sábado, 5 de octubre de 2019

Series CBE: El último Perolero (Parte 5)




Mano en la nuca
Rocío de la Torre (--)

La mitad del día se abrió tal perol con agua hervida. Si alguien hubiese querido ver en el resplandor que llenaba el cementerio de Mejicanos las llamas de Satán, nadie podría haberlo contradicho. Y Cusuco, vestido de negro, con gafas oscuras, era ya un emisario del demonio, por lo que todo se encontraba en perfecto orden. 
        Tal y como se había previsto, en la entrada del cementerio se encontraba un policía municipal tratando de guardarse de la temperatura bajo una sombrilla, junto a una señora que ordenaba las flores y desordenaba las sucias bolsas de comida frita que vendía en su puesto. Cuando Miguel Ángel entró al cementerio se ganó un “ma´mierda, andar así con este calor” del policía, que, en lugar de hacerlo sentir incómodo, logró reivindicar esa animosidad de pertenecer a una categoría de hombre que estaba más allá del resto. El cementerio de Mejicanos no solo contenía a los podridos de centurias, sino que el lugar en sí mismo era una pudrición; un terreno destartalado que bien podría enterrarse como se entierra a los muertos. Las lápidas se hundían en sus trincheras, los árboles se secaban sin drama, nada florecía en esa tierra amarga que a diario sufre las brutalidades del sol, las heces de los perros y las palabras simiescas de los jovencitos que juegan en las tumbas. 
            Encontrar '1932' en las lápidas se le hizo difícil a Cusuco. A pesar de los cientos, miles, de tumbas en el cementerio, la mayoría de los muertos eran recientes; por lo que se vio en la obligación de leer con detenimiento las placas fracturadas y corroídas que la tierra aún se resistía a tragar. La consigna de Josefo Gabarri era solo una: el muerto debía de haber nacido en 1932.

          - 1967… 1965… 1973… 1987… 1967… 1959… 1959… 1959… 1953… 1951… 1948… 1963… 1954… 1942… diez años menos... – dijo Cusuco, metiendo las narices entre lápidas rosadas y celestes, apartando el moho petrificado de una placa. 

Bañado en sudor, pero rotundamente indispuesto a soltar queja o tan siquiera pensar en quitarse alguna de las telas negras que lo hacían ver tan maligno como idiota en el ardiente osario, encontró una plaquita, rústica y desvanecida, donde solo era posible distinguir las fechas. Entusiasmado por el encuentro, estiró la boca en una sonrisa de mandril tan espantosa, que si alguien le hubiera visto, y además hubiera tenido que verle a los ojos, se hubiera muerto al instante y en el mejor lugar.
            Miguel Ángel apresuró las acciones y buscó algo que le ayudará a abrir el agujero de la tumba encontrada. Encontró una pala, y se dio cuenta de que nada había en el cielo para brindarle cobijo, que el cementerio seguía tan vacío como cuando llegó y que no se asomaban señales para pensar que eso cambiaría. Comenzó a remover la tierra muerta, y se sorprendió al sentir un impulso por tararear tal y como la hacía cada noche Josefo Gabarri antes de dormir. 

La tarde había se hizo sobre la Avenida Dolores con la llegada de las señoras carnosas y sus cocinas de metal ennegrecido. Algunos balones se escuchaban junto a los gritos en las dos canchas de fútbol, los pajaritos encontraban sombra en los árboles dispersos en toda la Avenida, y varios cuervos, desde que la sangre de cabra había llegado al reino, descansaban sus ojos negros, cubriéndose de la intemperie, debajo del enorme carretón. Josefo Gabarri, se olvidó de toda mesura, fumaba cigarro tras cigarro, vaciando su depósito de hojas secas que tanto tiempo le tomó recolectar. Desde el mediodía venía escuchando sonidos de disparos cerca de la Avenida, sirenas de ambulancias y patrullas en las calles cercanas, el ronroneo de los chambres de gente que comendo shuco o elote hablaba de unos mañosos detenidos el mercado; vio la enorme nube de humo que se elevaba desde el centro de la pequeña ciudad, y un helicóptero que rodeaba en los cielos a la ciudad; y desesperó con la interminable ausencia de su siervo. 
          Josefo Gabarri no pudo encontrar paz en nada, hasta que llegó la noche.  

