viernes, 25 de octubre de 2019

Series CBE: Viñetas de una biografía (I)



Maloso anda suelto

La Navidad en la granja (1994 o 1996)
Página digitalizada del cuento, la encontré disponible en internet.
 Mi copia la perdí, y el audio casete está en alguna parte de la casa que no lo pude encontrar.
El audio se encuentra en el siguiente link de YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=Wz87VHE-R2w
Recomiendo leer uno que otro de los comentarios del video.


La Navidad en la granja de Pollo Campero fue publicado en 1994, pero la referencia de un Nelson Leal en YouTube, quien menciona haber colaborado con la grabación de la historia, asegura que fue en 1996. Intente verificar el dato con Pollo Campero a través de Twitter, pero no contestaron. Aún y la imprecisión, estamos de acuerdo de que el libro y el audio salieron a inicios de los noventa, y es, hasta la fecha, un icono de las navidades de una generación que ha de cumplir la condición de ser, por nombrarla de alguna forma, de clase media. Esa generación fue la que nació en la agudeza del conflicto armado, y fue testigo inconsciente, mientras comía leche ácida de tetas alborotadas, de la apertura de un mundo dictado en la firma de los Acuerdos de Paz. En mi caso, la poca leche materna que pude tomar venía del seno de una vecina y el resto era leche en polvo. Leche artificial y fraudulenta; mi mamá, por miedo y angustia, no podía producirla. Sea como fuera la leche, me encontraba dentro de los afortunados. Siempre hubo algo que comer.  


Mi mamá, yo, y al fondo mi abuelo.
Foto tomada en Noviembre de 1989, días después de la Ofensiva.

Esa generación, que es la mía, estábamos, en todo sentido fuera de la historia, en nada podíamos pronunciar y pronunciarnos sobre los últimos eventos histórico-político de El Salvador, pero sería un error acusarnos ignorantes, porque aún y afuera de la historia formal, algo sabíamos. La crisis no nos llegó en forma de historicidad y teoría política, no hubo argumentación racional sobre ello, la crisis nos llegó oculta, diseminada, sutil y efectiva, mucho más aterradora: nos llegó en forma de ‘Cuento de Hadas’. G.K Chesterton denomina a este proceso, en su libro Ortodoxia (1908), como la filosofía de la ‘nursery’. 

Las cosas en las cuales más creía entonces, las cosas en las cuales más creo ahora, son los llamados ‘cuentos de hadas’. Me parecen ser las cosas más razonables. No son fantasías; comparadas con ellos, otras cosas son las fantásticas (…) Pero aquí me ocupo de demostrar que la ética y la filosofía vienen, alimentándose con cuentos de hadas. Si me ocupara de ellos detalladamente podría mencionar mucho nobles y saludables principios que de ellos provienen. Allí está la caballeresca lección de Juan el Gigante, según la cual se debe de matar a los gigantes porque son gigantescos. Es un motín valiente contra la soberbia (…) Allí está la Bella y la Bestia, según la cual una cosa debe ser amada antes de ser amable. Allí ésta la terrible lección de la Bella Durmiente, que nos dice cómo la criatura humana al nacer fue regalada con toda clase de bendiciones, y, no obstante, maldecida con la muerte; y cómo a veces la muerte, puede dulcificarse hasta ser un sueño. Pero no me ocupo de los estatutos aislados del país de los elfos, sino del espíritu de su ley en conjunto; su ley que aprendí antes de saber hablar y recordaré cuando no pueda escribir 

Ortodoxia, Ed.Porrúa, G.K Chesterton, p.30.

El cuento del Pollo Campero ofreció espectáculos en instituciones educativas en los noventas, y sigue siendo hasta el momento una referencia para mi generación, una señal de ‘aquellos diciembres’ que con sus parsimoniosos vientos lograron hacer que en los hogares brotara una calidez y luz incandescente, como si las estrellas de cartón, mal pintadas con brillantina, montadas en los rascuaches pinos de plástico, realmente marcaran en las salas y cocheras, el lugar de nacimiento de Jesucristo. La Navidad en la granja, funcionó como uno de los puntos de contraste para determinar la efectividad de una Navidad, ya que a partir del año dos mil, para mi generación, las navidades comenzaron a deteriorarse junto con la economía – la dolarización – y a la aparente apacibilidad social –la aparición de las ‘maras’ –. Los acuerdos de paz generaron en la consciencia salvadoreña, casi por una década, lo mejor del kantismo: una ‘ilusión trascendental’. 
           
