Entonces mejor me quedo callado, no vaya a ser el diablo, pero sea como sea, siempre he creído que esa marca es la marca del diablo. Por eso toda mi vida se resume en andar huyendo de él, pero sin correr>>.

La gente que escucha este sueño, responda lo que responda, con discreción o recato, realmente, contestan o quieren contestar, de manera pronta y oportuna, natural y asertiva, con la lengua arrastrada entre los dientes y los labios, y con una expresión simiesca que es propia de todos los salvadoreños al proferir exceso de emoción: “tu madre, ma’mierda jue’puta”. 

        Lo que para este hombre es sueño, es para nosotros una extraordinaria realidad. Y es que este hombre, siendo un infante, pudo impregnar, con la ayuda del poco seso mal formado de su edad, el momento en que Cusuco, hechizado por la ‘mano de la gloria’, se cortaba su prepucio delante de él con el fin de salvarle el pellejo y engañar con ello al engañador. La marca en la ingle a la que este hombre se refiere, podría pasar por marca de nacimiento, primero porque se le fue dada a los pocos días de haber nacido, y segundo, porque le sirvió de excusa para dar origen al hombre que decidió ser. Esta herida la hizo Miguel Ángel con sus afiladas garras, y tuvo el fin de utilizar la sangre del niño para cubrir el pestilente prepucio que él mismo se había arrancado; ya que una vez en las manos de Josefo Gabarri, este, inspeccionado la tarea, olería la dulce sangre inocente que cubría el pecaminoso pellejo con el que lo pretendía traicionar. Traición que se había vuelto efectiva. 

Josefo Gabarri cayó de picada en la plataforma del tanque de agua, así como caen las ardillas muertas a pedradas por los niños en los cantones. Los animalitos congregados alrededor del sello ritual se esfumaron, y la luna, embarazada de horror, se volvió negra, y todo el mundo – aunque realmente solo hay referencia de ello en Mejicanos– quedó a oscuras. Los espectros de todos los gitanos que había danzado junto al más grande de los suyos, comenzaron a proferir maldiciones y palabras oscuras que le dolían al gitano que se revolcaba con desesperación. Tirado, agonizante y a un paso de la muerte a la que había escapado por siglos, Gabarri vio acercarse a la criatura maligna que había tenido bajo su cuidado, riéndose, y limpiándose el lodo que le cubría todo el cuerpo; dejando al descubierto el sexo circuncidado, responsable de la desgracia que en ese momento vivía. 

      -  ¿Qué me has hecho? – alcanzó a decir el gitano con el poco aire que le quedaba, porque la vida de muchos días le abandonaba.

     - ¡Cállese mierda! – lo Miguel Ángel con una sonrisa roja, poniendo su apestoso pie encima del rostro de Gabarri – ¿Queres que te salve? – preguntó Cusuco, y Josefo se apretaba el estómago que le crujía en su interior – ¿Queres o no?  – el rey de los gitanos levantó su mano en señal de aceptación, y el hombre ojos de cabra vio que el brazo de su amo se quebraba en tres partes – Entonces dime qué es lo que debo de hacer para salvarte, eso sí, te costará. No tres, ni cuatro, sino que cinco favores, ¿aceptas? – y el grito descontrolado de dolor de Gabarri hizo que Miguel Ángel quitara el pie de su boca.

En el cielo todas las cosas se habían vuelto cenizas, y había un aroma a muerto que, hasta el día de ahora, las gentes de los alrededores creen que en la zona se pudren en una fosa miles y miles de cuerpos. Josefo Gabarri, agonizando, le dijo a su siervo que ambos debían de tomarse el líquido verde y fétido que había resultado de la mezcla de los objetos de la muerte, y que cuando se lo bebieran, él, Cusuco, debía de tomar un trocito de soga con un solo nudo, pintando con la sangre de Gabarri, y apretarlo mientras le arrancaba la lengua, luego llevarse la lengua a la última tierra en la que se había asentado y dejar que la magia hiciera el resto. Miguel Ángel le preguntó a su amo si era necesario ocupar el cuchillo para cortar la lengua, pero Josefo le dijo que no; y ese cuestionamiento, debería de habérselo formulado el gitano antes de entregarle a un hombre que le faltaba una mano, una tarea que exigía dos. Las estrellas habían desaparecido en el firmamento, y alrededor solo se escuchaban lamentos que se perdían con el sonido de las hojas que giraban en un torbellino encima de la cabeza de los dos hombres en lo alto del tanque de agua. 

          Cusuco repartió la asquerosa poción, y ambos la bebieron de un solo trago. Con el ardor de mil infiernos que quemaba la garganta, Gabarri gemía y pensaba que iba a morir al escuchar cómo su corazón dejaba de latir y sus costillas se quebraban. Miguel Ángel, habiendo armado el nudo en un trocito de soga, lo mancho con la sangre que le salía a Gabarri de los ojos, y una vez manchado, sin esperar a que secara, apretó la soga con la única mano que tenía y se lanzó con sus colmillos hacía la boca del gitano; de un mordisco, le arrancó la lengua a Josefo Gabarri. El torbellino giraba cada vez más cerca de las cabezas de los dos hombres, lanzando truenos, y el gitano fue arrebatado por un fuego azulado que descendió del huracán. Mientras el fuego lo quemaba, en el rostro de Josefo Gabarri, pasaron miles de rostros sufrientes; los había de niños, los había de mujeres, de hombres y animales, en cada parpadeó aparecía un nuevo rostro, y cada rostro tenía un dolor gritado en el idioma que le correspondía. Cusuco vio frente a sus ojos, que su amo, su salvador, el hombre por el que alguna vez estuvo dispuesto a todo, se volvía frente a su mirada de cabra en éter, volátil y diáfano. 

          Mientras todo desaparecía en la tormenta, Miguel Ángel tomó con sus manos el pedacito de soga que echaba humo, y vio que en las formas de la noche se perdía el rostro de Josefo Gabarri, viejo y deteriorado por el tiempo, lanzando una mirada mortífera y diciendo sin fin de palabras que nada significaron para su siervo; parecía, como por arte de buena magia, que no las podía escuchar. Eso le hizo pensar en un dicho de su madre, que le trajo una calidez que jamás creyó recuperar, “a palabras necias mi niño, oídos sordos”.

El año en que sucedieron estas cosas, El Salvador sufrió una sequía sin precedente en su historia. Pero solo la noche antes de la llegada del invierno, una suave y dulce tormenta regó la tierra medio viva y medio muerta de Mejicanos. 




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