El agujero de seguro apestaba más que el muerto que aún seguía encriptado en la innecesaria forma de un ataúd, un cajón que era más ficción que madera. Cusuco ya había sacado de sus ropas la botellita con la sangre de la cabra, se había quitado las gafas, y tenía listo el cuchillo para desmembrar de un solo golpe la mano del muerto nacido el 1932. Al ver al muerto, consumido y verde, un fuego le quemó el pecho, y sintió en la boca trozos de hielo que podrían congelar el mundo si llegaba a hablar. Nada en su cuerpo temblaba, los temores de viejos días se habían esfumado para siempre, y en su cabeza Josefo Gabarri, vestido de amarillo, bailaba con un violín bajo la luz de las constelaciones. Miguel Ángel abrió la botellita, y la pestilente sangre le hizo vomitar. Una vez que se hubo repuesto, se dio cuenta que había algo que no tenía muy claro. La orden de su amo había sido la de cubrir la mano con la sangre de la cabra, pero no sabía si esa mano era la mano del muerto o la mano que iba a cortar la del muerto.  
         La confianza y la valentía se invirtieron, y Josefo Gabarri, vestido de rojo, quebró el violín y lo amenazó con clavarlo en los testículos. Cusuco miró su mano y la del muerto, y su cabeza se deslizó en dudas, y no supo qué hacer. Antes de maldecirse, un perro apareció cerca del agujero atraído por la pestilencia de la cabra, y le ladró con rabia al profanador que intentaba callarlo lanzándole piedras. Al instante apareció en el agujero del sepulcro el cuidador de los muertos; un niño que se espantó cuando vio las dos bolas amarillas en donde tendrían que estar los ojos de hombre. Se escucharon gritos en el cementerio huraño, y el ruido de una muchedumbre que se iba acercando al agujero se hizo grande. Miguel Ángel vio su mano y la del muerto, y llegó a la conclusión de que era su mano, viva, carnosa y útil, la que tenía que cubrirse de las propiedades de la viscosa sangre de la criatura. Vació la botella entera en su mano, y la regó en cada rinconcito hasta que logró hacerse un guante de sangre. 
        Tomó el cuchillo con la seguridad de que la magia de la cabra haría de las suyas, y como si fuera a cortar mantequilla, pretendió cortar la mano del muerto. El cuchillo se resbaló sobre el pellejo podrido, al mismo momento en que Cusuco llegó a la conclusión de que se había equivocado de mano. Las señoras que se habían acercado, por el barullo del cuidador del cementerio, estaban alrededor de la fosa gritando y rogando a Dios por auxilio, mientras el niño no se cansaba de anunciar, a quien estuviera presto a la escucha, que “¡Un loco se ha metido aiy’ con los muertos!”. 
       El policía municipal llegó al agujero y vio, con la misma incredulidad con la que escuchaba las viejas anécdotas de sus padres sobre duendes, espíritus y cerdos con cola de serpiente, a un humano con ojos de cabra, con la mano ensangrentada, arrancándole a mordiscos la mano a un muerto. Aún y con su peso, el policía no temió en lanzarse al hoyo para detener al profanador; cayó, y antes de que pudiera sacar su macana para doblegar a la enfermedad diabólica de dos piernas que tenía enfrente, sintió el golpe de una pierna negra y putrefacta. Cusuco se había armado con su propio sable, repartiendo patadas al policía que gritaba al sentir los gusanos gordos y ligosos entrar sin problemas a su boca. 
          Miguel Ángel salió del agujero con la mano del muerto en la boca, bramando como demenciado para ahuyentar a las mujeres escandalosas y al niño que lo había delatado. Lanzó la pierna del muerto al perro, y salió corriendo rumbo a la calle principal de Mejicanos. En el momento que pensó en regresar por la Avenida Dolores, se le ocurrió rodear la ciudad, creyendo que era la mejor alternativa para evitar exponer al dios gitano, y liberar a Gabarri de cualquier sospecha. Se echó a correr, y se guardó la mano del muerto entre los pantalones por temor a que la gente se asustara al verlo con el miembro pútrido; si es que sus ojos de cabra, así les permitían darse cuenta. 
          No había alcanzado a llegar al centro de la ciudad, y ya había escuchado los disparos que los policías le habían echo desde las patrullas que le seguían. Cuscuco corría a la par de los autos dando largas zancadas y gritando “que se aparten les digo que ahí viene el diablo”, mientras golpeaba y empujaba a quien se le interpusiera en su escape. En el centro, ante el tumulto de personas que lo rodeaban, sintió que podía tomarse un respiro con un cigarro; lo de fumar no era porque él lo disfrutará, era, porque pensaba que Josefo Gabarri hubiese hecho eso, si a él le hubiese tocado estar en su lugar. La gente lo miraba y se apartaba de Miguel Ángel lanzándole “aves marías purísimas” y “padres nuestros”. A él solo le quedaba maldecir con obscenidades, abriendo bien los ojos y sacando la lengua, mientras mantenía un encabronada actitud
         Se sacudía la adrenalina, tosiendo el humo, y miraba con asco el color marrón que había tomado su mano manchada de sangre. La colilla del cigarro le hizo sentir cerca el final de su misión, y notaba que la gente que pasaba frente a él, caminaban agitado, corriendo la voz, entre tiendas y abarrotes, que un endemoniado andaba suelto en Mejicanos. El descanso le duró poco, Cusuco vio venir un carro cargado con agentes de seguridad municipal, que lanzaron disparos al aire; el susto lo llevó a la huida, y lanzó el cigarro aún encendido en una cumbre de basura que al instante prendió en llamas. 