La historia del pollito, el evidente héroe del restaurante, lugar que fue durante años de juventud el antro dominical de mi mamá y sus dos hermanos, se desenvuelve con sencillez. La granja se encuentra lidiando con los preparativos de la fiesta navideña, donde todos los animales, incluso el más aversivo – la culebra –, aportan algo para construir el nacimiento del hijo de Dios. En esa población animal reside un principio de universalidad, todos se encuentran congregados bajo el propósito de construir el tiempo de paz; ya que la paz, es la virtud esperada por todos en la granja, un estribillo permanente en todo el cuento. Quiero hacer notar que en el cuento se ha mutilado el evangelio, debido a que hay una sustracción del mensaje radical cristiano, por ello, hay un interés desmedido en la historia por la preservación de la armonía. 
             El villano de La Navidad en la granja, más escabroso que el Grinch de Dr. Seuss, es Maloso el jabalí. La maldad del personaje de Dr. Seuss es incapaz de robar el corazón mismo de la navidad. Al final del cuento, cuando Villa-Quien celebra la navidad en la plena unidad, el delito del Grinch aparece como acción liberadora, ya que en lugar de haber robado la navidad le ha devuelto el sentido de la misma. El Grinch es un protector de lo sagrado, no veo problemas en llamarlo ‘profeta’. Maloso por su parte es una abominación, su presencia es en todos los sentidos el fin de las cosas. Durante la primera parte del cuento, el jabalí se encarga de acosar a la granja, y con sus jadeos y el sonido de sus pasos crea una histeria en los animales demasiada cercana a un canon literario de terror. Recuerdo que todas las veces que leí el cuento, escuchando de forma simultánea el audio, la angustia y el horror se apoderaba de mí. La idea de una maldad acechando a las afueras de la dulzura del hogar, es la que hace en la gente – de clase media –  ver en peligro la vida segura y rutinaria, un obstáculo para alcanzar y preservar la razonable felicidad. El fenómeno de Maloso, es una experiencia de ansiedad y horror que marcó un estatuto político de mi generación. Jamás la apacibilidad, pereza, ocio y armonía tuvo mayores efectos que en mi generación; que recibió toda virtud en forma de sobras de una historia que no habíamos enfrentado, recibimos todo eso por herencia, y por lo tanto se desconoce su valor. La maldad está ahí afuera; “el diablo anda como león rugiente buscando a quien devorar. ¿Entendés lo que eso quiere decir?” era una de las tantas frases marcadas de mi abuelo, en las noches que me obligaba a memorizar la Biblia. 



How the Grinch Stole Christmas, Dr. Seuss.
Your Favorite Seuss, Random House, 2004.

Las descripciones de Maloso son las del salvaje, el que anda en las montañas, el que se hace sentir por su aroma, y que es la figura de perdición de los pueblos. Sin caer en una pésima politización del cuento, la caracterización del jabalí es, sino la misma, una cercana a la que ha orbitado en la figura del guerrillero: aún presente en el imaginario colectivo. La última vez que enfrente esta imagen fue con la figura de Mario Belloso, el ‘Maloso’ que disparó contra policías. 



Mario Belloso, condenado a 56 años de cárcel por la muerte de dos policías en el 2006;
Yo cursaba Bachillerato, tenía al menos 16 años.



En el lugar donde estudiaba, junto con mis compañeros, grabamos un video recreando este episodio.
El video, grabado con la pequeña cámara de un móvil Motorola, lo he logrado conservar.
Aquí el link  https://www.youtube.com/watch?v=e-vnwsjs7V4

Mi abuelo me contaba que, en los días previos a la ofensiva final, en noviembre de 1989, grupos guerrilleros y batallones del ejército se disputaban la ‘loma’ donde he vivido hasta hoy en día. Parte de la loma que ahora se hace llamar Pasaje Méjico en Mejicanos, es el espacio hechizo que alguna vez fue conocido como lotificación Gutiérrez. Semi urbano, semi rural, esa loma, sin falta, es una complicación para la definición clasista. Sobre la loma – desde mi ventana puede verse – hay un tanque de agua, y ese tanque se convirtió en el objetivo militar durante el tiempo de la guerra. El control del terreno que se podría obtener con la captura del tanque era formidable, quien lo tuviera tenía garantizado una visión panorámica de Mejicanos y de todo San Salvador; nada más acertado que esa frase que suelo mencionar cada vez que alguien ve por la ventana de mi habitación: “Increíble, ¿vea?”. 
          Según los datos de mi familia, el ejército tenía la posesión del tanque antes de la Ofensiva. La guerrilla quería hacerse de el a toda costa, por lo que hubo arremetidas recurrentes en la zona. Los dos bandos ocuparon como trinchera la fila de casitas donde personas y mi familia pretendían hacer una comunidad. Los disparos atravesaban las casas de un lado a otro, en muchas ocasiones mi madre tuvo que resguardarse en la esquina de su habitación, cargándome en sus brazos, protegidos por la espuma y el alambre de un colchón barato; y ahora que pienso esto, ¿acaso importaba que me diera leche? 


