domingo, 5 de abril de 2020

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?


¿Qué es lo que nos hace humanos?, ¿cuáles son los rasgos distintivos de nuestra especie por los que nos consideramos superiores a las demás?, ¿cuál es el sentido de la vida, si acaso lo tiene? La humanidad se ha planteado esas mismas preguntas desde el principio de los tiempos y ha buscado las respuestas en la religión, la filosofía y la ciencia. Más recientemente, una nueva interrogante se suma a las anteriores y cobra fuerza en nuestra consciencia: ¿Llegará algún día a ser indivisible lo que distingue a un ser humano de otras criaturas creadas por el hombre mismo?

De un modo u otro, estos cuestionamientos son abordados en el libro de 1968 que leímos en nuestro club el mes recién pasado: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick. La historia transcurre en un futuro distópico ubicado en un tiempo que para nosotros ya es pasado, en 1992. Los hombres han desarrollado toda clase de avances tecnológicos pero estos no se traducen en vidas significantes ni felices. La humanidad ha sobrevivido a la guerra atómica y se las arregla en un mundo contaminado por la radioactividad y cubierto por una densa polución que impide ver las estrellas. Los pudientes se han ido a colonizar otros planetas y los que se han quedado en la Tierra son víctimas del deterioro en su salud a causa de la contaminación. Pero hay un azote aun mayor que se evidencia en varios de los personajes y qué, relacionado o no con las secuelas de la radiación, también pone de manifiesto los resultados de esta nueva sociedad fría y distante: sufrimiento emocional, soledad, carencias afectivas, trastornos psicológicos, ánimos depresivos, banalidad y despropósito. Con ese marco de fondo se desarrolla una historia en la que convergen seres humanos “normales”, cabezas huecas o especiales (como se llama a los marginados por sus limitaciones intelectuales o distorsiones físicas), y androides rebeldes con una inteligencia superior a la de la gente promedio y un diseño tan avanzado que resulta muy difícil notar que no son humanos. 

Si aún no has leído el libro puede que no quieras seguir leyendo lo que viene.


El hilo conductor de la narración sigue las peripecias de un cazarrecompensas muy particular, Rick Deckard, un efectivo cazador de androides con la suficiente perspicacia y métodos como para distinguirlos y exterminarlos. Los conflictos internos de Rick van quedando a la vista a medida que se nos expone su relación con su esposa depresiva, sus interacciones con el interesante y variado grupo de androides que debe cazar, su obsesión por adquirir un animal real (cosa que se complica por la gran cantidad de especies extintas y por los altos costos de conseguir un ejemplar de cualquiera de las que aún hay disponibles en el Catálogo Sidney), y finalmente por su postura con respecto al mercerismo, una forma de culto en el que sus creyentes buscan “fusionarse” con Mercer, una suerte de Cristo-Sísifo que debe subir una y otra vez de manera interminable por una empinada colina, soportando en ese afán los insultos y ataques de “los enemigos” y permitiendo a sus seguidores vivir su experiencia e intercambiar sus estados de ánimo, toda vez que se conecten a un curioso aparato de realidad virtual llamado caja empática.


Dada la recurrencia del tema, se pudiera concluir que todo este asunto de conseguir un animal real o de suplirlo con un animal eléctrico (uno que igual demande cuido y mantenimiento), pretende demostrar lo vacía que puede ser nuestra existencia si no tenemos alguien a quien cuidar y atender, algo que nos haga sentir útiles y necesarios. Quizá el mercerismo y su conexión empática con los demás también busque establecer el significado que se desprende de compartir con otros, de tratar de entenderlos y de sentirse entendido y comprendido por ellos. Es aquí donde el personaje de un especial, John Isidore, se vuelve protagónico debido a sus nobles conclusiones sobre la felicidad asociada al sentimiento de utilidad hacia los demás, o como lo dice el autor, “la fuerte fragancia de la felicidad aún emanaba de él la sensación de ser, por primera vez en su torpe vida, útil. Para J. R. Isidore, la vida había experimentado una notable mejoría.” Hay un momento clave en el que Isidore desenchufa un televisor, desmonta la antena, percibe el silencio y experimenta una revelación: ninguna criatura tiene verdadero sentido ni propósito una vez desconectada de la fuente. “Tienes que frecuentar la compañía de otras personas, pensó, para tener una vida.”


