sábado, 12 de octubre de 2019

Series CBE: El último Perolero (Parte 6)

Pintura Francis Bacon (1946)

El profanador, el ladrón y asesino de animales, le rogaba al gitano por ayuda. Su mano, en un principio manchada de sangre de cabra, luego petrificada, ardía y se quebraba en su interior; se hacía trizas, mientras los músculos se marchitaban. Nadie en la Avenida Dolores podía escuchar los gritos del desafortunado siervo que tenía un calcetín sucio en la boca. Si alguien pasaba frente al predio donde descansaba un carretón de madera picada, plásticos, latas y peroles, solo alcanzaba a ver a un hombre que se revolcaba en el suelo, y a otro, que sentado en una mecedora, bajo una enorme nube de humo de tabaco y algo más, contemplaba el sufrimiento en el suelo con una mirada rabiosa, con ardor de aborrecimiento, por lo que mejor seguían su camino, sin decir nada a nadie.

     Josefo Gabarri no respondía ni con parpadeos al dolor desesperante que le acababa la mano a su siervo, del que no sabía nada más que era un inútil, y que un bien hubiese hecho al dejarlo morir tiempo atrás; ya que muerto resultaba más útil que vivo y a su servicio. “¡Josefo!¡Josefo!¡Haz algo por las mil putas!” leía Gabarri en los ojos del Miguel Ángel, que se endurecía, sudaba, y se moría una vez más cerca de él. El gitano se levantó de la mecedora y se fue hasta su carretón, esa inmensa bóveda en la que cargaba todo lo que él y los hombres pudieran necesitar para vivir. Se tardó, a sabiendas que siempre encontraba lo que iba a ocupar rápidamente, y esto lo hizo para satisfacer el disfrute que le causa el dolor de cualquiera, y con mayor amplitud, de aquel que tanto le admira, le sigue y él pretende ser fiel.

     Cusuco, que estuvo a punto de perder la total consciencia y de estar casi seguro que estaba a un punto de morir, vio que Josefo Gabarri, ese semblante de hombre y dios modesto, el mismo a quien le había fallado por segunda ocasión, ese mismo que le devolvió la vida y le dio una razón de ser, se acercaba con lentitud, casi que bailando, y creyó, porque dudaba de todo cuanto sus sentidos le dictaban, que un tarareo flotaba en el reino medio vivo y medio muerto en el que había vivido los días más extraños, más felices, más completos de su vida. El dios de todos los gitanos, su amo, estaba junto con él, como el buen doctor que aguarda en la pena con su paciente, como la abnegada madre que no descansa en el dolor de su criatura, acompañado de un trocito de soga del que ya conocía sus funciones, y de un enorme corbo herrumbroso que despedía un aroma desagradable.

- No sé si esto me pasa por ser gitano o porque tú eres pendejo. Aún así, incluso para tu estupidez tengo solución. Nada me va a quitar la oportunidad de irme antes del invierno – dijo Gabarri cerca del rostro empolvado de Cusuco, con una mueca mefistofélica con la que soñaría durante muchas noches – Es por eso que hemos acordado tú y yo, después de todos tus agravios, que tu mano será la mano. Toda mi vida he engañado, dime ¿qué pierdo con engañar una vez más?

Miguel Ángel vio que Josefo Gabarri se ponía en pie, y tomaba el trocito de soga, que se columpiaba como un joya encantadora, dócil y brillante, y lo miraba como el hambriento mira la comida después de tanto tiempo de hambruna.

- Chocho de cabra, te ha llega‘o el t'empo de apoquinar tu gilepende’. No sos del diablo, esta’ peior, sos de cañí, el má’grande de to’os la cañí pario’os. ¡así ‘e cagate’de canguelo!

