domingo, 29 de diciembre de 2019

Narraciones CBE: El regreso

Anciana con girasol (1887), Vincent Van Gogh. 
Sebastiana suspira profundamente mientras sus ojos centenarios intentan adivinar el paisaje montañoso que rodea la cabaña. Atrás quedaron los días en que la animosa viejita solía sentarse frente al cerco a dar cuenta de una impresionante guacalada de mangos y jocotes, mientras contemplaba las últimas pinceladas multicolores del sol que muere cada tarde detrás de los cerros.

Había vivido en Honduras apenas por unos meses, setenta años atrás, cuando se casó con el finado Raymundo, el hombre que más intensamente amó en la vida. Pero su suerte allá no fue la mejor y, al morir Raymundo de manera tan prematura, viéndose viuda y sin hijos, Sebastiana emprendió el camino de regreso a su pueblo, al norte de El Salvador.

No es un secreto que el insondable tiempo siempre nos ofrece su bálsamo curativo y que la caprichosa vida a veces concede segundas y hasta terceras oportunidades. Fue así como Sebastiana conoció a Fabián, se casó de nuevo, tuvo seis hijos, un montón de nietos y biznietos y una larga vida para verlos llegar y partir, mientras ella seguía ahí, fuerte y erguida como una araucaria. Fue su lucidez la que comenzó a irse antes que ella. Ahora, a sus ciento dos años ya no reconoce a nadie ni sabe dónde está.

—Me preocupa tu abuela —dice muy seriamente Concepción—. Lleva días que no quiere comer y se la pasa suspirando. Está confundida la señora, dice que esto es Honduras y que se quiere regresar a El Salvador. ¡Pobrecita, se le ve bien triste!

Diógenes asiente con gesto perturbado, mientras piensa en la anciana madre de su difunto padre, sin saber de qué manera pudiera ayudarle. El menor de los nietos de Sebastiana vuelve a su afanosa jornada, pero sus pensamientos ya se han quedado atados a los pesares de la viejita.

El silencio y la quietud se afirman con la llegada de la noche, a medida que los hombres y mujeres del campo buscan descanso y cobijo en sus ranchos, cuando la escasa luz remanente del día queda finalmente cubierta por el oscuro manto del firmamento estrellado. 

Aún es de madrugada cuando Diógenes se levanta con una idea rondando su cabeza, misma que no tarda en compartir con su mujer. En las horas siguientes ordeña las vacas, saca los animales, limpia el establo, engrasa las llantas de la carreta, prepara el atalaje y coloca al caballo por delante del viejo y rústico transporte. Ahora sale por la parte trasera de la casa y la rodea hasta llegar a la entrada, donde ya está la viejita, como de costumbre, contemplando el horizonte.

—Niña Sebastiana, buenos días. 
—Buenos días hijo.
—Me han dicho que se quiere regresar a El Salvador. Yo voy para allá, ¿se va conmigo?
—¡Santo Dios, esperame, que yo me voy! —responde azorada la anciana, intentando incorporarse.
—¡Vámonos pues! Ahorita mismo le ayudo a subir...

Concepción sale de la casa y le entrega a la viejita un pequeño bulto de ropa mientras la mira llorosa, de un modo tierno y compasivo.

—¡Que Dios la lleve con bien niña Sebastiana!, ¡buen viaje!

Diógenes carga a la viejita y la acomoda en la carreta sobre el colchón de ropa, en un burdo intento por amortiguar la dureza del transporte. Ahora se coloca por delante, toma las riendas y emprende el 'viaje'. Recorre el sendero paralelo al río y en la bifurcación toma el camino que lleva al campo de fútbol. Se vuelve para ver a su abuela y se llena de satisfacción al contemplar la expresión ilusionada en el rostro de la anciana. Rodea el campo bajo la sombra de los árboles, regresa al camino e inicia el recorrido a la inversa. Media hora más tarde llega de nuevo junto al cerco de su cabaña.

—Vaya niña Sebastiana, ¡llegamos a El Salvador! 

Diógenes ayuda a bajar a la viejita. El cuerpo viene maltrecho a causa del traqueteo, el espíritu llega pleno y gratificado por el ansiado regreso. Sebastiana se yergue, llena de aire sus ancianos pulmones y junta las arrugadas palmas de sus manos, como en una plegaria. Le brillan los ojos y el corazón no le cabe en el pecho.

—¡Qué alegría hijo, Dios te bendiga! ¡Bendito Dios que ya estoy en mi país!

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