Una reflexión que a mi parecer se puede desprender de este libro con toda validez, es que la relación del ser humano con sus creaciones será determinada por el hecho de si se cree o no en un Dios hacedor del hombre. Es más o menos lo mismo que decir que la relación con nuestros padres define y condiciona la relación con nuestros hijos. Al margen de si nos vemos a nosotros mismos como tan solo un eslabón más en la cadena evolutiva o como criaturas hechas a imagen y semejanza de un ser superior, se hace evidente que nuestra especie tiene un temor latente de ser superada por otra más apta, acaso por una paradójica rebelión de nuestras propias creaciones.

Lo irónico es que el hombre participa activamente en la construcción de ese destino, trabajando afanosamente en la creación de inteligencia artificial y en la replicación de características humanas en su obra. Si su resultado no es perfecto es porque el hombre mismo tampoco lo es. Pero eso no significa que alguna de sus creaciones no llegue a ser capaz de engañarnos y eventualmente suplantarnos. Y si una criatura tiene consciencia de sí misma, se ve al espejo y reconoce su “yo”, busca penosamente sobrevivir a toda costa y alguna vez, antes de extinguirse, se detiene a cuestionar el sentido y propósito de su existencia, ¿no sería todo eso parte de la absurda esencia de los seres humanos?


¿Tienen sueños los androides?, ¿tienen aspiraciones? ¿Están dotados de la capa onírica de la consciencia donde se relativiza lo real y lo fantástico, lo lógico y lo absurdo? O dicho metafóricamente, ¿hay algo que les quite el sueño y les haga recurrir al conteo de ovejas eléctricas? Philip K. Dick juega constantemente con la difusa línea que separa lo natural de lo artificial, a tal grado que nos hace dudar y preguntarnos sobre cierta dosis de humanidad en algunos androides, o sobre la frialdad  y el accionar mecánico de algunos humanos que se asemejan a máquinas. Entre los personajes de la historia se trasluce una marcada obsesión por fingir y convencer a otros de que las mascotas eléctricas son reales, y tampoco están exentos de equivocarse y confundir un gato real con un artefacto eléctrico. Incluso los estados anímicos pueden ser inducidos y modificados por el climatizador de ánimo Penfield, un aparato tan genial como aterrador que permite suprimir las emociones negativas y dolorosas que en realidad sentimos, reemplazándolas por otras mejores de tipo artificial. ¿Es una bendición o una tragedia que podamos recurrir a un ensimismamiento maquinal para satisfacer nuestras carencias afectivas, que la amputación se resuelva con la prótesis y que la felicidad se reduzca a la magia artificiosa resultante de presionar un botón? En contraposición, el mercerismo busca el crecimiento espiritual a través de la experimentación del dolor y el sufrimiento de Mercer y de todos los que se conecten a la caja empática, de compartir el estado de ánimo de uno y recibir el de los demás. He ahí la diferencia fundamental entre la máquina Penfield y la caja empática: la disyuntiva de elegir entre falsa felicidad propia y auténtico dolor ajeno.


El mercerismo como una representación de los credos y movimientos religiosos, es también un asidero que alivia y consuela a una sociedad necesitada de una conexión cuando no espiritual al menos emocional, para hacer más llevadera una existencia insípida, solitaria y hueca. No importa si su dechado resulta ser un fraude, si se trata apenas de un placebo. “Mercer no es un fraude a menos que la realidad también lo sea”, dice un Deckard transformado hacia el final de la historia. Su vivencia de la experiencia merceriana ocurre durante un viaje que el cazarrecompensas hace casi sin pensarlo, como impelido por un motivo desconocido y arrastrado por una fuerza que no controla. Sale de su vehículo en un lugar inhóspito y comienza a ascender por una colina. “Azuzado por una espuela invisible a la que no puede llevar la contraria emprende el ascenso. Es como rodar hacia arriba, pensó, como las piedras. Hago lo mismo que las piedras, sin voluntad, sin que tenga ningún sentido.” El nuevo Rick Deckard, más filosófico y espiritual, llega a creer que se ha fusionado conscientemente (sin una caja empática) y de manera permanente con Mercer. Se siente Mercer. Y ese es el culmen de la empatía: sentirse como el otro, vivir lo que él, comprenderlo a plenitud. Si esto es real o no, si es una dramática experiencia de conversión milagrosa o apenas el producto de su mente fatigada y deteriorada por la polución radiactiva, es algo que dejo al gusto y criterio del lector.


