lunes, 14 de octubre de 2019

Series CBE: El último Perolero (Parte 7)

Madame Roulin y el bebé (Vincent Van Gogh - 1888)

El año en que Josefo Gabarri y Miguel Ángel se encontraron, sucedieron tantas y extrañas cosas en Mejicanos, que, como suele pasar con lo inusual, el resto del país nada supo o supo poco sobre ello. Los medios hicieron de ojo pacho con tres incendios que asediaron a la ciudad, y se limitaron a presentar únicamente uno; esto, por los beneficios electorales que representaba para el alcalde. Nadie quiso hablar del amargo sabor de la yuca servida en el yucodromo, y esto, por temor a que el ‘Festival de la yuca’ fuera un fracaso y le quitaran una, de las dos diversiones, a toda la comunidad – la otra, son las fiestas dedicadas a la Virgen del Tránsito, que después de décadas, volvió a ver desfilar a hombres vestidos de mujer. Muy pocos se dieron cuenta que ese año fue el año en que el servicio del agua tuvo menores complicaciones en todo el municipio, a excepción de los pequeños renacuajos de colores que salieron de los grifos, que la gente de la colonia España denunció, pero que fueron tomados por torpes bromistas. Solo hubo dos personas que no pertenecían a Mejicanos – uno taxista y la otra prostituta – que, en las noches previas al invierno, dieron fe de haber escuchado aullidos en la comunidad la Fosa y lamentos a lo largo de la calle el Nispero. En el centro de la ciudad, algunas personas hablaban de que había una pandemia de endemoniados sueltos dentro de iglesias y pupuserías, y curiosamente ese fue el mismo tiempo en que la pupusería Morena alcanzó su mejor sabor. Ese año, también, hubo hombres que, en chupaderos y tiendas, con alcohol y cerveza, chambrearon sobre la aparición del chupacabras; unos decían que el bicho anduvo por Mariona, alegando que había salido del penal; otros aseguraron que sus maldades habían sido en la calle principal de la Zacamil, donde había dejado a cinco cabras chupadas y dos mujeres heridas de gravedad; y los más viejos, por su parte, decían que el animal andaba merodeando las noches de la gente de la Lotificación Gutiérrez. Las personas de la Santísima Trinidad, ubicados en el ‘hoyo’, vieron volar una noche fardos y fardos de telas de colores, y creyeron que era el advenimiento de Cristo. En ese mismo año, el número de asesinados en Mejicanos fue tan alto que el alcalde de Ayutuxtepeque, decidió pelearse legalmente la muerte de un panadero en los límites de ambos municipios, aludiendo que, de la cabeza a la cintura, el muerto se encontraba en Ayutuxtepeque, y que las piernas estaban del lado de Mejicanos – el caso, actualmente sigue abierto –. Y, de lo que más se habló entre los límites de estos dos municipios, fue de la aparición excesiva de tengereches y armadillos, que las autoridades estuvieron tentadas en levantar estado de emergencia, similar al de la época en la que el servicio de recolección de basura dejó sus labores por una temporada. Las soluciones que tomaron la gente de Ayutuxtepeque y Mejicanos para esta plaga fue la de entregar hondillas a los chicos para reventaran las sienes de los tengereches, y la de capturar uno que otro armadillo para retomar costumbres culinarias olvidadas por exóticas. Lo que sí es seguro, es que muchos tuvieron la oportunidad de enseñarles a los niños el animal al que correspondía la palabra Cusuco. 
       
Todas estas situaciones, increíbles, hilarantes y sin sentido, estuvieron íntimamente relacionadas con lo que sucedió la última noche de abril, en una loma, en la parte alta de un tanque de agua, donde Josefo Gabarri y Miguel Ángel se encontraron, quizá, por última vez. 


Miguel Ángel, justo cuando todo se había oscurecido, había puesto su pie en la lodosa calle del Pasaje Méjico, en la Lotificación Gutiérrez. Por la perdición que evocaba el lugar, Cusuco, esperaba encontrarse con un sitio desolado, abandonado y fantasma, pero la vida corría entre el lodo y el aroma a zacate húmedo. Alumbrados con las lámparas tenues y la luz de las luciérnagas, varias personas caminaban por el pasaje, niños se embarraban de suciedad un poco antes de dormir, y cientos de gatos vigilaban la zona desde lo alto de los árboles torcidos que dejan caer florecillas amarillas en el fango. Oculto en la maleza, y sacando provecho de las virtudes de sus nuevos ojos, Miguel Ángel buscaba entre las champas, y las casitas de cemento, una que pareciera caja de zapato y que en lugar de ventanas tuviera láminas.

