jueves, 3 de octubre de 2019

Series CBE: El último Perolero (Parte 4)





Autorretrato

Joaquin Ocaña (1947 -1983)


Habrá contado alguien los reclamos, los golpes a la tierra, las quebraduras de botellas y los dobleces de las láminas, que hizo Miguel Ángel cuando vio, incrédulo y con detenimiento, esas dos canicas con las que podrá ver las formas, sus diferencias y similitudes, de todo cuanto está a su alrededor; pero lo que mejor pudo notar con esos resplandores, eran las manchas pardas, regadas en los ojos a veces verdes, a veces grises, del hombre que le había advertido los problemas de no degollar a la cabra como se lo había ordenado. Miraba esos ojos que a lo mejor denotaban indiferencia o contención, rabia o compasión; miraba ese rostro quemado por soles viejos y nuevos, que brillaba más que nunca en la severidad y el silencio; miraba con dolor, con culpa y vergüenza, por haber fallado de la manera en que lo hizo, tan del hombre que creyó que ya no era, a la persona, al samaritano, al dios clandestino que fingía ser un hombre, a ese que era objeto de su obsesión. 
          Josefo Gabarri se tiró en la maleza, y no tuvo ganas de fumar, no sentía furia, ni rencor, solo se deslizaba en él una profunda decepción, una inerte tristeza cuando vio que el tecomate estaba lleno hasta la mitad, y que la botellita apenas cargaba el líquido rojo de la cabra. Pero lo que más quería evitar, ahí tumbado en la parte más viva de su reino, era ver los amarillos ojos de cabra de su siervo; que pasó de providencial a ser un fastidio. 

         - Josefo, Señor, perdóneme. Hice lo que mejor que pude. Viera, cuando vi a ese hombre solo se me ocurrió….
        -  ¿Cuántos dedos pusiste en la mancha? – lo calló Gabarri, que parecía estar inspeccionado las nubes que cubrían el sol. 
         -  Señor…yo, n…. – titubeó Cusuco, cerrando los ojos amarillos. 
         - No has puesto los cuatro dedos, eso es un hecho, por eso tienes esas mierdas por ojos. Ahí está tu chiste, vas a tener tiempo para mirarlo. Ahora, existe una enorme diferencia en la torpeza de poner dos dedos o tres o el descuido de haber puesto solo cuatro dedos en la mancha. Necesito saber, antes de estrangularte con las cuerdas de la guitarra, si han sido cuatro dedos o menos que eso. ¿Cuántos fueron?

El corazón se le llenó de frío. Trató y trató de recrear cada una de las cosas que acaban de pasar en la calle Zacamil, y en la negrura de la cabeza únicamente miraba a la cabra ahogándose en su sangre. Escuchó que Josefo Gabarri estaba haciendo algo con las cuerdas de la guitarra, y le gritaba cada vez más fuerte ante su lentitud para responder “¿Cuántos dedos han sido cabrón?, ¿dos?, ¿tres?”. En un instante sintió un filo sobre su cuello, y antes de que se hundiera en la carne…

          - ¡Fueron cuatro dedos! – dijo Cusuco viendo a los ojos a Josefo Gabarri que ya estaba enredado una cuerda de la guitarra alrededor de su cuello. 
            - ¿Estás seguro engendro? – y con las cejas intentaba juzgar si había verdad en las palabras del siervo torpe.  
              - Seguro – y vio como el dios de todos los gitanos, le sonreía con picardía por su respuesta.
          - Entonces querido, no todo se ha perdido. Una sangre así no es lo ideal, pero de algo me servirán tantos años. Tendremos que tomar un poco de la sangre del tecomate para la botellita, ya que necesitas tener la medida exacta para humedecer la mano – Miguel Ángel sintió un enorme alivio cuando vio el rostro complacido y malévolo de su amo, recuperaba la lujuria y el apetito por la vida.

