sábado, 20 de febrero de 2021

Narraciones CBE: Kudesh Nu Zin




Kudesh Nu Zin


¿Dónde estás que ni siquiera… Abrí los ojos. A pesar de las dificultades que tenía para recordar y de sentirme, por decirlo de alguna manera, hombre de tiempo, el mundo nunca había lucido tan descolorido. El bosque, el césped, el cielo, el reino de la vida era cenizas y polvo; solo quedaba esperar que alguien soplara sobre él para que cada cosa encontrara su fin. Un pesado murmullo se balanceaba entre las ramas enfermas de los árboles, así que no era el viento el que las sacudía de esa manera. Busqué angustiosamente a mi alrededor algo o alguien que me pudiera explicar donde me encontraba, pero a parte de mí, y de arbustos y troncos cansados, no había más que penumbra. Me sorprendió la idea de querer encontrar auxilio en el cielo, pero al verlo desprovisto de ese color y brillo que alguna vez resultó pesado para mis ojos, el cielo se había convertido en un espacio hueco; no tenía sentido rezar, ni siquiera lo tenía el imaginarme a un Dios. Pensé que el mundo no era más que el viejo cuero de un carnero con el que alguien terminó de ensamblar un tambor; su sonido no solo sería disonante, sería espantoso.

La salinidad que venía con el viento mordió mi rostro y también reveló la poca distancia que había desde mi desorientación hasta el mar; por cada paso, el sonido de las olas rompiendo en la playa, las ráfagas de viento encontrando lugar entre el agua y arena, el ambiente se poblaba con la densidad del mismo murmullo que me sobrecogió al inicio. Ahora creía escuchar una voz, pálida, una voz que luchaba por no extinguirse, ¿Dónde estás que ni siquiera en los laberintos del sueño te puedo encontrar? El mensaje que descifré de la murmuración y la soledad que agobiaba el mundo me arrastró a ideas de miseria y muerte; sentí que mis huesos estaban desnudos y mi corazón frío. 

Hundido cada vez más en ese reino de horas muertas al fin encontré la arena y la playa. Anduve por ella sin sentido de la velocidad y la contemplación hasta que una mujer apareció. Llevaba en la cabeza, enredado con el espeso cabello negro, yardas de seda blanca que recordaban a la aurora de un faraón. Su piel era tal como la tierra humedecida y buena… dispuesta a regalar frutos, a dar de todo aquello que el páramo en el que me encontraba ya no podía brindar. Sus ojos blancos no me permitían hurgar en su interior, más ella lo podía saber todo de mí. ¿Dónde estás que ni siquiera en los laberintos del sueño te puedo encontrar? La mujer no emitió ni palabra o sonido, pero su solo semblante era un texto que guardaba las leyes de lo ominoso. Señaló con su mano adelante, en la playa, en donde solo creí que podía encontrar la vastedad del cansancio. 

Vi un muelle cuyas dimensiones a la distancia pretendían alcanzar el centro del océano. En ese mismo momento me percaté que no había horizonte, que no existía división entre lo de arriba y lo debajo; el cielo se ahogó en el mar y el mar cayó sobre el cielo. Una oscuridad mortal estaba en movimiento, era el sol y sus vestigios. Me volví para preguntarle a la mujer porque me enseñaba tales cosas pero a mi lado no encontré más que arena que de alguna manera devoró mi sombra. No tuve alternativa, no existía camino que no fuera el que me llevará hasta el muelle.

Para alcanzar el muelle subí por un sendero en el que grises árboles se quebraban. Ni los troncos pudieron con el peso de lo muerto. Las hojas cubrían la arena que guardaba piedras blancas que me hicieron creer que caminaba sobre los huesos de mis hermanos muertos. Cuando al fin pude alcanzar la altura encontré a la mujer esperando por mí; mi presencia a penas le hizo parpadear. El muelle había sido hecho por madera negra y débil… el mar los hacía crujir aún con su más dócil movimiento. El muelle desprendía una ligera aroma a descomposición, y desde ahí, donde alguna vez hubo horizonte solo estaba la boca de un abismo que lo comería todo. 

Inquieto… angustiado, le exigí una respuesta a la mujer, necesitaba una palabra que me acariciara y me dejará retornar del vértigo al que su silencio y el mar me estaban llevando. Una vez más la mujer solo señaló, y esta vez, como si hubiese estado oculto a mis ojos por un manto de hechicería o mera ignorancia, en la orilla de la altura en la que nos encontrábamos, estaban dos fortalezas de piedra; ella no desapareció, pero dirigió su rostro al abismo que amenazaba con tragar esa última porción de mundo que aún me dejaba vivir. ¿Donde estás que ni siquiera en los laberintos del sueño te puedo encontrar?

Una de las fortalezas superaba la altura de esos hombres que cuenta la historia tenían la fuerza para arrancar la raíz de una montaña. Estaba hecha de tal manera que en cada pared de su forma rectangular habían aberturas largas y estrechas en las que fácilmente podía haberme colado. La roca con la que esculpieron la fortaleza sufría de la misma suerte de los colores del mundo; era una fortaleza que su solo presencia provoca agonía. En la superficie de la piedra era notoria la mancha de una plaga… Fuera hongo o pudrición, la mancha era de color púrpura. Lo corrosivo y la mujer eran lo único que tenía verdadera vida en el lugar. 