El llanto de un niño que venía de una casa gris e inhóspita, le hizo reconocer el lugar indicado por Josefo Gabarri, que dentro de poco se pondría en marcha hacía la parte alta del tanque de agua, en donde por fin cerraría su deuda con el hombre que le salvó. La orden de su amo, había sido la de utilizar la ‘mano de la gloria’ con el fin de pasar inadvertido para entrar a la casa donde el niño llora; y ahí, estando frente a la criatura, tendría que rebanar la carne que le cubre el sexo.

       Cusuco se encontraba seguro de que las indicaciones eran las correctas, por lo que la extrañeza de su corazón era derivada de un estado de ánimo que no dejaba de cambiar desde hace unos días; pues se percibía con una intensa conciencia de sí mismo, de sus limitaciones y habilidades, y, sobre todo, lo obsesionaba la potente conclusión de que él, Miguel Ángel no era del mismo tipo de hombre que era Josefo Gabarri.

Detuvo las filosofías, y tomó aire como quien indica que no hay voluntad, pero sí compromiso, y se puso la llamada ‘mano de la gloria’, pedazo descompuesto de carne con croché, colgada en el cuello, con la esperanza que hiciera lo que hiciera lo hiciera bien. La mano del muerto no pesaba absolutamente nada, hasta una pluma podría haber resultado mayor carga, y cuando notó que a su alrededor todo seguía igual, ya que no se escuchaban voces de ultratumba ofreciendo favores o fuegos fatuos o al menos fuegos de San Telmo anunciando la hechicería por venir, sintió una tremenda cólera hacía Gabarri, por no tenerlo cerca para poder recriminarle la inutilidad que le había entregado. Como la cosa no cambiaba, Miguel Ángel, se vio tentado a abandonar todo, no había manera de introducirse a la casa sin ser objeto de calumnias y denuncias por los vecinos, por lo que el fracaso de su misión y promesa, al final, era responsabilidad del mismo gitano. A falta de proferir maldiciones escupió al suelo, y cuando se dio la vuelta para regresar por el camino que lo había llevado hasta esa marisma, sintió un cosquilleo en los pies; luego las piernas, el estómago, los brazos y la cabeza. El cuerpo no le respondía, y por mucho que pensara en quitarse del cuello la mano del muerto, su cuerpo, como ya se venía haciendo hábito, no le servía. No podía gritar, no podía moverse, no podía hacer nada más que soportar los calambres que se hicieron porrazos en cada parte de él, y que incluso le llegaron a doler en el espacio de la mano que ya no tenía. 

Abrió los enormes ojos amarillos y vio la maleza más alta de lo que recordaba. Se sentía tembloroso, con frío y adormitado. Su cuerpo le parecía liviano, desprendido de la carga de un cuerpo viejo. Cuando Miguel Ángel se dio cuenta de los harapos que andaba por ropa estaban a un lado y se miraban enormes, tanto como para cubrir el carretón viejo de Josefo Gabarri, de su interior salió un chillido de alimaña. En ese preciso momento se dio cuenta que era más una rata que un hombre, que era más enfermedad que vida, que era – aunque esto nunca lo pensó de esta manera – un homúnculo, un desperdicio de hombre.

          Se vio la piel ennegrecida y lisa, la forma de los huesos que le resultaba clara debajo de un pellejo brillante y cubierto por pocos y sucios pelos, unos enormes dientes que podrían haberse clavado sobre cualquier cuero, y notó una repugnante cola, delgada y negra, que se extendía por el campo. La ‘mano de la gloria’ estaba junto a sus cosas, y dedujo que su apariencia era el resultado del hechizo, que en lugar de haberlo vuelto invisible lo volvió pequeño y repulsivo como para obligarse a pasar desapercibido, y que en su defecto, era como si fuera invisible. ‘ergo’, pensaría Josefo Gabarri, la mano ha funcionado.

