miércoles, 16 de octubre de 2019

Series CBE: El último Perolero (FINAL)


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Ha pasado un tiempo desde que el predio, cerca de dos canchas de fútbol, ubicado en la Avenida Dolores, se ha visto totalmente evitado por todos y olvidado por las autoridades. Ningún perro se atreve a defecar en esa tierra medio viva y medio muerta, ninguna rata destina morir en el descampado, y los zopilotes, a pesar del ijillo que brota del lugar, se niegan a volar encima de esa tierra. Los vecinos pasan caminando con relativa prisa cuando les toca caminar cerca del lugarcito; se escucha a las madres decir “niño, apúrese o lo voy a cinchacear. Ahí no hay nada que estar viendo”, y a los niños reprochar “¡Pero mamá, ahí hay un animal con ojos amarillos que me está saludando!; la gente que por las tardes se decide tomar un atole o comer alguna pupusa, sentados en bancas puestas en las aceras, aparte de hablar del buen sabor que el maíz tiene en esa zona, y de aguantar dar el grito de “¡Puta’ombre’, que buen pupuson!”, se secretean cosas acerca del predio, de lo que ahí pasó y de las desgracias que Mejicanos llegaron tiempo atrás – sin entender que entre uno y lo otro hay relación. Algunos hombres dicen haber visto una noche a un tipejo que caminaba desnudo por todo Mejicanos, cantando “El poderoso de Israel”, y bailando en cada poste, simulando el acto del amor; otros, dicen que habían visto un demonio, en forma de hombre, repleto de luz, así como debía de verse Lucifer caminado en el Edén después de la caída, cargando carne humana en dirección al cementerio, “mínimo, a hacer algún ritual el hijue’sunana”. Las mujeres que viven y trabajan sobre La Dolores, con autoridad, dan por sentado que ese caminante no era el ‘Santo Cachudo’, sino un pobre diablo enloquecido que había tastazeado a alguien y de lo que le había sobrado en la carnicería, la iría a sepultar en la tierra seca, cerca de la cancha pequeña, donde tiempo atrás un pobrecito vivió con sus tiliches y del que tienen tiempo de no ver. En la Universidad de El Salvador, que limita con Mejicanos, una estudiante de historia presentó en ese tiempo cercano a los eventos del hombre chulón y endemoniado, una investigación sobre la muerte y la locura dentro del municipio de mejicanos, datado desde los tiempos de mesoamérica. La conclusión de la estudiante – residente de la colonia San Ramón de Mejicanos –, muy criticada y rechazada por sus profesores, reflejo de su temor ante semejante argumento, fue establecer que el municipio, desde el principio de sus tiempos y debido a su posición geográfica,  era una especie de altar sangriento; situando así: el hogar de tribus pre coloniales disidentes a la organización social de la época, la recompensa española para indios mexicas que colaboraron a través del engaño al exterminio Pipil en tiempos de la colonia – y que de ello proviene el nombre Mejicanos – , y miles de muertes que se registraron, pero que pasaron desapercibidas por los informes, en tiempos del conflicto armado (ya que un tanque de agua, en lo alto de una loma, se había convertido en un bastión militar para la guerrilla y el ejército); eso, sin olvidar el interés desmedido que demostraron por Mejicanos, gente de fraternidades esotéricas, incluyendo en esa lista a Maximiliano Hernández Martínez, la Sociedad Teosófica – que fundó ahí la sede de su grupo – y Krishnamurti. Todo ello es lo que convertía a Mejicanos en un altar de rituales y sacrificios más que en un lugar para vivir. Como era de esperarse por parte de la academia, la investigación fue ahogada, pero eso no le quitó a la estudiante el orgullo de haberse acercado a la verdad.

    Así pasaban los días en la Avenida Dolores, entre los bullicios recurrentes de un mundo que se mantenía detenido en su propia manera y su propio tiempo. Aunque los vecinos, cuando estaban sumidos en sus camas, lidiando con el calor espantoso que los quemaba por las noches, pregonando rabias y diretes contra el sonido del ventilador, pensaban, aunque sea un momento, sin importar si fueran niños, mujeres u hombres, en el extraño sujeto manco que vestía de negro todos los días y que camina con suavidad en las aceras; que siempre anda gafas, y que sonríe a quien lo mira con un par de dientes atribulados por las caries y las quebraduras. Todos en la Avenida Dolores, y la mayoría de gente en Mejicanos, había escuchado, entre chistes o rumores, en la predicación del domingo o en el consejo de los bolitos de la tienda de la esquina, que si miraban a este hombre lo trataran de evitar, porque “el sabio ve el mal y se aparta” y “más sabe el diablo por viejo que por diablo”; ya que este hombre, hasta donde el chambre dicta, había tenido trato con las fuerzas oscuras ahí en el predio donde había vivido un viejo perolero, y que solo aquellos insensatos que no tienen temor de Dios y les sobra la bravura que envalentona con un par de huevos, se le podían acercar y pedir cualquier favor a cambio de un pedacito de su alma; cosa, que a la larga no se mira tan problemática, porque ¿qué es un culito de alma por un favor del diablo?

Absolutamente, nada.

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