domingo, 14 de marzo de 2021

Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (XII)




Juicio a favor del viaje a la Montaña donde ascienden las luces y un augurio a Guijarro. La lealtad del resto de la compañía es probada.


Admito que en las últimas palabras de Guijarro hallé pábulo para prolongar el ideario de la Montaña. Avanzamos lejos del pueblo, como humilde caballería en ruta a nuestra estrella, cinco hombres. A los grumetes, en la seguridad de la amistad y ligereza proporcionada por su juventud, les envié en dirección a la playa con instrucciones para el capitán sobre cómo dejar el desconcierto en el que se encontraba, y con la promesa de ayuda en el pueblo en manos de su administrador y no de su amo; quien, a pesar de la malevolencia de su alma, no es peligro para estos días. 

El llamado ‘santo’ se encuentra ensimismado en su propia concupiscencia, como puerco que no abandona la charca; pero una vez libre, no solo cargará con la peste de su propia inmundicia, sino que en sus entrañas contiene a cien o mil más sucios que él. Advertí a Guijarro de esto, exhorte la falta de acción e invité a la valentía; le hice saber el consejo de que antes de ley, arte o mercado, he aquí cada uno de los miembros del pueblo son la verdadera institución que hay que cuidar de la podredumbre de su amo.  

Los que andaban conmigo sabían que el viaje se haría largo hasta llegar a la Montaña, y que este viaje ya nada tenía que ver con la voluntad del capitán. Ofrecí a quien quisiera el permiso de dejar el grupo con la bendición y el agradecimiento de su lealtad. De los que me acompañaban nadie aceptó la salida. A cada quien, según el calor y el peso de su corazón, la Montaña de las luces le llamaba. 



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