lunes, 4 de enero de 2021

Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (V)




De las andanzas en tierras extrañas. Un mensaje para el capitán y de cómo la compañía encontró a un Jesucristo Negro.


Bajamos del cerro con una clara estampa de la dirección que había que recorrer para llegar a la Montaña donde ascienden las luces. Solicité que cuatro hombres de nuestra compañía nos abandonaran con el fin de unirse a los que trabajaban en Nuestra Señora de Almudena, y a su vez que dieran noticia al capitán de nuestros planes. Estos cuatro tenían que dar aviso que la expedición se daría por terminada antes de luna nueva, partiendo nosotros en fase creciente. Fácil fue obligar a los emisarios que recordarán al capitán que mi ciencia también se mueve en la alquería de la sombras, y que no era ajeno a mí el nombre de hechicero; esto, para evitar que él nos abandonara en estas tierras.

De los noventa que era la tripulación, treinta fallecieron en las aguas de la tormenta, treinta y cinco se quedaron en la reparación del galeón, veinticinco dejamos la nave para explorar la tierra; por la partición propiciada por el primer oficial, quedamos ocho hombres después de haber enviado a cuatro de regreso. Andaban conmigo Vernudo Comares, Tristán Medina-Sidonia y Pelayo de Urries, hombres de mar desde su juventud. Iba también Ordoño, que certificó no tener casa, y que era artillero, junto a Nuñu Iñigo y Dante Buelga, grumetes entusiastas. También nos acompañaba Froilán Puigdorfila, que no profería palabra, otrora pirata en el Caribe y ahora paga cuentas al capitán de Nuestra Señora de Almudena. Todos ellos bajo mi orden y cuidado.

Anduvimos por un tiempo en medio de las arboledas. El progreso sobre el terreno se mantuvo sin impedimentos y un buen ánimo reinaba en el grupo. El buen tino, junto al hambre, nos llevó a probar bocado mientras andábamos entre la charla y vigilancia, intentando no perder el rumbo sobre una tierra que en nada conocíamos. 

Nos encontramos en una región repleta de árboles dispuestos en intervalos amplios uno del otro, y en medio de ellos se oía correr las ráfagas de viento que buscaban escapar del bosque. Las ramas se mecían, y una frialdad empezó a tener efectos sobre la piel desnuda que nuestras ropas no alcanzaban a cubrir. Algunos que ya pensaban en la noche comenzaron a apilar madera para la fogata, y yo, mientras tanto, buscaba donde sentarme; la meditación era necesaria para elegir si continuar durante un tiempo o hacer campamento en ese mismo momento. Al encontrarme un enorme tronco tumbado en el terreno, antes de sentarme, escuché el grito de Ordoño.

Salimos en auxilio de Ordoño, le encontramos de pie con las manos sobre el rostro frente a una masa negra. En ese lugar pensamos que era necesario desenvainar la espada de las Escrituras, porque no hay metal humano que nos pudiera defender de la imagen negra de Nuestro Señor Jesucristo. 

Negro su piel, clavos, cabello, uñas, el trapo que oculta el sexo, la sangre en su costado, ojos y corona de espinas; hasta la cruz era del mismo material oscuro con el que estaba hecho el Cristo. La compañía compartió el talante de Ordoño, porque era imposible para el lego soportar aquella representación. 

Qué esa negrura fuera Nuestro Señor no hacía fácil el huir de ahí, porque había temor de que el huir fuera tomando por blasfemia. 






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