             - ¡Está agarrando fuego este volado!– fue lo último que se oyó de los gritos que le llegaron al profanador antes de perderse en el laberinto de Mejicanos.  

En los callejones sucios y repetidos de la ciudad, bañado en su sudor, y con una comezón endiablada en la entrepierna, Cusuco terminó en un callejón con tope. Las sirenas habían desaparecido por completo, y desde ahí se alcanzaba ver el cielo manchado por una negra humareda. Inspeccionó el lugar, y pudo notar que en medio de las oscuridades que se formaban entre las casitas que bordeaban la callejuela, aparecieron, con inquietud y murmuraciones, las figuras escuálidas de unos tipos que eran los mismos, o parecidos, a los que le habían hecho pasar una noche de muerte. Todo dentro de él era una afonía en ese momento, el sudor de se le hizo escarcha en la piel, y sintió un agudo ardor en la herida. Oponiéndose al horror de sus recuerdos, Cusuco luchaba pensando en que él no era el mismo que ellos o los otros habìan matado; estaba seguro que ese miserable estaba tan muerto y cómo lo estaba de haber renacido en una nueva vida. En esa nueva vida, él, nada debía nada a los hombres, porque son todos los hombres, altos y bajos, buenos y malos, los que le deben a él por ser más que un hombre. 
         Se acercó a las sombras con el pecho inflamado y los puños hinchados, y vio la cobardía en el desvanecimiento de muchos que se perdían como un burdo sueño.

                    - ¡A vos ya te agarró la bestia! ¡Yedes a mierda de chivo! ¡Déjanos, ándate! –  Cusuco se detuvo, y les sonrió.

