sábado, 29 de febrero de 2020

Narraciones CBE: El baile

A Little Tango - figure painting Latin dance, Connie Chadwell. 
La noche avanza incontenible mientras las olas del mar se estrellan una tras otra contra los cimientos rocosos del restaurante frente a la playa, salpicando de un fresco y salado rocío a los comensales que disfrutan de sus viandas y bebidas cerca de la orilla. 

El ambiente se va prendiendo a medida que la orquesta entra en calor y la música tropical comienza a seducir a los presentes. Por acá un rítmico zapateo desde la silla, por allá un movimiento de muñecas que sacuden un imaginario par de maracas, más lejos un contagioso manoteo que convierte la mesa en una conga. Los pequeños conatos comienzan a propagarse y a crecer en intensidad y frecuencia, hasta que el jocundo y danzante espíritu de África pone a todos de pie. Se hace dueño de los cuerpos, invade los oídos, entra por los poros, toma posesión de la sangre en las venas, recorre los cuellos, los hombros, las espaldas y las caderas, electriza las extremidades y sube a las cabezas, brotando en miradas cómplices y sonrisas con todos los dientes, dando a luz alegrías, borrando penas, negando yugos y liberando las almas en cada movimiento.

—¡Venite, vamos a bailar! —me dice Karla con entusiasmo, mientras mi primo Fercho, que también me invita con un gesto, la lleva de la mano rumbo a la pista de baile. Claudia y el 'Kentucky' ya se levantan de la mesa con el mismo propósito. Quizá en otras ocasiones no me hubiese importado bailar como parte de un grupo, sin una pareja fija, pero no es el caso de esta noche. 
—¡Vayan ustedes! —les digo sonriendo—. A lo mejor voy después… quiero terminar mi cerveza.

El baile entra en apogeo dejando las mesas despobladas, como la playa que va quedando al descubierto cuando el océano se repliega durante la marea vaciante. Entonces noto que frente a mí, a un par de mesas de por medio, hay un anciano que me sonríe con insistencia. Se ha quedado solo en el asiento de la cabecera, luego de que el pequeño batallón de hijos y nietos que le acompaña se ha levantado en pleno a bailar. Junto a él, una andadera de aluminio da una clara evidencia de su edad y condición. 

Me vuelvo con disimulo y compruebo que no hay nadie detrás de mí. Es definitivo, se está sonriendo conmigo. El viejito es agradable y simpático. Debe tener más de ochenta años. Su aspecto endeble deja entrever una salud deteriorada pero su ánimo y actitud lucen intactos. Le devuelvo la sonrisa y él gesticula con emoción, como celebrando que su intento de ligue va viento en popa. Decide que va por más. Se inclina un poco hacia adelante, me mira fijo, aún sonriente, y entonces ladea la cabeza hacia la derecha, en dirección a la pista, dos veces por si no me ha quedado claro. Yo no salgo de mi asombro. Es en serio, ¡el viejito quiere bailar conmigo!

Todavía sobrepasada por la curiosa y divertida situación, le digo que sí con un gesto. Él está exultante. Hace un primer intento de pararse y fracasa, pero no ceja y vuelve a intentarlo. Yo me levanto, me acomodo el vestido y camino hacia él. Cuando llego a la cabecera de la mesa, el anciano ya se ha incorporado hacia su derecha, jubiloso, alisando las alforzas de su blanca guayabera y viendo hacia la multitud que baila. Atrás, a la izquierda de su asiento, queda relegada la andadera, como una novia plantada ante la opción de una mejor compañía.

Me pongo a su lado y le ofrezco mi brazo como apoyo. Él me mira emocionado, da unos primeros pasos vacilantes y enfilamos juntos hacia la pista. Arrastra los pies pero su corazón está flotando. Las parejas estupefactas nos abren paso entre aplausos y vítores, hasta que llegamos a un espacio propicio donde nos acomodamos. Los familiares del patriarca observan boquiabiertos y expectantes. Él me ofrece su mano izquierda y coloca su mano derecha en mi espalda. A pesar de estar un tanto encorvado es prácticamente de mi estatura, de modo que puedo apoyarme ligeramente en su hombro. Ahora, con un suave vaivén, empieza a marcar el ritmo sin alzar los pies, pero con un gran sentido del tiempo. Por encima del hombro de mi vetusto bailarín veo a mis amigos gozando con la escena y a mi primo mirándome de soslayo, con una sonrisa burlona y ambos pulgares arriba. El viejito sigue sumergido en lo suyo ¿o en lo nuestro? 

De repente, siento su mano huesuda apretujando mi cintura, como quien palpa y presiona una fruta para establecer su grado de madurez. El siguiente apretujón ya es un par de centímetros más abajo.

—¡Hey, que pasó!, ¡sin tocar!—le digo en tono de amonestación. 

El anciano aparta sus brazos de mí y alza las manos como aduciendo inocencia, acaso indefensión, como si él fuera la víctima de un asalto a mano armada. En el fondo me resulta molesto comprobar que hay cosas que no cambian con la edad.

—¡Sin tocar!—exclama todavía con las manos arriba, con el gesto malicioso de un pillo adolescente recién descubierto.

Lo sentencio con el dedo índice, pero no puedo evitar sonreír. Presto, el anciano se instala de nuevo en posición de baile y reinicia sus lentos bamboleos y cadencias.

—Perdone mi atrevimiento señorita, no ha sido mi intención ofenderla. ¡Qué no diera yo por volver a mis años mozos y tener una novia como usted! No tuve la fortuna de guardar un recuerdo como este.

Quizá esté mintiendo, pero sus ojos cansados revelan con brutal honestidad que no han olvidado el fulgor de la vida. Me conmueve descubrir que todavía en su ocaso la llama sigue siendo fuego, y que la vida es apenas eso: una endeble llama que bailará con el viento hasta apagarse.

—Podemos ser novios... lo que dure esta canción, ¿guardará ese recuerdo?
—¡Hasta el último momento!

Mi nuevo y viejísimo novio cobra renovados bríos y se dedica a gastar las mejores piruetas de su repertorio. Quiere que tengamos un noviazgo memorable. Lo ha logrado.

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