jueves, 14 de enero de 2021

Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (VIII)



La familiaridad del pueblo. La importancia de la discreción y una noche en el establo con los gritos de espanto.


El pueblo estaba frente a nosotros. Nadie hizo nada sin mi disposición; no hubo movimientos leves, ni esos movimientos que no responden a las demandas de la voluntad. El pueblo se figuró como resguardo de escasa población, la que vimos caminar sobre sus senderos, reposar en la plaza y entoldar con su alegría o tristeza los espacios cerca de las puertas de sus casas. Habían ignorado nuestra presencia hasta que una señora nos llamó desde el pozo en el cual sacaba agua, y ella nos ofreció de beber. 

En este lugar la lengua era como la nuestra; aunque variaba sonido al hablar, y que habían palabras que no conocíamos significado, este fácil se desvelaba. Obvie introductorias con la señora y en ella no hubo sorpresa o curiosidad por nuestra presencia o identidad. 

La señora preguntó por nuestra estancia para la noche, y yo pregunté si conocía lugar para el reposo, que a pesar de que eran pocas nuestras formas de pagar eran las suficientes para la más humilde de las hospitalidades. Fuimos llevados a un establo vaciado, y antes de escuchar queja de la boca de la compañía, los amoneste trayendo al recuerdo que el primero de los hombres nació del lodo, y que Dios Hombre abrió los ojos dentro de una caverna. La señora indicó que aquel lugar cumpliría con el calor y reposo que necesitábamos. Una vez reunidos en el establo el grupo me cuestionó por la falta de autoridad en el pueblo para atender la llegada de extraños, y no faltó la oportunidad para el descontento de algunos por mi carencia de anuncio sobre nuestra calidad de hombres de mar; ya que esa podía ser tierra que no conozca la labor y por ello uno sea tratado según corresponde a la condición de excepción. Ignoré la insolencia, me puse la capucha del manto y me quedé dormido. 

Faltando horas para el amanecer, fuimos arrebatados del sueño. Afuera de nuestro recinto escuchamos un sonido que no era proferido por bestia conocida. El animal, en su salvajismo, guarda relación con lo creado, y sin importar la fiereza del sonido de sus fauces este es siempre consonante a Dios. 

En la medida que se acercaba a nosotros, el sonido atroz jamás volvía igual en la repetición. Habiendo fe, unos fueron llamados a la oración y otros al filo de sus hierros. No ordené acción, más que silencio y espera. Llegado el grito afuera del establo y esperando que las puertas fueran abiertas con violencia, un rotundo cambio se dio en el avance del aullido. Cuando más cerca se debía de encontrar la fuente de los gritos es cuando los escuchamos lejos de nosotros. Los hombres comenzaron a hablar sobre lo sucedido y les hice callar. La mañana sería tiempo prudente, bajo la protección de la luz, para dar resolución de cosas que solo son de la oscuridad. 

En lo que faltaba de noche, nadie recuperó el sueño. 



Próximo Capítulo 

Recibimiento de la compañía y de cómo Maximiliano Ravidabia conoce el secreto de la tierra extraña. Una casa en el centro del pueblo.


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