Josefo Gabarri se fue al carretón, y regresó con unas gafas oscuras, quebradas y sucias, que hacían más que suficiente para cubrir las ambarinas canicas de cabra de Miguel Ángel. Cuando hubo devuelto un poco el semblante de humanidad a su siervo, sacó de sus pantalón un pedacito de soga con tres nudos pintados de morado, rojo y verde, y apretó el nudo rojo con tanta satisfacción y disfrute, que solo se ve en las regordetas y sonrojadas caras de los niños cuando destripan una cucaracha. Cusuco cayó al suelo, se revolcó igual o peor que el día en que murió en la Avenida Dolores, y gritó a los cielos pidiendo clemencia, pidiendo otra oportunidad para seguir con vida, para intentar con mayor pasión y gallardía llegar a ser el siervo que Josefo Gabarri requería, y dejar, de una vez por todas, ese miserable Ser que se negaba a morir del todo; ese Ser que cada día de servicio tendría que morir para quedar vacío, limpio y blanco, y poderse dejar pintar, ensuciar y llenar por Gabarri. 

Josefo Gabarri recuperó el apetito por la dulce amargura de los cigarros, y se preparó uno mientras Miguel Ángel volvía poco a poco a la vida. Se sentó en la mecedora, y sacó del carretón un librito de empastado rojo, titulado “La montaña donde ascienden las luces y otras historias en una tierra sin nombre”; miró al moribundo y le escupió sobre el rostro, se rió, y la primera bocanada de humo le supo a gloria. 

        - Termina de recuperarte. Tienes que estar listo para ir por la mano. Busca comida, duerme, y acostúmbrate a esas mierdas de ojos.

El mes de marzo se había borrado del presente de los hombres. La mañana en la Avenida Dolores había transcurrido con relativa calma, gente saliendo de sus habitaciones para buscar sus hogares diurnos, carros que con su humo manchaba árboles, aceras y perros deformes, niños que jugaban al balón con balones que no estaban ahí, aroma a café barato, y autobuses que se robaban a media comunidad para dejar la avenida vacía. Miguel Ángel había despertado temprano como de costumbre, creía que todo el ensayo había hecho su efecto, a la melodía poco le faltaba para alcanzar la perfección y lo sabía por la sonrisa de Josefo, que parecía bailar cada vez que la escuchaba.             
         El gitano pasó dormido en su mecedora casi toda la mañana.  Al despertar, observó a su siervo, vistiendo harapos negros, callado, inmóvil, que por no saber nada de sus ojos detrás de las gafas, pudo haber jurado que estaba muerto sobre la tierra árida, dejando que la mañana se metería en sus poros, y haciéndose, con viento y polvo, un poco más hombre.  Josefo, por un momento vislumbra en la silueta de su siervo, algo de él, algo de su oscura y empantanada intimidad de la que ni él mismo era capaz de explicar. Él sentía que las cosas en su propio corazón aparecían como fantasmas, otras veces eran telas de colores regadas en espacios vacíos, sonidos que sólo tenían sentido cuando salían de su boca; dentro de él, todo era inmenso, bestial y crudo; todo era todo y todo siempre era poco para hablar de él. 
                - Sabes me has hecho recordar algo que leí en este libro – Josefo le lanzó a la cara a Cusuco
 el librito de empastado rojo – ¿Puedes leer? 
                - No  – Miguel Ángel respondió  las doradas letras corroídas por el tiempo, en la dura tapa del librito rojo. ¿Qué fue lo que recordó? – preguntó con curiosidad.
                - "El Cristo negro es el que suplanta, por medio del acto, el lugar del pecador, para así, por obra de esta misericordia insensata, salvar al pecador de su castigo por el acto que en principio le es propio. De esta manera es Jesucristo castigado por lo que él ha realizado pero que no le es propio. El Jesucristo negro emerge tal malhechor que conserva la inocencia, y reafirma en esta contradicción la contradicción que ya está en Dios” – dijo Josefo Gabarri con solemnidad, mientras se terminaba de incorporar al día con la ayuda de un cigarro.
             - ¿Y eso qué significa? – se quitó las gafas para ver los ojos del dios samaritano.
            - Significa que viéndote vestido todo de negro bajo este sol del diablo, eres ese Cristo negro.  Mi propio Cristo… con ojos mierda, pero, aun así, Cristo – aunque no había logrado entender, a Cusuco le encantó parecerse a Cristo – ¿Estás listo? 
          - Sí – dijo poniéndose en pie Miguel Ángel – Tengo lo necesario conmigo. "1932". Humedecer toda la mano con la sangre antes de cortar.
          - ¡Excelente! Si sigues sobre esta dirección te toparas con la calle principal rumbo a mejicanos, y enfrente te espera el cementerio – y Josefo vio como Cusuco se volvía sombra, a través del humo de su cigarro. 


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