Burda representación del Pasaje Méjico, de Noviembre de 1989.
Los dos bloques negros, que simulan dos casitas, siguen siendo las líneas de casas que conforman el final del pasaje, donde actualmente residen trece familias; la gran mayoría de ellas se instalaron en la lotificación Gutierrez, años antes del conflicto armado.

Estos ataques, que para el 11 de noviembre culminaron en un bombardeo masivo en la parte más elevada de la loma, mantenía a la gente del vecindario al borde del nerviosismo con cualquier sonido. Cuando alguien escuchaba algún metal o al tropel de guerrilleros que venía levantando tierra y revolviendo el lodo, gritaba: “¡Hay vienen los guerrilleros!¡Corran!¡Corran!”. En La Navidad en la granja, los animales gritan despavoridos con cada sonido a las afueras de la granja: “¡Corran que Maloso anda suelto!”; incluso, el audio del cuento contiene un tema exclusivo para esta desesperación. Los efectos de la historia ilustrada son reales. Crecí en el aún polvoroso Pasaje Méjico, con la idea de que la armonía y la paz son una cosa frágil y siempre asediada; idea que no la considero errónea, pero sí incompleta. 
            El cuento del pollito termina cuando él decide hacer un llamado a la reconciliación con Maloso, movido por un principio ontológico: la bondad innata de todos los seres. Es decir, que pollito sabe que Maloso en el fondo es bueno, que es, en su defecto, igual que él. Cuando el jabalí es interpelado, él confiesa que su deseo es el mismo deseo que el de los animales de la granja: construir la paz. Todos admiten esta justificación y la paz se construye. Imagino que mi generación, pero al menos en mi caso creí durante mucho tiempo que las oposiciones eran producto de un ‘malentendido’. La idea del ‘Mal’ y el ‘Enemigo’ eran efecto de una simple distorsión. Por fortuna, la realidad puede ser mucho más afilada que una distorsión. La tendencia a evitar la discordia, la mediación y el consenso, cosa que aún se puede notar en mí, se puede llegar a convertir en – ocupando la prosa de William Blake – la capa de la cobardía. La tendencia reconciliadora puede ser síntoma de la incapacidad de sacrificar una aparente paz, y evita el acto de denunciar lo que está mal; y, en el fondo, podría decirse que hay una miopía para indicar, tajantemente, que es lo bueno y que es lo malo, lo correcto y lo incorrecto. Mucha de mi apatía socio-política tiene una base en esto. El cuento del pollito demuestra que el hambre de paz puede llevarnos por caminos fáciles, torpes, como lo es asumir que el Otro en esencia es similar solo porque desea lo mismo. Lo que el pollito no ha sido capaz de notar – su voz en el audio me sigue causando incomodidad –, en un uso marxista y freudiano de la ‘forma es el fondo’ – es ser capaz de entender la naturaleza del método de Maloso para obtener la paz. Ni que pollito bien, ni que Maloso mal, lo esencial aquí es que hay una diferencia que se niega. 
             En este sentido, la historia del pollito, es parte de un baluarte – construido desde la filosofía de ‘nursery’ –  del que se desprendió la respuesta que di al proceso de mi propia historización, cosa a la que todos estamos sometidos; es decir, que, de los cuentos, las imágenes, del terror a Maloso surgió esa manera singular de tomar lugar en el mundo, como sujeto dotado de individualidad y sentido. La dinámica que busco explicar con lo anterior, es que como personas estamos obligados a responder a ese llamado – sacado del Blog Lecturas de Watchmen – “¿Qué es lo que el Señor quiere de mí?”. Bob Dylan ya lo dijo: “Well, it may be the devil or it may the Lord. But you´re gonna have to serve somebody.


Maloso el jabalí
Ilustración digitalizada del video de YouTube.

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