Al pie de la torre encontré un grabado de letras y símbolos. Eran dos líneas que según preví eran dos mensajes. El primero estaba escrito en una lengua de la que no me atrevo a inferir y el otro, un mensaje cuyo misterio me excede. Pero ambas sacudieron mis entrañas, y lo siguen haciendo cada vez que remembro su orden. El primer de los mensajes dictaba: Kudesh Nu Zin, y el segundo: Aquí el Dios y Allá el Sueño. ¿Dónde estás que ni siquiera en los laberintos del sueño te puedo encontrar?

La certeza encontró voz en aquel declive de la existencia, me dijo que la semblanza de la piedra era para contener a un Dios, que las heridas en la roca fueron labradas para avistar su monstruosidad. Antes de que la voz se desvaneciera, está gritó que si yo no era capaz de adorar a ese Dios encerrado en la piedra al menos podría huir de su horror. De pronto, la consciencia que tenía sobre mí, de mis manos, la temperatura, mis pies… todo en mí, me pareció un pesaroso pecado. Una mácula que ofendió a un Ser de blancura, y deseé, ardientemente, que soplarán sobre el mundo y sobre mí, pues había entendido que por más que buscará la muerte no la encontraría… la tristeza me asfixió al pensar que la muerte había muerto ya. 

La mujer seguía de cara a la oscuridad, y estoy seguro que algo en los pilares del universo gruñó en ese momento.

Junto a la fortaleza del Dios se encontraba la segunda de las formas. Roca sobre roca, como dientes apretados queriendo quebrarse entre si; era una fortaleza de lo inamovible. Nada podía gobernar esa severidad, ni el tiempo, ni el poder o lo infinito. Era la arquitectura de lo divino. De diseño circular, la fortaleza había sido coronada con un domo… pero al tocarla, me di cuenta que el granito no era más que sal. Busqué a la base algún mensaje, más no encontré otra cosa que rastros de humedad. En la fortaleza blanca había una puerta, no dudé y me introduje en ella. Pequeños azulejos de colores relucían en su paredes, y a veces, entre uno y otro, recuerdo que habían  símbolos dislocados de toda doctrina o de adivinación. ¿Dónde estás que ni siquiera en los laberintos del sueño te puedo encontrar? El lugar, su cierre, su altura, todo en ello me resultó la habitación de un Dios noble… pero un dios por ahora perdido y quizá desde siempre ausente. 

Cuando abandoné el templo me percaté de que un nuevo silencio se instauró en la tierra. La mujer que estaba en el muelle escuchó mis pasos en la arena, y al verme me llamó con su mano. Temí que la madera no pudiera con mi peso, pero a pesar de sus chillidos y su flaqueza el muelle no cedió. Entre más nos acercamos al final de la armazón, la boca de la oscuridad hacía que yo revelará mis secretos… y por ello sentí una enorme vergüenza. Tenía miedo de mirar a la mujer, pero cuando escuché, como un salmo de viejos emperadores o un oración de paganos, las palabras Kudesh Nu Zin, fue entonces que la vi. 

Ella apuntaba con su dedo al sórdido mar. Por la agitación del agua creí que se debía a la llegada de una inminente tormenta que antecede el final de lo inmortal; pero entre la espuma y las altas agua apareció una esfera dorada, un sol pequeño y nuevo navegando en la turbulencia. Agucé la vista hasta sus límites, y noté que no solo era una esfera la que venía en la turbulencia; pirámides y obeliscos, seres alados y bestias heráldicas brillaban como oro recién pulido… todos eran objetos que adornaban la altura de torres, capiteles, emblemas de grandes mansiones y una citadela que apareció en la Ciudad que surgió en el mar. 

Hasta el muelle venían fragancias que se apoderaban de mi cuerpo, y mi corazón fácilmente lo entregué. Alegría y calor, risas y fiesta, cuánto gozo alguna vez pudo haber en la vida ahora provenía de esa Ciudad hecha de mármol negro; sus  fustes habían sido ornamentados con piedras de colores y en su base jónicas alcanzaba a ver símbolos dorados como los que guardaba el templo hecho de sal. En uno de los risos de la que parecía ser la construcción más grande de la citadela, vi cuatro figuras de oro y plata en un fondo púrpura como la corrosión de la piedra del Dios cruel. Una de las figuras era similar al templo circular y su domo, la otra era la jaula de piedra, junto a ellas se encontraba una figura humana y a la par de esta estaba una forma alta que parecía vestir un manto hecho de andrajos; el oro en ella era el único que se encontraba sucio de todo lo inmaculado.

Supe que la ciudad cargaba en su esplendor la historia en la que me encontraba envuelto; el Dios noble y su templo, el Dios cruel y su torre, y yo que era la insignificancia… Se apoderó de mí el pavor pues lo único distinto a mi experiencia era  la figura de ese ser en la cornisa que se cubría de andrajos amarillos. Yo estaba convencido de que junto a mí aguardaba la mujer en su silencio y la blancura de sus ojos, pero no tuve el valor de volver mi mirada y comprobarlo. De pronto solo escuché una voz nueva que me hizo caer en desesperación, era la misma voz que creí el murmullo del mar y del mundo desde el principio… y ahora la siento hablar a mi oído… ¿Dónde estabas que ni siquiera en el laberinto del sueño te podía encontrar?  

La seda blanca con la que viste la mujer se ha echado a perder, pues ahora me parece amarilla. 

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