sábado, 20 de febrero de 2021

Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (X)





Dentro de la casa del ‘Santo’: acerca de las costumbres del señor de la casa. Estrategia de Maximiliano Ravidabia para abandonar el recinto y de cómo Tristán Medina-Sidonia dejó la compañía.


Erguidas con el esplendor de la palabra son las columnas de piedra recubiertas de oro. Desde cualquier distancia que se contemple la residencia brilla como promesa del paraíso en la tierra. Llegados a la puerta, el visitante se encuentra frente a grabados de pirámides y resplandecientes escudos de los que yo desconozco origen y significado. En oposición a la luminosidad exterior,  en el recinto gobierna la total oscuridad; al interior hay que ayudarse con candelabros que poco permiten el reconocimiento de los detalles y el acabado de la gran estancia.

Fuimos despojados de nuestro calzado a la entrada, así como de los fierros y de otra carga. Guijarro era quien dirigía a nuestro grupo al salón principal. Cuando nuestro guía estaba convencido de que nadie más podía escucharlo, me habló de su señor y de que recientemente había promulgado su deseo de ser llamado 'santo' por todos los que le visitaban.

Este hombre, el ‘santo’, se dejó escuchar en la reverberación del lugar; demandaba nuestra pronta llegada a su presencia. 

    Apreciamos nuevas luces en la oscuridad, ya que se habían apiñado velas en un sólo sector. La luz de estas velas se reflejaba sobre los adornos de plata y se acrecentaba en las estructuras de oro que servían de atrio para el ‘santo’ quién nos recibió con una sonrisa maliciosa en medio de humos que despertaron el recuerdo de viajes a pueblos cercanos al desierto de Gobi. 

El señor de la casa nos esperaba sentado en una silla que se asemejaba a la ocupada por los pontífices de Nuestra Iglesia. Vestía totalmente de blanco en unas ropas de extrañas costumbres a los pueblos ya conocidos. En su cuello llevaba un adminículo rojo que se extiende hasta la cintura. En su cabeza había un sombrero cuya forma era totalmente novedosa, y sus barbas tampoco eran las utilizadas en tierras cristianas o musulmanas. El señor del lugar levantó su brillante cetro y dio un salto para darnos la bienvenida. Descendió de su altar y nos recibió entre abrazos y besos a los que nos confesamos comedidos.

Guijarro estaba obligado a servir como ejemplo para nosotros. Se arrodilló y puso su frente en el suelo, profiriendo con esos movimientos un exceso de reverencia. Con tales actos habíamos sido invitados a seguirle, pero antes que uno de los nuestros llevará a cabo el saludo a la manera de Guijarro hice gesto con mis manos para detener la imitación y mostré a los hombres hasta donde debía llegar la cortesía. Las risas del que se llamaba así mismo ‘santo’ se opacaron, el silencio se apoderó de su casa y quedó al descubierto la crueldad que su falsa alegría trataban de cubrir. Mantuvimos la postura cortesana y esperamos que fuera la palabra del ‘santo’ la que nos permitiera la incorporación a la normalidad. La espera no fue larga, ya que él recuperó esa vulgaridad de un gozo falso. El ‘santo’ nos invitó a su mesa a disfrutar de manjares, a refrescarnos con su vino, y complacernos con sus deleites

Fuimos llevados a la instancia donde había que tomar lugar en la mesa. Advertí a los nuestros, con discreción, que no se probara comida o bebida. No era yo participe de doctrinas que argumentan que la comida y la bebida es maligna, ya Nuestro Señor desmintió esto; pero si era partícipe en ira, de no unirme a mesa donde abunda pecado, soberbia y sacrilegio.

La mesa estaba servida con exquisitas carnes, frutos apetitosos y abundancia de bebida. Yo pedí al señor de la casa que solo se nos brindara agua y alimentos de origen vegetal sin preparación. La treta, inspirada en el libro de Daniel, dejaría al descubierto nuestro rechazo a los favores del señor. Con esta humillación buscaba su desprecio y expulsión del recinto; de esa manera salvaríamos nuestra alma y quizá la vida. 

Una vez dictada mi petición, el ‘santo’ lanzó una mirada furtiva sobre mí, interrogó mi temple para revelar el secreto que guardaban mis palabras. Su rostro siniestro desapareció, y una vez vuelto a la algarabía hizo saber a Guijarro que debía sacarnos de la casa debido a que tenía asuntos que atender y que lamentaba haberlo olvidado. Solicitó a través de su siervo la disculpa por la falta de hospitalidad, y le ordenó que nos llevará al exterior para que pudiésemos continuar nuestro viaje.

Alivio fue la respiración de la compañía mientras dejamos nuestros asientos, hasta que su voz nuevamente llenó el lugar. El señor de la casa solicitó que Tristán Medina-Sidonia tomara asiento en el lugar de honor, ya que este, pobre en espíritu, tomó los alimentos de la mesa del ‘santo’. Aunque hubiera habido manera de apelar a Tristán, este no dudo en hacer suya la invitación. Nosotros en pie, yendo a la luz que nos llamaba desde afuera de esa abominable gruta, vimos como el marinero se sentó junto al usurpador y aceptó que la servidumbre llenará su copa. 

Abandonamos el recinto y aquí nos enfrentamos al resto del camino con uno menos.




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