Las extrañas palabras de Gabarri lo entumecieron de puro desasosiego, jamás en el tiempo que había estado con su amo había sentido desesperación como la que sintió cuando lo escuchó hablar tal y como de seguro hablaba su corazón. Miguel Ángel pensó por primera vez que haber muerto aquella noche hubiese sido lo mejor para él; primero vio que el nudo morado del trozo de soga fue apretado, y sintió que su cabeza se rasgaba como una delgada hoja de papel que ya nunca se volvería a unir, y cuando comenzaba a ver que en algún lugar que no estaba ahí, caían un sinfín de cuerpos muertos como las estrellas en el día del fin de todas las cosas, sintió el helado corte que el dios gitano le hizo a la mano gangrenada. Después de eso, en una oscuridad absoluta, Cusuco solo alcanzó a escuchar el violín de una cigarra.

*

Era la última día antes del invierno. La tarde parecía más brillante que de costumbre. No había tan solo una nube que manchara la inmaculada perfección de aquel día. En la Avenida Dolores, aquella tarde, no hubo gritos, charlas, autos, perros o comensales sobre la acera, solo se escuchaba la incongruente tonada de una dulzaina que venía de un terreno abandonado junto a una de las canchas de fútbol. 

     En ese terreno enfermo, parte árido, parte maleza, Josefo Gabarri, un hombre que nadie sabe cuándo fue que llegó y mucho menos desde donde, cocía lana amarilla en el pellejo de una mano que había sido de alguien nacido en 1932. En el suelo, haciendo sonar la dulzaina y usando una sobra de tela que pretendía hacer las veces de pantalón, se encontraba Miguel Ángel esperando que la noche llegará para cumplir sus últimas deudas con el hombre que le había cortado su mano, y que la utilizaría para hechicerías que aquella noche se revelarían. Antes de oscurecer, Cusuco tendría que dirigirse a lo alto de una loma donde se miraba un tanque de agua, y andar un poco más para encontrar un raquítico fragmento de urbe conocido por todos como el Pasaje Méjico. Ahí, donde la vida no era posible sino por obra de un milagro o maldición, tendría que buscar una casita en forma de caja de zapato; que fácilmente se identificaría por los agujeros de la ventana tapados por láminas, por tener de tener de jardín una delgada veranera que nunca se enredar a nada, y por qué resguardaba de las tempestades del sol, la lluvia y la gente, a una joven pareja que iniciaba su vida familiar en ese distrito desdichado, junto a su bebé recién nacido;que tenía la tirita de carne que Josefo Gabarri necesitaba.

- Acércate – habló a Gabarri –, ya está lista – Luego le entregó la mano que él mismo, Cusuco, había arrancado del muerto en el cementerio, y que ahora lucía costuras amarillas entre palma y dedos – Lo que tienes aquí debería de ser una ‘mano de la gloria’, pero por haberla arrancado con la boca y no haberle embarrado de sangre pues no estoy seguro de que vaya a funcionar igual.

- ¿Para que funciona? – dijo Miguel Ángel con el ceño severo, y sin levantar los ojos amarillos hacía quien le hablaba. Josefo percibió el malestar, pero lo ignoro.

- Funciona para volverte invisible – lo dijo, con el tono socarrón que le sacaría risas o alguna ingenuidad a su torpe siervo. Pero Cusuco, no rió. – En fin, aunque dudo que te haga invisible, algo hará para ocultarte. Es cosa eficiente, en Santa Tecla le tienen estima… ¿Lo sabías? No recuerdo el año, pero en el emblema…

- Corto al niño y luego debo encontrarte en el tanque. ¿Cierto? – Miguel Ángel se mostró indiferente.

- Así es mierda de cabra – Josefo Gabarri quería chunguear el ánimo grave y distante de su siervo. Qué solo guardó silencio y tomó la mano zurcida – Cuando llegues al Pasaje Mejico, te cuelgas la mano en el cuello, y ella hará su trabajo para que tu hagas bien el tuyo. No lo estropees. Esto se acaba hoy.

Miguel Ángel se sacó un cigarro escondido de entre el matorral del pelo sucio y enredado, asintió con la cabeza, se guardó la ‘mano de la gloria’, el cuchillo de mango negro y la dulzaina, y antes de dejar a Josefo Gabarri con sus propios preparativos para subir a lo alto de la loma, irguió de tal manera su espalda que si la cherada del barrio lo hubiera visto, habrían llegado a la conclusión de que no tenía mucho sentido seguir llamándolo Cusuco.

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