viernes, 23 de abril de 2021

Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (XVIII)




De la piedra verde cerca de lo alto de la Montaña y de la aparición del guardián.

Salimos del pueblo llegadas maitines. Una helada brisa trotaba en el ambiente y se escuchaban animalillos tarareando sus baladas. Íbamos a caballo, excepto Ordoño que cedió su montura para el enfermo Pelayo de Urries; los escalofríos de su enfermedad le arrancaban palabras que sonaban tal grimorio y hechicería. 

Por lo que se preveía, el camino a la Montaña estaba libre de peligros, pero no era este motivo para andar con tranquilidad, ya que existía un mal posible en la Montaña del que fuimos avisados.

Era tiempo de atardecer cuando el trecho final apareció; y el camino se vio interrumpido. Divisé una gran piedra verde que brillaba por efecto de su humedad impregnada. No avanzamos porque el monolito reiteró el recuerdo de que faltaba una prueba más; aún quedaba encarar el rostro del guardián de la Montaña. Demonio o ángel, el guardián tenía por deber vigilar el acceso a la Montaña. Abandoné el caballo y con movimientos cautelosos me dirigí a la piedra. En ella no se divisaba inscripción o grabado que sirviera de instrucción. Dispuse probar si en la piedra había función alguna y di unos pasos más allá de su sitio. Caminé un poco y una voz llenó la Montaña, silenció con su grandeza el ruido de la vida; tal era su inmensidad que hasta mandó a callar al mismo viento. 

La voz no era como la que dicen haber tenido los dragones, ni mucho menos era voz de demonio u hombre, era la voz de una niña la que detuvo el tiempo. Me preguntó si había traído yo la ofrenda. Retrocedí hasta la roca con mi cabeza inclinada. Disponía arrodillarme ante la voz del guardián de la Montaña y esta me ordenó permanecer erguido, aseverando que no era dios o Ser mayor para recibir gestos de sometimiento; al guardián sólo requería la ofrenda que yo debía de poner frente a la roca verde.

Habré pensando en entregar mis ropas o los caballos, incluso en entregar mi vida, ya que la vida podía ser parte de esos intercambios y tratos que los hombres suelen hacer con las entidades mágicas y sagradas para obtener su favor, pero solo hubo algo que pudo convencerme para ser usado como ofrenda. Basado en el comentario del guardián, su aparente sencillez demandaba el ingenio para permutar de cosas pequeñas en grandes. Pedí a Ordoño que me acercara la bolsa que cayó del regazo de nuestro compañero enfermo. Con toda la dedicación clerical de la que en pasados días me tuve que valer, puse los frutos animales frente a la piedra. 

Por un momento nada se escuchó en la Montaña y mientras se extendía el mutismo que precede a la catástrofe, el guardián carcajeo.

Esperamos a que el guardián nos hablará mientras estábamos arrodillados cerca de la piedra. Adelante, en el sendero, vimos dos niñas; de edad en la que se ha abandonado el pecho. Las dos caminaban hacia nosotros, descalzas, apacibles. Vestidas de blanco, tomadas de la mano, se acercaban cantando cosas que solo en la tierra de las hadas se puede escuchar según la tradición. 

La primera niña llegó a nuestros caballos y les acarició. Los animales respondieron con el afecto propio de las bestias. La segunda niña se acercó a los alimentos que dejé frente a la piedra, y de sus ropas blancas extrajo una bolsita roja en donde los guardó. La primera niña abandonó a los animales y se mantuvo fija en nosotros, con especial detalle a mí persona. El guardián, que era la primera niña, sonrió cuando encontró mi mirada y en ese momento todo lo que concierne a mí le tuvo que ser revelado. Puso sus pequeñas manos en mi nariz, y del contacto una enorme mariposa azul salió revoloteando en el aroma dulce que exprimía cada movimiento de la niña. El guardián, que es la segunda niña, después de haber guardado la bolsa de los alimentos, posó su mano en el lugar donde estuvo la ofrenda. Vimos como en medio de roca y tierra germinaron flores de color púrpura. Tal fue el encantamiento que hasta las ramas de los árboles cerca de la roca verde dieron flores que cayeron al reventar. El guardián se tomaron de la mano y regresó de donde vino. 

Estando a la distancia, las dos niñas nos llamaron con sus manos para seguirlas. La Montaña estaba abierta a nuestros pasos.

Desde la última luz del atardecer, y con la ayuda de la fogata donde Ordoño cuida de Pelayo de Urries, he logrado escribir lo que esta tierra nos ha permitido ver. Tierra que me ha mostrado el profundo misterio que funde la vida y la muerte, el tiempo y la eternidad. Estoy a punto de partir a la cumbre de la Montaña en compañía de Froilán Puigdorfila. Tendré que ausentarme nuevamente del hábito de la escritura por desconocer lo que arriba pueda estar esperando y lo que será de mí una vez esté arriba. Guardo en mí el deseo de encontrar lo que Dios haya dispuesto a la búsqueda, y estoy claro que antes del tesoro que aquí podría residir, en mi alma descansa verdadera esperanza, tremenda fe y el amplio perdón; virtudes en las que creía y de las que me vanaglorié haber entendido, pero que han aparecido en estas tierras para enseñarme su verdadero corazón. 

Sabrá Dios qué tipo de hombre soy ahora que dispongo a subir a la Montaña. Espero que Dios esté de acuerdo conmigo, que aún y mis muchos pecados, he logrado aprender que mi debilidad es el lugar donde su poder se manifiesta. 

La próxima vez que escriba en estos cuadernos será para revelar el misterio de las luces que ascienden la Montaña. 

Que Dios perdone nuestros pecados. 


Amén.


Maximiliano Ravidabia, 

en la Montaña donde ascienden las luces, 1569? - 1570?






Próximo Capítulo 

Testimonio de Froilán Puigdorfila sobre lo que sucedió en la parte alta de la Montaña donde ascienden las luces.

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