Cuando Miguel Ángel apareció en el centro de Mejicanos después de haber resuelto el laberinto, las cosas estaban peor que alborotadas. En todas partes miraba a algún policía con las manos en el arma, esperando encontrarlo para vaciarle el cartucho. El humo se había ido incrementado, y escuchaba a gente que gritaba algo acerca de un incendio y de la llegada tardía de los bomberos, y un helicóptero volaba en círculos por sobre la ciudad. Estaba escondido detrás en las ramas de unos árboles, y desde la altura craneaba la mejor forma de regresar hasta su hogar, donde seguro Josefo Gabarri lo aguardaba con la alegría y el honor, tarareos y guitarra, que su misión merecía. La ruta más sencilla, según Cusuco, era regresar por la misma calle que lo había llevado al cementerio; ya que para él, lo estarían buscando en ratoneras y quebradas, en medio de basura o escondido debajo de las mesas del mercado. El tanteo del sol le decía que no era demasiado lo que faltaba para que la noche llegará, así que no tuvo inconveniente en esperar.

El dorado atardecer que se iba refrescaba las calles, y borraba con sus delicadas brisas el humo que el incendio de un almacén había dejado. La gente comenzaba a regresar a sus hogares, vaciando las calles de Mejicanos sin prisas. Miguel Ángel, el profanador, se bajó del árbol y comenzó a caminar con cuidado por la vía; un aroma a quesillo quemado y vinagre, le recordaron que no había probado bocado en todo el día. El hambre, y la soberanía que los muertos y la muerte le habían dejado en los últimos momentos, le hicieron sentir poder y fuerza para entrar a la casita de láminas manchadas, y robar la comida que olía tan bien. 
           Cusuco pensó que si entraba gritando y sacudiendo la mano del muerto espantaria a la gente dentro de la casita, lo que le daría el tiempo para atiborrarse de comida. Se sacó la mano de entre los pantalones, y se llenó de aire el pecho para lanzar un aullido espantoso – inspirado en las agonías de la cabra que había degollado –, y se lanzó a la casita con toda la bestialidad que pudo imitar. Policías y bomberos, cansados de fuegos y de locos, comían bajo el techo de la pupusería La Morena; donde ancianas decrépitas palmean por eternidad las pupusas, pareciendo que en lugar de hacer costumbre hacían perfección. Los uniformados se atragantaron, y escupieron la comida, cuando vieron al monstruo de ojos de cabra gritando en el lugar. Su instinto, antes que la profesión, les hizo agarrar cualquier cosa para golpear al culpable de todos los males que se habían dado en Mejicanos esa tarde. El primer golpe le cayó en la cara a Cusuco, tirándole tres dientes sobre el suelo y dejando a la mano del muerto en el maíz con la que se hacen las pupusas. Todos los hombres lo golpearon, incluso se escuchó en la paliza a una de las ancianas de la pupuseria, gritarle “maldito, te reprendo por la sangre de Cristo”. 
               Magullado, al borde de rendirse, pensó Cusuco en Josefo Gabarri. Quedarse vencido era perder su promesa, amor y locura por el gitano, ya que su vida y libertad poco le importaba. El perder a Gabarri se le hizo inconcebible, y sin saber el cómo, los ojos de cabra se le encandilaron; de la boca echaba baba, y salían palabras que no entendía pero que si sentía el desgarrador y esotérico vigor de ellas. Todos los que estaban en la pupuseria se apartaron y se tiraron al suelo, porque, aunque Gabarri solo se percibía airado, ellos miraban al mismo demonio, soberano e infame, el macho cabrío de las pesadillas, que profería maldiciones y brujerías.
            Miguel Ángel sacó la mano del muerto del recipiente del maíz, salió sin prisa o  precaución, y buscó con sus tarareos hacer más entretenido el camino hasta la Avenida Dolores. 

Cuentan que varios de los hombres que vieron a Belcebú esa tarde, jamás volvieron a ser los mismos, y que los días siguientes a lo sucedido, el maíz  manchado por la mano del muerto, lo ocuparon para las siguientes pupuseadas; suciedad que hizo a La Morena, al menos por un tiempo, la mejor pupusería de todo el país. Hay quienes aseguran que afuera, colgado en la lámina de la casita, hay un letrero que dicta “Se necesita que nos echen una mano”.

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