El libro me resultó fascinante y me parece que los temas son abordados de modo muy inteligente, profundo y acucioso. Hay frases que son auténticos disparos a la sesera, verdaderas joyas que me hicieron sonreír y asentir con admiración hacia el autor.

Somos máquinas, estampadas como tapones de botella. Es una ilusión ésta de que existo realmente, personalmente. Soy sólo un modelo de serie.

Silencio. Saltaba de la carpintería y de las paredes; caía con fuerza sobre él con su poder terrible, inmenso, como si fuera generado por un gigantesco molino; se alzaba del suelo y recorría la ajada moqueta gris que cubría las paredes; se desataba desde los electrodomésticos estropeados y medio estropeados de la cocina, máquinas muertas que no funcionaban desde que Isidore vivía allí; supuraba por la inútil lámpara de pie que había en el salón, mezclándose con la vacua y muda réplica de sí mismo que descendía desde el techo salpicado de excrementos de mosca. De hecho lograba emerger de todos los objetos que alcanzaba a ver a su alrededor, como si aquel silencio desempeñase la función de suplantar a todas las cosas tangibles. Por tanto no solo le agredía los oídos, sino también los ojos; allí de pie junto al inerte televisor, experimentó el silencio como un ente visible y, a su modo, vivo. ¡Vivo! Había sentido a menudo su austera presencia. Anunciaba su llegada sin la menor sutileza, incapaz de esperar. El silencio del mundo era incapaz de refrenar su propia codicia. Ya no. No teniendo prácticamente ganada la partida.

Los chismes le desagradaban porque siempre eran más precisos que la verdad.

La desesperación por la realidad total puede perpetuarse a sí misma...

Aunque percibí intelectualmente la soledad, no la sentí. La primera reacción fue de gratitud por poder disponer de un órgano de ánimos Penfield; Pero luego comprendí qué poco sano era sentir la ausencia de vida, no sólo en esta casa sino en todas partes, y no reaccionar...

La fuerte fragancia de la felicidad aún emanaba de él la sensación de ser, por primera vez en su torpe vida, útil.

Tienes que frecuentar la compañía de otras personas, pensó, para tener una vida.

Al recordarlo, se preguntó si Mozart habría tenido la intuición de que el futuro no existía, de que ya había utilizado todo su breve tiempo. Quizá también yo lo haya hecho, pensó Rick mientras contemplaba el ensayo. Este ensayo terminará, la representación también, los cantantes morirán y finalmente la última partitura de la música será destruida de un modo u otro, el nombre de Mozart se desvanecerá y el polvo habrá vencido, si no en este planeta en otro cualquiera. Sólo podemos escapar por un rato. Y los andys pueden escapar de mí, y sobrevivir un rato más. Pero los alcanzaré, o lo hará algún otro cazador de bonificaciones. En cierto modo, observó, yo soy una parte del proceso de destrucción entrópica de las formas. La Rosen Association crea y yo destruyo. O al menos, eso debe parecerle a los androides.

Te verás forzado a hacer el mal allá donde vayas —dijo el anciano—. Es la condición esencial de la vida verse requerido a traicionar la propia identidad. Siempre llega el momento en que todo ser vivo debe hacerlo. Es la sombra última, la derrota de la creación: es la maldición de la obra, la maldición que se alimenta de toda vida. Hasta en el último rincón del universo.

Mercer no es un fraude, a menos que la realidad también lo sea.

Azuzado por una espuela invisible a la que no puede llevar la contraria emprende el ascenso. Es como rodar hacia arriba, pensó, como las piedras. Hago lo mismo que las piedras, sin voluntad, sin que tenga ningún sentido.

La araña que Mercer le dio a Isidore, el cabeza hueca, también debía ser artificial. Pero no importa. Las cosas eléctricas también tienen su vida, por pequeña que ella sea.


¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? ha sido una lectura rica y agradable que he disfrutado mucho y que me ha dejado abundantes reflexiones. Bien por la literatura de ciencia ficción, un gusto que he empezado a adquirir de forma tardía.

Ilustraciones de Tony Parker, Novela Gráfica basada en el libro Do Androids Dream of Electric Sheep? de Philip K. Dick.

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