martes, 22 de diciembre de 2020

Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (I)



La Montaña Donde Ascienden Las Luces 
y otras historias de una tierra sin nombre

Diario de Viaje de Maximiliano Ravidabia

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Introducción al cuaderno de viaje de Maximiliano Ravidabia. 

De las situaciones previas a su ausencia e inicio de una aventura.


Será la cronología interrumpida en este cuaderno la que se encargue de provocar los porqués de mi ausencia. En su desquite, el Tiempo no tendrá recelos para atribuir a mi nombre cuanto vicio haya en la pereza. Debido a esta ciega crueldad, espero que el Tiempo reciba venganza a manos de estos últimos escritos; que, Dios juzgue, sean suficientes para que las letras, a pesar de la novedad con la que aún están envueltas, demuestren lo que han aprendido: la vieja doctrina de la eternidad. 

Venía yo de la que algunos peregrinos insisten en llamar Bizancio. Fui atraído hasta aquí por la promesa de ver las ropas de Nuestro Señor; añado que estas preservan el aroma del vinagre que le fue entregado en el suplicio. Sin preverlo, me informaron que junto a la ropa también se resguardaba la Cruz donde Él fue sentenciado. 

La parte erguida de la cruz, hecha de ciprés, sostiene el trozo de madera de palma que termina de ensamblar el símbolo absurdo y sacro. La pieza en la que descansa la totalidad de la Cruz está hecha de madera de laurel. La selección de maderas, que son de taller judío, fueron pensadas para soportar las vicisitudes del agua, la tierra y el hedor de muerte. La pequeña tabla que resguarda la burla, IESVS NAZARENVS REX IVDAEORVM, fue labrada en olivo. Con lo aprendido de cada pieza que compone el armazón, no hay razón para ser sorprendido por este último material. El olivo fue elegido para representar la esperanza de paz postrera una vez llegada la muerte del Mesías. ¿Cuánto más habrás de vivir Jerusalén para entender que el mundo ya no está de pie sobre su cabeza?

El diseño y el detalle en la manufactura de esta Cruz le hacen el altar legítimo donde se pagaron los pecados, y permiten que cualquiera ojo sea capaz de distinguir en la cruz de Chipre, la cruz donde el ladrón bueno encontró salvación; cruz, que durante años ha usurpado el honor de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.

En este recorrido, habiendo visitado la Iglesia de Santa Sofía, aclamada por ser la más hermosa, encontré en sus mausoleos la cripta donde descansa el cuerpo de Hermes Trismegisto. En la cripta se puede encontrar legajos que verifican la identidad del exánime. Los más importantes de estos son las interminables notas de un trabajo reflexivo acerca de la Tabla Esmeralda. De haber tenido las condiciones, yo hubiese tomado la tarea de cotejar estos documentos con la publicación de Médicis y Ficino, titulada: Corpus Hermeticum, atribuida a Hermes Trismegisto, de la que siempre he sospechado falsedad.

Por la divinidad, y la buena voluntad de quienes me atendieron, se me permitió ver dentro del sarcófago donde yacía el Trismegisto dignificado en la muerte. El maestro sujetaba con la resequedad de sus huesos una pequeña placa de oro que llevaba inscrito, según la traducción: “Jesuchristo nacido de la Virgen Santa María, yo creo en ti”. La muerte del sabio acaeció dos o tres años antes del día conocido como día del nacimiento de Nuestro Señor. 

Al dejar Santa Sofía regresé sobre la vieja ruta Otomana en dirección al Imperio Germano para encontrarme con mi refractario, John Dee. Durante todo este tiempo de conocerlo, Dee ha demostrado que adversarios como él libran a cualquiera de la aspiración de amigos. Perdí el contacto con el pesaroso Dee, por muchos años, después de sus problemas con la legislación inglesa; esto sucedió veinte años atrás. Siempre he estado convencido de que las lecturas de Dee sobre el porvenir de su país son más acertadas que la teoría política de los más grandes ilustrados ingleses. En esta ocasión, en el seno germano, el encuentro con John Dee tuvo como objeto el escrutinio de un discurso que presentaría ante Maximiliano II de Habsburgo. 

La proclama hacía referencia a su más reciente trabajo. Titulado Mona Hieroglyphica, John Dee presumió alcanzar una filosofía del universo por medio de la invención de un emblema que posee la cualidad de aglutinar y demostrar la unidad del cosmos. A pesar de la seducción que evoca el jeroglífico, y evitando dilatar, disiento con mi rival y sus pretensiones. Inscribo mis sospechas en el procedimiento con el que construyó tal teoría, ya que el universo puede llegar a ser uno en razón de borrar en cada objeto, planeta o ser, la virtud del contenido.

Considerando el agotamiento, los riesgos de las jornadas que van de tierras húngaras al Reino de Castilla, y evitando a toda costa los tratos con la Corona de Aragón, ya que ahí me afligen asuntos pendientes del pasado, decidí tomar el camino sobre el Danubio hasta Vukovar y de Vukovar hasta Tuzla. Luego detuve la andanza por un breve período en Sarajevo, debido a mi entrega al estudio de un confuso códice adquirido en Egipto, cuya nómina hace referencia a las leyes que rigen los astros; hasta la fecha, me ha sido imposible traducirlo por completo. 

Al retomar el viaje opté por la ruta que rodea el Bjelasnica hasta Mostar, y de Mostar, por sortilegios del juicio, decidí volverme hasta el puerto de Ragusa, lugar donde abordé el destino en el que se debe de leer esta parte de mi historia.



Retrato de John Dee, 1608.


Próximo capítulo: 

Maximiliano Ravidabia y el viaje en Nuestra Señora de Almudena y De cómo una tormenta interfirió en la ruta marítima. 


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