domingo, 14 de marzo de 2021

Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (XIV)




De la ceremonia encontrada en el valle y como uno  fue tomado para sacrificio.  

Vernudo Comares fue tomado por estas tierras. Si Tristán fue capturado por vanaglorias, Vernudo Comares fue arrebatado por el salvajismo que Guijarro advirtió.

Anduvimos sin problemas, cumpliendo los tiempos que habíamos pactado para la empresa. El viaje hasta ese momento estuvo lleno de descanso y alegrías, las sombras pasadas habían sido eliminadas del pronto recuerdo. La belleza que guardaba la imagen de las luces ascendiendo en la Montaña era lo único que se movía en nuestras cabezas. Y este fue nuestro pecado, que la Montaña se deslizó a los vicios de la avaricia y la lujuria. 

Era un valle cubierto por enormes nubes que se trenzaban con el cielo naranja, el lucero de plata ya asomaba el rostro. Los caballos se agitaron y su resistencia nos invitó a revisar el lugar. A lo lejos, un fuego fatuo alumbraba la tierra y dibujaba las cataduras de gente que se movían a su alrededor. Habiendo inspeccionado la forma del fuego, a través de la extensa mirada, fueron expuestos los sonidos que venían del  mismo. Entre los hombres se dijo que los sonidos eran la voz del fuego llamando a dioses, cosa que sedujo mi apetito de Mundo. Arrastré con cautela a la compañía hacia donde el fuego danzaba. Aún distantes, se veía a las figuras girar  alrededor del fuego con largas telas de colores. Los sonidos de tambores y flautines me llegaron a declarar que ahí había culto a Pan, pero recordé que esta era tierra extraña y que los dioses, a pesar de sus semejanzas, son diferentes; cada dios es siempre único en relación a los otros y solo Dios es diferente en relación a él mismo.

Vi aquí un hombre con cuernos, sin una mano, y ojos de cabra que se movía cerca del fuego; saltaba y se acercaba a las figuras danzantes buscando ensartar su cuerno en la carne. Mientras más cerca estábamos del culto, otras figuras aparecieron. Vimos gigantes que no eran como los conocidos en nuestra tierra. Vimos diablos con cabellos blancos golpeando el suelo con sus colas. Vimos hombres desnudos que cubrían su rostro detrás de paños oscuros, tomaban fuego que era lanzando al aire con ira. Ordené retroceder y rodear el camino, pero todos los hombres y yo fuimos testigos de una gran fiera que nos cerró el paso. 

Una bestia de pelaje negro y ojos rojos acechaba nuestras espaldas. Lamenté haber cedido a mi curiosidad y mis tendencias paganas, y más lamente  haber desdeñado la prudencia y el consejo de Guijarro. No habiendo opción continuamos en dirección a la ceremonia. Mantuvimos en dominio a los caballos que se negaban a continuar, y solicité que nadie avanzará a galope para evitar que nuestra presencia se convirtiera luego en la imagen enemiga.

Vernudo Comares, poseído por el carácter de su nombre, fue llevado al acto. Su velocidad y destreza en la cabalgadura pusieron en duda su amplia carrera como hombre de mar, pues no me permitieron intervenir en el instante en que desenvainó su cuchillo. Se arrojó al fuego profiriendo gritos que ya habían sido hechos siglos antes: ¡Carthago Delenda Est!

No había avanzado mucho cuando la bestia, que pensamos haber dejado atrás, apareció desde atrás, y tal cazador se abalanzó sobre Vernudo; le arrancó de su montura y lo llevó en su hocico rumbo al fuego. La bestia lo entregó a aquellos seres que bailaron con su muerte. Alcanzamos a ver como nuestro hermano era despojado de sus ropas, y antes que se nos ocurriera hacer algo que evitara su escarmiento, la fiera se posó frente a mí y en el color de sus ojos logré escuchar un mandato que me exigía huir del lugar; que, de no cumplir, no solo nosotros moriríamos en su boca, sino que también morirían nuestros compañeros que aún aguardaban en la playa.

Al no encontrar opción, y con gran rencor hacia mí, avanzamos al mismo ritmo, en silencio, dejando nuestras lágrimas sobre los lomos de los caballos. A punto estuvimos de abandonar el viaje, pero vimos la luna tan grande como un sol, y esta, como si supiera el pesar de nuestra alma, hizo que estrellas llovieran en el cielo. En ese momento recordamos a nuestro hermano y elevamos cantos en su recuerdo.




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