Cuando Cusuco intentaba hablar, solo salían sonidos irritantes de su boca, que aquel que los escuchara era movido a destripar al emisor de ese chillido; procuró andar con cautela y silencio. Se lanzó en la oscuridad del Pasaje Méjico, corriendo entre basura, piedras y mierda de perro, rodeando postes de luz, zambullido detrás de las llantas de automóviles destartalados, rehuyendo de las miradas de las señoras que hablaban frente a sus casuchas, o del olfato de los perros tuertos y macheteados que descansan como moribundos sobre el lodo. Alcanzó la casa ‘caja de zapatos’, y de alguna forma se sentía aliviado de su apariencia y sus habilidades, ya que nadie se había dado cuenta de su presencia de roedor. Su única manita tenía largas uñas que sin problema se clavaban en el concreto de la casita rústica, era tan fuerte su complexión, que no echo de menos la falta de la otra. Llegó al techo, y por más que caminaba con ligereza, en la hoja de metal que hacía las veces de techo, no se escuchaba más que lo que se escucha cuando camina un gato. Encontró un agujero, y se introdujo a la casita, donde no había luz artificial. Dos velas eran las únicas lumbreras del hogar; una brillaba en un espacio que podría haber hecho de sala, sino pareciera un depósito de cajas, y la otra resplandecía en el cuarto donde estaba el bebé al que Miguel Ángel debía flagelar.

La pareja, padres del niño, se encontraban en el depósito, envueltos entre cajas y bolsas, exhaustos por una vida a la que no se logran adaptar, por estar muy jóvenes y porque el mundo es de adultos, porque la realidad siempre es Ser más, pero ellos se sentían siempre tan menos; el consuelo para los dos, era que al menos estaban juntos. En el cuarto, la criatura recién nacida, dormía apaciblemente, envuelto en trapos curtidos pero limpios, y con la guardia de una vela que ya se había quemado a la mitad. La alimaña negra se deslizó por las paredes hasta llegar a la cuna que rugía con el más mínimo movimiento. Con el dominio total de su cola, se acercó el cuchillo que había traído a rastras por el lodo del pasaje, y lo había puesto cerca la cara del bebé. Con delicadeza, Miguel Ángel destapó a la criatura, y le dejó el sexo a la intemperie. Todo tenía que hacerse con velocidad y precisión, y más que para agradar a Josefo Gabarri, era para evitar seguir rindiendo una pleitesía que ultimadamente le estaba costando una “mano” de la cara. Tomó con delicadeza el sexo del niño y logró definir con la mirada el punto donde daría el corte al prepucio para arráncalo de un tajo, porque pensaba que así el niño sufriría menos.

Cusuco vio al niño que se movía en la beatitud de su sueño. La sonrisa accidental que las temperaturas hacían sobre su cuerpo, le hizo recordar aquel paraíso de paz que alguna vez fue su niñez; miraba en la sonrosada piel del bebé, el cabello de su madre que lo abrazaba cuando el frío se hacía inmenso en la noche, sentía el olor a su hermano enrollado en el cuarto donde se escondía cuando jugaban al escondelero, y pensó que esa criatura tan pequeña, inofensiva, era, por contradictorio que pareciera, un ser más completo, más alto, de lo que él o Josefo Gabarri podrían llegar a ser. Si lo cortaba, pensó Miguel Ángel, sería contribuir con uno de los mil pedazos en los que el niño terminaría al final de sus días; sería inferir sobre es perfección quebrada de la que el niño aún no tenía conocimiento, porque cortándole el prepucio lo haría menos hombre, lo haría un hombre deforme, lo haría, de alguna forma, un hombre parecido a él.

Cusuco sacudió la cabeza, y vio cómo se cernía sobre él y el niño, en las sombras proyectadas del fuego de la vela, la figura del gitano que los amenazaba con sus manos devoradoras y alargadas, esas mismas que lo habían robado de esa lógica que su vida había seguido, que ni bien ni mal, era la vida que había merecido porque es la que había decidido, y que lo correcto, si es que la palabra aún guardaba utilidad, era haberlo asumido hasta el final. Alzó el cuchillo en dirección a la telita de carne delicada del niño, y el niño, por casualidad o drama del destino en forma de causalidad, abrió los ojos, y ambas criaturas, la pura y la enferma, la inocente y la culpable, pegaron un solo grito que estremeció al Pasaje Méjico; y que Josefo Gabarri, ya en la parte alta del tanque de agua, escuchó y sonrió con colosal agrado. 

- ¡Maten a ese tacuazín de mierda! – se escuchó a la chancha vecina del pasaje Méjico.

- ¡Repréndalo Chita! ¡Repréndalo! – se santiguaba el vecino borracho mientras se encomendaba a su esposa.

- ¡aMá! ¡Mire que grande esa ratota! – saltaba la niña negrita de pelos rubios y tostados con los pies descalzos sobre el lodo del pasaje.

- ¡Mino, si es el chupacabras, mirale esos ojos! – gritaba el vecino holgazán mientras dejaba caer en lodo la botella de soda para la cena. 

- ¡Chema!¡Chema! ¡El niño está sangrando! – y el niño no dejó de llorar por más de cinco días y la madre, hasta el día de ahora, sigue llorando.


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